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Capítulo 49

last update Data de publicação: 2026-01-25 05:29:27

El sol se había ocultado hace rato, pero la plaza del pueblo seguía llena, casi desbordada. La noche traía un viento fresco que removía las hojas de los árboles y las esparcía por las calles polvorientas de Pueblo Viejo. En el centro, frente al templete de madera desgastado por años de asambleas y festejos, una figura destacaba: Xavier. Vestía un traje oscuro impecable y una corbata perfectamente ajustada, su rostro serio y calculador bajo la mortecina luz de un foco suspendido que oscilaba con
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  • Bajo el mismo cielo   Capítulo 55. Final.

    Después de la llegada del hombre misterioso a la fiesta se alargo hasta altas horas de la madrugada, aunque Selene y Simon se fueron mucho más antes de que la fiesta terminara se encontraban cansados y como no estarlo después de tantas emociones juntas.El sol apenas se asomaba entre los cerros cuando los gallos comenzaron a cantar y el rancho de los Miller despertó con el crujir de la madera, el olor a café recién colado y el murmullo de quienes todavía se habían quedado a recoger los restos de la fiesta.Había botellas vacías sobre las mesas largas, pétalos pisoteados mezclados con tierra húmeda, y farolillos que aún colgaban del mezquite, apagados pero orgullosos, como testigos de algo que no volvería a repetirse.Selene despertó antes que Simón.No por costumbre, sino porque el corazón todavía le latía distinto.Había pasado la noche escuchando su respiración, confirmando una y otra vez que no era un sueño: estaban juntos, casados, vivos… después de todo lo que habían atravesado.

  • Bajo el mismo cielo   Capítulo 54

    La fiesta había alcanzado su punto más alto. El rancho de los Miller parecía un hormiguero alegre, con el pueblo entero bailando bajo las luces que colgaban del mezquite. Las guitarras, violines y jaranas no dejaban de sonar, mientras las mujeres repartían canastas de pan calientito y flores silvestres. Las sillas viejas, firmes a pesar del tiempo, se acomodaban en torno al gran árbol que había visto tantas historias y ahora presenciaba la unión de Selene y Simón.Doña Carmelita, sentada en una mecedora junto al fuego, observaba a los recién casados con los ojos húmedos.—Míralos nada más… —murmuró, apenas audible—. Así se ve la esperanza cuando se planta en buena tierra.Simón no apartaba la mirada de Selene. Aquella mujer que al llegar lo había recibido con dudas y desconfianza, ahora lo veía como si fuera lo más preciado de su vida. Y él, endurecido por años de soledad, sonreía como un hombre que al fin había encontrado su hogar.—Simón, mi amado Simón —susurró Selene, apretándole

  • Bajo el mismo cielo   Capítulo 53

    La jueza cerró la carpeta de documentos con un suspiro contenido. Afuera, el calor del mediodía caía sobre el zócalo de Pueblo Viejo, donde el aire arrastraba el olor a tierra húmeda y pan recién horneado. Se llevó el auricular al oído, cuidando que nadie la escuchara.—Todo está en paz en Pueblo Viejo —informó con voz baja, pero firme.Del otro lado de la línea hubo un silencio largo, denso, como de alguien que piensa cada palabra antes de soltarla.—Bien —respondió al fin el benefactor, con voz grave y lejana, como si hablara desde un despacho en penumbras—. Manténgalo así… por ahora.La jueza tragó saliva. Por ahora. Dos palabras que le quedaron ardiendo en el pensamiento, pero no preguntó nada más. En su mundo, la curiosidad era un lujo caro.Además, no solo había cumplido con el favor que le habían pedido: también había asegurado en su expediente personal la captura de Caleb Gómez, un pez gordo en el mundo de las estafas y la extorsión. Ahora podía añadirle, con gusto, intento de

  • Bajo el mismo cielo   Capítulo 52

    A través de los lentes oscuros de Xavier, la periodista alcanzó a ver el miedo, ese brillo diminuto que se cuela cuando hasta el más soberbio sabe que lo acorralaron.La gente más cercana a ella se inclinó hacia adelante, buscando entre las sombras del mediodía confirmar que lo que había dicho no era puro cuento. Un murmullo de sorpresa y rabia contenida empezó a correr entre los grupos, como el siseo de una serpiente a punto de morder.—Esto no es nada… —dijo la periodista, con voz templada pero firme, mientras sacaba una fotografía ampliada. El papel brilló bajo el sol. En ella, Xavier y Elvira aparecían en una cena privada, brindando con Caleb mientras sobre la mesa se extendía un mapa del pueblo—. Y esto… —continuó— es apenas el aperitivo. Lo mejor es esta grabación donde usted, Xavier, se refiere a los habitantes de Pueblo Viejo como “campesinos fáciles de desplazar”.Elvira, que hasta ese momento se había quedado en la parte trasera de la camioneta, se movió como un resorte. Baj

  • Bajo el mismo cielo   Capítulo 51

    Parecía un día común y corriente, de esos en que el calor del mediodía cae como plomo derretido sobre la carretera principal, esa cinta de asfalto que parte al pueblo en dos y hace que el aire se ondeé como si ardiera. Sin embargo, ese día los vecinos habían dejado sus casas, sus talleres y sus parcelas para recorrerla, no por gusto, sino porque una noticia se había corrido más rápido que el viento.La periodista, junto con su amigo el detective, había regresado con algo grande… algo que, si todo salía bien, pondría fin a los atentados y al miedo que había asfixiado a Pueblo Viejo por meses.No había música ni cohetes, y mucho menos fiesta. Lo que se respiraba era un murmullo grave que corría de boca en boca, como enjambre inquieto. Los hombres llegaban con sombreros de palma o gorras empapadas en sudor; las mujeres, con sus faldas largas y blusas bordadas, alzaban pancartas improvisadas con tela de costal y pintura roja: “La tierra es del pueblo”, “Fuera ratas”, “No nos callarán”. Y

  • Bajo el mismo cielo   Capítulo 50.

    La tarde caía con un sol anaranjado que teñía los cerros, pero en el aire había algo distinto… un silencio inquietante, de esos que no se rompen ni con el canto de los grillos.En el taller de costura, las mujeres estaban guardando las telas y los bordados. Doña Micaela contaba las piezas con la paciencia de siempre, mientras Chiara —que había terminado temprano su labor— correteaba entre las mesas buscando entretenerse.Fue ella quien lo vio.A través de la ventana del costado, detrás de las sábilas que marcaban el límite del solar, una sombra se movía agazapada. Un hombre grande, de movimientos calculados, vertía un líquido oscuro por la pared de madera del taller. El olor penetrante del combustible llegó hasta la nariz de la joven como una bofetada.Chiara no gritó de inmediato; se quedó paralizada un segundo, viendo cómo aquel hombre sacaba un encendedor plateado y lo hacía girar entre sus dedos. Fue solo cuando reconoció la cara de Caleb —iluminada fugazmente por el destello del

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