MasukDespués de esforzarme muchísimo por controlar los latidos frenéticos de mi corazón, obligué a mis piernas a moverse de nuevo, despacio. Estar tan cerca de Javier, en aquella situación tan íntima con el torso desnudo, hacía que mi cordura estuviera a punto de evaporarse. Pero, justo cuando pasé a su lado, la voz de barítono de aquel hombre rompió de golpe el silencio de la noche, dejando mis pasos paralizados al instante sobre el suelo de la cocina.
—¿Por qué tienes las mejillas rojas?
Aquella pregunta breve salió sin más, grave e intimidante.
Por reflejo, me toqué las propias mejillas. Y, en efecto, ahí sentí un calor ardiente: los restos del torbellino de aquel sueño erótico que acababa de despertarme.
—Yo... yo estoy bien —respondí titubeante, con una voz sumamente débil.
Sin esperar respuesta de su parte, apresuré mis pasos, alejándome de la cocina. No podía quedarme mucho tiempo cerca de él en una situación como esa. Estar cerca de Javier en una noche tan silenciosa despertaba en mí un lado peligroso; había una parte de mí tan egoísta que deseaba con todas sus fuerzas atraer aquel cuerpo firme hacia mí, abrazarlo, estrecharlo con fuerza, exactamente igual que en la fantasía desenfrenada de mis sueños.
«Ay, creo que de verdad necesito ir a un psicólogo», me reproché para mis adentros mientras cerraba la puerta de mi habitación. Para que mi mente no siguiera siendo tan sucia y tan lamentable.
A la mañana siguiente, ya estaba lista con mi ropa de trabajo. Mi ánimo también estaba mucho mejor que el día anterior, después de intentar olvidar el incidente de la medianoche. Pero, en cuanto mis pies tocaron el último escalón, el sonido lejano y melindroso de la voz de Adriana me recibió de inmediato. En efecto, aquella mujer ya estaba sentada plácidamente en el comedor, junto a Javier y sus padres, reunidos para desayunar juntos.
Estaba sentada justo al lado de Javier, aferrada a él con mimo, lanzándole de vez en cuando sonrisas llenas de ternura. Una escena que, por supuesto, hizo que mi apetito se esfumara al instante.
—Camila, ¿el feriado de mañana quieres venir de vacaciones con nosotros? —preguntó Adriana directamente, en cuanto notó mi presencia en el comedor.
Por supuesto, negué con la cabeza de inmediato, sin necesidad de pensarlo dos veces. —No, gracias. —Prefería mil veces pasar mi día libre durmiendo todo el día en mi habitación, antes que convertirme en espectadora de cómo se acaramelaban durante toda la jornada.
—Uy, ¿por qué? Ahí van a estar muchos de mis amigos, ¿sabes? Te los voy a presentar. Quién sabe, tal vez alguno te guste. Todos son hijos de familias adineradas y respetadas —parloteó de nuevo, con un tono despectivo disfrazado de falsa amabilidad.
—Ve con ellos, Camila. Mamá nota que nunca te acercas ni sales con nadie, ¿verdad? Quién sabe, tal vez alguno de ellos termine siendo tu pareja. Ve, ¿sí, hija? —añadió Mamá, animándola a persuadirme con entusiasmo.
No respondí de inmediato. Mi mirada, en cambio, se desvió, fija directamente en Javier, que estaba al otro lado de la mesa. En lo más profundo de mi corazón, esperaba que aquel hombre alzara la voz y me prohibiera ir. Pero Javier solo permaneció en silencio. Siguió masticando su comida con calma, como si aquella discusión no tuviera ninguna importancia, y como si mi presencia careciera por completo de sentido en su vida.
Tragándome la decepción que sangraba dentro de mi pecho, finalmente exhalé un suspiro de resignación. —Hm, está bien, entonces —respondí al fin.
* * * *
Llegó el día de la partida tan esperado por Adriana. Elegí ponerme ropa cómoda y completamente cubierta —una camiseta holgada y unos jeans largos—, un contraste absoluto con la ropa de Adriana, que se veía tan sexy y reveladora.
—Tienes que divertirte allá, Camila. Quién sabe, tal vez cuando vuelvas ya traigas un novio nuevo —me recordó Mamá, llena de esperanza, mientras yo me despedía besándole la mejilla.
