FAZER LOGINMATEO
Salimos del hospital entre risas con Stuart. La tensión de los últimos meses parecía haberse evaporado en el aire fresco de la mañana tras la huida ridícula de Vanessa histérica haciendo el papel de madre protectora de su bendi por los pasillos bien metida en la historia dramática.
—Bro, ¿viste cómo salió esa víbora de cascabel de tú consultorio? —solté, una carcajada breve mientras caminábamos hacia el estacionamiento.
—¡A mil por hora! —respondió Stuart, acomodándose la bata médica sobre el brazo—. Esa mujer no esperaba que le exigieras una prueba de ADN prenatal de una vez.
—Claro, ella sabe perfectamente que jamás le puse un dedo encima sin cuidarme de engendrar un heredero —afirmé con firmeza, sacando las llaves del auto—. Gracias al cielo siempre logré controlar la lujuria en ese aspecto a pesar de su insistencia.
—Lo que digas... —murmuró Stuart con una sonrisa irónica, arqueando una ceja.
—¿Qué? ¿Por qué lo pones en duda, doctor Collins? —protesté, deteniéndome junto a la puerta de la camioneta.
—A las pruebas me remito, amigo —se burló, dándome una palmadita en la espalda—. Esa vieja te tenía completamente embobado, creo que tenía un buen movimiento de cadera.
Dejé escapar un suspiro pesado, apoyando el brazo sobre el techo del vehículo mientras la amargura del pasado reciente me golpeaba el pecho.
—Está bien, lo admito —confesé, mirando fijamente el pavimento—. Fui un completo imbécil que descuidó a Gabriel por una falda... pero eso no va a volver a pasar jamás. Este episodio lo voy a cerrar de raíz: voy a vender la mansión para comprar algo más práctico en la capital, un espacio solo para Gaby y para mí.
—Eso es una idea genial, Mateo —asintió Stuart con genuina calidez—. Le va a ayudar muchísimo a ese muchacho a volver a confiar en ti y a entender que él es tu única prioridad.
Fuimos a recoger a Gabriel, pero lo primero que hice fue decirle mí idea de vender y empezar de cero, a lo que sus ojos se iluminaron con emoción, por lo que salimos directo a la residencia a empaquetar las pocas pertenencias que valían la pena recoger, mientras mi gran amigo se quedaba descansando de una guardia de más de treinta y seis horas seguidas.
Al llegar no sentía ni una sola gota de nostalgia al empezar a despojar los muros de imágenes del pasado; esa casa que mis padres me heredaron al morir se había convertido en un mausoleo frío. Sin pensarlo mucho puse la propiedad en venta a puerta cerrada a través de una agencia, aceptando una oferta rápida sin importar perder un margen del valor con tal de no volver a cruzar ese portón que me traía tantos recuerdos de Marianna y nuestras travesuras de pequeños, era necesario cerrar este ciclo para sanar.
En el salón, el crujido de las cajas de cartón al ser selladas retumbaba como el eco de una etapa de dolor que expiraba. Gabriel bajó el último tramo de las escaleras cargando una caja con sus libros y fotos de cuando era un bebé. Vestía una sudadera limpia y, por primera vez en meses, su postura no era la de un animal acorralado.
—Ya tengo todo lo mío listo papá —dijo Gaby, colocando la caja junto a la puerta con una sonrisa tranquila.
—Perfecto, campeón. Llevemos esto a la camioneta —le respondí, tomando el paquete más pesado.
Terminamos de cargar el equipaje en el maletero. Mientras acomodaba el último bulto en el fondo, Gabriel se asomó por la ventanilla del copiloto sosteniendo mi móvil.
—Pa, tu teléfono está sonando —me avisó, extendiendo el aparato.
Al mirar la pantalla iluminada, vi el nombre de Timothy.
—Dime, Tim —atendí, apoyando el brazo sobre la parte superior de la camioneta mientras ajustaba el celular a mi oído.
—Mateo, hermano, qué gusto saludarte hoy me llamó el abogado de mi padre —dijo con una voz vibrante de gratitud y alivio profundo—. Llamaba para darte las gracias de nuevo. Él firmó la demanda de divorcio e impugnación de bienes sin poner un solo, pero. Tu blindaje en las cláusulas los dejó contra las cuerdas. Mi madre al fin es libre.
—Me alegro enormemente por ustedes, Tim —respondí mientras cerraba el maletero de la camioneta—. Esos cobardes solo son valientes mientras creen que sus víctimas están indefensas.
