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Sola Entre Lobos

Penulis: Iin Dwi Z
last update Tanggal publikasi: 2026-07-10 14:44:24

 

—Les presento, ella se llama Camila. Es la hermana de Javier.

Solo pude forzar una leve sonrisa mientras asentía ligeramente cuando Adriana me presentó a algunos de sus amigos en aquella lujosa villa. Sinceramente, el ambiente de aquel lugar me incomodó de inmediato. Sentí una incomodidad que de pronto me apretaba la garganta. Y, sobre todo, no me gustaba en absoluto la manera en que aquellos hombres me miraban.

Y eso que yo había elegido deliberadamente una ropa muy decorosa y cubierta. Pero sus miradas, que parecían desnudarme y evaluarme como si fuera un objeto en exhibición, hacían que se me erizara toda la piel de incomodidad.

—Qué hermosa eres. Un placer, soy Pedro. —Uno de los hombres se acercó, extendiendo la mano con una sonrisa que, para mí, resultaba demasiado segura de sí misma.

Acepté aquel saludo de mano solo por cortesía. Pero retiré la mano de golpe, con brusquedad, en cuanto los dedos de Pedro rozaron deliberadamente el dorso de mi mano. Aquel gesto atrevido activó de inmediato una alarma de peligro en mi cabeza.

—Camila —respondí cortante y lo más breve posible.

—Miren, ella todavía no tiene novio, ¿eh? Quién sabe, tal vez alguno de ustedes le guste, así que ya pueden ir acercándose —añadió Adriana de nuevo con un tono entusiasta. Aquel comentario, por supuesto, fue recibido de inmediato con gritos y vítores escandalosos de varios de los solteros presentes en la sala.

Opté por callar, robando una mirada hacia Javier, que estaba sentado no muy lejos de nosotros. Aquel hombre solo permanecía en silencio, bebiendo su copa, como si el bullicio a su alrededor fuera solo una brisa pasajera. En lo más profundo de mi corazón, llegué a esperar que alzara la voz. Que me defendiera, que actuara como un hermano mayor protector al descubrir que su hermana menor estaba siendo acosada por un desconocido.

Pero, de repente, recobré la conciencia. Me reproché mi propia estupidez para mis adentros. ¿Hermana? Reí con amargura en mi interior. Yo no era su hermana de sangre. No era más que una huérfana solitaria que su madre había traído para criar hacía doce años. A los ojos de Javier, tal vez yo no era más que una extraña que vivía de prestado en su casa.

* * * *

Debido a la incomodidad que se acumulaba cada vez más, opté por alejarme de la multitud. Mis pies me llevaron hacia el área del balcón que daba directamente al mar abierto. Dentro de la sala principal, la escena resultaba sumamente repugnante. Sobre todo cuando los amigos de Adriana que habían llevado pareja comenzaron a abrazarse con fuerza y besarse apasionadamente en público, como si aquella actividad íntima ya fuera algo cotidiano dentro de su círculo de amistades.

Crucé los brazos sobre el pecho, abrazándome a mí misma para protegerme del viento nocturno que comenzaba a calarme los huesos. Mi mirada se fijó directamente en la vasta y oscura extensión del mar. Aquel lugar, que debería haberse visto hermoso y sereno, por alguna razón hacía que mi pecho se sintiera cada vez más oprimido y vacío.

—Hola...

Volteé apenas un poco al sentir un aliento y un cambio de peso a mi lado. Uno de los hombres del grupo anterior ya estaba sentado, de repente, en la baranda del balcón, justo junto a mí. No tenía intención de conversar, así que solo asentí una vez con rigidez.

—Vaya, no sabía que Javier tenía una hermana tan hermosa como tú. Pensaba que él era hijo único de la familia Villareal —dijo, tratando de iniciar una conversación con un tono seductor.

