Share

Capítulo Dos — Mientras me callo...

Penulis: Mitha Souza
last update Tanggal publikasi: 2026-09-18 06:12:28

Carmen González

—¡Madre, basta! No aguanto más tu insistencia en ver cómo me exponen de esta manera.

Me levanto de la cama donde dormía hasta que mi madre me despertó por el motivo que me ha sacado de quicio durante el último año.

—Carmen, tienes que dejar de resistirte y aceptar que Pablo eligió a Martina. Sigue adelante, hija mía.

Estoy tan cansada de esa cantinela que todos insisten en hacerme tragar. Mi madre parece no darle la menor importancia a lo que todo esto me provoca, a mi sufrimiento.

—Mamá, ¿tienes idea de lo que me estás pidiendo? ¿De lo que siento ante sus insistencias? No quiero participar en esos eventos.

Empiezo a buscar mi uniforme de trabajo en el armario. Soy médica de guardia en el Hospital San Jerónimo. Tengo que salir de esta casa antes de que lleguen esas víboras ponzoñosas.

—¿A dónde crees que vas, Carmen? Tu tía y tus primas llegarán en una hora. Tienes que ayudarme con los preparativos de la fiesta de boda y del bebé de Martina.

—Me voy a trabajar, mamá. Estoy harta de hacerme la adulta y la persona más madura y equilibrada mientras ustedes pisotean mis sentimientos.

—Me importa muy poco la fiesta de la boda, del bebé o lo que sea que sea toda esa m****a.

—¡Mira ese vocabulario, jovencita! Esa no es forma de hablar sobre tu prima. Olvídate de Pablo. Ellos están juntos ahora; se van a casar y a tener un hijo.

—¡ME IMPORTA UN CARAJO PABLO, MADRE! —grito, dejándola paralizada ante mi reacción. Nunca me había comportado así, pero todo tiene un límite y el mío está al borde del abismo.

Continuó organizando mi mochila de trabajo mientras intento controlar mi respiración. No quiero llorar delante de ella ni de nadie.

Mi familia quiere que ignore la traición de mi ex, quien dejó embarazada a mi prima y antigua mejor amiga.

Fue un cobarde. Todos están ignorando mis sentimientos, y mi propia madre hace lo mismo. ¿Acaso piensan que no siento nada? No aguanto más esto.

—Me voy a trabajar y no volveré a casa hasta que esta payasada termine. No soporto más que me traten como a un pedazo de carne muerta. No tengo una piedra en lugar de corazón.

—Estoy viva, mamá. Al menos por fuera, porque por dentro muero un poco cada día desde que me obligan a convivir con Martina, quien me restriega en la cara que me robó al hombre que amaba.

—Pero ¡qué drama es este, Carmen! Ellos se aman y tienen derecho a luchar por su felicidad. ¿Por qué no te buscas a alguien? Tal vez sea porque estás tan gorda y aburrida que nadie se interesa en ti.

¡Qué mujer tan mala! ¡Qué. Mujer. Tan. Mala! ¿Cómo puede una madre decir eso de su propia hija e ignorar mis sentimientos de una manera tan fría?

Ni siquiera vale la pena argumentar nada con esta criatura. Estoy cansada, dolida, humillada. Esas son las palabras exactas para describir cómo me he sentido durante los últimos meses.

—Lo que para ti es drama, para mí es lo que un ser humano normal con sentimientos experimenta cuando el hombre que ama la deja por alguien a quien consideraba una hermana —digo al fin, sabiendo que ni siquiera vale la pena.

—Todos ustedes pueden ignorarlo, pero yo tengo sentimientos, doña Dolores. Ver al hombre que amé desde la adolescencia en brazos de mi mejor amiga, mientras la familia adula a los pajaritos como si fueran la pareja del año, ha herido mi alma y mi dignidad.

