Se connecterEstaba feliz.
Pero no era una felicidad tranquila…
Manuel sería mi segundo novio.
Y, aunque intentaba no ilusionarme demasiado, había algo dentro de mí que quería creer que esta vez sí iba a funcionar.
Que esta vez… no iba a terminar mal.
Cada día que pasaba, lo nuestro se sentía más fácil. Más natural. Como si todo fluyera sin esfuerzo.
Hablábamos a cada momento. Nos reíamos por cualquier cosa. Y, poco a poco, sin darme cuenta…
me fui acostumbrando a él.
A su forma de hablarme.
Cuando me dijo que estaba pensando en ahorrar dinero para venir a verme…
algo dentro de mí se acomodó.
Como si, por primera vez en mucho tiempo, todo tuviera sentido.
Todo iba perfecto.
Llevábamos una semana de novios y aún no le había contado nada a Esteban.
No porque quisiera ocultarlo…
Segura de que esto no se iba a acabar rápido.
Segura de no quedar como una tonta.
Pasó otra semana.
Y nada cambió.
Todo seguía bien.
Incluso mejor.
Así que decidí que ya era momento de decirle.
Hablé con Esteban, y quedamos en que vendría a mi casa. También tenía algo importante que contarme.
Me arreglé un poco más de lo normal. No demasiado… pero lo suficiente como para sentirme bien conmigo misma.
Saldríamos a comer.
Como siempre.
Terminamos en la heladería Dawn.
Nuestro lugar.
El de siempre.
El que, de alguna forma, siempre terminaba siendo parte de nosotros.
Mientras esperábamos el pedido, Esteban tomó mi mano.
—Sara, quiero contarte algo.
Lo miré.
—Yo también tengo algo que contarte… pero te escucho primero.
Sonrió.
—Hay una chica que me parece muy linda… he estado hablando con ella… y me gustaría declararle mis sentimientos.
Sentí algo.
Pequeño.
Pero ahí estaba.
Un nudo.
Rápido. Inesperado.
Lo ignoré.
—Me alegra mucho que estés bien otra vez y que te guste alguien… —dije, sonriendo—. Sólo espero que esta chica sí sea buena contigo.
—Eso espero también… pero no sé cómo decirle que me gusta. ¿Tú podrías ayudarme?
Y ahí estaba.
Lo de siempre.
Él… confiando en mí.
Yo… estando para él.
Sonreí.
No pude evitar sonreír.
—Claro que sí. Siempre voy a ayudar a mi mejor amigo.
—¡Gracias, princesa! —dijo, emocionado, casi como un niño, dando un pequeño saltito.
Solté una pequeña risa.
—Yo también quería contarte algo… —dije, un poco nerviosa.
—Cuéntame, princesa. ¿Qué pasa?
Tomé aire.
Y lo dije.
—Conocí a un chico… empezamos a hablar… me gustó mucho… y yo a él… así que… ahora somos novios.
Lo miré.
Esperando.
Midiendo.
Apreté los labios, buscando algo en su reacción.
—¿De verdad? —preguntó, alzando las cejas, sorprendido.
—Sí… me gusta mucho. —respondí, mirándolo fijamente.
Por un segundo…
no supe qué pensar.
No supe qué iba a decir.
No supe qué esperar.
Pero entonces—
—¡Me alegro mucho! Hace tanto tiempo que no tenías novio, que incluso pensé que eras lesbiana —dijo riéndose.
—¡¿Qué?! ¿Qué te pasa, Esteban? —respondí entre risas.
Pero su expresión cambió.
Y eso… sí lo reconocí.
—Sólo espero que te trate bien… que te quiera de verdad y que no te lastime —dijo ahora más serio.
—Claro que sí… se nota que es buen chico.
—Eso espero… porque si no, tendrá problemas.
Lo dijo con una seriedad que no dejaba espacio a dudas.
—Deberías presentármelo. Quiero conocerlo.
—Creo que no podrás conocerlo en persona —dije, encogiéndome de hombros.
—¿Por qué no?
—Porque no es de aquí… vive en otro país.
—Eso no es impedimento, Sara. Puedes presentármelo virtualmente, ¿no?
Reí un poco.
—Sí… pero tendrías que entrar a un en vivo de su amigo para verlo. No creo que quieras hacer todo eso.
—Sí quiero.
Lo dijo sin dudar.
Completamente serio.
Lo miré, sorprendida.
—Está bien… mañana lo hacemos.
No podía creer que realmente quisiera conocerlo.
Pero bueno…
se lo presentaría.
Al día siguiente, le envié a Esteban el en vivo del amigo de Manuel.
Estábamos hablando Manuel, otros chicos y yo… leyendo comentarios, riendo…
cuando apareció su mensaje preguntando quién era mi novio.
Manuel respondió.
