INICIAR SESIÓN—Ah… sí, amo tus caricias, Javier. Tócame aquí… más profundo, Javier... Me llamo Camila, una joven de veintidós años que ha crecido bajo el techo de la lujosa mansión Villareal desde que tenía diez años. Al principio, creí que aquel lugar era mi santuario, el sitio al que pertenecía. Pero, con el paso del tiempo, esa gratitud se transformó en un pecado prohibido. Había caído rendida ante Javier, mi propio hermano adoptivo. Por desgracia, ninguna cantidad de culpa lograba sofocar el hecho de que, cada noche, la ardiente imagen de sus caricias devastaba por completo mis sueños. Lo deseaba… lo anhelaba con desenfreno en mi imaginación. Sin embargo, la realidad me devolvía bruscamente a mis sentidos: Javier ya tenía una prometida, un crudo recordatorio de que yo no era más que una intrusa lo bastante necia como para haber perdido el corazón. ¿Quieres saber el resto de la historia? ¡Sigue la continuación de nuestro viaje cada día! Gracias.
Ver másPOV Camila
—Ah, sí… así, más profundo, Javier. Quiero que sea más profundo… ah, Javier...
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
El sonido de golpes fuertes en la puerta me despertó de golpe de mi sueño. Un sueño ardiente que, para mi desgracia, no dejaba de atormentar mis noches últimamente.
Jadeaba, exhalando un largo suspiro tembloroso bajo la penumbra de la habitación a medio oscurecer. El sudor frío empapaba todo mi cuerpo, dejando una sensación pegajosa junto con una vertiginosa desorientación, porque aquel sueño se había sentido demasiado real. En mi sueño de hacía apenas un instante, Javier —mi hermano adoptivo— me había besado con tanta suavidad, intensidad y exigencia a la vez. El roce de aquella fantasía había sido tan vívido que dejó el deseo prendido en mi cuerpo.
—Camila, ¿ya despertaste, hija? Dijeron que hoy es tu primer día de trabajo, ¿no?
Al oír aquel llamado con tono de advertencia desde el otro lado de la puerta, me incorporé de golpe, sobresaltada. Maldición, ¡casi lo había olvidado! Por culpa de aquel sueño maldito, había olvidado que hoy era mi primer día en el trabajo.
—¡Sí, Mamá, ya estoy despierta! —respondí a medio gritar, tratando de estabilizar mi voz para que no sonara ronca. Si no respondía en ese momento, aquella mujer de mediana edad y corazón de ángel que me había adoptado seguiría tocando la puerta sin parar, preocupada.
—Baja rápido, que si llegas tarde tu hermano se va a enojar —añadió antes de que sus pasos se alejaran de mi habitación.
—Sí, Ma...
Volví a exhalar un largo suspiro, con la mirada perdida en el techo de la habitación. En lugar de levantarme de inmediato hacia el baño, mis dedos se movieron fuera de mi control. Rozaron mi mejilla, bajaron hasta mis labios, acariciaron mi cuello que aún ardía tibio, mi pecho que latía con fuerza, hasta llegar a la zona sensible de más abajo. Los restos de la calidez de aquel sueño todavía persistían con descaro. Aún podía sentir cómo los labios y el toque posesivo de Javier consentían mi cuerpo.
—Esto es una locura. ¿Por qué cada noche pienso en esa locura? Esto no debería estar pasando —susurré con voz débil, reprochándome a mí misma con frustración. Sabía perfectamente que todo aquello estaba mal. Muy mal.
Sí, sabía que no éramos hermanos de sangre. Ni una sola gota de la sangre de los Villareal corría por mis venas. Sin embargo, esa familia había sido demasiado buena conmigo. Ellos fueron quienes me salvaron, quienes me llevaron a esta casa magnífica y me criaron con un amor pleno cuando yo ya era huérfana y no tenía a nadie más en este mundo.
Debería haber tenido más decoro. Debería haber sellado mis sentimientos por completo y haberlo considerado únicamente como un hermano, mi protector. Pero, ¿qué le pasaba a mi corazón? ¿Por qué mi propio ego había decidido amarlo como a un hombre? ¿Por qué mi fantasía se atrevía, descarada, a imaginar hacer el amor con él cada noche? Y más aún... Javier ya tenía una prometida elegida por la familia.
* * * *
El ambiente en el comedor aquella mañana se sentía silencioso, apenas quedaba el tintineo de las cucharas chocando contra los platos de porcelana. La atmósfera era tan sofocante que hasta la comida me sabía insípida.
