LOGINChiara Bellini
El silencio en el despacho del Don no estaba vacío; era pesado, como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por humo de tabaco y secretos demasiado antiguos. Enzo aún me tenía acorralada contra el sofá. Su cercanía era un asalto a mis sentidos. Podía distinguir los poros de su piel, la leve cicatriz cerca de su ceja, de la que no sabía el origen y la oscuridad absoluta de sus pupilas.
Antes de que pudiera formular otra negativa, levantó la mano derecha. Tensé los hombros, esperando un golpe o un empujón, pero lo que sentí fue el contacto inesperado de sus dedos sobre mi piel.
Enzo deslizó la mano por mi mejilla. Sus dedos eran cálidos, pero su toque tenía la firmeza de quien reclama una posesión. No acariciaba; marcaba territorio. Su pulgar presionó el borde de mi mandíbula, obligándome a sostenerle la mirada.
— Se acabaron los juegos, Chiara — gruñó. Su voz era como un trueno bajo, vibrando contra mi rostro — Detesto los juegos. Especialmente los que intentan tomarme por idiota. Puede que hayas cambiado tu forma de vestir, puede que te hayas convertido en esta mujer de negocios fría… pero no intentes convencerme de que soy un extraño para ti. Sé quién eres. Conozco el sabor de tu risa y el color de tu alma.
— No estoy jugando… — intenté decir, pero el aire me falló.
— Mentira — me interrumpió, con los ojos chispeando de una rabia contenida que parecía esconder un dolor profundo — Basta de esta farsa. Ahora.
Se apartó bruscamente, como si el contacto físico lo estuviera quemando tanto como a mí. Dio dos largos pasos hacia la ventana, enterrando las manos en los bolsillos de sus pantalones de sastrería. Su postura era la de un rey dictando términos de rendición.
— Vas a regresar ahora mismo a la casa de tus abuelos — ordenó, sin girarse — Toma lo que sea esencial. Tu ropa, tus libros, lo que necesites para no sentirte una extraña aquí. Hoy mismo te mudarás a esta mansión. Quiero tenerte donde pueda verte. Donde sepa exactamente lo que haces y con quién hablas.
— ¡No puedo simplemente abandonar a mis abuelos! — mi voz se elevó un tono, mientras la indignación luchaba contra el persistente temblor de mis manos — Son mayores… están asustados…
— Estarán seguros — interrumpió nuevamente, girando apenas el rostro para que pudiera ver el perfil duro de su mandíbula — Exigiste su protección, y te doy mi palabra. Mis hombres estarán en la puerta de esa casa día y noche. Nada ni nadie tocará un solo cabello de Pietro o Giulia Venturi. Y podrás visitarlos siempre que quieras, siempre y cuando vayas acompañada. Pero tu vida, tu sueño y tu nombre… ahora pertenecen a esta dirección.
Hubo una pausa final, un punto invisible entre nosotros. Me despidió con una breve inclinación de cabeza, volviendo a ignorar mi presencia como si fuera solo un mueble recién adquirido.
Salí del despacho con las piernas pesándome toneladas. Al cruzar el portal de mármol y sentir el aire fresco de los jardines de Veredonia, mi pecho se estremeció. Mi corazón no latía; martillaba contra mis costillas con un ritmo frenético e irregular. No era solo miedo. El miedo es frío, paraliza. Lo que yo sentía era cálido, una corriente eléctrica que parecía reconocer el toque de Enzo incluso cuando mi mente protestaba.
“¿Por qué mi cuerpo parece recordarlo?”, pensé mientras subía al taxi que me esperaba. “¿Por qué ese aroma a ámbar y madera se siente como el final de una frase que olvidé cómo pronunciar?”
Llegar a casa nunca había sido tan doloroso. La pequeña vivienda de mis abuelos, con sus cortinas de encaje y el eterno aroma a albahaca y café, parecía un refugio a punto de ser demolido.
Subí a mi habitación bajo la mirada vigilante y triste de Pietro y Giulia. No preguntaron nada; su silencio era la aceptación de una derrota necesaria para sobrevivir.
Abrí la maleta sobre la colcha de retazos. Empecé a escoger qué llevar, y cada prenda parecía contener un recuerdo que intentaba desesperadamente conservar. Tomé mi blazer favorito, el mismo que usé en mi primera victoria en el tribunal. Tomé también el pijama de seda que Giulia me regaló la última Navidad.
