El aire pareció solidificarse.Los músculos del rostro de Héctor se tensaron por un instante. Pero solo fue un segundo: enseguida recuperó esa máscara suya, cómoda, segura, y hasta con un toque de reproche cariñoso.—¿En qué estás pensando? Desde chicos, nuestras familias han sido muy cercanas, casi como hermanos. Tú también lo sabes: últimamente ando hasta el cuello con el proyecto en la empresa y casi no he podido ir a ver a mis papás. Ya están mayores, y no me quedo tranquilo. Violeta es cuidadosa y vive cerca, así que suele ir en mi lugar; les hace compañía, charla un rato con ellos.Suspiró, actuando como si le pesara en el alma.—Si lo piensas, todo es culpa mía, por no ser un buen hijo.Lo dijo perfecto. Sin fisuras: elogió a Violeta y, al mismo tiempo, se pintó a sí mismo como un hombre trabajador, con corazón y responsabilidad.Celina bajó las pestañas. Las sombras le cubrieron la mirada y no se le alcanzó a ver el gesto.—Ah, ya entiendo.Su voz le salió suave, imposible sabe
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