—Totalmente. Oye, ¿dónde andas? Qué escuché ruido como que estuvieses cerrando el maletero de tú auto.
—Que buen oído amigo, estaba terminando de cargar la camioneta —limpiándome el polvo de las manos en el pantalón—. Vendí la casa, que me dejaron mis padres, Tim. Voy saliendo en este preciso instante hacia la capital a buscar un departamento en alquiler o venta para instalarme con mi hijo. Necesito un lugar tranquilo, seguro y que se encuentre cerca de un buen colegio.
—¡No me digas! Hermano —exclamó Timothy con un tono de entusiasmo contagioso—. Precisamente mi hermana Francela y yo le compramos a mi mamá un departamento precioso en la capital. El edificio es nuevo impecable, tiene una seguridad increíble, un parque arbolado justo al frente y queda a pocas cuadras del Instituto San Louis, que es de los mejores colegios de la ciudad. Y lo mejor es que, justo en el mismo piso, está a la venta otro un poco más amplio con tres habitaciones, si quieres te paso la información de la asesora que nos ayudó por si quieres ir a verlo.
—Me viene como anillo al dedo, amigo. Mándame el contacto de la inmobiliaria por mensaje. Voy directo para allá en cuanto llegue a la ciudad.
—Te lo envío ya mismo. Un abrazo, Mat, y mil gracias por todo, queda pendiente el café.
Colgué el teléfono sintiendo que las piezas de mi vida empezaban a encajar por sí solas. Sabiendo que Timothy había elegido ese edificio por la seguridad de su propia madre, no necesitaba investigar mucho más para saber que el entorno era el adecuado para mi hijo.
Subí al vehículo, encendí el motor y miré por el espejo retrovisor la imponente fachada de la mansión mientras los portones de hierro se cerraban a nuestras espaldas. No sentí el menor remordimiento ni la tentación de voltear. A mi lado, Gabriel se acomodó en el asiento del copiloto, se puso los auriculares y contempló el camino por la ventanilla con una serenidad que no le veía desde hacía años.
Un par de horas después entramos a la capital. El agente inmobiliario ya me esperaba en el vestíbulo del edificio. Al subir al octavo piso y cruzar el umbral del departamento, supe que habíamos llegado al lugar correcto. Era un espacio amplio, bañado por la luz natural que entraba por enormes ventanales con vista a los coposos árboles del parque central. Tenía acabados de madera cálida, una cocina moderna y tres habitaciones perfectas. Cerré el trato en ese mismo instante y nos entregaron la llave de nuestro nuevo hogar ese mismo día.
Durante las siguientes horas subimos lo poco que trajimos y salimos a conocer un poco el vecindario para almorzar, luego descansamos para en el transcurso de la tarde salir a comprar todo el menaje y dedicamos a armar los muebles nuevos, y organizar el despacho desde donde atendería mis casos de litigio corporativo a distancia.
MATEO El trayecto de regreso desde el Colegio San Louis hasta el edificio se dio en un silencio abrumador, cargado de un aire que a mí me resultaba sumamente difícil de descifrar. A mi lado, Gabriel venía emocionado caminando sin prisa, repasando mentalmente las preguntas del examen integral, analizando los bloques de matemáticas y convencido de que había dado lo mejor de sí. Ella mantenía la vista fija al frente. Sonreía de forma tenue y pausada cada vez que Gaby le buscaba la mirada para reafirmar algún dato o pedir su aprobación, pero la sombra amarga que se le había instalado en sus ojos durante la visita a la secretaría académica no se había disipado en lo absoluto.Al salir del ascensor en el octavo piso, se detuvo junto a la puerta de su apartamento. Tenía los hombros caídos y un halo de agotamiento físico y emocional que se le traslucía en la postura.—Fue una mañana muy intensa, Mateo... Si no les importa, voy a descansar un poco —murmuró con una voz suave y frágil, esforzán
FRANCELA El silencio de la suite del hotel a las cinco de la mañana tenía la solidez de un santuario.Me desperté un minuto antes de que la alarma en mi teléfono comenzara a vibrar en el maletín sobre la mesa de noche. Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire acondicionado helado y el rastro del perfume del doctor Stuart sobre mi piel. A mi lado, él dormía profundamente, con una sábana cruzando oblicuamente sobre su espalda y un brazo extendido en el espacio que yo acababa de desocupar.Apenas habíamos dormido tres horas. La noche anterior fue una tormenta desmedida de fuego y resistencia; un verdadero maratón físico y sensorial donde el alcohol inicial se disipó rápido para dar paso a un hambre ancestral. Él definitivamente no era un hombre ordinario. Su energía era inagotable, su técnica impecable y la manera en que leyó cada respuesta de mi cuerpo rozó una precisión casi quirúrgica. Nos habíamos exigido al límite hasta caer exhaustos bien pasada la medianoche, rendidos ant