—Tu prima no tiene la culpa de que él se haya enamorado de ella y te haya dejado. Mírate, Carmen: desaliñada, no te arreglas, ni te pintas los labios ni te peinas. Solo podía haberla elegido a ella por lo hermosa que es.

—Si crees que vas a convencerme de quedarme y fingir ser Sor Teresa con esos argumentos mezquinos y egoístas, no lo lograrás. No volveré a ser cómplice de mi propia humillación.

Entro al baño a ducharme. Necesito lavar mi alma, además de mi cuerpo. En estos últimos meses me he volcado en el trabajo, haciendo todas las guardias posibles para no estar en casa ni asistir a los eventos familiares donde siempre debo encarar la presencia de Pablo y Martina.

Bajo las escaleras y me topo de frente con Martina, con esa cara de niña buena que ya no me engaña. Maisa, su hermana, parece ajena a todo, como si fuera normal celebrar la fiesta de boda y del bebé en la casa de la ex del novio de su hermana.

—¿Vas a salir, Carmen? —pregunta, fingiendo estar decepcionada porque no me me quedo.

Me pongo mi máscara de indiferencia, fingiendo una felicidad que estoy muy lejos de sentir.

—Tengo guardia hoy. El hospital está lleno con los heridos del atentado en el aeropuerto y necesitan médicos para cubrir el turno —cojo una manzana del frutero y la muerdo para disimular las ganas de llorar.

—Estás trabajando demasiado, Carmen. Podríamos divertirnos hoy con los preparativos de la boda y la fiesta del bebé, ¿verdad, mamá? —se acaricia la vientre, que ni siquiera es visible aún, y sé que es pura provocación.

—Diviértanse ustedes. Yo me tengo que ir —me despido, pero antes de alcanzar la puerta, mi tía me lanza su dardo.

—¿De verdad tienes que irte o estás huyendo y muriéndote de envidia de tu prima? ¿Aún no aceptas que Pablo encontró en ella a alguien mejor que tú?

Carmen González

Me congelo por unos segundos antes de darme la vuelta y encarar a esas cuatro mujeres con las que crecí y compartí todos mis sueños.

—¿Puede decirme qué vio Pablo en Martina que sea "mejor" que lo que tuvo conmigo? —la miro fijamente, esperando una respuesta.

—Mírate, Carmen —me observa con desprecio, como si fuera un montón de basura—. Ahora mira a mi hija: hermosa, elegante y preparada para llevar un hogar, para ser una esposa. No va a estar en la calle trabajando todo el tiempo ni dejando a su marido desatendido.

Me río al comprender la diferencia que ella cree que Pablo vio entre mi prima y yo. Ella sería la esposa trofeo, mientras que yo sería la mujer que descuida el hogar por dedicarse al trabajo.

Sabía que el interés de él nunca fue ella, sino lo que podía conseguir al casarse con la hija del jefe.

—¿Y usted cree que eso me hace inferior a ella hasta el punto de ser descartada, tía Rosa? —intenta responder, pero continúo antes de que use esa voz irritante—. Si ese fue el motivo por el que fui "cambiada" por su hija, me siento orgullosa y le doy gracias a Dios por ello. No nací para ser la sirvienta de un marido ni para vivir lavándole los calzoncillos.

—Carmen, no le hables así a tu tía —me rinda mi madre, defendiendo a su hermana rica y a su sobrina en lugar de a su única hija, que es quien mantiene la casa.

—¿Por qué, mamá? ¿Estás de acuerdo con ella? ¿Te has parado a pensar quién te mantendría si yo fuera la esposa trofeo de alguien? Estoy fea, gorda, sin maquillaje y despeinada porque he estado TRABAJANDO MUCHO.

Me acerco un poco más a donde están.

—¿Alguna de ustedes sabe lo que es eso? ¿Trabajar? ¿Pagar sus propias cuentas? Apenas tengo tiempo para dormir, imagínense para vivir en la peluquería y el gimnasio.

Miro a mi madre, que parece querer fusilarme con la mirada.

