ログインEl eco del último disparo de la cámara aún parecía vibrar en las paredes del estudio cuando Kyler desenganchó a Aria de la estructura metálica. Ella cayó de rodillas, con los brazos entumecidos y la piel encendida por las marcas rojas del látigo, pero sus ojos buscaban los de él con una devoción casi religiosa. La sesión no había terminado; apenas estaba mutando hacia una fase má
Capítulo 1: Frecuencia CardíacaLa base militar en la provincia de Kandahar estaba bajo un apagón táctico. Afuera, la tormenta de arena golpeaba las lonas de la carpa hospitalaria con un sonido rítmico y amenazante, pero adentro, el calor era sofocante. Bella, la jefa de cirugía civil enviada por la ONU, se limpiaba el sudor de la frente con el antebrazo mientras ordenaba el instrumental médico. Su uniforme quirúrgico verde estaba manchado de sangre y desinfectante tras catorce horas seguidas de operaciones.La cortina de la carpa se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento caliente y polvo. Era el capitán Lucas, el comandante de la unidad de fuerzas especiales encargada de la seguridad del perímetro. Lucas era un hombre imponente, con el rostro endurecido por el sol del desierto, los brazos cubiertos de tatuajes militares y un uniforme de camuflaje que parecía pegado a su cuerpo por la transpiración.—Doctora, tenemos un reporte de movimiento hostil a tres kilómetros —dijo
La ciudad de Chicago estaba sumergida en una tormenta que parecía querer lavar todos los pecados de sus calles, aunque ambos sabían que eso era imposible. Julian, un detective de la unidad de narcóticos con una reputación impecable y una mirada cansada de ver la podredumbre del sistema, tenía finalmente frente a él al hombre que había perseguido durante tres años: Dante, el "limpiador" más eficiente de la familia Moretti.La sala de interrogatorios era pequeña, fría y olía a tabaco rancio y desesperación. Dante estaba sentado con una calma que resultaba insultante, con las esposas tintineando levemente sobre la mesa de metal mientras jugaba con un mechero de plata. Juli
El aire en la habitación de Cloe estaba cargado con el olor metálico de la sangre y el aroma dulce de los sedantes, pero por encima de todo, vibraba una tensión eléctrica que nada tenía que ver con la medicina. Dominic no se había movido de su lado, manteniendo su mano entrelazada con la de ella, desafiando la lógica de cualquier prisionero que acaba de recibir las llaves de su libertad.Cloe abrió los ojos de nuevo, esta vez con una claridad dolorosa que atravesaba la niebla de la morfina. Al ver a Dominic todavía allí, una mezcla de furia y vulnerabilidad cruzó su rostro pálido.—¿Qué haces todavía aquí? —su voz era un susurro quebrado, pero conservaba el filo de una navaja—. Te di una salida. Te dije que te fueras. ¡Vete, Dominic! Hazlo ahora, antes de que
El silencio en el sótano se había vuelto denso, casi sólido, durante los últimos tres días. Dominic había perdido la noción del tiempo entre la penumbra constante y el eco de sus propios pensamientos. Cloe no había regresado. No hubo más sesiones de mando, ni vibradores, ni promesas de herederos. Solo el hambre, la sed y el recuerdo del calor de su cuerpo que empezaba a desvanecerse en el frío del acero.De pronto, el chirrido metálico de la puerta de seguridad rompió la calma. Dominic tensó los músculos, esperando ver la silueta imponente de su captora, pero la figura que entró era distinta. Era una mujer menuda, vestida con el uniforme gris de las empleadas de servicio de la mansión. Se movía con una urgencia nerviosa, mirando por encima del hombro hacia el pasillo vacío.
El sótano de la mansión de Cloe no era solo una prisión física; era un quirófano de la voluntad donde ella diseccionaba el orgullo de sus enemigos. Dominic, aún con el rastro del encuentro anterior quemándole la piel, se encontraba en una nueva posición de absoluta vulnerabilidad. Cloe había regresado, pero esta vez no vestía de seda roja, sino con un conjunto de cuero negro que crujía con cada uno de sus movimientos calculados.—¿Sabes qué es lo que más me gusta de los hombres que creen tener el control, Dominic? —preguntó ella, mientras jugueteaba con un pequeño control remoto en su mano—. El momento exacto en que sus ojos admiten que han perdido la batalla.Dominic estaba tumbado sobre una mesa de madera reforzada. Sus muñecas y tobillos estaban sujetos por grilletes de cuero acolchado que le permitían poco movimiento. Cloe se acercó a él, deslizando un dedo enguantado por su mandíbu
La mansión de Cloe no era un hogar; era una fortaleza de mármol negro y seguridad impenetrable situada en los acantilados de la costa. Cloe no había heredado su imperio; lo había arrebatado con una frialdad que le valió el apodo de "La Viuda de Hierro", aunque nunca se había casado. Era joven, letal y poseía una belleza que dolía mirar.En el sótano de la propiedad, donde el aire era denso y olía a humedad y aceite de armas, se encontraba Dominic. Él no era un criminal, sino el hijo de un banquero que había intentado estafar a la organización de Cloe. Ahora, Dominic era la garantía, el rehén que aseguraba que las deudas se pagaran con sangre o con oro.







