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Capítulo 5

Autor: DAKI
last update Data de publicação: 2026-10-16 13:27:45

ELENA

Apoyé la cabeza contra la ventanilla del auto y dejé que el aire frío de la noche me golpeara el rostro mientras las luces de la vieja ciudad se desvanecían por el espejo retrovisor. Por primera vez en veinte años, respiré hondo sin sentir el peso del miedo aplastándome el pecho. A mi lado, Timothy conducía con la mirada firme fija en la carretera, mientras Francela, desde el asiento trasero, me apretaba la mano con una ternura infinita. La adrenalina de la cena todavía me hacía temblar las manos, pero no por aprensión o culpa de lo que habíamos hecho, era de despertar nuevamente viviendo en esa pesadilla, y que todo hubiese sido solo un sueño, pero al sentir la brisa fresca se reafirmó con certeza embriagadora de que el infierno que había sido mi vida desde que mis padres técnicamente me vendieron como una moneda de cambio a ese hombre mayor había quedado atrás.

La autopista estaba iluminada por la luna hasta que el letrero de la capital nos dio la bienvenida con las primeras luces del amanecer.

Al bajar del vehículo frente a un fastuoso edificio residencial y cruzar el umbral del departamento en el octavo piso, el silencio que me recibió no olía a encierro, sino a victoria. Caminé hacia la barra de la cocina y encontré un sobre con un detalle hermoso que mis hijos habían preparado para mí. Al abrirlo, estaban los documentos de propiedad a mi nombre y una tarjeta ilustrada con la caligrafía cálida de ambos:

“Mamita amada: Este lugar es tuyo, gracias por guiarnos por un camino de bien para llegar a ser quienes somos hoy, queremos devolverte una pequeña parte de todo el amor que nos diste. Aquí ningún monstruo volverá a tocarte ni a apagar tu luz brillante. Bienvenida a tu nueva vida, donde vuelves a ser libre, fuerte y dueña de tu destino. Te amamos con el alma.”

Apreté la tarjeta contra mi pecho mientras las lágrimas de una gratitud infinita rodaban por mis mejillas, los abracé con fuerza y nos unimos en un llanto sanador que nos liberaba de los horribles recuerdos de dolor que compartimos por dos décadas, ya más tranquilos miré el desayunador donde se encontraba un teléfono, llaves de un auto, junto a mi nueva licencia con mi primer nombre y apellido de soltera que brillaban en el plástico limpio. Había dejado de ser la Sra. Del empresario Guillermo Lantus, ya que Elena había muerto junto con la tortura matrimonial a la que había sido sometida por tanto tiempo el día de la cena; ahora volvía a ser la profesora Oriana Cross, una mujer de treinta y siete años con dignidad intacta que se iba a reinventar en la ciudad.

Los muchachos se fueron a cumplir con sus obligaciones.

Caminé por el departamento despacio, disfrutando del frío del piso en mis pies descalzos.

Mis hijos me habían dejado solo lo esencial para que fuera yo quien llenara cada rincón a mi gusto. Tomé el teléfono nuevo, marque el número de Valeria —mi amiga que era la única que conocía cada lágrima y cada herida de esos veinte años de martirio constante, junto a vestimentas incomodas para ocultar los moretones— esperé a que contestara con el corazón latiéndome a toda prisa.

—¿Hola? —sonó la voz de Valeria al otro lado de la línea.

—Vale... soy yo —susurré, dejando escapar una risa ahogada entre el llanto y el alivio.

—¡Dios mío, Elena! ¡Dime que estás bien! ¿Dónde estás? —exclamó al reconocer mi voz, con la angustia vibrando en su tono.

—Soy libre, Vale. Estoy libre y a salvo en la capital gracias a mis hijos, ya dejé de ser la señora Elena, ahora solo soy la profesora Oriana Cross oficialmente divorciada del empresario Guillermo Lantus —dije, sintiendo cómo una lágrima cálida que rodaba por mi mejilla, pero esta vez de felicidad absoluta—. Los muchachos me sacaron de esa pesadilla. El divorcio está firmado, tengo un departamento hermoso a mi nombre y estoy lejos de los tentáculos de mi ex, él ya no puede hacerme daño. Te estoy enviando mi dirección por mensaje. Quiero que vengas a visitarme en cuanto puedas, para que conozcas mi hogar y que celebremos que volvimos a nacer.