—Me voy ahora a ganar el dinero que paga las facturas de esta casa.

—Estás celosa de Martina. Ningún hombre se va a interesar por ti —continúa destilando su veneno la tía Rosa, mientras mi madre no dice nada.

—Déjala, mamá. Tarde o temprano se acostumbrará y aceptará que Pablo ahora es mío, que nos vamos a casar y a ser felices.

—¿Saben qué es lo más gracioso? —digo, ya con la puerta abierta, a punto de salir—. Eso es todo lo que les deseo: que realmente sean muy felices.

Salgo de allí con el cuerpo temblando de rabia por haber tenido que escuchar tantas atrocidades dentro de mi propia casa, con la complicidad de mi propia madre.

Mi trabajo le da sentido a mi vida; es donde soy esencial. Puedo salvar vidas y marcar la diferencia.

Como ocurrió en el aeropuerto con aquel hombre que sujetó mi mano como si yo fuera su salvación.

Aquel simple gesto en medio del dolor y la desesperación me hizo sentir como siempre he querido: importante para alguien, alguien a quien se echa de menos, alguien cuya presencia marca la diferencia.

Mi vida está vacía, apagada y sin sentido. Necesito un milagro; tal vez un príncipe en un caballo blanco que me rescate de esta torre en la que estoy aprisionada.

Pero los príncipes no existen y mi torre no tiene salida. Al menos por ahora.

Las urgencias hoy son una auténtica locura. Mi amiga y también cirujana, la doctora Fuentes —a la que llamo Clara— y yo llevamos veinticuatro horas en esta guardia interminable.

—Esta guardia parece que no va a terminar nunca. Estoy molida de tanto cansancio —me entrega un vaso desechable con café.

Estamos en la sala de médicos revisando los historiales de algunos pacientes que esperan cirugía.

Acabamos de salir del área de urgencias, adelantando el trabajo para los compañeros que asumirán el turno en unos minutos.

—Terminé por aquí. Voy a cambiarme y te veo cerca del ascensor —Clara sale de la habitación y me quedo allí, reuniendo valor y fuerzas para volver a casa.

Recojo mis cosas del armario y salgo de la sala de descanso rumbo al ascensor.

—¡Doctora González, por favor! —oigo que me llama Isabel, la enfermera encargada del turno de noche—. Se le olvidó firmar el alta del paciente de la 402.

—¡Vaya! ¿Dónde tengo la cabeza? —recibo la carpeta que me entrega para firmar el documento.

Noto a un hombre cerca de nosotras, trasteando con su teléfono móvil. Me pareció extraño que estuviera tan cerca; parecía estar escuchando nuestra conversación.

—Tienes que descansar un poco, Carmen. ¿De qué sirve ayudar a salvar a tanta gente si vas a acabar enferma? —me mira con el cariño que sé que me tiene—. Intenta salir un poco, despejar la mente, divertirte.

—Lo intentaré, Isabel. Solo necesito tener el valor para resolver mi vida. ¿Ya puedo irme? ¿Hay algo más que deba firmar?

—No, eso era todo. Ve que la otra adicta al trabajo te está esperando en el ascensor.

Camino hacia el ascensor, donde Clara ya me aguarda con la puerta abierta. Corro y entro, pero antes de que se cierre, el mismo hombre que estaba con el móvil cerca de Isabel y de mí entra también, sin dejar de mirar la pantalla.

—Y bien, ¿vienes a mi apartamento hoy o decidiste encarar a doña Dolores?

—No quiero molestarte más tiempo, amiga. Ya postergué esto demasiado y debo encarar mi realidad. Solo necesitaba recargar energías lejos de esa situación.

—Sabes que puedes quedarte en mi casa todo el tiempo que quieras, Carmen. Pero también tienes que plantarte y salir de ese ciclo tóxico. Te está haciendo mucho daño.

