LOGINPoco después llegaron al restaurante y él la ayudó a salir del auto como un atento caballero. La condujo con un apoyo sutil de su mano tras su espalda, a través de la acera hasta la puerta de entrada del que parecía ser un lugar muy fino y elegante, así como caro.
Cuando entraron el maitre lo reconoció enseguida y le dispensó una sonrisa dando cuenta de que efectivamente, el tiburón blanco de los negocios frecuentaba de manera asidua ese lugar. Los llevaron a una hermosa mesa de blanca mantelería y fina platería. Las copas eran de cristal. Todo gritaba alos cuatro vientos que saldría una fortuna comer en ese lugar.
— Seguramente durante el almuerzo podremos conocernos mejor — murmuró él llamando la atención de Brandy un poco mientras la conducía a la mesa. Pensó que con lo anterior lo habría espantado, pero evidentemente era un hueso duro de roer.
Al llegar a la mesa, la ayudó a sentarse de forma caballerosa también. Nada delataba en él al depredador que en realidad era, en ese juego de seducción del gato y el ratón dónde él estaba desplegando todos sus encantos para que ella cayera sin más en sus redes de seducción.
De golpe se dió cuenta de que estaba cansada. Ese dia había pedido un permiso especial en el colegio de hipoacúsicos dónde daba clases en lenguaje de señas. Entre eso y las corridas a lo de su madre, venía agotada. Su cuerpo le estaba empezando a pasar factura. Había perdido peso y ella, que amaba correr, muchas veces se encontraba sin fuerza o energía como para ir al Central Park.
Y la verdad era de que a pesar de que le pareció divertido todo eso hasta hacía unos momentos, en ese mismo instante quería irse de allí huyendo. Preferentemente a su apartamento a dormir.
—¿Señorita? — le preguntó él camarero.
— Perdón no presté atención... — el hombre estaba esperando para tomar el pedido y ella no había visto el menú todavía.
— Si quieres puedo pedir por ti — ofreció el playboy arrogante, con una sonrisa de Colgate.
Ella levantó la vista hacia él y volvió a bajarla de inmediato, sin mediar palabra. Iba a rechazar su oferta pero quería terminar pronto con eso.
Allí estaba él, todo engreído y prepotente...
— Ok, está bien —dijo finalmente, y le devolvió el menú al camarero.
—Aquí la carne es muy buena, también las pastas lo son...— comentó Matt
Ella se encogió de hombros.
— Está bien, me da igual...— cualquier cosa con tal de terminar lo antes posible contigo y huir de aquí, pensó aunque sonrió de manera forzada para no delatar sus pensamientos con ningún gesto de su cara.
El camarero regresó poco después y Matt le pasó la orden. Pidió un vino caro para acompañar la comida, como era de esperar.
Ella revisaba su celular, distraída. Lo ignoraba completamente. Y a Matt no le gustaba ser ignorado, de hecho nadie lo hacía.
— Y cuéntame , que haces de tu vida ¿compras, salón, spa, lo usual? — le preguntó amablemente.
Ella casi larga una carcajada pero se contuvo. Ese hombre evidentemente tenía una opinión muy pobre de las mujeres si creía que lo único que podía hacer productivo era estar de shopping pero como a ella le importaba un carajo lo que ese hombre pensará de ella le siguió el juego.
—Sí, lo usual —le dijo en un tono de
indiferencia—. Y sacó fotos para I*******m, soy influencer...cosas de ser hija de un hombre con dinero... — le dijo con cara inocente.
Si, dinero que había robado de SU empresa, pensó Matt con ironía.
Fue salvada por la campana...de comida.
El camarero trajo la comida y ella sintió un gran alivio de no tener que responder más a las preguntas de Matt. No tenía ganas de seguir lidiando con él en ese momento.
El empresario le llenó la copa de vino y chocó luego su copa con la de ella en un improvisado brindis titulado "Por Nosotros". Como si hubiera algo entre ellos, Jajaja. Brandy tomó los cubiertos y atacó la comida, sin recordar la última vez que había comido.
—¿Cuál es tu película favorita? —le preguntó él un rato después.
