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Llamadas a medianoche y promesas de sangre

Author: talia
last update publish date: 2026-09-07 22:30:27

El sonido de la llamada entrante era un martilleo rítmico en la penumbra del taller. El teléfono no dejaba de vibrar sobre la mesa metálica, justo al lado de las tijeras quirúrgicas manchadas de sangre.

Miré la pantalla iluminada desde abajo. Número Privado. Solo tres personas en la cúpula de la Camorra tenían acceso a esa línea cifrada: el Don, su consejero directo y el propio Dante.

Dante me soltó la muñeca despacio, aunque sus ojos no se apartaron de los míos ni un solo segundo. Extendió la mano, tomó el teléfono y deslizó el dedo por la pantalla. No se lo llevó a la oreja; presionó el botón del altavoz con una serenidad pasmosa que solo aumentaba la peligrosidad del ambiente.

El siseo de la estática llenó el espacio antes de que una voz rasposa, envejecida por el tabaco de liarla y el alcohol barato, hablara desde el otro lado.

—Moretti. Me dijeron que el trabajo en el ático se complicó.

Era la voz de Salvatore "El Tuerto" Varga, el caporegime que gestionaba el territorio del norte. El hombre que le daba las órdenes directas a Dante.

—Complicarse es una palabra muy suave, Salvatore —respondió Dante. Su tono era de una calma absoluta, una máscara de hielo que ocultaba la fiera a punto de saltar—. La policía estaba en la puerta antes de que terminara de limpiar el desastre. Y los chicos de la familia rival ya nos estaban esperando en la calle trasera.

Al otro lado de la línea hubo una pausa prolongada. Se escuchó el chasquido de un mechero al encenderse y una aspiración profunda.

—Qué lástima —dijo Salvatore, sin la más mínima emoción en la voz—. Supongo que tuvimos un topo en la línea de comandos. Lo siento por ti, muchacho. El Don está muy furioso. Cree que fuiste tú quien vendió la ubicación del piso a la competencia por dinero de la droga.

Dante soltó una risa seca, un chasquido ronco que resonó en las vigas del techo.

—No me jodas, viejo. Sabes perfectamente que yo no toco el negocio de la falopa. Alguien dentro me tendió una trampa para quedarse con mi zona. Y me mandaron a la limpiadora para tener una excusa perfecta si la cosa salía mal.

—Ah, la chica... —Salvatore hizo una pausa deliberada—. Ella tampoco debería ser un problema a estas horas. Si la policía la agarró, hablará. Si escapó contigo, solo es un cabo suelto más. Las órdenes son claras, Dante: el Don canceló tu contrato. A partir de este momento, eres un traidor a la familia. Y la chica es un objetivo secundario. No hay pagos, no hay protección. Si te veo en mi territorio antes del amanecer, te voy a meter una bala entre los ojos yo mismo.

—Inténtalo, viejo marchito —murmuró Dante con una voz tan baja y cargada de veneno que me hizo dar un paso involuntario hacia atrás—. Pero cuando vaya a buscarte, no voy a usar una pistola. Voy a sacarte las entrañas con las manos desnudas.

Dante cortó la llamada antes de que Salvatore pudiera responder y estrelló el teléfono encriptado contra el suelo de concreto. El aparato se hizo pedazos en una lluvia de plástico y componentes electrónicos.

El silencio volvió a caer sobre el taller, pesado como una losa de tumba. La lluvia afuera comenzaba a repicar con violencia contra las chapas del tejado, creando una cortina de ruido constante.

Miré los restos del teléfono y luego a Dante. Estaba sentado sobre la mesa de trabajo, con el torso desnudo y marcado por la sutura fresca que yo acababa de hacerle. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar los puños. La furia en sus ojos grises era una tormenta palpable.

—Fueron ellos —dije con voz firme, rompiendo el trance—. Fue Salvatore. Él fue quien me envió la orden de trabajo esta tarde a través de la centralita. Él sabía exactamente a qué hora entraba yo al piso y cuánto tiempo tardaría en limpiar.

Dante levantó la cabeza y me miró. La luz blanca de la lámpara acentuaba las sombras de sus pómulos y la cicatriz del cuello.

