เข้าสู่ระบบEl agua helada me empapaba la ropa a los pocos segundos de salir de la furgoneta, pero el frío era lo último que tenía en la cabeza. Me pegué a la pared de ladrillo del callejón, avanzando con sigilo entre los charcos hasta alcanzar la parte trasera del almacén de licores.Dante me seguía a tres pasos de distancia, moviéndose como una sombra grotesca y letal. A pesar de la sutura que tiraba de su costado, llevaba la pistola empuñada con una firmeza aterradora. Sus ojos grises escaneaban las esquinas, listos para abatir a cualquiera que asomara la cabeza antes de tiempo.Llegué a la unidad externa del sistema de ventilación: una caja metálica ruidosa y oxidada que zumbaba pegada a la pared, protegida apenas por una rejilla sencilla.Sacó de mi bolsillo una palanca pequeña de acero y forcé los cierres de la tapa con un chasquido seco. El ventilador giraba a toda velocidad, succionando el aire húmedo de la calle para meterlo directamente al interior del local.—¿Segura de que esa mierda
El silencio tras la tormenta duró exactamente tres segundos. El tiempo que tardé en asimilar que Dante no solo estaba proponiendo una locura, sino que me estaba arrastrando al centro de una carnicería con la frialdad de quien invita a tomar un café.—Afloja la mano, Moretti —dije, bajando la vista hacia sus dedos que aún presionaban mi muñeca. La piel se me había puesto roja bajo su agarre—. O el siguiente punto te lo doy en la lengua.Dante me sostuvo la mirada un instante más. Sus pupilas estaban dilatadas por la mezcla de adrenalina, dolor y la fiebre que empezaba a encenderle la piel. Me soltó despacio, dejando caer el brazo con una lentitud que buscaba demostrar que él tenía el control de la situación, incluso cuando estaba sangrando sobre el capó de una furgoneta robada.—No tenemos tiempo para hacernos los difíciles, Valentina —soltó él, recogiendo del suelo una camiseta limpia que había sacado de mi maletín de repuesto. Se la pasó por la cabeza con un quejido sordo al estirar
El sonido de la llamada entrante era un martilleo rítmico en la penumbra del taller. El teléfono no dejaba de vibrar sobre la mesa metálica, justo al lado de las tijeras quirúrgicas manchadas de sangre.Miré la pantalla iluminada desde abajo. Número Privado. Solo tres personas en la cúpula de la Camorra tenían acceso a esa línea cifrada: el Don, su consejero directo y el propio Dante.Dante me soltó la muñeca despacio, aunque sus ojos no se apartaron de los míos ni un solo segundo. Extendió la mano, tomó el teléfono y deslizó el dedo por la pantalla. No se lo llevó a la oreja; presionó el botón del altavoz con una serenidad pasmosa que solo aumentaba la peligrosidad del ambiente.El siseo de la estática llenó el espacio antes de que una voz rasposa, envejecida por el tabaco de liarla y el alcohol barato, hablara desde el otro lado.—Moretti. Me dijeron que el trabajo en el ático se complicó.Era la voz de Salvatore "El Tuerto" Varga, el caporegime que gestionaba el territorio del nort
El metal helado de la escalera de incendios vibraba bajo nuestras botas a medida que bajábamos los escalones de tres en tres. Arriba, el impacto amortiguado de los arietes policiales y los gritos de orden de registro retumbaban por el hueco del edificio como un eco distorsionado.Dante me llevaba sujetada de la muñeca con la fuerza de un grillete. No me soltó ni un solo segundo mientras descendíamos en la penumbra. Su respiración era pesada, áspera, y cada vez que sus botas golpeaban el hierro, una gota de su sangre salpicaba el pasamanos.—Si sigues dejando ese rastro en la barandilla, nos van a seguir sin necesidad de perros —le dije entre dientes, intentando zafar mi brazo sin perder el paso.—Cierra la boca y mueve las piernas, limpiadora —gruñó él sin volverse.Llegamos al nivel del callejón trasero. El aire frío de la madrugada me golpeó el rostro, saturado por el olor a humedad, basura acumulada y el humo distante de los tubos de escape. Dos patrullas de la policía local cruzar
Hay dos cosas que la gente jamás comprende sobre la sangre: huele a hierro viejo y tarda exactamente cuatro minutos en volverse pegajosa. Si dejas que pase de ese punto, el trabajo de un limpiador se convierte en un infierno absoluto.Ajusté la mascarilla con filtro de carbono sobre mi nariz, sintiendo el chasquido seco del elástico contra mis orejas. El aire dentro del ático olía a whisky de malta caro, a tabaco holandés consumido y a esa pesadez metálica que siempre precede a un cobro de cuentas mal ejecutado. Miré la escena sin pestañear, calculando mentalmente los litros de reactivos que necesitaría para dejar el piso como un espejo. Un apartamento de tres millones de dólares en la última planta de un edificio del centro, con paredes de concreto pulido, una alfombra persa destrozada en el centro del salón y tres cadáveres distribuidos con una torpeza espacial exasperante.—El del fondo convulsionó antes de caer —murmuré para mí misma, agachándome junto al primer cuerpo con la calm







