ANMELDEN“N-no entiendo, señor. En qué puedo ayudarlo?”, musitó Miranda con voz temblorosa. Levanto la mirada mostrando una expresión de absoluta inocencia que resultaba del todo convincente, aunque por dentro celebraba una victoria rotunda. Su plan estaba funcionando a la perfección.
“No te hagas la que no sabe, Miranda”, gruñó Braga. Tensó la mandíbula intentando contener un impulso que no hacía más que intensificarse.
Sin perder tiempo, Braga agarró la mano libre de Miranda y la arrastró hacia abajo, presionándola justo sobre su centro rígido y doloroso tras la cremallera del pantalón.
Miranda dejó escapar un leve jadeo, abriendo los ojos de par en par. “Señor...”
“Ayúdame, Miranda. Tócame”, gruñó Braga con voz ronca.
Su enorme mano cubrió el dorso de la mano de la chica, obligándola a sentir hasta qué punto estaba desesperado esa noche. “No aguanto más.”
“P-pero señor... y si alguien nos ve?”, musitó Miranda, manteniendo aún su fachada de inocencia.
“Nadie vendrá por aquí.” La mano grande de Braga descendió despacio, tomó la otra muñeca de Miranda y la guio hacia abajo. “Hazlo, Miranda. Siento que la cabeza me va a estallar.”
Con la mano fingiendo un ligero temblor, Miranda bajó la cremallera del pantalón de tela del hombre. El pequeño sonido metálico resonó con fuerza en medio del silencio de la noche, mezclándose con el canto de los grillos y la respiración cada vez más descontrolada de Braga.
En cuanto la cremallera se abrió, la virilidad completamente erguida de Braga se liberó.
Miranda no se atrevió a mirarlo a la cara. Concentró toda su atención abajo. Sus dedos ágiles comenzaron a tocar, acariciar y sujetar lo que pertenecía a su patrón.
Braga echó la cabeza hacia atrás hasta golpear la pared tras de sí. Cerró los ojos con fuerza y apretó la mandíbula.
“Ahhh...” Un gemido ahogado se le escapó de los labios cuando la palma de Miranda empezó a envolverlo y a darle un suave masaje.
Los movimientos de Miranda al principio fueron vacilantes, pero poco a poco encontró el ritmo adecuado. Arriba y abajo, aplicando la presión justa y delicada.
El calor de la mano de Miranda hizo que Braga cerrara los ojos firmemente. Las venas de su cuello se marcaron y tensó la mandíbula para contener la ola de placer que le recorría intensamente cada nervio.
“Así, señor?”, le susurró Miranda con fingida ingenuidad, mirando el rostro de su patrón, ahora cubierto de sudor.
“Ahhhh... sigue, Mir... no pares...”, le susurró Braga con voz áspera. Sus dos manos se aferraron con fuerza a los hombros descubiertos de Miranda, buscando desahogar la sensación abrumadora que lentamente ahogaba su buen juicio.
Miranda obedeció la orden. Aceleró el ritmo, manteniendo un agarre firme y constante. La fricción constante creaba un leve murmullo húmedo en medio de la quietud nocturna.
La respiración de Braga se volvió cada vez más corta e irregular. Su cadera se movió instintivamente hacia adelante, recibiendo con avidez cada pasada de la mano de su sirvienta.
La sensación cálida y suave de la mano de Miranda resultaba adictiva para un hombre que llevaba meses sin recibir contacto alguno de su esposa.
El ambiente se volvió aún más sofocante. Miranda inclinó el cuerpo a propósito, haciendo que la toalla que la envolvía se aflojara un poco y rozara la camisa abierta de Braga.
Él quitó las manos de sus hombros y le apretó el cabello mojado con cierta brusquedad, conteniendo el aliento en el aire cuando la ola de placer finalmente estalló en su interior.
Braga gimió sofocado contra el cuello de Miranda, derramando su liberación en la mano de la chica. Su enorme cuerpo se debilitó al instante; se deslizó y apoyó todo su peso contra la pared, mientras su pecho subía y bajaba agitado en busca de aire.
