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Capítulo 2

Penulis: fishhh
La luz tenue y ambigua delineaba el cuerpo del hombre: hombros anchos, cintura estrecha, líneas fluidas y abdominales marcados con claridad.

Carolina parpadeó.

Aquel cuerpo, digno de llamarse perfecto, parecía habérsele quedado grabado en la retina, imposible de borrar.

El celular sonó de nuevo.

La otra persona envió otro mensaje: “Perdón, se me fue el dedo. Lo mandé por error.”

Ella alzó una ceja.

Qué descuido tan conveniente.

Unos segundos después, llegó un nuevo mensaje.

“Señorita Carolina, ¿esta noche tampoco puede localizar a Javier?”

“Adivine en la cama de quién está ahora.”

“¿Todavía quiere a un hombre tan sucio como él? Termine con él. Usted debería buscar a alguien más limpio.”

El celular no dejaba de sonar.

Carolina miró la pantalla y sintió que las cosas no eran exactamente como ella había imaginado.

Siempre había creído que quien le enviaba supuestas pruebas de la infidelidad de Javier, aunque no fuera aquella mujer de su corazón, al menos sería una mujer enamorada de él.

Pero nunca imaginó que el remitente fuera un hombre.

Sin darle demasiada importancia, se quedó mirando la pantalla un rato, apreciando la imagen, y después presionó eliminar.

Casi al mismo tiempo, desde dentro del baño llegó una voz baja:

—Carolina.

Carolina apagó la pantalla del celular y respondió con suavidad:

—Aquí estoy.

Pero del otro lado, de pronto, Javier dejó de hacer ruido.

El aire quedó en silencio.

Pasó un buen rato sin que recibiera respuesta.

Ella se levantó, se acercó y tocó dos veces la puerta.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?

En cuanto esa frase salió de su boca, los problemas empezaron a llegar uno tras otro.

El aire guardó un silencio extraño durante unos instantes.

Luego, desde la rendija de la puerta, se filtró la voz ronca de Javier, lenta y contenida.

—Carolina... Carolina.

La puerta estaba cerrada con seguro.

Javier se había encerrado en el baño y la llamaba con dolor.

A Carolina se le erizó la piel.

Por fin reaccionó.

Jamás imaginó que Javier pronunciaría su nombre de aquella manera, con un deseo apenas contenido que le estremecía el corazón.

Javier no parecía del todo consciente.

Al no recibir respuesta, empezó a inquietarse.

Le preguntó si seguía ahí y le pidió que no se fuera.

Ella habló en voz baja:

—No me he ido.

Aquella frase parecía quemarle la lengua.

Bajó cada vez más la cabeza, como si la hubiera rozado el fuego.

Por fin, la puerta se abrió.

Carolina levantó la mirada despacio.

Dentro del baño, el vapor llenaba el aire.

La luz era tenue y aquella humedad caliente volvía difícil respirar.

Ella avanzó lentamente.

—¿Te sientes mejor?

Desde lo más profundo de la niebla llegó la voz ronca de Javier.

—Carolina.

El sonido del agua bastaba para entender lo que estaba haciendo.

—No te acerques —dijo él.

Pero la ansiedad que impregnaba su voz sonaba más bien como si esperara que ella se acercara cuanto antes.

El vapor espeso, al tocar el aire frío de afuera, empezó a dispersarse poco a poco.

La mirada de Carolina se detuvo.

Sin poder evitarlo, bajó la vista.

—Javier...

Solo entonces descubrió que, bajo aquel traje impecable, el cuerpo de Javier era así de atractivo.

Javier tenía la piel de un blanco frío, bajo la cual se insinuaban venas de un tono ligeramente azulado.

Hombros anchos, cintura estrecha, el abdomen marcado por líneas musculares perfectas.

Las dos líneas claras de la cadera descendían rectas hasta perderse en la oscuridad.

Todavía llevaba puesto el pantalón del traje, pero ya no había nada impecable en él.

Aquel Javier de origen distinguido, admirado por todos, se veía en ese momento terriblemente vulnerable.

Su cuerpo alto y fuerte estaba encogido en un rincón, cubierto de vapor.

