تسجيل الدخول—¡Mamá, ayúdame a empacar! ¡Es urgente! —pidió Valeria a su madre, quien como de costumbre se encontraba en la cocina, preparando la cena para sus hijos.
Rita Muñoz vivía para preparar platillos, era una mujer trabajadora que sola había sabido criar a tres hijos, siendo Valeria la menor de todos ellos. —¿Qué ocurre, cariño? —se alarmó la mujer, al ver las lágrimas que corrían por las mejillas de su hija menor. —¡Lo he arruinado, mamá! —sollozó contra su pecho en busca de consuelo. —¿De qué hablas? —De qué estoy embarazada de mi jefe —soltó como si aquel fuera un peso muy grande que no podía seguir sosteniendo. —¿Embarazada? —su madre endureció el gesto, apartándola. Aquello era como un insulto para la mujer, quien se había esmerado en inculcarle valores a sus tres hijos. —Lo lamento, mamá, yo… El bofetón que le propinó su progenitora la dejó en silencio. —No puedo creer que me salgas con esto —vociferó histérica, alzando las manos y sacudiendo la cabeza—. ¿Y de tu jefe? ¡Estás loca, muchacha! —Lo siento mucho, mamá… —Y seguramente te pidió que abortaras —supuso, conociendo cómo pensaban ese tipo de personas, que solían creer que porque tenían dinero y estatus estaban por encima de todos. —Sí —confirmó ella con pesar, recordando las duras palabras de Enzo—, pero su padre quiere que nos casemos y yo no… —¿Qué? —la interrumpió, prestando mucha atención en la última frase que parecía representar una esperanza. —Que el señor Ernesto le ha exigido a su hijo que nos casemos, pero yo no quiero un matrimonio por obligación, así que… —¡Así que nada! —gritó su madre, imponiéndose—. De aquí no se va nadie —tomó la decisión. —Pero, mamá... —Pero mamá, nada. Eso debiste pensarlo antes de abrirte de piernas para ese hombre —le reclamó con una mirada cargada de decepción—. Ahora no vengas a huir de las consecuencias de tus actos y estoy completamente de acuerdo con ese tal Ernesto, lo mejor es que se casen. —No, mamá, tú no conoces a esa gente. Ellos no… —Ellos serán tu nueva familia y ahora debes asumirlo. Es todo. Valeria intentó explicarle a su madre sus razones para tomar la decisión de huir, pero esta no la escuchaba, alegando que no era necesario que existiera amor de por medio para una boda. Un hijo era motivo suficiente y que seguramente con el pasar del tiempo los sentimientos surgirían entre ambos, pero ella lo dudaba, conocía a Enzo y a su vida promiscua, sabía que no cambiaría por ella. Estaba segura de eso. No tuvo más opción que aceptar ir a la cita que había programado el señor Ernesto Dubois para el día siguiente, donde conocerían el estado del bebé y cuántas semanas de embarazo llevaba, además de que analizarían cuál sería el momento propicio para hacer la prueba de ADN. Al amanecer, Valeria se levantó con pesar de la cama, deseando retroceder el tiempo y corregir todos sus errores. No consideraba que su hijo fuera un error, pero sí consideraba que haberle contado a Enzo fue la peor decisión de todas. No sabía qué había esperado recibir de su parte, pero sin duda no había sido la palabra “aborto”. En fin, ya no tenía caso seguir lamentándose por cosas que no podía cambiar, así que decidió arreglarse para la cita con el ginecólogo. Se colocó un pantalón ajustado y una camisa azul celeste que le quedaba un poco más suelta, en conjunto con unos botines del mismo tono. Aún no tenía una barriga notoria, cosa que le daba a entender que su embarazo era muy reciente y, por más que intentaba deducir cuando había sido la fecha exacta de la concepción, no lo conseguía. Esos últimos meses habían sido muy apasionados entre ella y Enzo. La había llevado a conocer varias de sus propiedades y le había hecho el amor en diferentes sitios. Pero eso ya no importaba, porque el punto era que estaba