Miranda se quedó en silencio y retiró la mano despacio con la cabeza gacha. Usó la punta de la camisa desabotonada de Braga para limpiarse los dedos en silencio, actuando como la sirvienta más obediente y sumisa.
Un silencio sepulcral los envolvió durante unos instantes. Solo se escuchaba la respiración de Braga, que recuperaba el ritmo gradualmente.
La culpa comenzó a carcomer de nuevo la mente de Braga; sin embargo, al bajar la mirada y contemplar a Miranda, ese sentimiento fue sustituido rápidamente por algo más.
La chica estaba de pie frente a él, aún envuelta en esa toalla que casi se le caía, dejando al descubierto el agitado sube y baja de su escote, su piel húmeda y sus mejillas sonrojadas. Los ojos desvalidos de Miranda lo miraban con una mezcla de temor y resignación.
Braga se arregló la ropa a toda prisa y se limpió los labios secos. Dio un paso al frente, acortando la distancia entre ellos una vez más. Esta vez, extendió la mano para tocar el hombro descubierto de Miranda, frío por la brisa nocturna, y luego bajó acariciándole lentamente la clavícula.
Miranda contuvo el aliento, mirándolo con fingida sorpresa.
Braga inclinó el rostro, fijando la vista directamente en los labios ligeramente entreabiertos de Miranda, y le susurró con una voz aún más profunda y ronca que antes:
“Ya que me ayudaste...” El pulgar de Braga acarició despacio la mandíbula de Miranda, descendiendo por su estilizado cuello. “Quieres que yo también te ayude?”
El cuerpo de Miranda se tensó. El toque del pulgar de Braga en su mandíbula se sentía abrasador, pero más que eso, la pregunta del hombre hizo sonar una alarma de peligro en su cabeza.Si ella asentía o correspondía a esa caricia, la máscara de inocencia que había construido con tanto esfuerzo se vendría abajo al instante. Braga la vería como una mujer fácil, no como la pobre chica atrapada en una situación equivocada.Miranda sabía muy bien que debía mantener el control psicológico sobre este hombre.Con un movimiento lento pero hecho a propósito para que pareciera tembloroso, Miranda apartó la mano de Braga. Dio un paso atrás, permitiendo que su espalda chocara contra la fría pared de madera del almacén."Señor... no..." susurró Miranda. Su voz fue deliberadamente ronca, acompañada de una lágrima artificial que se deslizó por el rabillo de su ojo.Apretó los labios hasta que sus nudillos se pusieron blancos, cubriéndose el cuerpo como si se sintiera profundamente humillada. "Yo... s
“N-no entiendo, señor. En qué puedo ayudarlo?”, musitó Miranda con voz temblorosa. Levanto la mirada mostrando una expresión de absoluta inocencia que resultaba del todo convincente, aunque por dentro celebraba una victoria rotunda. Su plan estaba funcionando a la perfección.“No te hagas la que no sabe, Miranda”, gruñó Braga. Tensó la mandíbula intentando contener un impulso que no hacía más que intensificarse.Sin perder tiempo, Braga agarró la mano libre de Miranda y la arrastró hacia abajo, presionándola justo sobre su centro rígido y doloroso tras la cremallera del pantalón.Miranda dejó escapar un leve jadeo, abriendo los ojos de par en par. “Señor...”“Ayúdame, Miranda. Tócame”, gruñó Braga con voz ronca.Su enorme mano cubrió el dorso de la mano de la chica, obligándola a sentir hasta qué punto estaba desesperado esa noche. “No aguanto más.”“P-pero señor... y si alguien nos ve?”, musitó Miranda, manteniendo aún su fachada de inocencia.“Nadie vendrá por aquí.” La mano grande