MATEOMe desperté un poco más temprano de lo habitual tras una semana agotadora de audiencias en los tribunales. Todavía medio adormilado, con la cabeza pesada y los párpados cansados, me levanté de la cama vistiendo únicamente el pantalón del pijama de algodón negro, descalzo y con el torso al descubierto. El aire de la mañana estaba fresco, y apenas iba camino a la cocina con la intención de preparar café cuando el timbre del teléfono resonó en la mitad de la sala.Caminé a toda prisa para evitar que el ruido despertara a Gabriel y contesté con la voz rasposa por el sueño.—¿Alo?—¿Señor Mateo Morris? Habla la secretaría académica del Colegio San Louis. Le llamamos para confirmarle que la fecha para la prueba de evaluación integral de admisión del joven Gabriel ha sido programada para hoy a las diez de la mañana.En un segundo, la modorra desapareció por completo de mi cuerpo. El corazón me dio un vuelco en el pecho.—¡Excelente! Muchas gracias por la notificación, allá estaremos pu
STUARTEl seminario empezó bastante temprano. Al llegar la Dra. Francela Lantus se le notaba a leguas que no era el tipo de médica que regala cumplidos ni la clase de profesional que se deja impresionar por un título o una sonrisa simpática. Durante las primeras seis horas de la capacitación práctico-magistral del intensivo de emergencias pediátricas en el auditorio del hospital central, la vi con una rudeza angelical desmontar errores de procedimiento de tres especialistas experimentados con una precisión quirúrgica, un dominio impecable del trauma infantil y una autoridad natural que imponía un respeto absoluto en toda la sala.Ella era un huracán de temple y elegancia: bata blanca impecable, postura erguida, carácter firme y una agudeza clínica envidiable que no dejaba margen de error cuando se trataba de salvar la vida de un niño en código rojo.Pero la tensión entre los dos era una corriente eléctrica subterránea que se podía cortar con un bisturí desde el primer minuto.Cada vez
MATEOEn estas semanas las cosas están marchando increíble, Gaby está avanzando a pasos acelerados construyendo una confianza que nunca le había visto al lado de Oriana, quien es una mujer carismática, amable, dedicada, con una vocación extraordinaria para impartir conocimiento, además de muy hermosa con esa mirada tranquila como un océano en calma y una risa que corta la respiración o su voz dulce que es casi hipnótica.Hoy recibí un mensaje de Stuart avisándome que llega en la tarde, por lo que le envié la dirección y el número de Gabriel para que lo reciba, ya que estoy en la oficina atareado con mi secretario quien, a pesar de ser muy eficiente, está vuelto loco ayudándome con varios casos urgentes que tengo que presentar en el juzgado.Al llegar a casa entrada la noche, cansado pero satisfecho, encontré a mi amigo ya instalado en la habitación de huéspedes. Stuart no solo había venido por el seminario intensivo de emergencias pediátricas que comenzaría al día siguiente, sino que
ORIANAYa pasaron tres semanas desde aquella fatídica noche en Urgencias, la rutina de las tutorías académicas de nivelación en el octavo piso llevaba un ritmo sorprendentemente cálido y a pasos agigantados, era casi como un refugio en medio de la tormenta que amenazaba con estallar fuera.Las sesiones con Gabriel se habían convertido en el momento más luminoso de mis días. El chico que llegó un poco tímido y desconfiado en la primera tarde había quedado atrás. Ahora era una esponja intelectual brillante: leía con pasión, debatía la psicología de los personajes con una soltura envidiable y resolvía ejercicios de matemática, química y física con una elegancia que me llenaba de orgullo. Sin embargo, una inquietud constante pesaba sobre mí.Eran tres semanas sin noticias de qué había ocurrido con mi solicitud desde que dejé mi hoja de vida en las oficinas del colegio San Louis. Recordaba perfectamente las palabras de la señora Gloriana asegurándome con entusiasmo que mi perfil era perfec







