LOGINFui vendida al mejor postor. En una subasta donde la dignidad tenía precio, mi destino quedó sellado por la mano equivocada. Nunca imaginé que el hombre que levantó la paleta para comprarme sería él… el mismo que años atrás estaba destinado a ser mi esposo, el hombre que juró protegerme, y que ahora pertenece al mundo más peligroso de todos: la mafia. Nicolás Rinaldi no me reconoció. Para él, yo solo era una mujer más, una compra que satisfaría un capricho. Pero yo sí sabía quién era él. Sabía que su apellido estaba manchado con la misma sangre que destruyó a mi familia. Y que detrás de su mirada fría y su voz de acero, se escondía un pasado que nos unía… y nos condenaba. Me convirtió en su amante. Me ató a su cama, a su nombre, a su venganza. Y aunque prometí odiarlo, cada beso, cada roce, me arrastraba más hacia un deseo que no podía controlar. Entre el amor y la venganza, solo uno sobrevivirá. Porque en su mundo, amar… también puede ser una sentencia de muerte.
View MoreLa carretera que bordeaba el norte de la ciudad era una cinta de asfalto mojado bajo la luna plateada. Carmen conducía con las manos apretadas al volante, sus nudillos blancos reflejando la tensión de su alma. No iba a su oficina, ni a su casa, ni a la iglesia donde se suponía que debía casarse en pocas horas. Iba al único lugar donde el aire todavía sabía a verdad: el viejo mirador del acantilado, el lugar donde, hace años, un Nicolás Valente sin pecados la había besado por primera vez.Detuvo el auto bruscamente. El sonido del motor fue reemplazado por el rugido del viento entre los pinos y el eco lejano de la ciudad. Carmen bajó del vehículo, dejando que la lluvia fina empapara su rostro, mezclándose con las lágrimas que finalmente se permitía derramar.—Sabía que estarías aquí —dijo una voz a sus espaldas.Carmen se giró. La Cobra estaba allí, apoyada en su auto negro, con el rostro sereno bajo la tormenta. No llevaba armas a la vista; solo su presencia protectora.—¿Cómo lo supis
El ascensor del penthouse descendía con una lentitud tortuosa. Carmen observaba el reflejo de su propio rostro en las puertas de acero inoxidable; se veía pálida, con los ojos encendidos por una mezcla de terror y una esperanza que odiaba sentir. Al abrirse las puertas en el vestíbulo, el aire frío de la noche bogotana la golpeó, cargado con el olor a tierra húmeda y asfalto.Allí, bajo la luz tenue de una farola que parpadeaba, estaba él.Nicolás Valente no lucía como el príncipe de la Toscana que había visto hace una semana. Su esmoquin impecable había sido reemplazado por una chaqueta de cuero oscuro, su cabello estaba desordenado por el viento y su mirada... su mirada tenía la intensidad de un hombre que ha cruzado el infierno solo para pedir una última oportunidad.—¿Qué haces aquí, Nicolás? —preguntó Carmen, deteniéndose a varios metros de distancia, como si hubiera una línea invisible que, de cruzarse, la destruiría.—Vine por ti —respondió él. Su voz era un susurro ronco que c
Una semana después.La oficina de Carmen Silva en el piso 40 de su corporación era un búnker de cristal y acero, pero ni siquiera eso podía mantener fuera el aroma de las rosas. Por séptima mañana consecutiva, un ramo de rosas blancas con una única rosa roja en el centro descansaba sobre su escritorio de mármol.Fernando entró en la oficina, su rostro marcado por la falta de sueño. Se detuvo frente al ramo y apretó los puños. No necesitaba ver la tarjeta —que nunca llegaba— para saber quién era el remitente.—¿Otra vez? —preguntó Fernando, su voz cargada de un resentimiento que ya no podía ocultar—. Deberías tirarlas a la basura, Carmen. Es una falta de respeto para nuestro compromiso.Carmen, que revisaba unos informes de exportación, ni siquiera levantó la vista. Su corazón latía con una cadencia extraña cada vez que sentía el perfume de esas flores.—Son solo flores, Fernando. No tienen nombre. No tienen dueño.—Tienen el nombre de un muerto que camina, y tú lo sabes —escupió Fern
El despacho de Giovanni Moretti olía a madera de cedro, tabaco caro y a una historia que estaba a punto de cambiar para siempre. Carmen Silva estaba sentada frente al escritorio de caoba, sosteniendo la pluma estilográfica con una mano que, a pesar de sus esfuerzos, se sentía gélida. A su lado, Fernando López mantenía una postura rígida, con la mirada fija en el documento que sellaría la alianza entre Inversiones Silva y el imperio textil de los Moretti.—Es un momento histórico, Carmen —dijo Giovanni, rompiendo el silencio con su voz jovial—. Mi familia ha guardado este legado por generaciones, y saber que ahora cruzará el océano de tu mano me llena de paz.Carmen forzó una sonrisa. Cada palabra del italiano se sentía como un clavo más en el ataúd de su pasado. Miró el papel. Su firma era lo único que faltaba para cerrar ese capítulo y marcharse de Italia, lejos de los ojos negros de Nicolás que la habían perseguido en sueños toda la noche. Con un trazo firme y elegante, Carmen firmó












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