Miranda acababa de salir del baño exterior, una construcción vieja de cemento, fría y húmeda, situada al final de la zona del personal.Su cuerpo solo estaba cubierto por una sola toalla blanca enrollada al azar, mientras que su cabello, aún mojado, goteaba gotas de agua sobre sus hombros y cuello.Tras dar apenas unos pasos hacia su habitación, se detuvo de golpe al escuchar el sonido de unos gemidos.“Ah… ahh… ahh...”Quién está ahí?Era el baño exterior, ubicado en el patio trasero de la casa de Braga. Como de costumbre, solo se escuchaba el estridente canto de los grillos entre los árboles.Esa área era un territorio al que casi nunca acudía la familia principal; solo los sirvientes y los trabajadores manuales andaban por allí.Por eso, Miranda no esperaba en absoluto escuchar ningún sonido.Mucho menos un gemido.Miranda se acercó sigilosamente. Aquel hombre… era Braga.Su patrón parecía estar apoyado contra la pared, con la camisa abierta en la parte superior. Su respiración era
Miranda apenas acababa de cerrar los ojos cuando la puerta de su habitación crujió. Estaba pensando en las palabras que la tía Tina le había dicho antes. El problema era que ella no había venido aquí para seducir a su patrón. Pero…CREEEACK!No era un toque a la puerta, sino el sonido de la madera al ser empujada.Braga estaba de pie allí. Su rostro, habitualmente firme, lucía ahora sin vida: pálido como la cera y con los ojos desvalidos.Se sujetaba del marco de la puerta con las articulaciones de los dedos blancas por la presión, mientras respiraba con dificultad, como si cada bocanada de oxígeno le resultara dolorosa.“Señor?” Miranda se levantó. Su somnolencia desapareció al instante, sustituida por la alerta.“Mi cabeza...” Braga se quejó mientras cerraba los ojos. “Me duele muchísimo, Miranda. Siento como si me estuvieran dando martillazos en la cabeza continuamente. No puedo dormir... siento el cuerpo pesado como un bloque de piedra.”Miranda se acercó de inmediato y levantó la
“Señor, puedo pasar? Le traje un café.”Un suave toque en la puerta hizo que Braga levantara la cabeza de la pila de documentos en su escritorio. Se masajeó el puente de la nariz y dejó escapar un largo suspiro.“Pasa, Miranda,” respondió con voz ronca.La puerta se abrió lentamente. Miranda entró llevando una bandeja con una taza de café negro y un plato pequeño con galletas. Caminó con cuidado y la colocó sobre la mesa.“Déjalo ahí, Mir.”“Está bien, señor.”Miranda estaba a punto de darse la vuelta, pero su mirada se posó en el rostro de Braga. Las ojeras eran evidentes debajo de sus ojos, haciéndolo lucir mucho más cansado de lo habitual.“Señor... disculpe.”Braga detuvo el movimiento de sus manos. “Sí? Qué pasa?”“No se ve muy bien, señor.”Miranda apretó el borde de la bandeja contra su cuerpo. “Si me lo permite, debería descansar un momento. No ha comido nada desde el mediodía. Vi que su plato en el comedor sigue intacto.”Braga se quedó en silencio.La miró fijamente por un i
Caroline gritó, con la voz quebrada entre sollozos y respiraciones agitadas. Ella estaba de pie en el umbral de la puerta, mirando fijamente hacia el sofá. Miranda se sobresaltó de inmediato, retirando sus piernas del regazo de Braga con un movimiento brusco y deliberado.Se arrodilló directamente en el suelo, inclinando la cabeza profundamente hasta que su frente casi tocó la alfombra."P-perdón, Señora.""No exageres, Caroline," dijo Braga con voz tajante mientras ayudaba a Miranda a alejarse de los cristales rotos.Caroline dio un paso al frente, con la mano temblando mientras señalaba a Miranda. "Exagerar? O es que de verdad estás buscando atención a propósito, eh?!"Braga se puso entre ellas. "Ya basta, Caroline. Miranda, ven aquí... con cuidado. Por favor, ayuda a la Señora a bañarse. Yo me encargo de limpiar esto."Miranda parecía dudar mientras intentaba ponerse de pie con las piernas aún doloridas."No tengas miedo," dijo Braga intentando calmarla antes de dirigirse a su espo







