เข้าสู่ระบบChiara Bellini
Pasé el resto del día deshaciendo las maletas, intentando desesperadamente mantener mi mente ocupada. Cada vez que el silencio de la mansión se volvía demasiado opresivo, tomaba el teléfono y llamaba a casa.
— ¿Abuela? ¿Cómo están?
— Estamos bien, querida. Pietro está en el jardín. Los hombres de afuera… incluso nos ayudaron a cargar las compras. No te preocupes por nosotros. Descansa.
Sus palabras deberían haberme reconfortado, pero solo aumentaban mi sensación de desconexión. Yo estaba en un castillo, rodeada de seda y mármol, mientras mi verdadera vida ocurría en otro lugar, protegida por criminales.
Caminé de un lado a otro por la habitación, observando el atardecer sobre Veredonia. Las luces de la ciudad comenzaron a brillar como joyas sobre el terciopelo de la noche. El aroma de la mansión empezó a impregnarse en mi ropa, el mismo perfume de Enzo. Era omnipresente.
El primer jantar
Cuando el reloj marcó las ocho, mi estómago se contrajo. No tenía hambre; tenía náuseas. Pero no iba a darle a Enzo la satisfacción de verme escondida.
Bajé las escaleras con la cabeza en alto. Me condujeron al comedor secundario, más pequeño que el principal, pero igual de intimidante. La mesa era larga, de madera oscura y pulida, reflejando la luz de los candelabros.
Enzo ya estaba allí.
Estaba sentado en la cabecera, vestido con una camisa negra con las mangas remangadas hasta los codos. Leía unos documentos, pero los cerró en cuanto entré. El movimiento fue lento, deliberado.
Me senté en el extremo opuesto, pero él hizo un breve gesto con la mano.
— Siéntate aquí — dijo, señalando la silla a su derecha — No estamos en un tribunal, Chiara. Y no pienso gritar para que me escuches.
Respiré hondo y obedecí. La cercanía era una tortura silenciosa.
La cena fue servida por empleados que se movían como sombras. Risotto de azafrán, ossobuco, vino tinto robusto. La comida era excelente, pero para mí sabía a cenizas.
Comimos en un silencio que podía cortarse con un cuchillo. Aun así, sentía su mirada. Enzo no disimulaba. Me observaba con una intensidad clínica, casi depredadora. Notaba cómo sostenía el tenedor con los dedos tensos, cómo desviaba la mirada hacia las sombras de las paredes y cómo mi respiración cambiaba de ritmo cada vez que su brazo se movía cerca del mío.
Me estaba estudiando, buscando una grieta en la armadura. Buscando a la chica de dieciséis años que juraba que seguía ahí.
— El vino es de uno de nuestros viñedos en Montescarlo — dijo de repente, rompiendo el silencio — Solías preferir las uvas más dulces.
— No recuerdo lo que me gustaba — respondí secamente, sin mirarlo.
— Una conveniencia fascinante, esa amnesia tuya — comentó, con un tono rozando el sarcasmo, aunque cargado de una amargura que no logró ocultar del todo.
Terminamos la cena sin más palabras. En cuanto retiraron el último plato, Enzo se levantó. Se acomodó la camisa, recuperando aquella postura impenetrable y autoritaria que parecía ser su segunda piel.
— Buenas noches, Chiara — dijo. El tono era neutro, pero sus ojos negros brillaron durante un segundo bajo la luz de las velas — Intenta dormir. Mañana comenzaremos a organizar tu nueva rutina en Venturi & Asociados.
Lo vi salir del comedor. La espalda recta, los pasos firmes resonando sobre el mármol. Su aroma, ámbar, madera y algo levemente metálico, como pólvora, quedó atrás, impregnando el aire.
Permanecí sentada allí durante un largo rato, mirando la silla vacía. ¿Por qué ese olor me provocaba un nudo en el estómago que no era rechazo? ¿Por qué, en el fondo de mi mente, existía un susurro que me decía que ya había sentido ese mismo perfume en una vida que no lograba alcanzar?
Subí a mi habitación sintiéndome más exhausta que si hubiera corrido una maratón. Me acosté en aquella cama inmensa, pero el sueño era un horizonte lejano.
Enzo Caravelli
Cerré la puerta de mi habitación y lancé los zapatos hacia cualquier rincón. La irritación bajo mi piel era como una colmena de abejas agitadas.
Me senté al borde de la cama y me pasé las manos por el rostro, presionando los ojos hasta ver manchas de luz.
— Maldición, Chiara… — murmuré al cuarto vacío.
La rabia me consumía, pero no era solo contra ella. Era contra el destino, contra el tío Salvatore y contra el chico idiota que yo solía ser.
