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Marcados al fuego

ผู้เขียน: talia
last update วันที่เผยแพร่: 2026-09-11 18:00:18

El silencio tras la tormenta duró exactamente tres segundos. El tiempo que tardé en asimilar que Dante no solo estaba proponiendo una locura, sino que me estaba arrastrando al centro de una carnicería con la frialdad de quien invita a tomar un café.

—Afloja la mano, Moretti —dije, bajando la vista hacia sus dedos que aún presionaban mi muñeca. La piel se me había puesto roja bajo su agarre—. O el siguiente punto te lo doy en la lengua.

Dante me sostuvo la mirada un instante más. Sus pupilas estaban dilatadas por la mezcla de adrenalina, dolor y la fiebre que empezaba a encenderle la piel. Me soltó despacio, dejando caer el brazo con una lentitud que buscaba demostrar que él tenía el control de la situación, incluso cuando estaba sangrando sobre el capó de una furgoneta robada.

—No tenemos tiempo para hacernos los difíciles, Valentina —soltó él, recogiendo del suelo una camiseta limpia que había sacado de mi maletín de repuesto. Se la pasó por la cabeza con un quejido sordo al estirar el costado—. Salvatore no va a esperar a que salga el sol. Ya debe de haber puesto a sus sabuesos a peinar los garajes del distrito.

—El taller está registrado a nombre de un testaferro muerto hace tres años —respondí, caminando hacia la mesa de trabajo para guardar los frascos de reactivos y el hilo sobrante—. Para cuando encuentren este sitio, nosotros estaremos a cincuenta kilómetros.

—¿Y luego qué? —Dante se acercó a mí por la espalda. No hizo ruido al caminar; para ser un hombre de casi noventa kilos, se movía con la sigilo espeluznante de un depredador habituado a cazar en la penumbra—. ¿Vas a pasarte el resto de tu vida mirando por encima del hombro cada vez que eches gasolina? ¿Vas a revisar el bajo de tu coche cada mañana para comprobar si hay un paquete de C4 pegado al chasis?

Me congelé con el frasco de antiséptico en la mano.

Él tenía razón. Y odiaba con toda mi alma que la tuviera. La mafia no olvida, pero sobre todo, no deja cabos sueltos que sepan cómo funcionan sus esquemas de limpieza. Yo era una amenaza viviente para el nuevo orden que Salvatore intentaba armar.

—Tengo contactos en la costa —mentí, intentando mantener la voz tan fría como el hielo—. Gente que no hace preguntas.

Dante soltó una risa amarga, un sonido rasposo que resonó en el techo de chapa del taller mientras la lluvia seguía descargando con furia en el exterior.

—Tus contactos trabajan para la misma red que le paga el sueldo a Salvatore, limpiadora. No seas ingenua. La única razón por la que sigues respirando a esta hora es porque estabas en ese piso conmigo cuando saltó la trampa.

Se detuvo justo detrás de mí. Pude sentir la marea de calor que desprendía su cuerpo, el olor acre del sudor mezclado con la sangre fresca y el antiséptico industrial que impregnaba el ambiente. Extendió la mano por encima de mi hombro y cerró la tapa de mi maletín con un golpe seco.

—Si nos dividimos, nos cazan en menos de cuarenta y ocho horas —susurró cerca de mi oreja, con esa voz grave que parecía rasparme la nuca—. Juntos, tenemos una oportunidad. Yo pongo las balas y la rabia. Tú pones la cabeza y las sombras.

Me giré sobre mis talones para encararlo, quedando a escasos centímetros de su pecho cubierto por la camiseta negra ajustada. Subí la mirada hasta encontrar sus ojos grises, ese par de pozos turbios donde no había un solo rastro de piedad.

—Si acepto esto, no hay jefes, Dante —le advertí, apuntándole al pecho con el dedo índice—. No me das órdenes. No soy tu sirvienta ni tu rehén. Vamos al cincuenta por ciento en cada decisión. Y si veo que me vas a vender para salvar tu pellejo, te meto un trago de cloroformo puro por la garganta mientras duermes.