—Salvatore no tiene los cojones para hacer una jugada así por su cuenta —dijo, poniéndose en pie con cierta dificultad mientras se agarraba el costado herido—. Alguien arriba le dio luz verde. Alguien quiere reestructurar el mando en la ciudad y yo era el único obstáculo que no podían comprar con dinero.

—Y a mí me usaron como cebo colateral —completé la frase, sintiendo una punzada de rabia amarga en la garganta—. Si la policía nos atrapaba a los dos, el caso quedaba cerrado. Un ejecutor violento y su limpiadora cayendo en una redada. Un paquete perfecto para los periódicos de la mañana.

—Exacto.

Me acerqué a mi maletín, lo cerré de un golpe seco y me colgué la correa al hombro. La situación había cambiado drásticamente. Ya no era solo una noche difícil de trabajo; era una cacería abierta en la que éramos las presas.

—Bien —dije, ajustándome la chaqueta de lona—. Mis cosas están en el coche. Me voy de la ciudad antes de que bloqueen los peajes.

Antes de que pudiera dar tres pasos hacia la puerta del taller, Dante se cruzó en mi camino. Su envergadura tapaba por completo la luz de la lámpara. A pesar de estar herido y sangrando ligeramente a través de las gasas, emanaba una amenaza física que habría hecho temblar a cualquier hombre armado.

—No te vas a ningún lado, Valentina —repetió, cerrándome el paso.

—Apártate de mi camino, Moretti —dije, llevando la mano al bolsillo donde guardaba un spray defensivo de concentración militar—. No me vas a arrastrar a tu guerra suicida contra la Camorra.

Dante dio un paso hacia mí, recortando el espacio hasta que su pecho casi tocó el mío. Pude oler el hierro de su sangre mezclado con el olor a antiséptico que aún quedaba en sus manos.

—¿Crees que te van a dejar escapar? —dijo con una voz profunda que me retumbó en las costillas—. ¿De verdad eres tan ilusa, limpiadora? Sabes los nombres, conoces las caras, sabes cómo funciona el sistema de limpieza de la familia. Aunque te vayas a otra provincia o te cambies el nombre, Salvatore va a poner un precio a tu cabeza mañana a primera hora. Te van a cazar en un motel barato o en una estación de autobuses.

—Sé cuidarme sola —le espeté, sosteniéndole la mirada sin dar un solo paso atrás—. Llevo seis años sobreviviendo entre ratas como tú.

—Cuidarse sola significa esconderse hasta que alguien cometa un error y te encuentre —dijo él, inclinándose hacia mi rostro. Sus ojos grises estaban fijos en los míos con una intensidad enfermiza—. Trabajar conmigo significa ir a buscar a los bastardos que nos vendieron y cortarles la garganta antes de que puedan pestañear.

Un escalofrío helado me recorrió la espalda. No era miedo a la muerte; era la chispa oscura de la venganza que llevaba años apagada en mi interior y que las palabras de este demente acababan de encender de nuevo.

—No soy una asesina, Dante —dije, aunque mi voz no sonó tan firme como me habría gustado.

—No, no lo eres —admitió él, rozando con sus nudillos fríos el borde de mi mandíbula en un gesto inesperadamente lento, casi carnal—. Tú eres algo mucho peor. Eres la persona que sabe cómo hacer desaparecer a un hombre sin dejar un solo rastro en el mundo. Y yo soy el tipo que sabe cómo romperle los huesos para que pida perdón antes de morir.

El roce de sus dedos en mi piel quemaba. Había algo profundamente jodido en la forma en que me miraba, como si hubiera encontrado en mi frialdad la única cosa real en un mundo de mentiras.

—Si nos quedamos —dije, sintiendo el ritmo de mi corazón acelerarse contra mi pecho—, vamos a tener a toda la organización detrás de nosotros. No hay marcha atrás.

—Nunca la hubo, Valentina —murmuró él, acercándose tanto que su aliento rozó mis labios—. A partir de esta noche, o nos quedamos con la ciudad o nos quemamos juntos en el intento.

Un trueno retumbó justo encima de nosotros, iluminando el taller por un segundo a través de los cristales rotos. En la oscuridad que siguió, supe que había cruzado una línea de la que jamás volvería a salir.

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