embarazada y el niño no era de otro, sino de Enzo Dubois, su futuro esposo. Valeria se permitió fantasear por un instante con la idea de convertirse en su esposa. Se imaginó entrando de blanco a una iglesia llena de invitados, pero la ilusión se perdió cuando llegó a la clínica y se encontró con el pasillo repleto de personas. A duras penas reconoció algunos rostros: Enzo, con su padre Ernesto, y una mujer mayor con una expresión extremadamente seria. No había mucho que deducir para saber que era la madre de su futuro esposo. Y eso se lo hizo saber sin demora. —Con que esta es la arribista que ha querido atrapar a mi hijo con un embarazo —se acercó con sus tacones resonando en el pulido piso. —Señora, yo no… La mujer la tomó fuertemente de la barbilla, acallándola. —No tienes derecho de hablarme, puta —le advirtió con sus ojos centelleantes de furia—. Más te vale que confieses de una vez que ese mocoso es de otro y nos ahorres tantos malos ratos. Porque si lo descubrimos después, te aseguro que vamos a destruirte la vida al punto en que vas a desear no haber nacido. Valeria se liberó a duras penas del férreo agarre de su suegra, al tiempo en que una enfermera los invitaba a pasar al interior del consultorio. Trató de que las lágrimas no la avergonzarán, mientras el transductor hacía un recorrido por su abdomen. —Vaya, pero qué afortunados son, familia —dijo el médico maravillado ante lo que veía—. Aquí hay tres bebés muy sanos. ¡Felicidades! —soltó la noticia, ocasionando que el silencio en el consultorio fuera casi sepulcral.El dolor la atravesó haciendo que se aferrara al brazo de Erick, pero en medio de todo el pánico, una sonrisa se asomó en sus labios porque no estaba sola. Su ahora esposo no perdió ni un segundo y la levantó en brazos con facilidad, como si no hubiera aumentado varios kilos desde su embarazo. —Respira profundo, amor mío —su voz era calmada, baja, sin un atisbo de pánico en sus ojos grises—. Estoy aquí. No estás sola. Asintió, jadeando, mientras lo abrazaba por el cuello. Meses atrás, lloraba por las noches tocando su vientre, imaginando un parto solitario. Pero ahora Erick estaba ahí, real, vivo, cargándola hacia el auto como si fuera lo más natural del mundo. Su protector, su compañero. Feliz no era la palabra exacta —el dolor era intenso—, pero una paz profunda la invadió porque no estaría sola. Nunca más. Llegaron al hospital en minutos. El equipo médico los esperaba en la entrada de emergencias. Su esposo no la soltó hasta que la colocaron en la camilla, caminando a su lado p
Una semana después, Celeste decidió que era hora de dar el segundo paso.—Mis padres quieren conocerte —dijo una noche, mientras él le masajeaba los pies hinchados en el sofá. Se mostraba bastante concentrado en la tarea y no se alteró ni un poco ante sus palabras—. Mi padre especialmente. Está… preocupado. Pero sé que cuando te conozca, cambiará de opinión.—Cuando tú digas —asintió sin dudar, moviendo sus manos expertamente—. Quiero hacerlo bien esta vez.Y así la cena se organizó en la mansión Dubois al día siguiente.Celeste estaba nerviosa; su padre tenía fama de intimidante. Su madre era más cálida e intentaba suavizar el ambiente con sonrisas y anécdotas, pero sin que desapareciera del todo la desconfianza en su mirada. Era comprensible había hablado de Erick ya en varias ocasiones y nunca lo había traído a casa. De hecho, ya estaba próxima a dar a luz y ahora era que lo estaban conociendo.Pero él se estaba desenvolviendo bien, saludó con respeto, estrechó la mano de su padre