¿Cómo podía mirarme con esos ojos color avellana y no ver nada? ¿Cómo podía actuar como si yo fuera un monstruo desconocido cuando, nueve años atrás, era la única persona a la que confiaba sus secretos más oscuros?
La observé hoy, sentada en aquella mesa. Sostenía el tenedor exactamente igual que antes, con el dedo índice ligeramente más elevado. Seguía mordiéndose el labio inferior cuando estaba nerviosa. Los gestos eran los mismos, pero el reconocimiento… el reconocimiento le había sido arrancado.
Eso me enfurecía. No soportaba la idea de que hubiera borrado lo que fuimos. Que las noches de susurros y las promesas de nunca convertirnos en nuestros padres hubieran sido incineradas en un accidente de coche.
Cerré los ojos y, contra mi voluntad, el recuerdo me arrastró hacia atrás.
Veredonia, nueve años atrás.
El pasillo de la escuela olía a cera para pisos y libros viejos. Yo estaba apoyado contra los casilleros, intentando ser invisible, sintiendo el peso del apellido Caravelli como la marca de Caín sobre mi frente. Mis padres habían sido asesinados apenas un mes antes. Yo era el huérfano de la mafia, el chico del que todos huían.
Excepto ella.
Chiara estaba en la biblioteca, intentando alcanzar un pesado ejemplar de La Divina Comedia en el estante más alto. Se ponía de puntillas, estirando los dedos, mientras la falda de su uniforme se balanceaba. Ella era luz pura en un edificio lleno de sombras.
Me acerqué sin decir nada. Era más alto que la mayoría de los chicos de nuestra edad. Extendí el brazo y tomé el libro por ella. Mis dedos rozaron los suyos durante un breve segundo antes de entregárselo.
Ella se giró, sorprendida. Muchos habrían retrocedido al ver a un Caravelli. Pero Chiara simplemente sonrió. Una sonrisa que iluminó cada rincón oscuro que llevaba dentro de mí.
— Grazie, Enzo — dijo. Su voz era dulce, sin una sola pizca de miedo ni juicio — Siempre apareces en el momento justo.
Guardé aquella sonrisa. La encerré en una caja fuerte dentro de mi corazón y usé ese recuerdo para sobrevivir a los años de entrenamiento brutal de mi tío. Usé esa sonrisa para no convertirme en un completo psicópata.
De vuelta al presente, abrí los ojos. La oscuridad de la habitación era absoluta.
Bufé y me levanté para servirme un whisky. Odiaba los juegos, y si Chiara estaba jugando conmigo, descubriría que aprendí a jugar mejor que cualquiera. Pero, en el fondo, en una parte de mí que intentaba silenciar con sangre y negocios, conocía la verdad.
Cuando la vi en la casa de sus abuelos, mi corazón no solo se aceleró; estuvo a punto de detenerse. El sentimiento que enterré bajo capas de hielo y crueldad seguía allí, latiendo, vivo y hambriento.
Ella podía haberme olvidado.
Pero yo jamás permitiría que olvidara lo que sentía cuando la tocaba.
Si ella quería a un extraño, yo sería el extraño más peligroso de toda su vida.
Hasta que los recuerdos regresaran para atormentarla tanto como me atormentaban a mí.
Enzo CaravelliFrente al espejo del baño, observé mi propio reflejo con una atención que no me dedicaba desde hacía años.La navaja atravesó la espuma de afeitar con precisión quirúrgica, revelando la línea dura de mi mandíbula. Me lavé el rostro con agua fría, me sequé con una toalla y sostuve la mirada de aquellos ojos negros que, durante la mayor parte de mi vida adulta, solo habían reflejado órdenes, rutas de contrabando y sentencias de muerte.Pero hoy era diferente. La carpeta negra con el historial de Chiara seguía guardada bajo llave en mi escritorio, pero cada palabra de aquel informe médico se había quedado grabada en mi mente. Ella no me había mentido.El accidente le había arrebatado los años más importantes de su vida. Me había borrado de su memoria. Y saberlo cambiaba absolutamente todo. El odio desapareció. La irritación se evaporó.Y en su lugar quedó una necesidad visceral de reparar aquello que el destino había destruido.Peiné mi cabello oscuro con más cuidado de lo
Chiara BelliniMe arrastré fuera del jardín con las piernas todavía temblorosas, sintiendo el peso de aquella mirada desconocida de Enzo clavado en mi espalda. Subí las escaleras de la mansión como un fantasma, entré en mi habitación y cerré la puerta con llave, dejando que el silencio del lugar me envolviera por completo. Me acomodé bajo el pesado edredón, intentando calmar el torbellino de pensamientos que aquella breve y extrañamente amable conversación había provocado en mi mente.Me di vueltas en la cama una y otra vez, hasta encontrar una posición cómoda para dormir... Pero el sueño no me trajo paz.Me arrastró hacia abajo. No como un descanso. Sino como una caída libre y violenta a través del tiempo. Y, de repente, estaba allí. Realmente allí.El escenario se materializó con una nitidez aterradora, con una riqueza de detalles que mi mente consciente jamás habría sido capaz de inventar.Estaba caminando por los pasillos del antiguo colegio de Veredonia.Podía sentir el intenso o