La comisura de su labio izquierdo se elevó en esa mueca torcida y peligrosa que empezaba a volverse inquietantemente familiar.

—Trato hecho, socia —dijo, estirando la mano hacia mí. Tenía los nudillos desgastados y la piel nudosa por años de peleas—. Pero si intentas traicionarme tú a mí, no habrá cloroformo que te salve de lo que te voy a hacer.

Miré su mano extendida. Era la mano de un verdugo, el instrumento con el que la Camorra rompía las vidas de sus enemigos. Sin embargo, en ese taller decrépito, rodeados de óxido y m****a, era la única tabla de salvación que tenía en el infierno.

Le estreché la mano. Su agarre fue firme, caliente, casi abrasador.

—Bien —dije, soltándolo de inmediato para no prolongar el contacto—. Lo primero es conseguir armas limpias y un coche que no esté fichado por la policía. Salvatore tiene un almacén clandestino cerca del puerto, ¿verdad?

—El depósito de licores de la calle Nueve —asintió Dante, pasándose una mano por el pelo oscuro para quitárselo de la frente—. Ahí guardan el armamento pesado y los coches con placas dobladas para los trabajos especiales.

—Entonces ese es nuestro primer objetivo. Le quitaremos los juguetes antes de que se entere de que seguimos respirando.

Dante me miró con una mezcla de sorpresa y fascinación oscura. Era la primera vez que veía a una mujer hablar de asaltar un depósito de la mafia con la misma tranquilidad con la que se planifica una compra en el supermercado.

—Tienes un alma bastante podrida para dedicarte a fregar suelos, Valentina —murmuró.

—No limpio porque me guste la pulcritud, Moretti —respondí, agarrando la correa de mi bolso—. Limpio porque me gusta borrar los errores de la gente. Y Salvatore cometió el error más grande de su vida esta noche.

Nos subimos de nuevo a la furgoneta. El trayecto hacia el puerto fue un ejercicio de tensión pura. La ciudad dormía bajo un manto de lluvia densa que ahogaba las luces de los neones y convertía el asfalto en un espejo negro. Dante permanecía en el asiento del copiloto, con la pistola cargada sobre el muslo y la mirada fija en los espejos retrovisores, atento a cualquier sombra que nos siguiera.

Al cabo de veinte minutos, nos detuvimos en un callejón a media calle del depósito de licores. El edificio era una estructura de ladrillo visto, con ventanas enrejadas y un portón de chapa reforzado. Dos hombres con chaquetones oscuros y las manos metidas en los bolsillos patrullaban la entrada con aspecto aburrido, protegiéndose de la lluvia bajo un alero de metal.

—Son hombres de la facción de Salvatore —dijo Dante en voz baja, escudriñando la escena desde la oscuridad de la cabina—. Llevan subfusiles compactos debajo de los abrigos. No va a ser tan fácil como entrar y pedir las llaves.

—No necesitamos entrar por la puerta principal —dije, abriendo el maletín que llevaba entre las piernas y sacando dos botellas de cristal oscuro con etiquetas de reactivo químico desprovistas de marca—. A veces, la mejor forma de entrar en un sitio no es disparando, sino haciendo que la gente quiera salir corriendo.

Dante miró las botellas y luego me miró a mí.

—¿Qué demonios es eso?

—Un compuesto de amoniaco concentrado y azufre industrial —expliqué con una sonrisa fría que no me llegó a los ojos—. Cuando lo mezcle con el aire del sistema de ventilación del almacén, van a pensar que hay una fuga de gas tóxico. Saldrán como ratas buscando aire.

Dante dejó escapar una carcajada baja, un sonido áspero que hizo retumbar el interior del vehículo.

—Eres una zorra calculadora y diabólica, limpiadora.

—Soy una profesional, Moretti. Ahora cállate, coge tu arma y prepárate para los que salgan por la puerta de atrás.

Me deslicé fuera de la furgoneta, internándome en la oscuridad de la lluvia. La cacería acababa de empezar, y esta vez, nosotros no éramos las presas.

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