Solo pude asentir con una leve sonrisa forzada. ¿Un novio nuevo? Yo misma dudaba de que mi corazón todavía pudiera abrirse a otro hombre. Porque la amarga realidad era que todo el espacio en mi corazón se había entumecido, cerrado herméticamente solo para Javier. En mi desenfrenada imaginación de cada noche, no permitía que ningún otro hombre me tocara más que él.
En cuanto subimos al auto, mi posición quedó determinada de inmediato. Me senté en el asiento delantero, justo al lado del chofer privado de la familia. Mientras tanto, en el asiento trasero, se sentaron Adriana y Javier, uno junto al otro. Durante todo el trayecto, la escena reflejada en el espejo retrovisor central golpeaba mi pecho sin cesar, con una opresión que no se detenía.
Adriana, con gran mimo, se abrazaba al brazo de Javier, apoyando la cabeza en el ancho hombro de aquel hombre, como si quisiera exhibir ante el mundo —sobre todo ante mí— que Javier era su propiedad absoluta, que nadie podía disputarle.
—Camila, ya tienes veintidós años. ¿Nunca en todo este tiempo has tenido novio? —preguntó Adriana de repente desde el asiento trasero, rompiendo el silencio y logrando sobresaltarme.
Negué despacio con la cabeza. Mientras respondía, mi mirada se desvió a escondidas hacia el espejo retrovisor central, con curiosidad por saber cómo reaccionaría Javier al escuchar cómo desnudaban mi privacidad. Pero aquel hombre, en cambio, cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos, con aire de indiferencia.
—Uy, ¿por qué nunca? ¡Tener novio es divertido, sabes! Puedes abrazarte fuerte así, también puedes besarte. Oye, ¿tú ya has besado a alguien alguna vez? —insistió Adriana de nuevo, sin conocer límite alguno de decoro.
Me quedé paralizada; mi lengua se trabó de golpe para responder. Si me preguntaban sobre la realidad, honestamente jamás había tenido un contacto físico tan íntimo con ningún hombre. Pero, si se trataba de mis sueños... incluso lo había hecho ya muchísimas veces con su prometido, cosas mucho más íntimas y ardientes que un simple beso.
—Nunca —respondí escuetamente al final, tratando de ocultar el temblor nervioso en mi voz.
—Ya verás que, después de presentarte a mis amigos, seguro podrás sentir todo eso. Tranquila, todos son buenas personas —respondió Adriana con su risita.
Opté por guardar silencio, sin intención de responder más. Pero el sonido de un carraspeo grave y masculino desde el asiento trasero me obligó de inmediato a mirar de nuevo hacia el espejo retrovisor. Javier había abierto los ojos. En ese mismo instante, a través del pequeño reflejo del cristal sobre el tablero, la mirada de águila de Javier chocó directamente con la mía. Su mirada era tan afilada, tan intensa, que parecía dejar paralizado cada uno de mis movimientos.
—No te metas en los asuntos privados de los demás, Adriana —dijo Javier en voz baja. Su tono sonaba sumamente frío, plano, pero cargado de un énfasis absoluto.
Adriana enseguida hizo un puchero mimoso, apretando aún más su abrazo alrededor del brazo de Javier. —Amor, yo solo quiero que Camila disfrute la vida como nosotros. Que pueda sentir lo que es tener novio, poder besarse, y poder...
No supe qué palabra pretendía decir Adriana a continuación, porque terminó riendo con coquetería contra el pecho de Javier. Pero, sinceramente, mi pecho se sentía cada vez más oprimido y sofocado dentro de aquel espacio del auto que, de repente, se sentía tan estrecho. Cada vez que escuchaba las palabras de Adriana, mi mente imaginaba automáticamente todas las cosas íntimas que habían hecho a mis espaldas todo este tiempo. Los celos, la sensación de ser una extraña, y el dolor volvieron a agitarse, desollando los últimos restos de la defensa de mi corazón, cada vez más frágil, a lo largo del viaje que cruzaba los límites de la ciudad.
