Hay dos cosas que la gente jamás comprende sobre la sangre: huele a hierro viejo y tarda exactamente cuatro minutos en volverse pegajosa. Si dejas que pase de ese punto, el trabajo de un limpiador se convierte en un infierno absoluto.
Ajusté la mascarilla con filtro de carbono sobre mi nariz, sintiendo el chasquido seco del elástico contra mis orejas. El aire dentro del ático olía a whisky de malta caro, a tabaco holandés consumido y a esa pesadez metálica que siempre precede a un cobro de cuentas mal ejecutado. Miré la escena sin pestañear, calculando mentalmente los litros de reactivos que necesitaría para dejar el piso como un espejo. Un apartamento de tres millones de dólares en la última planta de un edificio del centro, con paredes de concreto pulido, una alfombra persa destrozada en el centro del salón y tres cadáveres distribuidos con una torpeza espacial exasperante.
—El del fondo convulsionó antes de caer —murmuré para mí misma, agachándome junto al primer cuerpo con la calma de un cirujano—. Qué maldito desastre.
Saqué del maletín negro el bote de agua oxigenada de concentrado industrial y lo vertí directamente sobre una mancha oscura que se extendía cerca del sofá de cuero. El burbujeo blanco empezó de inmediato, devorando la evidencia orgánica con un siseo áspero y penetrante. Ese sonido, mezclado con el goteo de un grifo abierto en la cocina, era mi única compañía habitual a las tres de la mañana.
O al menos, se suponía que debía serlo esta noche.
Un chasquido metálico resonó a mi espalda. Un tictac seco, chirriante, como el de una pistola automática a la que le liberan el seguro sin el más mínimo cuidado.
No salté. No grité. Cuando llevas seis años limpiando los despojos y las meteduras de pata de la familia Camorra, aprendes que el pánico solo sirve para acelerar el ritmo cardíaco y manchar más la ropa con sudor. Me giré despacio, manteniéndome sobre mis cuclillas, levantando la vista muy lento desde unas botas de piel negra cubiertas de fango seco, pasando por unos pantalones oscuros de corte impecable, hasta dar con el tipo que sujetaba un cigarrillo apagado entre los labios.
Dante Moretti. Le decían "El Perro". Y el apodo no era una metáfora elegante.
Tenía un corte fresco y profundo en el pómulo izquierdo del que bajaba un hilo fino de sangre ya semiseca. La camisa blanca de vestir llevaba los tres botones superiores desabrochados, dejando al descubierto el inicio de un tatuaje de tinta oscura que subía por su cuello y se le metía bajo la mandíbula. Sus ojos no eran comunes. Tenían ese tono gris sucio y apagado que solo se ve en los animales callejeros que han comido m****a toda su vida y no esperan absolutamente nada bueno del mundo.
—Te faltó un charco bajo la mesa auxiliar —dijo. Su voz sonaba como si hubiera estado tragando arena durante horas.
—El encargo que entró por la central era para dos bultos, Moretti —respondí, manteniendo el tono plano, neutro, sin permitir que una sola vibración de miedo delatara mis nervios—. Me estás haciendo trabajar gratis y odio hacer horas extra por culpa de ejecutores torpes.
Dante dio un paso hacia adelante. No llevaba la chaqueta del traje. Las mangas de la camisa estaban remangadas hasta los codos de forma desordenada, mostrando unos antebrazos robustos manchados de hollín y restos de pólvora. Apoyó la espalda contra la barra de mármol de la cocina, cruzando los brazos sobre el pecho, y me observó desde arriba con una mezcla de cansancio absoluto y curiosidad enferma.
—El tercero intentó ser listo y sacar un estilete por la espalda cuando ya me iba —soltó él, escupiendo un pedazo de tabaco seco sobre el suelo que yo acababa de desinfectar—. Le rompí el cuello contra la esquina del mueble. No soltó sangre, así que no te quejes tanto, limpiadora.
—El cuerpo pierde el control de los esfínteres al morir, pedazo de idiota —repliqué, volviendo a mi trabajo con la fregona de microfibra industrial sin regalarle el privilegio de mi mirada—. La suciedad no es solo sangre. Ahora tengo que desinfectar la madera flotante con un producto neutro antes de que el olor a materia orgánica se filtre por las junturas al piso de abajo y los vecinos llamen a la policía por la peste.
Un silencio denso y pesado cayó entre los dos. Se oía únicamente el roce rítmico del paño húmedo contra el suelo y la respiración pesada, casi asmática, de Dante. Normalmente, los sicarios y ejecutores de la familia se largaban en cuanto terminaban de disparar. Dejaban la puerta abierta, se subían a sus vehículos blindados y desaparecían en la noche como sombras cobardes, dejándome a mí la parte podrida, apestosa y humillante del negocio. Pero él no se iba. Se quedó allí, de pie, viéndome rascar las fibras de la alfombra con un cepillo de cerdas duras.
—No te tiemblan las manos —notó él tras un par de minutos. No era una pregunta. Era una constatación dura, analítica.
—Si me temblaran las manos, derramaría el cloroformo sobre la madera barnizada y la arruinaría. Eso significaría que el cliente no me pagaría la tarifa completa.
—La mayoría de las mujeres que han visto lo que tú estás viendo ahora mismo estarían vomitándose los pulmones en el baño —dijo él, dando otro paso lento hacia mí—. O estarían de rodillas suplicando que no les meta un tiro entre los ojos para no dejar testigos.
Dejé el cepillo a un lado con extrema deliberación. Me levanté despacio, sintiendo el chasquido de mis rodillas por la postura, y me quité los guantes de nitrilo negros haciendo sonar el plástico. Dante midió mi estatura con la mirada, deteniéndose en las ojeras marcadas que llevaba debajo de los ojos y en mi pelo recogido en un moño desordenado con una pinza de plástico. No llevaba maquillaje, ni joyas, ni nada que me hiciera parecer una mujer atractiva a esas horas de la madrugada. Parecía una sombra vestida con un mono de trabajo gris y botas reforzadas.