—¡No sabes la alegría que me da escucharte decir eso, querida amiga! Te prometo que en un par de días estoy allá abrazándote —respondió Valeria con la voz quebrada por la emoción.

Apenas colgué la llamada y le envié la ubicación,

Al día siguiente el timbre de la puerta principal resonó en el pasillo. Al abrir, me encontré a Francela luciendo un vestido fresco y con una determinación radiante en la mirada.

—¡Buenas días, mamita! —exclamó envolviéndome en un abrazo apretado—. Es momento de encarar el siguiente paso.

—¿Cuál paso, mi amor? Si tú y tú hermano ya hicieron más de lo que jamás soñé...

—No, no, no —me interrumpió Fran con firmeza cariñosa, tomándome de las manos—. No voy a permitir que sigas vistiendo esa ropa gris, holgada y triste de abuelita cincuentona que ese hombre te imponía para ocultar esa preciosa figura o esos horribles anteojos que tapan esos hermosos ojos de pestañas largas con ese divino color cielo. Tienes treinta y siete años, una belleza espectacular y una vida entera por delante. ¡Nos vamos de compras ahora mismo a renovar ese armario por completo!

A pesar de mis tímidas protestas, Francela me llevó por todo el centro comercial. Entramos a boutiques elegantes donde seleccionó para mí ropa que jamás imaginé usar con cortes impecables que estilizaba mi figura, blusas de seda liviana que acariciaban la piel sin sofocarme en cuellos altos, y zapatos de tacón que devolvían la elegancia a mis pasos. Para pasar luego por una estética donde soltaron mi cabello castaño en ondas suaves sobre mis hombros y me enseñaron un maquillaje sutil que fue la estocada final para sepultar los fantasmas del pasado.

Al regresar a mi hogar llena de paquetes, me miré en el espejo y el impacto fue tal que me llevé las manos a los labios, frente a mí estaba una mujer feliz y radiante que no veía hacía mucho tiempo.

—¡Bueno, mamita! Requerimos una selfie para inmortalizar este momento... ¡no, de hecho, muchas! Para enviárselas a Tim, que no va a reconocer a esta mujer espectacular. Y yo, aunque me encantaría quedarme a celebrar contigo, ya tengo que salir corriendo al hospital —exclamó Francela sacando su teléfono.

Nos tomamos varias fotografías juntas entre risas. Ella probó distintos ángulos y luces, haciendo que soltara el cabello y sonriera a la cámara sin esa rigidez de antaño. En cuanto eligió la mejor ráfaga de imágenes, se las envió a Timothy. Rompimos en una carcajada al ver la respuesta casi inmediata de mi hijo: un alud de emojis sorprendidos, seguidos de mensajes de amor incondicional diciéndome lo deslumbrante que me veía.

Fran me dio un abrazo apretado y salió a toda prisa hacia el ascensor.

Al quedarme a solas en el departamento, guardé las bolsas en el armario me cambié los zapatos por algo un poco más cómodo, y tomé mi bolso. Necesitaba estirar las piernas, sentir la brisa de la tarde en la cara. Salí del edificio y me dediqué a caminar sin prisa por las avenidas arboladas de la zona. Ubiqué supermercados, pequeñas tiendas y restaurantes acogedores.

Fue precisamente en esa caminata reconfortante cuando, tres manzanas más adelante, me topé con la imponente fachada de piedra del Instituto San Louis.

Al acercarme a la cartelera informativa junto al portón principal, leí un anuncio que hizo que mi pulso se acelerara de emoción: la institución abría convocatoria para docentes con experiencia. Le tomé una fotografía como si esto fuese una señal, sintiendo que la vida empezaba a abrirme las puertas.

Giré para emprender el regreso hacia el parque frente a mi edificio, cuando en la esquina del paso peatonal, absorta en la alegría de mi descubrimiento, no vi al hombre alto y de hombros anchos que caminaba a paso firme en dirección contraria tropezando estrepitosamente.

—Lo siento, venía distraída —dije tímidamente, mientras elevaba el rostro estampado en el pecho de aquel monumento alto e imponente de fragancia fresca, voz gruesa como trueno y varonil.

—¿No la lastimé? —preguntó él amablemente.

—No, estoy bien, muchas gracias por no dejarme caer —respondí, tomando distancia de inmediato.

Ambos nos miramos un segundo con la reserva propia de dos desconocidos, nos despedimos con una leve inclinación de cabeza y continuamos nuestros caminos en direcciones opuestas.

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