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-Tres

Author: Carol
last update publish date: 2026-03-13 07:54:17

La villa estaba en silencio. No un silencio pacífico, sino ese que se construye con ausencias repetidas, con pasos que nunca llegan y palabras que se quedaron suspendidas en el aire. Camille permanecía de pie en medio de la habitación, con la luz de la mañana filtrándose por los ventanales altos, dibujando sombras largas sobre el suelo pulido. Todo allí era grande. Demasiado grande. Como si la casa hubiese sido diseñada para albergar una vida que nunca existió. Ella tenía la certeza de que aquí no era un hogar de que aquí pronto terminaría pudriéndose y ya se juro no derramar ni una sola lágrima más, entonces tampoco podría destruirse allí.

Respiró hondo.

No podía estar caminando entre recuerdos que no eran suyos, respirando mentiras ajenas. Los segundos adentro de esa casa era un recordatorio constante de su papel: la esposa correcta, silenciosa, decorativa. La esposa olvidada del CEO.

Se sentó frente a su portátil.

Arquitecta. Camille De Los Santos Zaragoza.

Ese título había sido su orgullo durante años. Lo había sostenido incluso cuando su matrimonio empezó a vaciarlo todo. Hunter jamás le prohibió trabajar; simplemente se aseguró de que no fuera necesario. El dinero siempre estuvo allí, puntual, frío, suficiente. Y ella, sin darse cuenta, había aceptado ese intercambio: comodidad a cambio de invisibilidad.

Hasta ahora.

Abrió un portal de empleos. Luego otro. Después un tercero. Sus dedos se movían con precisión, casi mecánicos, mientras leía ofertas, descartaba algunas, guardaba otras. No buscaba lujo ni poder. Buscaba aire. Un lugar donde su nombre no fuera “la esposa de”.

Una notificación apareció en la pantalla.

Empresa Black Group — Departamento de Diseño y Desarrollo Urbano.

Solicitud recibida. Entrevista disponible hoy, 10:30 a.m.

Camille parpadeó.

¿Hoy?

Miró el reloj. Eran poco más de las ocho. Sintió una ligera tensión recorrerle la espalda, una mezcla de nerviosismo y algo parecido a esperanza. Dudó apenas unos segundos antes de confirmar. Si lo pensaba demasiado, se echaría atrás. Y no podía permitirse eso.

Cerró el portátil y se puso de pie.

Eligió un vestido sobrio, de líneas limpias, en tonos neutros. Nada que llamara la atención, nada que gritara fragilidad. Se recogió el cabello con sencillez, se miró en el espejo una última vez. Sus ojos seguían cansados, sí, pero había algo distinto en ellos: una calma firme, contenida. No era fortaleza agresiva. Pero tampoco era rendición.

Salió de la villa sin mirar atrás.

Decidió ir caminando.

La ciudad comenzaba a despertar. El murmullo del tránsito, el aroma del café escapando de los locales, el sonido de los pasos ajenos sobre la acera. Camille avanzaba sin prisa, dejando que el movimiento le despejara la mente. Cada cuadra que se alejaba de la villa era una capa menos de peso sobre el pecho.

Pasó frente a un pequeño parque.

Un grupo de niños corría detrás de un balón, riendo, tropezando, levantándose sin miedo. Uno de ellos cayó y otro lo ayudó a ponerse de pie. Camille redujo el paso, observándolos por un instante.

Un pinchazo breve.

Nada más.

No tristeza. No lágrimas.

Solo una certeza silenciosa.

Él tenía otra vida, pensó. Y yo no estaba en ella. Y tampoco quiero estar.

Continuó caminando.

El edificio de Black Group se alzaba moderno, elegante, con una arquitectura sobria que hablaba de poder sin ostentación. Camille se detuvo frente a la entrada unos segundos, ajustó su bolso sobre el hombro y entró.

La recepción era amplia, luminosa. Una joven le sonrió al verla acercarse.

—¿Camille De Los Santos? —preguntó, revisando una tablet.

—Sí.

—El señor Alarcon la espera. Piso doce.

Camille asintió, agradeció y entró al ascensor. Mientras ascendía, sintió el pulso acelerarse ligeramente. No por miedo. Por expectativa. Hacía tiempo que no se sentía evaluada por algo que realmente era suyo.

Las puertas se abrieron.

El despacho era amplio, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad. El hombre que se encontraba de pie junto al escritorio se giró al escucharla entrar.

Alto. Elegante. Traje oscuro perfectamente ajustado. No sonrió de inmediato. La observó con atención, como quien analiza una estructura antes de aprobar su diseño.

—Señora De Los Santos —dijo finalmente—. Soy Antony Alarcon.

Le extendió la mano.

El apretón fue firme, respetuoso.

—Gracias por venir con tan poca antelación —añadió—. He leído su perfil. Es… interesante. Estoy muy pendiente de lo que usted pueda ofrecer a mi Empresa, Señora de los Santos.

Camille sostuvo su mirada sin titubear.

—Gracias por considerarme. En esta entrevista usted descubrirá si soy acta o no para formar parte de su Entorno Empresarial y Laboral.

— Créeme que la impresión que me da es bastante satisfactorio, incluso con los ojos cerrados confiaría en su trabajo, pero sigamos los protocolos correspondientes.

Posterior a aquel cruce de palabras, la entrevista fluyó con naturalidad.

Hablaron de proyectos, de visión urbana, de espacios que no solo se construyen, sino que se habitan. Camille explicó con claridad, con pasión contenida, con la seguridad de quien conoce su oficio. No intentó impresionar. Simplemente fue ella.

Antony la escuchaba con atención genuina. No la interrumpía. No la apuraba.

Cuando la conversación llegó a su fin, él cerró el expediente con calma.

—Necesito a alguien con criterio propio —dijo—. Alguien que no diseñe para agradar, sino para permanecer. - La miró directamente. —El puesto es suyo, si lo desea. Empezaría mañana mismo.

Camille sintió el impacto como una ola silenciosa. No sonrió de inmediato. No se levantó. Asimiló.

—Acepto —respondió con serenidad.

Antony asintió, satisfecho.

—Bienvenida al equipo, arquitecta.

— Muchas gracias. No lo voy a defraudar.

Salió del edificio minutos después.

La ciudad seguía allí. El ruido, la gente, la vida. Pero algo había cambiado. Camille caminó de regreso sin apuro, con los hombros rectos, el paso firme. Solo sabía una cosa:

Por primera vez en tres años, había elegido algo para ella.

Entre tanto, Antony permaneció de pie frente al ventanal incluso después de que la puerta se cerrara tras Camille.

La ciudad seguía su curso abajo, indiferente, ajena. Él no se movió de inmediato. Había algo en aquella mujer que no encajaba en lo previsible. No era solo su talento eso era evidente, sino la forma en que se sostenía. Como si hubiera aprendido a no apoyarse en nadie.

—Señor Alarcón —dijo su asistente desde la puerta—. ¿Desea que prepare el contrato?

Antony no respondió enseguida.

—Quiero todo —dijo finalmente, sin girarse—. Su formación, su historial laboral, su entorno. Quiero saber con quién está casada, con quién habla, dónde vive… absolutamente todo. Porque porta el Apellido Dos Santos.

La asistente dudó apenas un segundo.

Tomó su abrigo.

—Y que nadie sepa que lo pedí.

Cuando salió del despacho, una certeza silenciosa se asentó en su interior:

Camille De Los Santos no había llegado a Black Group por casualidad.

Y él no pensaba dejarla marchar tan fácilmente.

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