* * * *
Javier llegó corriendo con una expresión de pánico que no podía ocultar. Sin perder tiempo, me cogió en brazos y me llevó a toda velocidad al hospital.En realidad, según el médico, aún faltaba una semana para la fecha prevista del parto. Sin embargo, el médico ya me había explicado que el parto podía adelantarse o retrasarse con respecto a la fecha prevista. Además, estaba firmemente decidida a dar a luz de forma natural, igual que cuando tuve a Nicolás. Por eso, esperaba con paciencia el momento en que nuestro pequeño estuviera listo para venir al mundo.Si en aquel entonces, cuando di a luz a Nicolás, tuve que luchar sola sin la compañía de mi marido, hoy no ha sido así.Hoy, todo el mundo está a mi lado. Javier me sujeta con fuerza la mano, dándome ánimos con cada respiración, mientras
Punto de vista de CamilaLos días pasan volando. La felicidad que llegamos a sentir se va desvaneciendo poco a poco porque Nicolás, últimamente, prefiere estar solo.Sí, mi hijo aún no ha podido aceptar la marcha tan repentina de Dada. Acababan de conocerse y de entablar amistad, pero Dios ya los ha separado para siempre.Pero, ¿qué le vamos a hacer? En lo que respecta al destino de la vida y la muerte de los seres humanos, ninguno de nosotros, simples mortales, puede rechazarlo.Han pasado ya tres meses desde aquel suceso, y Nicolás ya no vuelve a ser tan alegre como antes. Javier y yo hemos intentado animarlo de todas las formas posibles. Sin embargo, lo máximo que consigue es esbozar una sonrisa tenue y forzada, como si le faltara la mitad de su alma y se la hubieran llevado.—¿Le gustaba mucho Dada a Nicolás? —le pregunté con dulzura mi
—¡¿Qué?! ¡¿Se ha caído por un barranco?! —exclamó Nicolás con expresión de incredulidad y los ojos muy abiertos.—Nico, oye... escucha a mamá. Aún no es seguro que haya pasado, primero vamos a averiguar si es verdad, cariño —dijo Camila en tono tranquilizador mientras abrazaba a su hijo por los hombros para que lo entendiera.Nicolás seguía impasible. Miró a su padre y luego, alternativamente, a Alex, como si exigiera más explicaciones sobre lo que realmente había ocurrido.Javier se arrodilló un momento, abrazó a Nicolás y le acarició suavemente el hombro. —Papá aún no sabe con certeza cómo están porque no los ha visto con sus propios ojos. Pero espero que tú…—¡Papá, no quiero que le pase nada a Dada! Quiero
Al llegar a la mansión principal, Nicolás se encontró de inmediato con una decoración tan lujosa y majestuosa.Luces decorativas, globos de colores y todo tipo de réplicas de sus animales favoritos estaban cuidadosamente dispuestos en el amplio jardín de la mansión de Javier.Nicolás no daba crédito a lo que tenía ante sus ojos. Pensaba que su padre solo invitaría a sus compañeros de colegio, pero resultó que su propia casa se había transformado por completo en el parque de atracciones de sus sueños.—¿Te gusta esto? —preguntó Javier con dulzura mientras acariciaba la cabeza de su hijo.Nicolás asintió rápidamente. Inmediatamente besó en la mejilla a su madre y a su padre, uno tras otro, con gran entusiasmo.—¡Estoy muy contento, papá! Yo... ¡estoy desea
Punto de vista del autorComo Nicolás seguía pensando en aquella niña llamada Dada y tenía muchas ganas de volver a verla, Javier le pidió inmediatamente a Alex que llamara al encargado del lago ese mismo día.Al poco rato, apareció un hombre de mediana edad con un atuendo de trabajo bastante sencillo. A su lado, una niña guapa le seguía tímidamente.Nicolás tenía razón: la niña era realmente encantadora. Su pelo no era de un rosa brillante como en los dibujos animados, sino de un castaño claro. Sin embargo, llevaba una cinta multicolor que le adornaba el pelo, creando un bonito degradado que, a los ojos de Nicolás, parecía el pelo de un unicornio.—Señor Villarreal, ¿qué le lleva a llamarme? —preguntó el hombre de mediana edad con amabilidad.Javier esbozó una leve sonri
Ya no veo a Nicolás. Se ha ido hace un rato con Alex. Incluso Javier le ha pedido a Stefi que los acompañe, ya que, según dice, se van a montar a caballo.Javier me ha prohibido ir. Dice que teme que me pase algo, teniendo en cuenta que el camino hacia el hipódromo es bastante resbaladizo y pedregoso, algo muy poco recomendable para mi estado de embarazo.Me senté tranquilamente en la silla frente a la tienda, esperando a Javier, que estaba dentro cogiendo algo.Al poco rato, volvió y me puso una chaqueta gruesa.—Para que no pases frío —dijo esbozando una amplia sonrisa.Asentí con cariño y luego me ajusté la chaqueta que él me había puesto. Entonces mi mirada se posó en unas jaulas improvisadas que Alex había preparado en una esquina del camping.¿Y sabes qué? ¡Resulta que, además de traer u