Chiara BelliniEl agotamiento acumulado de otro día extenuante en Venturi & Associados parecía haberse infiltrado directamente en mis huesos. Lidiar con el peso de dirigir el bufete, soportar las miradas curiosas de los empleados y mantener la mente enfocada en casos complejos, todo mientras intentaba digerir la amenaza de aquella llamada anónima, había consumido mis últimas reservas de energía.En cuanto el coche negro cruzó los portones de la mansión Caravelli, sentí que la opresión familiar en mi pecho disminuía apenas lo suficiente para permitirme respirar de verdad.Subí directamente a mis aposentos. Lo primero que hice fue tomar el móvil y enviarles un mensaje a mis abuelos. Mi corazón se calmó un poco cuando la pantalla se iluminó con la respuesta de Giulia:“Estamos bien, bambina. Pietro está viendo la televisión y yo acabo de preparar las galletas que te gustan. No te preocupes por nosotros, descansa.”Saber que estaban seguros bajo la promesa de los Caravelli era el único fa
Enzo CaravelliLa descripción seca del informe policial hizo que mi sangre se congelara dentro de las venas. La imagen se formó en mi mente con una crueldad devastadora: Chiara caminando sola bajo una lluvia fina y cortante, con el rostro escondido bajo la capucha, perdida en el laberinto de su propio dolor, sin rumbo, sin decirles a sus abuelos desesperados hacia dónde iba. Y entonces, el impacto violento. El sonido del metal golpeando su pequeño cuerpo, el vehículo acelerando en la oscuridad, y ella cayendo sobre las piedras frías de la calle, con la sangre rubia mezclándose con el agua de lluvia sobre el asfalto de Veredonia.Estaba sola.Porque yo no estaba allí para sostenerle la mano.Todo era culpa mía.Solté una maldición entre dientes, apreté la mandíbula con fuerza, odiando aquella verdad, odiando ser el culpable… pero seguí leyendo. Necesitaba saberlo todo.“Evolución clínica: La paciente ingresó en estado crítico, presentando traumatismo craneoencefálico severo. Permaneció
Enzo CaravelliLa espesa niebla de Veredonia parecía haber invadido mi oficina en Caravelli Importazioni. Yo estaba sentado detrás del escritorio de nogal, pero mis ojos ignoraban por completo los manifiestos de carga de Porto Nero esparcidos frente a mí. La cabeza me latía con un dolor punzante, reflejo directo de la pesadilla de la madrugada anterior y, sobre todo, del ardor que aún permanecía en mis labios.El beso en el jardín había sido una explosión de pura dinamita, pero el rechazo de Chiara, sus ojos color avellana desbordando una rabia genuina, y su voz ronca ordenándome que nunca volviera a tocarla seguían arañando el interior de mi cráneo. Su insistencia en tratarme como a un completo desconocido estaba volviéndome inquieto. Peligrosamente inestable. Una parte de mí, el monstruo posesivo moldeado por mi tío, gruñía diciendo que estaba jugando conmigo, castigándome con un juego sádico por haberla abandonado en el pasado. Pero otra parte, aquella que todavía conservaba la pure
Enzo CaravelliLa escena del sueño cambió abruptamente. Las paredes cubiertas de sangre se derrumbaron, dando paso al gris apagado del cementerio municipal de Veredonia.El velorio fue un borrón de abrigos negros, paraguas abiertos bajo una llovizna persistente y susurros de hombres de la mafia a quienes apenas conocía. Yo permanecía de pie frente a los dos ataúdes sellados, sintiendo un dolor tan denso, tan insoportablemente pesado, que un chico de mi edad simplemente no tenía palabras ni estructura emocional para cargarlo.Estaba paralizado. Mi mente había entrado en un estado de shock tan profundo que no conseguía llorar, no conseguía hablar, ni siquiera podía sentir el frío que atravesaba mi ropa.Era un fantasma entre los vivos. Entonces el milagro ocurrió otra vez, aunque de una forma distinta. Entre la multitud de rostros sombríos y miradas llenas de lástima condescendiente de los asociados de mi tío, un rostro destacó. Una grieta de luz pura en medio de aquella tormenta negra.







