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Capitulo 004

last update Veröffentlichungsdatum: 07.10.2026 13:00:04

Miranda apenas acababa de cerrar los ojos cuando la puerta de su habitación crujió. Estaba pensando en las palabras que la tía Tina le había dicho antes. El problema era que ella no había venido aquí para seducir a su patrón. Pero…

CREEEACK!

No era un toque a la puerta, sino el sonido de la madera al ser empujada.

Braga estaba de pie allí. Su rostro, habitualmente firme, lucía ahora sin vida: pálido como la cera y con los ojos desvalidos.

Se sujetaba del marco de la puerta con las articulaciones de los dedos blancas por la presión, mientras respiraba con dificultad, como si cada bocanada de oxígeno le resultara dolorosa.

“Señor?” Miranda se levantó. Su somnolencia desapareció al instante, sustituida por la alerta.

“Mi cabeza...” Braga se quejó mientras cerraba los ojos. “Me duele muchísimo, Miranda. Siento como si me estuvieran dando martillazos en la cabeza continuamente. No puedo dormir... siento el cuerpo pesado como un bloque de piedra.”

Miranda se acercó de inmediato y levantó la mano para tocar la frente de Braga. En cuanto sus pieles se rozaron, sintió un calor fuera de lo normal.

El hombre tenía una fiebre tan alta que la palma de la mano de Miranda parecía arder. Sus cejas se fruncieron con preocupación.

“Tiene fiebre, señor. Deje que llame a la tía Tina o–”

“La tía Tina ya se fue a su casa. Por favor–” la interrumpió Braga rápidamente. Su voz era áspera, casi como una súplica.

Dijo un paso hacia adentro y cerró la puerta empujándola suavemente. “Solo hazme un masaje de raspado. Por favor, Mir... siento la espalda completamente rígida.”

“Pero por qué tiene que ser aquí, señor?”

Braga dejó escapar un suspiro pesado mientras señalaba en dirección a la habitación principal. “Allí está mi esposa. Es demasiado ruidosa. Solo quiero un poco de tranquilidad. Ayúdame.”

Sin esperar respuesta, Braga se sentó en el borde de la pequeña cama de Miranda. Con movimientos débiles, se quitó la camisa hasta dejar su ancha espalda al descubierto bajo la tenue luz de la lámpara.

Miranda tomó un aceite para masajes y una moneda, y se sentó justo detrás de él. Cuando el borde de la moneda tocó la piel ardiente de Braga, los músculos de sus hombros, antes tensos, comenzaron a relajarse poco a poco.

Rastro tras rastro, la piel de su espalda se iba tiñendo de un tono rojizo a medida que Miranda realizaba los trazos con cuidado, asegurándose de no presionar demasiado para no aumentarle el dolor que ya sentía.

Con cada pasada que recorría su piel, la tensión en el cuerpo de Braga se disipaba lentamente. El dolor que desde antes le golpeaba desde la cabeza hasta el resto del cuerpo comenzó a ceder de forma gradual, haciendo que, sin darse cuenta, cerrara los ojos y disfrutara de un alivio que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.

Sin ser consciente de ello, la mano de Braga se movió hacia atrás buscando algo de dónde sujetarse. Sus dedos terminaron encontrando la muñeca de Miranda.

La sujetó con suavidad, como si ese contacto fuera capaz de sostener su cuerpo para no terminar de colapsar.

Miranda detuvo sus movimientos.

“Señor?”

Braga no respondió. En su estado de semicolapso por la fiebre, terminó por jalar ligeramente la mano de Miranda hasta que casi no quedó distancia entre ellos. Su pesada cabeza estuvo a punto de reclinarse hacia la chica, como si su cuerpo buscase de forma instintiva el consuelo que llevaba demasiado tiempo sin sentir.

“Señor?” lo llamó Miranda una vez más, con tono desorientado.

Esa voz hizo reaccionar a Braga de inmediato. Abrió los ojos despacio y su mirada cayó sobre su propia mano, que aún sostenía la muñeca de Miranda.

Su expresión cambió al instante. La toma de conciencia le golpeó con más fuerza que el propio dolor de cabeza.

Qué demonios estaba a punto de hacer?

Se le cortó la respiración. A toda prisa, le soltó la muñeca y dio un paso hacia atrás.

“Perdón...” dijo en un murmullo. “No era mi intención.”

Se pasó la mano con brusquedad por el rostro, intentando disipar el caos que tenía en la cabeza. Solo por haber sentido un momento de alivio, estuvo a punto de olvidar los límites que siempre había mantenido.

“De verdad lo siento mucho, Mir.”

Antes de que Miranda pudiera responder, la voz de Caroline resonó de repente desde la habitación principal.

“BRAGA! BRAGAAA!! QUIERO AGUA!! POR QUÉ TARDAS TANTO?!”

Braga cerró los ojos por un instante. Tensó la mandíbula mientras reprimía la marea de emociones que le rondaba por la mente.

Sin atreverse a mirar a Miranda de nuevo, se puso la camisa a toda prisa y salió a la carrera hacia la habitación principal.

La puerta volvió a cerrarse.

Miranda permaneció sentada en el borde de la cama, contemplando la puerta durante unos instantes.

Su patrón… daba lástima.

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