Solo esbocé una sonrisa leve e insípida al escuchar su pregunta. Era normal que no lo supiera. En realidad, ninguna persona ajena a la familia conocía mi verdadero estatus en ella. Simplemente me habían criado ahí, me habían dado todas las comodidades, pero jamás me habían presentado oficialmente al público como parte de su familia. Yo seguía usando el apellido de mi familia biológica en lugar de llevar el ilustre apellido Villareal. Así que, evidentemente, nadie sabía de mi existencia salvo las personas más cercanas.

—¿Por qué? ¿Te sientes incómoda aquí? —volvió a preguntar el hombre al notar mi silencio.

Volví a mirarlo brevemente y negué apenas con la cabeza, como una respuesta falsa. Opté por cortar el contacto visual y volví a fijar la vista en la inmensidad de la playa, esperando que aquel hombre a mi lado comprendiera pronto que quería que me dejara sola.

La noche se hacía cada vez más avanzada, y el ambiente dentro del salón del hospedaje se volvía cada vez más desenfrenado. Yo solo permanecía sentada en silencio en un rincón en penumbra, presenciando la escena frente a mí con el corazón adolorido. Algunas personas empezaron a beber alcohol sin parar, riendo a carcajadas con el rostro enrojecido, y acaramelándose sin ningún pudor con sus respectivas parejas.

Y justo en medio del sofá principal, estaban Javier y Adriana.

Hice hasta lo imposible por apartar la mirada, obligando a mis ojos a fijarse en el suelo o en cualquier pared, con tal de no mirarlos a ellos. Mi pecho se sentía demasiado oprimido, como golpeado por un mazo enorme, cada vez que veía a Adriana sentarse deliberadamente sobre el regazo de Javier. Aquella mujer enroscaba ambos brazos alrededor del cuello de Javier con cariño, susurrándole con mimo en la curva del cuello, como si estuviera marcando su territorio y afirmando ante el mundo que Javier le pertenecía solo a ella.

—Camila, toma, bebe esto.

Un vaso con líquido alcohólico apareció de repente frente a mi rostro. Alcé la vista y encontré a Pedro de pie frente a mí, con una sonrisa ladeada. —Gracias, pero no bebo alcohol —rechacé, apartando el vaso con educación.

—Está rico, Camila. Prueba solo un poco, no te vas a emborrachar de inmediato —insistió Pedro de nuevo, acercando deliberadamente el vaso a mis labios.

—Sí, Camila. Ya tienes veintidós años, ¿cómo es posible que nunca hayas probado el alcohol? No seas tan rígida, que esto es una fiesta de vacaciones —intervino una de las amigas de Adriana desde el otro lado de la sala, provocando risas burlonas de los demás.

—Oigan, no la obliguen. Como nunca ha tenido novio, tampoco debe de haber sentido lo que es un beso, ¿no? —soltó otra persona, avivando el ambiente.

Pedro soltó una risita grave, mirándome con un brillo despectivo sumamente evidente en los ojos. —Camila, ¿qué tal si esta noche te beso yo? ¿Quieres aprender conmigo cómo se besa bien?

Los oídos me zumbaron al escuchar aquel comentario de acoso lanzado tan abiertamente. No respondí ni una sola palabra. Mi lengua se paralizó por la vergüenza y la rabia que se mezclaban en mí. Pero, en medio de aquel cerco de risas burlonas, mis ojos se movieron de inmediato en busca de la figura de Javier.

Aquel hombre permaneció inmóvil en su lugar. Solo se quedó observando en silencio cómo humillaban a su hermana y la convertían en objeto de una broma barata ante sus propios ojos, como si aquello no fuera un asunto lo bastante grave como para importarle. Y peor aún, Adriana sonreía satisfecha sobre el regazo de Javier, como si aquella situación vergonzosa fuera justo lo que había planeado desde el principio para destruir mi dignidad.

Un dolor inmenso me atravesó el pecho de golpe, mucho más doloroso que las burlas de aquellos hombres despreciables frente a mí. A Javier realmente no le importaba. Me dejó convertirme en presa en ese lugar sin la más mínima intención de tenderme una mano.

* * * *

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