Se connecterSonreía mientras me miraba fijamente a los ojos, y aun así… no lograba descifrarlo.
Sin pensarlo demasiado, me acerqué un poco más a él y lo abracé con fuerza, como si de alguna manera pudiera transmitirle calma. Terminamos recostándonos en la cama, y lo envolví entre mis brazos con cuidado.
Poco a poco, su respiración se fue volviendo más tranquila… hasta que se quedó dormido.
Lo observé en silencio.
Se veía tan vulnerable, tan distinto, que por un momento no parecía el mismo de siempre. Parecía un niño pequeño al que le habían quitado algo importante, buscando refugio en el único lugar donde se sentía seguro.
Aunque fuese mayor que yo… Esteban seguía teniendo algo de niño en él.
Y no sabía por qué, pero eso me enternecía demasiado.
Me quedé abrazándolo durante varios minutos, sin moverme, dejándome envolver también por esa calma… hasta que, sin darme cuenta, el sueño terminó por alcanzarme.
[…]
Cuando desperté, la habitación estaba completamente oscura. Parpadeé un par de veces, algo desorientada, hasta que miré la hora.
Las nueve de la noche.
Me moví con cuidado para no despertarlo y me levanté despacio de la cama. Salí de la habitación en silencio y caminé hasta la cocina.
La casa estaba vacía.
Pensé en él… en lo mal que la había pasado.
Y casi por impulso, decidí hacer algo que sabía que le gustaría.
Preparé sus crepas de pollo favoritas, tomándome el tiempo necesario, y también su jugo de mora. Mientras lo hacía, no pude evitar pensar en lo mucho que le gustaban esas cosas simples… en cómo pequeños detalles podían cambiarle el día.
También preparé para mí.
Cuando terminé, acomodé todo en una bandeja y regresé a la habitación. Me senté a su lado y, con suavidad, deslicé mi mano por su cintura.
—Esteban… —susurré.
Se movió levemente.
Abrió sus ojos azules poco a poco… y al verme, sonrió.
—Princesa… —dijo en voz baja, aún adormecido.
No pude evitar sonreírle de vuelta.
—Ya son las nueve —le dije con suavidad—. Te preparé tu comida favorita.
Sus ojos se iluminaron un poco más.
—Gracias… eres la mejor amiga que alguien podría tener —respondió, mirándome directamente.
Sentí algo cálido en el pecho al escucharlo.
Le entregué su plato y su vaso de jugo, y comenzamos a comer juntos mientras veíamos un K-drama, como tantas otras veces. Todo se sentía tan normal, tan nuestro… que por un momento olvidé por completo lo que había pasado.
Cuando terminamos, lo miré con atención.
Había algo que necesitaba saber.
—¿Ya estás bien? —pregunté finalmente.
Él sostuvo mi mirada sin dudar.
—Contigo como mejor amiga… siempre voy a estar bien.
Quise creerle.
De verdad quise hacerlo.
Pero aun así… algo dentro de mí no terminaba de quedarse tranquilo.
Y además de eso… había algo más.
Enojo.
Enojo hacia Lucí por la forma en la que lo había tratado.
Y no… no pensaba quedarme así.
[~~~]
Al día siguiente, todo volvió a la rutina. Me levanté, hice mis quehaceres, asistí a clases, avancé en tareas… fue un día completamente normal.
Hasta que, al terminar, Angie me escribió para salir a comer helado.
Acepté sin pensarlo demasiado.
Me arreglé y salí a encontrarme con ella. Llegué a la heladería Dawn y nos sentamos a hablar, como siempre, entre risas y conversaciones sin importancia…
Hasta que la vi.
Lucí.
Mi expresión cambió al instante.
Sentí cómo el enojo regresaba de golpe.
Sin pensarlo, me levanté de la silla y caminé directamente hacia ella.
—Hola —saludé con un tono serio.
—Hola —respondió con total tranquilidad.
Eso me irritó aún más.
—¿Es en serio? —dije, mirándola fijamente.
—¿Qué cosa?
—¿Así terminas con alguien? ¿De esa forma tan fría? ¿Sabes cuánto te quería?
Ella alzó ligeramente las cejas, sin perder esa actitud despreocupada.
—Mira, si a ti te parece fría la forma en la que le terminé, no es mi problema, ¿vale? Tu amigo es muy atractivo, sí… quizá me gustó. Pero no me dio lo que quería. Y, sinceramente, no quiero un novio que esté más pendiente de su amiguita.
Sus palabras me cayeron como un golpe.