El cabello húmedo le caía sobre las cejas y los ojos.

Sus pupilas negras la miraban desde la penumbra, mientras sus facciones elegantes quedaban ocultas entre la luz y la sombra.

Poco a poco, fijó la vista en la figura de Carolina y extendió la mano hacia ella.

—Carolina.

Pronunció su nombre con voz ronca, sin apartar los ojos de su rostro.

Aquella mirada negra, concentrada hasta el extremo, se contrajo apenas.

—No te acerques.

Javier le decía que se fuera, pero su mano lo traicionó.

Aquella mano que había firmado innumerables contratos de decenas de millones de dólares se tensó en cuanto Carolina se acercó.

Las venas se le marcaron mientras le sujetaba el tobillo con una fuerza asombrosa, como un hombre que se ahoga aferrándose a su tabla de salvación.

—Carolina... me duele mucho.

Javier la miró fijamente.

En su voz había una intimidad vulnerable que ella jamás le había escuchado, además de un deseo imposible de ocultar.

Carolina intentó moverse, pero la palma de Javier era dura como hierro ardiente.

Bajo aquella mirada abrasadora, le resultó imposible liberarse.

Carolina flexionó las rodillas y se inclinó frente a él, agachándose poco a poco.

—¿En qué puedo ayudarte?

La garganta de Javier se movió.

Entonces soltó su tobillo y le tomó la muñeca.

Sus dedos largos y húmedos se cerraron después sobre la palma de ella, apretándole los dedos con fuerza.

El sudor caliente y pegajoso le bajaba por la frente desde el cabello, dejando sus ojos ligeramente enrojecidos.

—Hoy no fuiste por mí. ¿Por qué no fuiste?

Carolina soportó el dolor y le explicó con suavidad:

—Sí fui, pero parece que me equivoqué de lugar.

—No te equivocaste.

—Ahora no estás pensando con claridad...

Javier se quitó los lentes, como si se arrancara una capa de apariencia.

Con la respiración contenida, dijo:

—Estoy muy consciente.

Se acercó de golpe.

Su palma ardiente llegó hasta la nuca de Carolina, la sostuvo allí y bajó la cabeza para besarla.

Carolina sintió que, en ese momento, él era profundamente invasivo.

Javier tenía un rostro capaz de deslumbrar a cualquiera, pero su frialdad y su aire contenido lo hacían parecer intocable, imposible de asociar con asuntos de deseo o de amor.

Sin embargo, ahora él mismo rompía aquella distancia que siempre mantenía con los demás.

Carolina sintió un leve dolor.

El flequillo húmedo de Javier rozó sus pestañas, estimulándole los ojos hasta arrancarle lágrimas.

Se quedó rígida por un instante, pero no lo apartó.

Con cautela y obediencia, soportó aquel descontrol de Javier provocado por el alcohol.

El aire parecía escapársele de los pulmones.

Javier cerró los ojos. Sus largas pestañas proyectaban sombras sobre su piel pálida.

Como si se aferrara con avidez a ese momento, murmuró en voz baja el nombre de ella.

El intenso aroma masculino, el rastro de su perfume de cedro y la fragancia del gel de baño de Carolina se mezclaron entre sí.

Todo la envolvió, inundándole los sentidos.

La mano de Javier protegía su nuca, impidiéndole moverse.

Carolina sintió que su espalda, ligeramente temblorosa por la sensación de peligro, se relajaba poco a poco bajo las caricias suaves de él.

Después de un largo rato, finalmente se separaron.

Ambos parecían peces recién sacados del agua, con la respiración desordenada por la falta de aire.

Cuando Carolina vio que los labios delgados de Javier también estaban enrojecidos, apartó la mirada como si se hubiera quemado.

Javier, en cambio, no dejaba de mirarla.

Después de un momento, preguntó con voz ronca:

—¿Estás bien?

—¿Qué?

—¿Qué se siente besarme?

Carolina sintió que Javier parecía haberse convertido en otra persona.

La emoción ardiente que se agitaba en el fondo de sus ojos le dio la falsa impresión de ser profundamente amada.

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