FAZER LOGIN—Pervertido... llevas mucho tiempo con las ganas, ¿verdad?... En Nochebuena, mi hermano trajo a casa a una novia de lo más sensual y provocadora. Con que me provocara de todas las formas posibles ya era suficiente, pero ni siquiera me dejó tranquilo cuando fui al baño. Entró con una cubeta y se agachó frente a mí: —Ayúdame a lavarme las nalgas... ¿sí? ¿Cómo iba a contenerme ante semejante escena? Entonces, extendí la mano...
Ver mais—Renata... cuñada...Ese “cuñada” sonó como una advertencia tanto para ella como para mí mismo: que no cometiéramos ninguna tontería.Sin esperar su respuesta, añadí con toda la firmeza que pude:—No puedo ayudarte con esto... La medicina hoy en día es muy avanzada; deberían ir con un médico.Ante mi rechazo tan tajante, las lágrimas de Renata brotaron. Lloró de tal manera que, a pesar de querer mantenerme firme, no pude evitar sentir lástima al verla así.No soportaba verla de esa forma, así que desvié la mirada hacia otro lado.Renata se limpió la nariz y habló con la voz todavía temblorosa:—Si tuviéramos otra salida, jamás habríamos llegado a hacer... algo tan descabellado como esto...Entre más hablaba, más se le iba la emoción de las manos:—A tu hermano le importa mucho su imagen; no quiere que todo el mundo se entere. ¿De verdad no puedes ayudarnos en algo tan pequeño?—Yo... —No supe cómo responderle.Pero la razón me decía que no debía ceder bajo ninguna circunstancia. Si dab
Renata esbozó una sonrisa traviesa y me provocó a propósito:—Quiero ir a la cama contigo… a tener una… cita…Esas palabras bastaron para hacerme perder el control. Levanté la cabeza y le clavé la mirada.Parecía toda una experta en manipular a los hombres; no me quitaba los ojos de encima.Con las miradas clavadas la una en la otra, no pude evitar ceder.—No… no digas estupideces… —balbucí, tan nervioso que apenas podía terminar una frase.Viendo lo alterado que estaba, Renata decidió dejar de molestarme.—Bueno, ve a cambiarte. Salimos a dar una vuelta…Solté el aire que había estado conteniendo; por un momento pensé que iba a lanzarse sobre mí sin control. Aunque ella no tenía mi fuerza, tampoco podía garantizar que mi entereza fuera tan inquebrantable.Me fui a cambiar de ropa a toda prisa y, cuando salí, Renata ya estaba lista. Llevaba un abrigo color crema que le daba un aire fresco y encantador. Por alguna razón, algo en mi pecho se agitó sin motivo aparente.Fingí la mayor natu
El día siguiente era el primero del Año Nuevo.En años anteriores, siempre era yo el primero en levantarme, con ganas de ayudar en los quehaceres de la casa.Pero ese año, el sol ya había salido y yo todavía no había despertado.Mi hermano también se sorprendió, y fue él quien tocó a mi puerta para preguntar con genuina preocupación:—¿Marquito? ¿Estás bien? ¿Te sientes mal?Al escuchar su voz, me incorporé de un salto.Tenía la espalda empapada de sudor.No era por las palabras de mi hermano, sino porque había tenido una pesadilla.En el sueño, me enredaba en un abrazo apasionado con Renata, y justo en el momento álgido, mi hermano había aparecido.Me costó un buen rato volver en mí; tenía la cara pálida.Al no escuchar respuesta desde adentro, mi hermano levantó la mano y volvió a tocar:—Marquito, ¿qué te pasa?Obligándome a traer los pensamientos de vuelta a la realidad, respiré hondo un par de veces y respondí:—N-nada, anoche me quedé jugando hasta tarde y hoy me quedé dormido...
—Renata, estás siendo muy atrevida... ¿no te da miedo que mi hermano se entere?Antes de ir al grano, no pude evitar preguntárselo; todavía no estaba del todo tranquilo.Renata siguió moviéndose y provocando sin el menor remordimiento, hasta que se acercó a mi oído y susurró:—No se va a enterar...—¿Cómo puedes estar tan segura? —le pregunté, apretando la carne suave de su cintura.Ella gimió y se estremeció un buen rato, hasta que la sensación fue cediendo y pudo responderme entre jadeos:—Porque... yo no voy a decirle nada, y tú tampoco...¡En eso sí que acertó!¿Quién sería tan ingenuo de ir a contarle algo así a los cuatro vientos? Sabía perfectamente que lo que estábamos haciendo estaba mal, pero la razón y la moral siempre pierden contra ese fuego que arde por dentro. Y siendo yo un chico joven con la sangre caliente, me era aún más difícil contenerme.De pronto, le di una palmada en las nalgas a Renata.¡Paf!El golpe fue tan fuerte que casi la hizo llorar:—¡Eres malo... más s






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