—¿Qué no te dio lo que querías? ¿De qué hablas? ¿Qué más querías? —respondí, cada vez más molesta.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Tú por lo menos sabes lo que hacen las parejas cuando están a solas? —dijo con tono burlón—. No quiso hacer nada conmigo, por más que lo intenté… ¿está esperando a la indicada? Por favor, ya no estamos en los años ochenta.
Me quedé en shock.
No esperaba eso.
No supe qué decir por unos segundos.
—¿Sabes qué? —murmuré finalmente—. Creo que tú no lo mereces… ni a él ni a nadie. Eres una idiota.
No esperé su respuesta. Me di la vuelta y me fui.
Porque si me quedaba un segundo más… sabía que iba a decir algo peor.
Regresé con Angie, terminamos el helado, hablamos un rato más… y luego me fui a casa.
Pero mi mente no se quedó en calma.
No podía dejar de pensar en lo que había dicho.
En lo que implicaba.
En él.
¿Cómo era posible que Esteban se hubiera negado?
No era algo común.
No era lo que la mayoría haría.
Y, aunque intenté no darle demasiadas vueltas… no podía evitar pensarlo.
Con ese cuerpo… con esas curvas…
Era imposible no notarlo.
Incluso llegué a pensar que, si yo fuera hombre, no habría podido resistirme.
Pero, al mismo tiempo… había algo en eso que me parecía bonito.
El hecho de que quisiera esperar.
El hecho de que no fuera como los demás.
Tal vez por eso siempre lo dejaban.
Tal vez muchas chicas esperaban algo distinto.
No lo sabía.
Y después de pensarlo demasiado… decidí dejar el tema ahí.
Ya había pasado casi un mes, y Esteban parecía estar bastante bien. Volvimos a disfrutar los días con nuestros amigos como siempre.
Por mi parte, había conocido a un chico por redes sociales.
Se llamaba Manuel.
Era simpático, respetuoso y bastante juicioso, y además teníamos muchas cosas en común. El único problema era la distancia, ya que vivía en otro país.
Aun así, seguimos hablando cada día más… y, sin darme cuenta, comencé a sentir una conexión con él.
Me gustaba.
Cada vez más.
Pero no quería decir nada. Me daba miedo que no sintiera lo mismo o que todo cambiara.
Un día entramos a ver un en vivo de un amigo suyo. Estábamos leyendo comentarios y hablando con otras personas en el chat, cuando otro chico escribió que yo era muy linda y preguntó si tenía novio.
Me reí al leerlo…
Pero, antes de responder, apareció su mensaje.
—Sí tiene novio… y soy yo.
Mi corazón dio un vuelco.
Me quedé mirando la pantalla, sin saber exactamente qué sentir.
Emoción.
Nervios.
Confusión.
Todo al mismo tiempo.
Así que le escribí por privado.
—¿Soy tu novia y no lo sabía? —escribí, agregando unos emojis sonrojados.
—Es broma… pero si quieres, no lo es —respondió.
Sentí cómo mi corazón comenzaba a latir más rápido.
—Me gustaría que no fuera broma… creo —respondí con algo de nervios.
Pasaron unos segundos.
Eternos.
—A mí también… la verdad me gustas mucho, pero me daba un poco de pena decírtelo.
Abrí los ojos, sorprendida.
¿Yo le gustaba?
No lo podía creer.
Una sonrisa apareció en mi rostro sin poder evitarlo, y sentí una felicidad enorme, difícil de describir.
Me sentía especial.
Y completamente emocionada por lo que estaba empezando.
Pero en ese momento…
Ni de lo mucho que eso… iba a cambiarlo todo.
-Preguntas:
¿Crees que Manuel está siendo sincero… o esto va a complicarse?