—¿Por qué tienes que postularte al trabajo por la vía general, junto con esa gente, hija? Si esa empresa es de nuestra familia. Solo tienes que decírselo a tu hermano y seguro obtienes el puesto que quieras sin tanto esfuerzo —dijo Mamá, rompiendo el silencio, mirándome con un brillo lleno de cariño mezclado con desconcierto.
Al escuchar las palabras de Mamá, solo pude esbozar una sonrisa tímida, ocultando la incomodidad que me invadió de repente. Mi mirada se desvió, robando una ojeada hacia el otro extremo de la mesa, justo hacia el rostro de Javier. Aquel hombre solo permanecía en silencio, disfrutando de su café. Como siempre, su expresión era inexpresiva, fría, y parecía sumamente difícil de alcanzar. Sin embargo, yo sabía que, muy en el fondo de su corazón, él era una persona buena y cálida. Solo que... no entendía por qué, desde hacía dos años, se había vuelto tan frío como un glaciar, sobre todo conmigo.
—No hay problema, Mamá. No quiero que la gente en la oficina piense que entré por enchufe. Quiero que todos sepan que puedo valerme por mí misma y que puedo sostenerme con mis propias capacidades —respondí, esforzándome por sonar valiente y segura, aunque bajo la mesa mis manos ya estrujaban la tela de mi falda.
—Déjala, Ma, si ella quiere eso. No la obligues. Ya es grande y ya sabe distinguir lo correcto de lo incorrecto —intervino Javier con firmeza. Su voz, de barítono, fría, cortó la conversación sin siquiera desviar la mirada hacia mí. Se levantó de inmediato, arreglando su impecable saco.
—Eh, Javier, ¿así nada más te vas? ¿No vas a llevar a Camila contigo? —preguntó Mamá, extrañada al ver a su hijo apresurarse.
—Ya es grande, Ma —respondió escuetamente, y se marchó sin más, sin despedirse en especial ni mirarme siquiera un instante.
Apreté mis manos con fuerza bajo la mesa, ocultando mis nudillos blancos por la tensión de contener el súbito y agudo dolor que me atravesaba. Mientras tragaba el nudo que me cerraba la garganta, me obligué a fingir una pequeña sonrisa frente a Mamá. Antes, su actitud hacia mí solía ser tan cálida y protectora. Si me enfermaba aunque fuera un poco, era él quien más se preocupaba. Pero ahora todo había cambiado por completo. Se sentía tan distante, como si yo fuera una mancha que él quisiera borrar de su vista.
—Puedo irme sola, Ma —dije con calma, tratando de tranquilizar a aquella mujer de mediana edad para que no se preocupara.
—¿Con el chofer? Que te lleve el chofer de la casa —intervino Papá, que había permanecido en silencio hasta entonces.
—Puedo ir en taxi, Pa. Es más rápido por el atajo. No se preocupen, Mamá y Papá, ¿sí? ¡Chau, nos vemos!
* * * *
Pensé que Javier ya se habría marchado en su auto desde hacía rato. Pero, quién lo diría, mis pasos se detuvieron de golpe en los escalones del pórtico al verlo todavía de pie junto a su auto.
Con su traje de trabajo y su pantalón de tela, ambos completamente negros, ajustados a la perfección a su cuerpo firme, se veía tan imponente, como si el mundo entero estuviera bajo su control. Su rostro serio, combinado con la línea firme y masculina de su mandíbula, lo hacía lucir muchísimo más apuesto bajo el reflejo dorado de la luz de la mañana.
Siempre había adorado ese rostro. El rostro que, para mi desgracia, cada noche se colaba y desordenaba mis sueños últimamente.
En ese instante, una pequeña y tonta esperanza volvió a inflarse en mi pecho. Pensé que me estaba esperando a propósito para llevarme. Pensé que la actitud brusca y fría que había mostrado en la mesa hacía un momento era solo una máscara, porque no quería demostrar que le importaba. Pero, en cuanto habló, las palabras que salieron de sus labios helaron de golpe toda la sangre en mis venas hasta la punta de los pies.
—Que no se entere nadie de que nos conocemos. En la oficina, tienes que ser profesional. ¿Entendido?
Su voz era grave, pesada, fría, cargada de una orden absoluta que no admitía réplica.
Con rigidez, asentí despacio mientras tragaba saliva con un sabor tan amargo como la hiel. —Entendido, Javi.