—Buscaré la manera de salir de esa casa. Mamá tiene que aprender a respetarme. La plaza en el Hospital De La Vega podría confirmarse en cualquier momento. Eso me ayudará a alquilar un apartamento y tener mi propio espacio.

—Cruzo los dedos por ti, amiga. Todo saldrá bien y te librarás de esa pesada cruz que llevas a cuestas.

Así será. Mi espalda ya no soporta el peso de una cruz tan grande.

Lanjutkan membaca buku ini secara gratis
Pindai kode untuk mengunduh Aplikasi

Bab terbaru

  • Acuerdo Indecente — Me Convertí en la Prometida de Un Pacien   Capítulo Ciento Treinta y Siete — El Gran Día...

    Matteo GiordanoEl sol de la mañana invadía la sala de reuniones de Albatroz, donde el olor a café fuerte se mezclaba con el aroma del cuero de los sillones de lujo.Sobre la mesa de caoba, papeles y contratos reestructurados marcaban el inicio de una nueva era, sin los fantasmas de la corrupción y el dolor de ver a mi padre ser injusticiado.Vittorio Giordano finalmente tuvo la justicia que merecía y su nombre fue limpiado ante todo el mercado internacional.—Todo listo en la fiscalía, Matteo —declaró Leandro, acomodándose la gemela del saco mientras repasaba las últimas carpetas con mirada satisfecha.—Miguel, Giuseppe, Mário, Rosa y Martina están encerrados. Ninguno de ellos sale de la cárcel ni en el próximo siglo —concluyó mi brazo derecho, con su tono frío e implacable.—Rizzo Empreendimentos también tiene sus activos cien por ciento integrados a Albatroz —Marco complementó, exhibiendo una sonrisa aliviada—. El abuelo firmó la transferencia definitiva hoy temprano. El imperio es

  • Acuerdo Indecente — Me Convertí en la Prometida de Un Pacien   Capítulo Ciento Treinta y Seis — La Marca del Dueño y el Reinicio

    Capítulo Ciento Treinta y Seis — La Marca del Dueño y el ReinicioMatteo GiordanoUna semana después...Mi jet privado cruzó los cielos de Europa rumbo a Madrid, trayendo a bordo la garantía de que el pasado de dolor y ruina había quedado atrás.A mi lado, Marco descansaba en el sillón reclinable, mientras mi abuelo, Stefano Rizzo, acompañado por un equipo médico privado, recuperaba sus fuerzas con un semblante finalmente pacificado.En cuanto aterrizamos en la capital española, los autos blindados nos condujeron directamente a mi propiedad principal, una fortaleza inexpugnable preparada para albergar a todos con absoluto lujo y seguridad.La recepción en la mansión estuvo marcada por una mezcla de conmoción y alivio propia de quienes sobrevivieron a una guerra sanguinaria.Doña Dolores, finalmente libre de las ataduras traumáticas y de la sombra abyecta de Mário y Rosa, abrazó a su hija y a su sobrina con lágrimas de pura liberación.Maísa sonreía por primera vez en meses, respirando

  • Acuerdo Indecente — Me Convertí en la Prometida de Un Pacien   Capítulo Ciento Treinta y Cinco — El Fin de la Tormenta...

    Leandro RossiEl sonido distante de las sirenas resonando por las calles de Madrid marcaba el inicio del fin. Tras asegurarme de que doña Dolores y Maísa estaban a salvo en el hospital al lado de Carmen, encontré al capitán Molina en la recepción de la Comisaría Central.—Señor Rossi, llegamos a tiempo —dijo Molina, acomodándose la funda en la cintura mientras caminábamos en dirección a las patrullas de intervención táctica.—El equipo de inteligencia interceptó una transferencia bancaria atípica a nombre de Miguel Giordano. Estaba preparando la fuga a Suiza.—Aquel miserable no va a dar un solo paso fuera de esta ciudad, capitán —respondí, con tono gélido e implacable.—Matteo me dio órdenes explícitas. Miguel necesita responder por cada vida que quitó y por haber financiado el atentado en el aeropuerto.Entramos al vehículo y seguimos a alta velocidad hasta la mansión donde vive Miguel Giordano. El sol de la tarde comenzaba a ponerse cuando rodeamos la propiedad con cuatro patrullas

  • Acuerdo Indecente — Me Convertí en la Prometida de Un Pacien   Capítulo Ciento Treinta y Cuatro — El Cerco Se Cerrando...