Sara Después de ese viaje a Cancún, era feliz cada maldito segundo de mi vida, porque lo tenía conmigo, porque era mío, porque me amaba, porque lo amaba, porque estábamos juntos, porque tenía al niño más lindo, más tierno y amoroso de todo el mundo, y me sentía la más afortunada de todo el puto planeta, si, así de alto tenía el ego con este amor tan maravilloso. Los meses transcurrían de forma rápida, los momentos entre los dos aumentaban más, cada vez habían más cosas que hacíamos juntos, el amor era más fuerte cada día; ambos éramos más felices de lo normal. No tuvimos peleas fuertes, al contrario, siempre hablábamos todo, había tanta comunicación que sólo bastaba con decir lo que no nos gustaba y de inmediato lo cambiábamos, mejorábamos constantemente en la relación, el uno al otro. Nunca pensé que podía tener un amor tan bonito como el suyo, ese amor que es tan fuerte que a veces piensas que vas a estallar de ternura, ese amor fuerte que va contra viento y marea, de los que nad
—La segunda vez que te besé, te juro que estuve aguantando no hacerlo por mucho, porque cada vez que veía tu cara, quería comerte los labios. —Ambos nos reímos —Pero cuando me entregaste tu precioso cuerpo, lo valoré demasiado, y me sentía el más afortunado por tenerte conmigo, y que me quitaras la virginidad claro. —Sonreí —Desde que empezó esa relación rara entre ambos, me estaba volviendo loco, porque cada día que pasaba, me gustabas más y más, y por eso a veces me dejaba llevar del amor que te tenia y hacía cosas así... —Si te soy sincera, ni si quiera sé desde cuando me gustas, y tardé en darme cuenta, porque quizás no quería asimilarlo, pero desde la primera vez que te habló una mujer, sentí celos, yo pienso que ahí ya me gustabas. —Me tiró a la cama —Me siento muy feliz, porque estoy siendo correspondida de la mejor forma que hubiera imaginado. —Cerró sus ojos —Quiero demostrarte mi amor todos los días, eres un niño precioso, con unos sentimientos hermosos
Cristian Estaba acostado esperando que ella terminara de ponerse el traje de baño, bajaríamos al mar. —Listo. —Salió del baño con un traje de baño enterizo Se veía demasiado hermosa, aunque ya la había visto desnuda y en ropa interior, con ese traje de baño se veía muy preciosa, parecía una Diosa. —Te ves muy linda. —Y eso que es la segunda vez que uso traje de baño. —Confesó —¿Por qué?. —Abrí mis ojos, anonadado —No tengo muy buen autoestima. Pero contigo me siento segura. —Sonrió —Pero si eres demasiado hermosa, tienes unas curvas fantásticas, pareces una Diosa. —Me acerqué y acaricié su cabello —Ay, eres muy lindo. —Me abrazó No podía seguir así, ella había tenido cambios demasiado drásticos, era muy cariñosa, más apegada, y me estaba volviendo loco aunque me encantaran su
Mi corazón seguía desbocado, sentía que se iba a salir, mi respiración aún era fuerte, seguía sintiéndome triste y furioso, quería llorar, quería golpear todo. Mientras miraba hacia el suelo, apreté mi mandíbula y empuñé una mano; escuchar otra vez a la tipa esa como admitía que había dicho mentiras, me ponía aún más furioso, pero también me sentía demasiado triste por Sara, me dolía que no hubiera confiado en mi, intenté hacerme el fuerte, no quería llorar en ese instante, ella nunca me había visto llorar, bueno en realidad nadie lo había hecho.Pero al parecer mi cuerpo era un rebelde, y alcancé a sentir como una pequeña lagrima rodó por mi mejilla en ese instante. Iba a limpiarla rápidamente sin embargo en ese momento sentí la mano de ella en mi rostro, su dedo pulgar estaba limpiando mi pequeña y única lágrima.Levanté mi mirada y la observé. Su rostro también se veía triste, y aún seguía teniendo la palma de su mano en la piel de
OmniscienteEra miércoles, y no, Sara no había obtenido ninguna respuesta de Cristian, no le había contado absolutamente nada en el transcurso de esos días; ella tampoco tuvo sexo con él, ninguno de esos días, y tampoco fue la misma, porque había tenido esperanza de que algo le diría, pero no fue así, se equivocó.Cristian notó todos sus cambios, y no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, aunque se preguntaba una y mil veces si acaso había hecho algo malo.La tercera hora de clase estaba libre, el profesor no iría por problemas familiares, así que algunos se fueron a comer, otros a pasear por la universidad y unos otros a la biblioteca.Todos ya se habían ido del salón, sin embargo Sara y Cristian seguían ahí, ella recostada a su pupitre, y él observándola detenidamente, pensando en si lo mejor era acercarse a ella para saber lo que estaba pasando.—Sara. ¿Pasa algo?. —Movió hacía atrás alguno de los cabellos de ella, para
Ni si quiera me había tocado, y ya me lo había imaginado haciéndolo, de tan sólo haberlo imaginado, ya me había calentado, tenía unas inmensas ganas de que me llenara con su gran pene.Me acerqué a él, haciendo que nuestras pieles se tocaran, mis senos estaban tocando la piel de su pecho. Tomé su rostro y lo bajé un poco para lograr besarlo, a lo que él inmediatamente bajó sus manos y me apretó las nalgas, juntándome hacia él.Encaramó mi pierna encima suyo, quien estaba de lado igual que yo. Comenzó a frotar su pene en mi vagina, lo cual se sentía demasiado excitante, y el placer delirante empezó a desbordarse de ambos. Apreté su espalda con mis manos,