Giulia entró en la habitación sin hacer ruido. Se acercó a la maleta y, con sus manos temblorosas marcadas por el tiempo, tomó un suéter de lana que yo estaba a punto de lanzar de cualquier manera y comenzó a doblarlo con precisión quirúrgica. Alisó la tela como si estuviera guardando una parte de mí dentro de ella.
— No pienses demasiado, bambina — susurró, con la voz quebrada pero firme — El destino a veces nos lleva por caminos oscuros para ponernos a prueba. Pero tú eres una Bellini. Tienes el fuego de tu abuelo y la terquedad de mi madre.
— Siento que los estoy abandonando — confesé, sentándome en el borde de la cama, sintiendo el peso de la traición contra mí misma.
— Nos estás salvando — dijo Pietro desde la puerta, apoyado en el marco — Y, Chiara… el Don dio su palabra. En Italia, la palabra de un Caravelli es ley, para bien o para mal. Estarás protegida allí dentro. Quizá más que aquí.
Intentaban ser fuertes por mí, pero podía ver el miedo en los ojos de Pietro. Veía cómo miraba el coche negro estacionado al otro lado de la calle, con dos hombres vestidos de negro vigilando nuestra puerta. Mi libertad había sido cambiada por la paz de ellos. Era un precio que pagaría mil veces, y aun así seguía ardiéndome como ácido en la garganta.
Cerré la maleta. El sonido de la cremallera fue como el cierre de una celda.
La llegada a la mansión
Esta vez no hubo una recepción oficial. Don Salvatore no estaba a la vista y, al parecer, Enzo tenía asuntos más urgentes que cargar las maletas de su prometida por contrato.
Me recibió un hombre joven, quizá de mi misma edad, llamado Luca. Era discreto, de movimientos rápidos y ojos que escaneaban el entorno constantemente. No sonreía, pero tampoco tenía la crueldad que veía en los otros hombres del Don.
— Signorina Bellini — dijo, tomando mi maleta con facilidad — El Signor Enzo me pidió que la acomodara. Por aquí, por favor.
Me condujo por un ala de la mansión que aún no conocía. Estaba alejada del despacho principal, situada al final de un corredor-galería adornado con tapices que narraban antiguas batallas.
Las puertas dobles de roble se abrieron hacia lo que sería mi nuevo mundo.
La habitación era inmensa. Un techo alto decorado con frescos de nubes y ángeles barrocos que parecían observarme con juicio. La cama con dosel era enorme, cubierta con sábanas de lino egipcio de un blanco tan puro que resultaba cegador. Había un escritorio de nogal, un sillón de terciopelo y un balcón privado con vista a Porto Nero a lo lejos.
Era lujoso. Era impecable.
Y era terriblemente solitario.
— Si necesita cualquier cosa, solo tiene que usar el intercomunicador al lado de la cama — informó Luca, haciendo una breve reverencia antes de retirarse — La cena será servida a las ocho.
Enzo CaravelliFrente al espejo del baño, observé mi propio reflejo con una atención que no me dedicaba desde hacía años.La navaja atravesó la espuma de afeitar con precisión quirúrgica, revelando la línea dura de mi mandíbula. Me lavé el rostro con agua fría, me sequé con una toalla y sostuve la mirada de aquellos ojos negros que, durante la mayor parte de mi vida adulta, solo habían reflejado órdenes, rutas de contrabando y sentencias de muerte.Pero hoy era diferente. La carpeta negra con el historial de Chiara seguía guardada bajo llave en mi escritorio, pero cada palabra de aquel informe médico se había quedado grabada en mi mente. Ella no me había mentido.El accidente le había arrebatado los años más importantes de su vida. Me había borrado de su memoria. Y saberlo cambiaba absolutamente todo. El odio desapareció. La irritación se evaporó.Y en su lugar quedó una necesidad visceral de reparar aquello que el destino había destruido.Peiné mi cabello oscuro con más cuidado de lo
Chiara BelliniMe arrastré fuera del jardín con las piernas todavía temblorosas, sintiendo el peso de aquella mirada desconocida de Enzo clavado en mi espalda. Subí las escaleras de la mansión como un fantasma, entré en mi habitación y cerré la puerta con llave, dejando que el silencio del lugar me envolviera por completo. Me acomodé bajo el pesado edredón, intentando calmar el torbellino de pensamientos que aquella breve y extrañamente amable conversación había provocado en mi mente.Me di vueltas en la cama una y otra vez, hasta encontrar una posición cómoda para dormir... Pero el sueño no me trajo paz.Me arrastró hacia abajo. No como un descanso. Sino como una caída libre y violenta a través del tiempo. Y, de repente, estaba allí. Realmente allí.El escenario se materializó con una nitidez aterradora, con una riqueza de detalles que mi mente consciente jamás habría sido capaz de inventar.Estaba caminando por los pasillos del antiguo colegio de Veredonia.Podía sentir el intenso o
