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Capítulo 2

Autor: Lucía Tormentas
—¡Raúl! Tú...

Marisol me llamó por mi nombre; la voz le salió apretada, como exprimida desde la garganta.

—Yo... soy tu suegra... no tu esposa...

—Esta noche vas a ser mi esposa.

Me aterraba que, si me echaba para atrás, perdería esa oportunidad irrepetible, así que volví a pegarme a ella.

Forcejeó con todo lo que tenía. Cuando intenté empujarla sobre la cama, dobló la rodilla y me la clavó en el estómago, me empujó del cuello con ambas manos y me separó de su cuerpo de un solo golpe.

Al mismo tiempo giró hacia un lado para zafarse, pero le temblaron las piernas y casi se fue al suelo.

—Cuidado...

La sujeté de la cintura, volví a meter la mano bajo su vestido y nos quedamos quietos sobre la cama.

Marisol me arañó la espalda con fuerza.

—Saca la mano.

—¡No!

Entrecerré los ojos, aguanté el ardor del arañazo y me concentré en la suavidad húmeda de ese enorme trasero bajo mi palma. Sin prisa, empecé a sobar la carne de sus nalgas.

El calor de su piel me llegaba a través del encaje y me provocaba unas ganas insoportables.

—¡Que me sueltes!

A Marisol se le quebró la voz, como si estuviera a punto de llorar.

—¿Crees que por haber visto eso puedes hacer conmigo lo que quieras...?

Dicho eso, me mordió el hombro y me soltó puñetazo tras puñetazo en el cuello y la espalda.

Me entró el pánico y le besé los ojos; efectivamente, tenía las mejillas mojadas de lágrimas.

—¡No me estés manoseando! —Marisol volteó la cara.

Ya era una mujer hecha y derecha, y aun así se las arreglaba para parecer una jovencita tímida.

No me atreví a seguir pasándome de listo. Le besé la boca y le provoqué la lengua, escurridiza y suave.

—Mmm... ¿mm?

Marisol parpadeó. Los puños con que me golpeaba se detuvieron; parecía no saber qué hacer.

Un buen rato después logró soltarse y me preguntó entre avergonzada y furiosa:

—¿Ya te cansaste de tocar?

Solo entonces caí en cuenta de que mis manos seguían debajo de su vestido, sobándole las nalgas, y de que ya se me habían metido dentro del calzón.

—¿Quién se cansa de tocar esto? —le dije con toda la mala intención.

Marisol no contestó. Me mordió otra vez.

Pero esta vez, mucho más suave.

—Ya déjate de cosas...

—No estoy haciendo nada. Solo déjame tocar un rato más.

—¿Quieres que te muerda más fuerte?

—¿Y si me muerdes en otro lado?

Empujé la entrepierna y me apreté entre sus piernas.

—Sinvergüenza... ¿cómo fui a presentarle a mi hija a alguien como tú...?

Marisol se rindió. Abrió brazos y piernas, el tirante del vestido se le resbaló del hombro y me dejó juguetear con su enorme trasero, resbaloso y suave.

Al rato ya no me bastó con eso.

Tragué saliva.

—¿Alguien te ha dicho que tú y tu hija no se parecen en nada?

—¿Ah? ¿Qué?

Marisol se quedó perdida, sin entender a qué venía eso.

—Los de ella son como limoncitos, no te llenas ni con un bocado.

Con la mano que ya tenía detrás de su espalda le desabroché el sostén y le acaricié los pechos, suaves e increíbles.

—Los tuyos son de plato hondo, redondos y generosos... con estos sí hasta para tres bocados.

Marisol me quitó la mano de un manotazo y se tapó la cara, muerta de risa; casi se ahoga.

Tardó un buen rato en calmarse. Hasta se le olvidó reclamarme que le había quitado el sostén.

—Ya no tienes vergüenza... con razón Dany dice que eres un semental...

Se me prendió algo por dentro. Me acerqué a su oído.

—Si no me crees, déjame darte una probadita.

—No te voy a dejar...

Marisol me dio un golpecito, entre coqueta y rendida.

—¡Pues yo quiero!

Le metí la cabeza entre los brazos que tenía cruzados, le tomé el pecho con la boca y le di un mordisco suave.

—Ay...

Marisol soltó un quejido y exhaló profundo.

Con una mano se cubrió el pecho y con la otra quiso empujarme, pero no se atrevió a tocarme el arañazo del hombro, así que terminó jalándome el cabello.

Sus piernas blancas empezaron a patalear, en un último intento por resistirse.

Me acerqué a ella con soltura, le tapé la boca con un beso y fui provocándole cada punto sensible del cuerpo. En unos cuantos intentos le encontré el ritmo, la besé hasta que se le aflojó todo el cuerpo y le quité el vestido sin ningún esfuerzo.

—Vas... vas a arrepentirte...

Jadeaba con la boca abierta y la voz temblorosa.

—De lo que me voy a arrepentir es de no cogerte...

Su fragilidad despertó al enfermo que llevo dentro. La agarré de las piernas, le di la vuelta y la puse boca abajo sobre la cama.

Le solté una nalgada con fuerza en la nalga izquierda y toda esa carne rebotó.

Esta vez no opuso resistencia.

No me regañó ni me contestó. Solo apretó los cachetes del trasero y me dejó bajarle el calzón, que ya estaba empapado...
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