—¡En la oficina no existen esos apodos! —me cortó de inmediato, con un tono que subió una octava. Su mirada, afilada como la de un águila, me atravesó sin piedad, como si yo acabara de cometer un error fatal—. Recuerda que en la oficina tú solo eres mi subordinada, una empleada más. Así que diríjete a mí con respeto.
Volví a asentir despacio, esforzándome con todas mis fuerzas por contener el fuerte temblor de mis rodillas, que de pronto se habían debilitado. Mis manos apretaron la correa de mi bolso cruzado con muchísima fuerza, derramando toda la amargura que se extendía con violencia en mi pecho.
—Sí... señor —musité con voz débil, casi un susurro.
Tras escuchar la respuesta que quería oír, sin una palabra más ni siquiera un asentimiento formal, Javier me dio la espalda de inmediato. Subió a su lujoso auto negro y reluciente, cerró la puerta con un golpe suave y se marchó a toda velocidad, dejando atrás el patio de la casa. El vehículo surcó la calle a gran velocidad, indiferente a mis sentimientos, que ya yacían hechos pedazos detrás de él.
Observé el rastro de humo del escape de su auto desvanecerse poco a poco en el aire matutino. Mi pecho se sentía oprimido, vacío, colmado de una culpa que se acumulaba sin cesar.
Además, ¿quién era yo para atreverme a esperar algo más?
* * * *
Punto de vista del autor—Lio, sé que él no se quedará de brazos cruzados —dijo Javier con firmeza a su asistente personal unas horas antes de que comenzara el evento.—Me he asegurado de que todo esté bajo control, señor. A nadie que entre en la zona del evento sin una tarjeta de invitación oficial se le permitirá el acceso. También he preparado una seguridad muy estricta para toda la duración de la fiesta —respondió Lio con total confianza.Javier se quedó en silencio un momento mientras miraba por la ventana de su despacho. Ya había invitado a mucha gente, e incluso los medios de comunicación iban a estar presentes. Si se cancelaba el evento sin más, sus padres se enfadarían muchísimo. Sin embargo, si seguía adelante, le preocupaba mucho la seguridad de Nicolás y Camila.—Asegúr
Punto de vista de CamilaEstaba a punto de dar las gracias, pero mis palabras se trancaron cuando la puerta del baño se abrió de repente y entraron varias mujeres vestidas con trajes negros.—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó una de ellas con tono preocupado.La miré frunciendo el ceño, desconcertada, porque no reconocía a esa mujer.—Soy Stefi. El señor Javier me ha encargado desde hace un rato que la vigile desde la distancia —añadió, como si comprendiera mi desconcierto.Asentí con la cabeza, esbozando una leve sonrisa. Sin embargo, me di cuenta de que la mujer que me había dado el pintalabios hacía ya un rato que se había marchado. Y eso que aún no había tenido tiempo de darle las gracias.—No pasa nada, Stefi. Solo estoy limpiándome el vestido —respondí
Punto de vista del autorUna vez finalizada la ceremonia de la bendición, se dirigieron de inmediato al lugar donde se celebraba el banquete, que no estaba muy lejos.Esta vez, el evento se organizó a lo grande. Javier incluso había invitado expresamente a los medios de comunicación para que todo el mundo supiera que ahora tenía oficialmente una esposa tan guapa.Aunque en esta ocasión había muchísimos invitados, Javier mantuvo unas medidas de seguridad muy estrictas. De hecho, algunos de sus hombres se hicieron pasar por invitados para mezclarse entre los asistentes a la fiesta.—Mamá, Nico tiene que hacer pis —susurró Nicolás al oído de su madre.Camila asintió suavemente. Inmediatamente tomó a Nicolás de la mano para llevarlo al baño.—¿Adónde vais? —preguntó Javier, det
Punto de vista del autorJavier sonrió al ver la serie de fotos que le había traído Nicolás. Camila se veía preciosa, aunque la mayoría de las imágenes salían borrosas.Bueno, ¿qué se le puede pedir a un niño de cuatro años?El mero hecho de que se dejara colaborar ya era un gran avance.—¿Qué te parece, papá? ¿Mamá es guapa? —preguntó Nicolás con inocencia.Javier se giró y asintió lentamente—. Mmm, tu madre siempre es guapa. Muy guapa.La sonrisa de Nicolás se hizo aún más amplia. Se acercó un poco más y le susurró algo al oído a su padre.—Papá, mamá acaba de grabar un vídeo especial para ti —le susurró en secreto.Al oír eso, Javier volvió a abrir












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