—¿Tú… Tú dónde has estado? —tartamudeó, tenía las manos aún en el rostro de él como si temiera que desapareciera si lo soltaba. Erick respiró hondo, cansado, luego de un largo y agotador viaje. Se sentó en la cama con cuidado, atrayéndola hacia su pecho. Su mano grande volvió a posarse sobre su vientre, sintiendo un movimiento suave de la bebé, como si ella también reconociera a su padre.—Creí que nunca volvería a tocarte —murmuró él—. Pensé que había muerto ahí abajo.—Cuéntame —susurró ella, acurrucandose contra él y escuchando el latido fuerte de su corazón. Era real. Estaba vivo de verdad—. Por favor. Necesito saber.—Cuando el techo cayó… todo se volvió negro —cerró los ojos un segundo, recordando—. Desperté bajo los escombros, con una viga aplastándome la pierna y el hombro dislocado. Sangraba mucho. El aire era polvo y humo. Cavé con las manos durante horas, rompiéndome las uñas, hasta abrir un hueco lo bastante grande para arrastrarme. Salí por un conducto lateral que nadie
Tres meses después… Estaba sentada en un banco de un parque cercano a su departamento. El viento jugaba con las hojas secas haciendo remolinos en sus pies. Su mirada estaba perdida en la nada acariciando su vientre con ternura. —Hoy se movió mucho, ¿sabes? —susurró, como si el viento pudiera llevarle sus palabras a dónde él estuviera—. Creo que ya sabe que le hablo de ti. Que le cuento cómo eras… fuerte, callado, con esa sonrisa que solo me dabas a mí. Ojalá hubieras podido sentirla patear. Ojalá hubieras estado aquí para poner tu mano y ver cómo responde a tu voz. Se lamentaba en silencio de no tener un lugar adonde llevarle flores. Ninguna tumba, ninguna lápida. Solo cenizas dispersas en algún informe clasificado que nunca le entregaron porque no tenía derecho a verlo. Él se había ido de forma definitiva, sin despedida, sin un cuerpo que llorar. No tuvieron futuro. Ni boda, ni casa, ni noches enteras juntos. Todo fue tan fugaz. Y lo peor era que: nunca tuvo la oportunidad
Afghanistan era un maldito desierto de arena y viento. Era una noche sin luna, perfecta para la operación. Lideraba el equipo Alpha: seis agentes altamente entrenados, visores nocturnos, silenciadores, movimientos precisos para no ser detectados. El complejo era un viejo fuerte reconvertido en mercado negro: paredes de adobe reforzadas, guardias armados con AK-47, y en el sótano, las jaulas. Diecisiete mujeres, algunas adolescentes, secuestradas de pueblos cercanos, destinadas a la trata blanca. Los pasos a seguir eran claros: entrada por el túnel norte, neutralizar centinelas, extraer a las víctimas en menos de doce minutos. —Alpha Dos y Tres, flanco izquierdo. Cuatro y Cinco, conmigo. Sasha, cubre la retaguardia —susurró Erick por el comunicador. Todo iba según el plan. Los primeros guardias cayeron con disparos silenciados directos al pecho, los cuerpos eran arrastrados en las sombras para no alertar al resto. Bajaron las escaleras del sótano. Las mujeres los miraron con ojos
Su padre no había tardado en revisarla entera, asegurándose de que no estuviera lastimada. La culpa la carcomía, así que les pidió que se sentaran para poder explicar lo que sucedió.—No fue un secuestro —comenzó.—¡¿De qué hablas?! Te llevaron en contra de tu voluntad, Celeste. Todos lo vimos.Negó suavemente.—No puede decirse que sea un secuestro cuando deseaba fervientemente que me sacaran de esa iglesia —se sinceró—. No quería casarme con Francisco, pero no sabía cómo decirlo. Cuando me di cuenta, ya había llegado el día de la boda y no parecía tener salida…—Celeste…—Mamá, yo solo sentí presión. Y no sabía cómo ser valiente y decirles a todos que no quería continuar con esto. Sé que lo que hice es imperdonable, pero si no fuera por… —evitó decir el nombre de Erick, no quería acarrearle problemas más serios—, si no fuera por él, estaría ahorita mismo lamentándome.Se quedó mirándolos fijamente, esperando que dijeran algo. Un regaño, lo que sea.—¿Quién es ese hombre? —preguntó s