Y entonces empezaron a hablar.
Para mi sorpresa…
se llevaron bien.
Así de fácil.
Sin tensión.
Sin incomodidad.
Sin nada raro.
Quedé impactada.
Pero también…
muy feliz.
Mi mejor amigo y mi novio llevándose bien era algo que no esperaba tan fácil.
Y, de alguna forma…
eso me dio tranquilidad.
Ahora sólo quedaba esperar.
Dos días.
Para ver qué pasaba con la chica que le gustaba a Esteban.
Llegó el momento.
Esteban había citado a la chica.
Y yo no iba a perderme eso.
Fuimos a la plaza.
Me senté en un restaurante cerca de donde se verían, y dejamos los celulares en llamada para poder escuchar todo.
Mi corazón latía rápido.
Más de lo normal.
Esteban estaba ahí.
Esperando.
Hasta que ella llegó.
—Hola —saludó Esteban, con las manos detrás de la espalda, ocultando el detalle.
—Hola… ¿para qué me citaste? —respondió ella, cortante.
Algo en su tono…
no me gustó.
—Quería decirte algo… —dijo él, bajando la mirada.
—Sí, dime.
—Me… me gustas mucho… —confesó, sacando los chocolates y la flor.
Hubo un silencio.
Uno incómodo.
—¿Qué? —dijo ella, frunciendo el ceño.
—Sí…
Y entonces pasó.
—¿Es en serio? ¿Crees que estaría contigo?
Le tiró las flores.
Los chocolates.
Como si no significaran nada.
—Pero…
—¡Qué ingenuo eres! ¿Crees que porque hablamos ya me gustas? ¡Ubícate, Esteban! —se burló, riéndose.
Y ahí…
algo dentro de mí explotó.
Rabia.
Pura rabia.
No lo pensé.
No lo medí.
No dudé.
Simplemente reaccioné.
Me levanté de la silla y caminé directamente hacia ella.
Y antes de que pudiera reaccionar…
le di una patada en el estómago.
Cayó al suelo.
—¡¿Qué te pasa?! ¡Loca! —gritó, agitada.
—¡¿Qué te pasa a ti?! ¡Estúpida! —respondí, sintiendo cómo la rabia me subía por todo el cuerpo.
Me lancé encima de ella.
Y empecé a golpearla.
—¡Sara! —gritó Esteban.
Pero ya no estaba escuchando.
—¡En tu vida vuelvas a hablarle así a Esteban! —grité, completamente fuera de mí.
En ese momento, ella me arañó el brazo con fuerza.
El ardor fue inmediato.
Intenso.
Pero eso…
eso sólo me hizo enfurecer más.
No me detuve.
No quise detenerme.
Sin pensarlo…
perdí el control.
Por completo.
Me incliné hacia ella y, en medio del forcejeo, terminé mordiéndole el pecho con fuerza.
—¡Aahhhh! —gritó, retorciéndose.
Las personas alrededor se quedaron mirando, impactadas.
El ambiente se volvió un caos.
—¡Sara, ya no más! —gritó Esteban, intentando separarme.
—¡Suéltame! ¡Esta puta se lo merece! —grité, forcejeando.
—¡Ya es suficiente, Sara! ¡Nos vamos!
Y entonces…
todo se detuvo.
Porque me levantó.
Literalmente.
Me cargó sobre sus hombros mientras se alejaba del lugar.
Sentía las miradas.
El murmullo.
El escándalo.
Todo el mundo viendo.
Y entonces…
me reí.
—Jajajajaja…
Sí.
Como una loca.
Sin control.
Sin filtro.
—Sara… ¿estás bien? Te está sangrando el brazo —dijo, preocupado.
—Estoy más que bien… —respondí entre risas—. Ella está mucho peor que yo.
Y en ese momento…
lo supe.
Había perdido completamente el control.
Y lo peor de todo…
es que no me arrepentía.
Ni un poco.