— Mmm no sé si tengo una en particular aunque hay una comedia romántica vieja que me gusta mucho se llama "La cosa más dulce" es con Cameron Diaz...— dijo ella impulsivamente.
— Eres una romántica...
— Bueno también he visto Orgullo y Prejuicio Zombie...— le contestó ella y se encogió de hombros haciendo que Matt largar una risa.
— ¿Así que te gusta el señor Darcy? — finalmente preguntó él alzando una ceja mientras metía un trozo de filete en su boca.
— Mmm no en el principio de la historia — contestó ella mientras cortaba su filete a su vez — . Desdeño la arrogancia en un hombre...— admitió — .¿Y tú, cuál es tu película favorita? — preguntó ella picada en su curiosidad.
— También es vieja...Gladiador — confesó él.
— Típico...a la mayoría de los hombres les gusta esa película — bien de cavernícola machista, pensó ella.
— ¿Tiene algo de malo??? — inquirió él, intrigado un poco por su respuesta.
— No, solo digo...— ella se encogió de hombros indiferente. Realmente no iba a explicárselo.
Él siguió preguntando cosas de su vida, así que
también le contó que escribía, mayormente poesía. Y le gustaban las novelas de todo tipo.
Él por su parte le dijo que el trabajo le dejaba poco margen para leer más que algún informe de la empresa o lecturas relacionadas con las finanzas o los mercados. Aunque en vacaciones leía libros de historia. Que esos eran los únicos que leía y sus favoritos.
Cuando terminaron de almorzar, ello dejó los cubiertos sobre el plato y se dió cuenta de que prácticamente había comido todo. A pesar de su impresión inicial no fue tan mala la comida
...o la compañía, y el tiempo transcurrió sin que se diera cuenta casi.
Sin embargo, considerando su anterior conversación en el vehículo, creyó que todo quedaría ahí... Al estilo "lo que pasa en el almuerzo queda en el almuerzo", pero lo que Brandy aún no sabía es que Matt tenía aún un par de ases bajo sus mangas...
Así que fue enorme nuestra boda. En una finca en las afueras convertida en jardín de ensueño: miles de rosas blancas y rosadas trepando por arcos, un pasillo interminable de pétalos, orquesta en vivo, más de trescientos invitados entre socios, amigos y gente que ni siquiera conocía bien. Aunque ambos acordamos en que mi padre no fuera invitado. No lo queríamos allí. Su sombra ya había sido demasiado larga en nuestras vidas. Evan no podía superar el hecho de que cuando, como discípulo de mi padre, lo había superado, este había intentado hundirlo. Ni yo el hecho de que se había lavado las manos, quizá suponiendo que Evan podría querer vengarse conmigo. Ni todas las veces en que me había utilizado a través de los años. Para rematar el único mensaje que tuve de él, cuando se enteró, fue un texto corto: "No puedo creer que te vas a casar con ese tipejo, nuevo rico que no llega a los talones de nuestro apellido." Ni le respondí por supuesto.Fui al altar escoltada por mis dos hermanos, uno
Estábamos en la cama, envueltos en las sábanas revueltas, con el calor de nuestros cuerpos todavía pegado a la piel. Evan me tenía abrazada por detrás, su pecho contra mi espalda, su brazo rodeándome la cintura como si temiera que me escapara en cualquier momento. Yo jugueteaba con sus dedos entrelazados con los míos, sintiendo la paz que no había sentido en años.—Espera… —susurré, girándome un poco para mirarlo—. Debo preguntarte algo.—Lo que quieras —respondió él en voz baja, besándome el hombro con ternura.Tomé aire. Las palabras me pesaban en la garganta.—El otro día te escuché hablando por teléfono. Con una mujer. Le dijiste que la querías… Fue por eso que revolví entre tus cosas. Esa mujer… ¿es importante para ti?Evan me miró fijamente. Su expresión se suavizó. Con dos dedos me tomó la barbilla y me obligó a sostenerle la mirada.—Muy importante para mí… La amo, tanto como te amo a ti.Me quedé helada. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que sentí que se me iba a salir d