Chiara BelliniEl agotamiento acumulado de otro día extenuante en Venturi & Associados parecía haberse infiltrado directamente en mis huesos. Lidiar con el peso de dirigir el bufete, soportar las miradas curiosas de los empleados y mantener la mente enfocada en casos complejos, todo mientras intentaba digerir la amenaza de aquella llamada anónima, había consumido mis últimas reservas de energía.En cuanto el coche negro cruzó los portones de la mansión Caravelli, sentí que la opresión familiar en mi pecho disminuía apenas lo suficiente para permitirme respirar de verdad.Subí directamente a mis aposentos. Lo primero que hice fue tomar el móvil y enviarles un mensaje a mis abuelos. Mi corazón se calmó un poco cuando la pantalla se iluminó con la respuesta de Giulia:“Estamos bien, bambina. Pietro está viendo la televisión y yo acabo de preparar las galletas que te gustan. No te preocupes por nosotros, descansa.”Saber que estaban seguros bajo la promesa de los Caravelli era el único fa
Enzo CaravelliLa descripción seca del informe policial hizo que mi sangre se congelara dentro de las venas. La imagen se formó en mi mente con una crueldad devastadora: Chiara caminando sola bajo una lluvia fina y cortante, con el rostro escondido bajo la capucha, perdida en el laberinto de su propio dolor, sin rumbo, sin decirles a sus abuelos desesperados hacia dónde iba. Y entonces, el impacto violento. El sonido del metal golpeando su pequeño cuerpo, el vehículo acelerando en la oscuridad, y ella cayendo sobre las piedras frías de la calle, con la sangre rubia mezclándose con el agua de lluvia sobre el asfalto de Veredonia.Estaba sola.Porque yo no estaba allí para sostenerle la mano.Todo era culpa mía.Solté una maldición entre dientes, apreté la mandíbula con fuerza, odiando aquella verdad, odiando ser el culpable… pero seguí leyendo. Necesitaba saberlo todo.“Evolución clínica: La paciente ingresó en estado crítico, presentando traumatismo craneoencefálico severo. Permaneció
Enzo CaravelliLa espesa niebla de Veredonia parecía haber invadido mi oficina en Caravelli Importazioni. Yo estaba sentado detrás del escritorio de nogal, pero mis ojos ignoraban por completo los manifiestos de carga de Porto Nero esparcidos frente a mí. La cabeza me latía con un dolor punzante, reflejo directo de la pesadilla de la madrugada anterior y, sobre todo, del ardor que aún permanecía en mis labios.El beso en el jardín había sido una explosión de pura dinamita, pero el rechazo de Chiara, sus ojos color avellana desbordando una rabia genuina, y su voz ronca ordenándome que nunca volviera a tocarla seguían arañando el interior de mi cráneo. Su insistencia en tratarme como a un completo desconocido estaba volviéndome inquieto. Peligrosamente inestable. Una parte de mí, el monstruo posesivo moldeado por mi tío, gruñía diciendo que estaba jugando conmigo, castigándome con un juego sádico por haberla abandonado en el pasado. Pero otra parte, aquella que todavía conservaba la pure
Enzo CaravelliLa escena del sueño cambió abruptamente. Las paredes cubiertas de sangre se derrumbaron, dando paso al gris apagado del cementerio municipal de Veredonia.El velorio fue un borrón de abrigos negros, paraguas abiertos bajo una llovizna persistente y susurros de hombres de la mafia a quienes apenas conocía. Yo permanecía de pie frente a los dos ataúdes sellados, sintiendo un dolor tan denso, tan insoportablemente pesado, que un chico de mi edad simplemente no tenía palabras ni estructura emocional para cargarlo.Estaba paralizado. Mi mente había entrado en un estado de shock tan profundo que no conseguía llorar, no conseguía hablar, ni siquiera podía sentir el frío que atravesaba mi ropa.Era un fantasma entre los vivos. Entonces el milagro ocurrió otra vez, aunque de una forma distinta. Entre la multitud de rostros sombríos y miradas llenas de lástima condescendiente de los asociados de mi tío, un rostro destacó. Una grieta de luz pura en medio de aquella tormenta negra.