Sara Después de ese viaje a Cancún, era feliz cada maldito segundo de mi vida, porque lo tenía conmigo, porque era mío, porque me amaba, porque lo amaba, porque estábamos juntos, porque tenía al niño más lindo, más tierno y amoroso de todo el mundo, y me sentía la más afortunada de todo el puto planeta, si, así de alto tenía el ego con este amor tan maravilloso. Los meses transcurrían de forma rápida, los momentos entre los dos aumentaban más, cada vez habían más cosas que hacíamos juntos, el amor era más fuerte cada día; ambos éramos más felices de lo normal. No tuvimos peleas fuertes, al contrario, siempre hablábamos todo, había tanta comunicación que sólo bastaba con decir lo que no nos gustaba y de inmediato lo cambiábamos, mejorábamos constantemente en la relación, el uno al otro. Nunca pensé que podía tener un amor tan bonito como el suyo, ese amor que es tan fuerte que a veces piensas que vas a estallar de ternura, ese amor fuerte que va contra viento y marea, de los que nad
—La segunda vez que te besé, te juro que estuve aguantando no hacerlo por mucho, porque cada vez que veía tu cara, quería comerte los labios. —Ambos nos reímos —Pero cuando me entregaste tu precioso cuerpo, lo valoré demasiado, y me sentía el más afortunado por tenerte conmigo, y que me quitaras la virginidad claro. —Sonreí —Desde que empezó esa relación rara entre ambos, me estaba volviendo loco, porque cada día que pasaba, me gustabas más y más, y por eso a veces me dejaba llevar del amor que te tenia y hacía cosas así... —Si te soy sincera, ni si quiera sé desde cuando me gustas, y tardé en darme cuenta, porque quizás no quería asimilarlo, pero desde la primera vez que te habló una mujer, sentí celos, yo pienso que ahí ya me gustabas. —Me tiró a la cama —Me siento muy feliz, porque estoy siendo correspondida de la mejor forma que hubiera imaginado. —Cerró sus ojos —Quiero demostrarte mi amor todos los días, eres un niño precioso, con unos sentimientos hermosos
Cristian Estaba acostado esperando que ella terminara de ponerse el traje de baño, bajaríamos al mar. —Listo. —Salió del baño con un traje de baño enterizo Se veía demasiado hermosa, aunque ya la había visto desnuda y en ropa interior, con ese traje de baño se veía muy preciosa, parecía una Diosa. —Te ves muy linda. —Y eso que es la segunda vez que uso traje de baño. —Confesó —¿Por qué?. —Abrí mis ojos, anonadado —No tengo muy buen autoestima. Pero contigo me siento segura. —Sonrió —Pero si eres demasiado hermosa, tienes unas curvas fantásticas, pareces una Diosa. —Me acerqué y acaricié su cabello —Ay, eres muy lindo. —Me abrazó No podía seguir así, ella había tenido cambios demasiado drásticos, era muy cariñosa, más apegada, y me estaba volviendo loco aunque me encantaran su
Mi corazón seguía desbocado, sentía que se iba a salir, mi respiración aún era fuerte, seguía sintiéndome triste y furioso, quería llorar, quería golpear todo. Mientras miraba hacia el suelo, apreté mi mandíbula y empuñé una mano; escuchar otra vez a la tipa esa como admitía que había dicho mentiras, me ponía aún más furioso, pero también me sentía demasiado triste por Sara, me dolía que no hubiera confiado en mi, intenté hacerme el fuerte, no quería llorar en ese instante, ella nunca me había visto llorar, bueno en realidad nadie lo había hecho.Pero al parecer mi cuerpo era un rebelde, y alcancé a sentir como una pequeña lagrima rodó por mi mejilla en ese instante. Iba a limpiarla rápidamente sin embargo en ese momento sentí la mano de ella en mi rostro, su dedo pulgar estaba limpiando mi pequeña y única lágrima.Levanté mi mirada y la observé. Su rostro también se veía triste, y aún seguía teniendo la palma de su mano en la piel de
OmniscienteEra miércoles, y no, Sara no había obtenido ninguna respuesta de Cristian, no le había contado absolutamente nada en el transcurso de esos días; ella tampoco tuvo sexo con él, ninguno de esos días, y tampoco fue la misma, porque había tenido esperanza de que algo le diría, pero no fue así, se equivocó.Cristian notó todos sus cambios, y no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, aunque se preguntaba una y mil veces si acaso había hecho algo malo.La tercera hora de clase estaba libre, el profesor no iría por problemas familiares, así que algunos se fueron a comer, otros a pasear por la universidad y unos otros a la biblioteca.Todos ya se habían ido del salón, sin embargo Sara y Cristian seguían ahí, ella recostada a su pupitre, y él observándola detenidamente, pensando en si lo mejor era acercarse a ella para saber lo que estaba pasando.—Sara. ¿Pasa algo?. —Movió hacía atrás alguno de los cabellos de ella, para
Ni si quiera me había tocado, y ya me lo había imaginado haciéndolo, de tan sólo haberlo imaginado, ya me había calentado, tenía unas inmensas ganas de que me llenara con su gran pene.Me acerqué a él, haciendo que nuestras pieles se tocaran, mis senos estaban tocando la piel de su pecho. Tomé su rostro y lo bajé un poco para lograr besarlo, a lo que él inmediatamente bajó sus manos y me apretó las nalgas, juntándome hacia él.Encaramó mi pierna encima suyo, quien estaba de lado igual que yo. Comenzó a frotar su pene en mi vagina, lo cual se sentía demasiado excitante, y el placer delirante empezó a desbordarse de ambos. Apreté su espalda con mis manos,