Él frunció el ceño, extrañado, con una arruga profunda marcando su frente.—No sé de qué hablas.—Por favor —susurró ella, con la voz quebrada y temblorosa, casi suplicante—. Siempre fue obvio.Evan la miró fijo, como si la viera por primera vez, con los ojos muy abiertos y una mezcla de incredulidad y desconcierto.—Siempre me miraste con asco.Abby soltó una risa sin gracia, casi histérica, que resonó aguda y nerviosa en la habitación.—¿Con asco? Por favor, créeme… no te miré con asco. Cuando me gusta alguien me pongo tímida. Rehúyo la mirada, me sonrojo intensamente, me enredo con las palabras hasta no poder hablar. Eso no es asco. Y aparte… ¿qué te importa a ti si yo te amaba o no? —preguntó ella, con un tono que oscilaba entre la vulnerabilidad y el desafío.Evan tragó saliva con dificultad. Su agarre en los brazos de ella se suavizó lentamente, volviéndose casi una caricia.—¿Ya no me amas?Abby esquivó su mirada, bajando los ojos hacia el suelo, con el corazón latiéndole con f
Abby pasó dos días encerrada en esa habitación de hotel impersonal, con las cortinas corridas y la bandeja de room service intacta en la mesita. Lloraba hasta dormirse, se despertaba con los ojos hinchados y el pecho apretado. Pero al tercer día, mirando el saldo de su tarjeta en el celular, se dio cuenta de lo ridículo que era: gastar dinero que no le sobraba en un lugar donde no estaba viviendo, solo escondiéndose. Su casa seguía vacía, su padre seguía de viaje por meses —afortunadamente—, y nadie la esperaba allí más que el silencio.Tomó un taxi esa misma tarde. La llave giró en la cerradura con un sonido familiar y triste. La casa la recibió como siempre: silenciosa, ordenada, con ese olor a madera pulida y lavanda que la empleada de confianza, Rosa, mantenía impecable. Rosa la vio entrar con la maleta y no preguntó nada; solo le preparó un té caliente y le dijo “bienvenida de vuelta, señorita”. Abby se lo agradeció con una sonrisa temblorosa y se fue directo a su habitación.Los
Los días siguientes en la isla fueron como un sueño prolongado. Evan y Abby se despertaban tarde, desayunaban en la terraza con vistas al mar, paseaban por la playa de arena blanca, nadaban desnudos en el agua turquesa. Hablaban de todo y de nada: de libros que habían leído, de viajes que querían hacer juntos, de sueños que nunca habían compartido con nadie más. El sexo era constante, pero variado: a veces tierno y lento en la cama al atardecer, con besos que duraban horas; otras veces juguetón en la ducha, con risas y salpicaduras de agua; o apasionado en la arena, con el sol quemándoles la piel mientras se entregaban el uno al otro.Evan era diferente. Más abierto, menos posesivo en el mal sentido. Le decía "mía" en momentos inesperados, le masajeaba los pies después de un día de caminatas. Abby se sentía valorada, querida, como si por fin hubiera encontrado un lugar donde encajar perfectamente.Pero el paraíso no podía durar para siempre. Una mañana, mientras desayunaban, Evan miró
El sol ya se estaba poniendo cuando decidieron volver. Evan recogió todo con calma: dobló la manta, guardó los restos del picnic en la canasta, y le tendió la camisa blanca de lino a Abby para que se la pusiera. Caminaron de regreso de la mano, en silencio la mayor parte del trayecto, pero un silencio cómodo, lleno de roces sutiles: sus dedos entrelazados, su pulgar acariciándole el dorso de la mano, un beso ocasional en la sien cuando pasaban por un tramo más sombrío del sendero.Llegaron a la casa principal justo cuando el cielo se teñía de naranja y rosa. Evan la besó en la puerta de la habitación, un beso lento y profundo.—Esta noche quiero que sea diferente —le dijo mirándola a los ojos—. Vístete. Tenemos una cita.Abby parpadeó, confundida.—¿Vestirme? Pero… no tengo ropa aquí.Evan sonrió, una sonrisa suave que le iluminó los ojos.—Ve al vestidor. Tus cosas están ahí.Ella entró sola a la habitación. El vestidor, que antes estaba casi vacío salvo por las batas y camisas de él