    Matteo GiordanoLlegué al hospital adonde Marco fue trasladado —el mismo donde mi abuelo seguía internado— e invoqué inmediatamente al equipo de guardia para relatar el envenenamiento.—¡Doctor, mi hermano fue envenenado! ¡Tienen que aplicar el protocolo de desintoxicación ahora mismo! Por favor, no dejen a mi hermano morir —supliqué en desesperación, aterrorizado con la idea de secuelas irreversibles.—Mantenga la calma, señor Giordano. El equipo de emergencia ya asumió el caso y estamos haciendo todo lo posible para contener los daños —el médico informó, alejándose apresuradamente hacia la UTI.En medio de este caos sofocante, me di cuenta de que no había conseguido llamar para saber de mi gitana, tampoco sobre los pasos de mi tío.Con la detención de Moretti hoy temprano, el desgraciado de Miguel podría entrar en alerta e intentar huir.Saqué el teléfono e invoqué a Leandro con la intención de actualizarme sobre mi tío, tener noticias de mi pelirroja y entender a cuánto andaban las

  • Acuerdo Indecente — Me Convertí en la Prometida de Un Pacien   Capítulo Ciento Treinta y Tres — ¡Más Desesperación! El Villano Preso...

    Matteo GiordanoDesperté con mi teléfono celular vibrando frenéticamente sobre la mesa de noche. Medio aturdido, tomé el aparato y vi el nombre del inspector Tomaz en la pantalla, imaginando al instante que traía actualizaciones decisivas de las investigaciones.—Giordano... —respondí con la voz ronca por el sueño recién interrumpido.—Buenos días, señor Giordano. Perdóneme por despertarlo tan temprano, pero el asunto es urgente —dijo el inspector—. Conseguimos analizar minuciosamente todas las grabaciones de las cámaras de la mansión Rizzo proporcionadas por su hermano.—Confirmamos que Giuseppe Moretti estaba envenenando a Stefano Rizzo de forma continua y la jueza acaba de expedir la orden de aprehensión preventiva. Esté preparado, nuestro equipo estará en la mansión en cerca de una hora.—Gracias por el aviso, inspector —respondí, sintiendo que el pecho se me inflaba—. Me encargaré personalmente de estar presente para presenciar la caída de ese desgraciado.—Imagino el significado

  • Acuerdo Indecente — Me Convertí en la Prometida de Un Pacien   Capítulo Ciento Treinta y Dos — La Hora de la Justicia...

    Matteo GiordanoEl cuadro clínico de mi abuelo continuaba sin estabilización, pero, con el descubrimiento del origen de su debilitamiento, el equipo médico inició un protocolo de desintoxicación para intentar revertir el daño.Marco se mantenía profundamente conmovido, carcomido por la culpa por haber vacilado en regresar a Italia cuando el abuelo lo llamó.Él creía que podría haber evitado este empeoramiento, ignorando que la sustancia venía siendo administrada desde hace meses.—Marco, no puedes cargar con el peso de esta culpa —afirmé, con tono firme—. ¿Cómo te ibas a imaginar que tu propio padre estaba orquestando algo así?—Tu prioridad ahora es pasarte por exámenes toxicológicos para confirmar si no te estaba dosificando a ti también poco a poco —aconsejé, mirándolo con gravedad.—Es una carga demasiado pesada de absorber, Matteo —se desahogó mi hermano, con la voz temblorosa de frustración.—Descubrir que mi propio padre envenenaba al abuelo y que fue el responsable directo de

Bab Lainnya
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status