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Bota y Rebota La Suegra
Bota y Rebota La Suegra
Author: Lucía Tormentas

Capítulo 1

Author: Lucía Tormentas
Me llamo Raúl Mendoza, tengo veinticinco años y estoy casado.

Últimamente estaba muy frustrado, porque mi mujer, pequeña y delicada, no podía con mi hombría, tremenda como la de pocos.

Y encima yo siempre estaba con ganas; un día sin coger y ya me sentía mal.

Cada vez terminaba como si la estuviera forzando, cogiéndomela hasta que ponía los ojos en blanco, y apenas así quedaba medio satisfecho.

El resultado fue que en menos de un mes, tenía los labios hinchados.

Hasta llegó a enterarse mi suegra, Marisol Ibarra.

Marisol era mi jefa directa, y fue ella quien me presentó a mi mujer.

Al principio pensó que yo era un patán y salió a defender a su hija, pero cuando se enteró de la verdadera razón, ya no sabía ni cómo mirarme a la cara.

Ese día estaba en la oficina pensando en cómo mejorar las técnicas con la boca de mi mujer, cuando sonó el celular.

Era Marisol, que me pedía ir a verla.

Toqué la puerta, escuché un “adelante” desde adentro y giré la manija.

Lo primero que vi fue a Marisol con el trasero levantado, agachada acomodando cosas en una caja de cartón, y su hermoso trasero, abundante y redondo, se mecía.

—Ya llegué.

Ni levantó la cabeza. Era obvio que me había ubicado por el sonido de mis pasos. Señaló con el mentón hacia el sofá de al lado.

—Siéntate un momento, déjame terminar de ordenar esto.

No contesté. Fui al sofá y me senté, con la mirada clavada en su silueta. Se me hizo agua la boca sin darme cuenta.

Si no me fallaba la memoria, mi suegra acababa de cumplir cuarenta, estaba en la plenitud de la vida.

A diferencia de mi mujer, que era menuda, Marisol medía un metro sesenta y ocho y se mantenía en forma con el gimnasio. Tenía un cuerpo como guitarra, provocativa sin proponérselo.

Y más con lo que traía puesto: un vestido entallado que sus nalgotas abrían de forma exagerada contra la tela de algodón. Se alcanzaba a ver el borde de un calzoncito lila, tenso, que apenas contenía esos dos cachetes redondos como lunas llenas.

Un cuerpo de infarto. De esos que dan ganas de hacerle de todo.

—Suegra, te ayudo.

Caminé hacia donde estaba Marisol.

Pero no sé qué se me cruzó por la cabeza: cuando pasé junto a ella, como si el diablo me moviera la mano, le solté una nalgada en ese hermoso trasero.

Se quedó helada un segundo. Sonaba incrédula.

—¿Qué estás haciendo?

—Es que... es que lo tiene tan bueno que no pude aguantarme...

Ni hablar podía bien.

Marisol se puso roja hasta las orejas, se levantó y me dio un pellizco con todas sus fuerzas en la cintura.

—Ya no tienes remedio... ¿No te basta con tu mujer y vienes a desquitarte con tu suegra?

Solté un quejido, pero al ver que no estaba realmente enojada, seguí provocándola.

—¿Qué tiene que la toque? Si la hija no aguanta, la suegra tiene que ayudar...

—¡Ay, cállate! Solo te salen cochinadas de la boca... Ojalá te aguantes...

Marisol suspiró con fastidio y volvió a agacharse sobre la caja, sin darse cuenta de que su escote abierto dejaba ver la piel blanca de sus pechos.

—Al rato me ayudas a llevar estos materiales a la casa.

Hacía poco, Marisol me comentó que tenía varios libros que quería llevarse a su casa pero no podía cargarlos sola.

Acepté sin pensarlo. Metí las cajas al auto y llevé a Marisol de regreso.

—Déjalas junto al librero de la recámara.

Obedecí y entré a la recámara cargando una caja grande. Cuando me levanté no vi las pantuflas en el piso, tropecé y trastabillé varios pasos hasta caer sobre la cama.

Bajé la mirada: debajo de la almohada asomaba un trozo de encaje negro.

¿Eso era... una tanga?

Como poseído, moví la almohada y descubrí debajo un vibrador color piel, de esos realistas.

Y de los grandes.

Quién lo diría: Marisol estaba así de necesitada.

Al pensar que mi sensual suegra viuda solo podía llenarse con eso, se me empezó a ir la cabeza.

Tac, tac, tac...

Cuando me perdí en la fantasía, el sonido de los tacones de Marisol resonó a mis espaldas.

Cuando vio lo que tenía en la mano, entró en pánico.

Me lo arrebató, lo metió de vuelta bajo la almohada e intentó empujarme fuera de la recámara.

—Lo demás lo acomodo yo sola, ¡ya vete!

Al ver la cara avergonzada y coqueta de Marisol, no aguanté más. La rodeé con los brazos.

—Tú... tú... ¿qué eres? ¿Un semental?

Marisol se retorció con la cara encendida, temblando de pies a cabeza hasta que se le doblaron las piernas.

Si no la hubiera tenido abrazada, se habría desplomado al piso.

¿Tan sensible era?

Me armé de valor; esperé el momento, atrapé sus labios y deslicé una mano hacia abajo para estrujarle el trasero con fuerza, esa carne abundante y suave.

Después le jalé la falda del vestido y se la enrollé hasta la cintura.

Hasta que mis dedos tocaron el borde del calzón de encaje y el pliegue donde el muslo se une a la nalga, y esa carne suave me atrapó los dedos.
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