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Capítulo 3: Las primeras noches

Author: Rioda
last update publish date: 2026-08-27 08:58:26

La casa nueva olía a pintura fresca y a esperanza frágil. Paredes blancas. Techos bajos. Un jardín trasero con hierba salvaje que Caleb reconoció de inmediato como un campo nuevo donde librar sus batallas. Era la mitad exacta de lo que me correspondía de los gananciales: suficiente para empezar, pero no para sentir que respiraba tranquila.

Esa primera noche, después de acostar a Caleb, el silencio cayó como una losa.

—Mami, ¿papá va a venir a dormir aquí también? —había preguntado él mientras lo tapaba, con esa voz pequeña que aún creía en finales felices.

—No, mi vida. Ahora viviremos aquí tú y yo. Pero estoy segura de que papá te verá muy seguido, como lo prometió.

Asintió, aunque sus ojos se quedaron abiertos un rato más de lo normal, mirando el techo como si esperara que las respuestas aparecieran allí. Cuando por fin se durmió, su manita aún sujetaba la mía.

Me senté en el borde de la cama improvisada del salón, rodeada de cajas sin abrir. El reloj marcaba las once y cuarenta y tres. Luego la una y doce. A las dos y media me rendí y fui a la cocina. Preparé té que no bebí. Lavé los platos que ya estaban limpios. Cualquier cosa con tal de no pensar en el dinero que ya empezaba a faltar, en las facturas que llegarían, en la posibilidad real de no ser suficiente para criar sola a un niño.

A las tres de la mañana saqué el caballete que había comprado de segunda mano y un lienzo pequeño. Mis manos temblaban mientras mezclaba los colores. Quería pintar algo simple: el jardín bajo la luna, quizá. Algo que hablara de nuevos comienzos. Pero el pincel se movía torpe. Los trazos salían duros, cargados de rabia. El azul se volvió negro. El dorado, gris sucio. Terminé clavando el pincel en el lienzo con tanta fuerza que lo rasgué.

—Maldita sea —susurré, y me dejé caer al suelo, espalda contra la pared, rodillas contra el pecho.

No lloré. Ya no me quedaban lágrimas esa noche. Solo un vacío pesado que me apretaba el esternón. ¿Y si no pudiera hacer esto? ¿Y si Caleb terminaba resentido, como yo con mis propios padres? ¿Y si Isaías pedía la custodia completa y el juez decidía que un niño necesitaba “estabilidad” y no una madre que apenas empezaba a reconstruirse?

El teléfono vibró sobre la mesa. Un correo del abogado de Isaías, enviado a las 2:47 a.m., como si supiera que yo tampoco dormía.

Asunto: Propuesta de custodia.

Abrí el archivo adjunto con dedos fríos. Solicitaban custodia compartida, pero con semanas alternas completas y una cláusula de “revisión en seis meses según estabilidad emocional y financiera de la madre”. Estabilidad emocional. La frase era un golpe bajo disfrazado de formalidad. Sabía de dónde venía realmente esa presión.

Me levanté, caminé hasta la habitación de Caleb y me quedé en el umbral mirándolo dormir. Su respiración era tranquila, confiada. En ese momento entendí que el miedo más grande no era quedarme sin dinero. Era fallarle a él.

Regresé al salón, recogí el lienzo roto y lo apoyé contra la pared. No lo tiré. Mañana intentaría de nuevo. Y al otro. Hasta que los trazos dejaran de ser rabia y empezaran a ser míos.

A las cinco y media, cuando los primeros rayos de luz entraron por la ventana, envié un mensaje a Ligia. Contestó a la media hora, con audios, voz ronca de sueño.

—Edith… ¿estás bien?

—No —admití, y fue un alivio decirlo—. Pero voy a estarlo. Solo… necesito que me recuerdes que no estoy sola en esto.

—Nunca lo has estado —respondió ella sin dudar.

Miré el lienzo rasgado. Por primera vez en mucho tiempo, sentí algo parecido a determinación. No era mucho. Apenas una chispa.

Pero era mía.

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