—La mayoría de las mujeres no cobran diez mil dólares en efectivo por hacer que imbéciles impulsivos como tú parezcan ciudadanos limpios e inocentes ante el fiscal del distrito —le espeté, dando un paso al frente hasta quedar a un metro escaso de su pecho—. Así que hazme un favor enorme: sal de mi zona de trabajo, apaga esa pestilencia de cigarrillo y déjame terminar mi labor antes de que despunte el sol.
Dante no retrocedió ni un solo centímetro. En lugar de eso, acortó la poca distancia que nos separaba hasta que pude sentir el calor desmedido que salía de su cuerpo. Olía a pólvora quemada, a sudor rancio, a sangre ajena y a una colonia barata de maderas que intentaba tapar la m****a de la calle. Se inclinó un poco hacia mí, dejando su rostro a escasos centímetros del mío. Pude ver las vetas rojas de sangre rota en sus ojos, la marca del insomnio podrido que llevaba a cuestas desde hacía años.
—¿Sabes perfectamente quién soy, verdad? —susurró. Su aliento cálido rozó la piel sensible de mi mejilla.
—Eres el tipo al que llaman cuando la directiva necesita romper huesos y no le importa el ruido ni el escándalo —dije sin bajar la mirada ni pestañear—. Y yo soy la persona que evita que termines el resto de tu miserable vida en una celda de tres por tres pudriéndote la carne. Así que, técnicamente, tú trabajas para que yo no tenga que hacer horas extra limpiando tus tonterías.
Por un segundo, solo un efímero segundo, la esquina izquierda de su boca se curvó hacia arriba. Una sonrisa rota, carente de cualquier tipo de calidez humana. Una mueca de animal rabioso que acaba de encontrar un hueso demasiado duro de roer.
—Tienes la lengua demasiado larga y suelta para ser una simple empleada que huele a lejía y veneno, Valentina.
Que supiera mi nombre no me sorprendió en absoluto; la administración de la mafia tenía archivos de todos nosotros. Pero escucharlo pronunciado en su voz grave y rasposa hizo que un escalofrío helado me recorriera la espina dorsal. Un latido acelerado me traicionó justo en el lateral del cuello, donde la arteria carótida pulsaba con fuerza. Él lo vio. Los hombres que se dedican a la caza de personas viven únicamente de detectar ese tipo de pequeños gestos involuntarios.
Antes de que pudiera responderle algo mordaz, el teléfono encriptado que llevaba en el bolsillo lateral de mi pantalón de carga empezó a vibrar rítmicamente. El sonido rompió la tensión del ambiente como un golpe de hacha.
Lo saqué del bolsillo sin despegar mis ojos de los de Dante. Deslicé el pulgar por la pantalla protectora. Era un mensaje de texto corto, cifrado en el código de emergencia interno de la familia:
«Abandona el sitio inmediatamente. La policía no fue alertada por los vecinos del edificio. Es una emboscada de la facción rival. Van para allá en dos minutos.» El aire en la habitación se volvió de hielo en un instante. Miré a Dante. Él era lo suficientemente rápido como para haber leído el texto sobre mi hombro antes de que yo pudiera apagar la pantalla. Su expresión cambió por completo en una fracción de segundo: la curiosidad enferma desapareció y en su lugar regresó el monstruo frío, calculador y despiadado que mataba gente por encargo.
—¿Qué demonios dice esa m****a? —demandó. Su voz bajó un octavo, volviéndose extremadamente peligrosa.
—Nos vendieron —dije, guardando el teléfono y agarrando el maletín de productos químicos con rapidez instintiva—. Los tuyos te tendieron una trampa. La policía y los hombres de la otra familia están a dos calles de aquí.
Dante no maldijo ni perdió el tiempo haciendo preguntas absurdas. Simplemente sacó la pistola de la parte trasera de su cintura con un movimiento fluido y profesional, apuntando instintivamente hacia la puerta principal del apartamento. Desde el exterior del edificio, amortiguado por los cristales dobles, se empezó a escuchar el eco distante de varias sirenas cortando la tranquilidad de la noche. Se acercaban demasiado rápido por la avenida principal.
—Si la policía entra por esa puerta y me encuentra aquí con tres cadáveres frescos, me pudro el resto de mi vida en un penal de máxima seguridad —dijo él, escaneando las salidas del salón con la mirada—. Y si te encuentran a ti con ese maletín lleno de reactivos ilegales, te meten exactamente en la misma celda que a mí.
—Sé perfectamente por dónde salir sin cruzar el vestíbulo principal —dije, ajustando la correa de mi bolso sobre el hombro—. Pero no pienso cargar con un tipo de noventa kilos que está sangrando como un cerdo y al que van a rastrear por las gotas que deje en el suelo.
Dante se giró y me agarró del brazo con una fuerza brutal, casi desmedida. Sus dedos se hundieron en mi carne a través de la tela de la chaqueta de lona, asegurando su agarre. No era un gesto de pánico; era un acto absoluto de posesión y supervivencia.
—Tú no te vas a ningún lado sin mí, limpiadora —murmuró, pegando su rostro al mío mientras me arrastraba hacia el pasillo trasero que daba a los servicios de mantenimiento—. Si caigo yo esta noche, te juro por mi vida que te llevo conmigo al infierno.
El sonido ensordecedor de la puerta principal siendo derribada por un impacto pesado resonó por todo el piso justo cuando cruzábamos el umbral de la escalera de incendios en total oscuridad.