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Autor: Rossa_Linnda
last update Data de publicação: 2025-10-25 18:35:54

Esa mañana, la ciudad se ahogaba bajo la lluvia. Carmen Valentina Álvarez estaba parada en el vestíbulo de la Torre Mendoza, contemplando la tormenta mientras recuperaba el aliento.

Eran las siete en punto. Llevaba trabajando desde las cinco.

Había fregado cinco pisos. Tenía las manos en carne viva y le dolía la espalda. Ya casi había terminado con el vestíbulo; solo le quedaba una sección más del enorme pasillo.

Mojó la fregona en el cubo. El agua ya estaba gris y turbia.

Carmen arrastró la fregona por el último tramo del piso de mármol. Casi había terminado. Solo le quedaban unos pocos...

Las puertas automáticas se abrieron de golpe.

Un hombre entró tambaleándose, completamente empapado. Su ropa estaba arrugada y sucia. Pero lo que hizo hervir la sangre de Carmen no fue su aspecto, sino las huellas de barro que dejaba con cada paso que daba hacia el elevador.

«¡Alto!», gritó Carmen.

El hombre se dio la vuelta lentamente. «¿Me estás hablando a mí?».

Carmen se acercó a él, todavía con la fregona en la mano. Señaló el suelo. «¡Mira lo que has hecho!».

Él miró el barro que cubría el mármol limpio y se encogió de hombros. «¿Sí? ¿Y qué?».

«¿Y qué?», Carmen no podía creerlo. —¿Sabes cuánto tiempo he tardado en limpiar este piso? ¡Y tú lo has arruinado en cinco segundos!

—No es mi problema.

—No es tu... —La voz de Carmen se hizo más fuerte—. ¡Podrías haberte quitado los zapatos! Y, sinceramente, ¿cuándo fue la última vez que te duchaste? ¡Hueles fatal!

El rostro del hombre se puso rojo. Olfateó su camisa. —No huelo tan mal.

«Sí que hueles mal». Carmen frunció la nariz. «Ahora limpia este desastre antes de irte a ningún lado».

«¿Qué?».

«Toma». Carmen le entregó la mopa. «Límpialo».

Sebastián Mendoza miró la mopa como si ella le hubiera entregado un pescado muerto. Luego se rió. «Estás bromeando».

«No. Tú lo ensuciaste, tú lo limpias».

«¿Sabes quién soy?».

«¿Alguien sin modales?», replicó Carmen. «No me importa quién seas. No vas a ensuciar todo el edificio con barro mientras yo...».

«¡Sr. Bastian! ¡Perdón por llegar tarde!».

Una mujer con un traje azul marino cruzó corriendo el vestíbulo. Se detuvo al verlos: su jefe sosteniendo una mopa y una pequeña señora de la limpieza mirándolo con ira.

—Clara —la voz de Bastian era fría—. Justo a tiempo.

—¿Qué está pasando? —Clara parecía confundida—. ¿Por qué tienes una...?

—Esta empleada —dijo Bastian, señalando a Carmen con la mopa— cree que yo debería limpiar los pisos.

Clara abrió mucho los ojos. Se volvió hacia Carmen. —¿Cómo te llamas?

—Carmen Álvarez.

—Carmen —Clara parecía nerviosa—. ¿Sabes quién es él?

Carmen miró al hombre sucio y mojado que tenía delante. Tenía el pelo revuelto y los ojos inyectados en sangre. Parecía que llevaba días sin dormir.

Negó con la cabeza.

«Este es Sebastián Mendoza», dijo Clara en voz alta. «Mendoza Tower. Su madre, Emmagia Mendoza, es la dueña de todo este edificio».

Carmen sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

No. No, no, no. Esto no podía estar pasando. No en su primer día. No cuando necesitaba tanto este trabajo. No cuando se suponía que debía enviar el setenta por ciento de su sueldo a Lizza. No cuando esta era su única oportunidad de ahorrar dinero y salir de allí.

—No lo sabía —susurró Carmen.

—Obviamente. —Bastian le devolvió la mopa—. Limpia esas huellas. Luego ven a mi oficina. En la planta veintinueve.

A Carmen se le encogió el corazón. —¿Me está despidiendo?

Bastian ya se dirigía al ascensor. Se detuvo y miró hacia atrás.

—Quizá —dijo—. Depende de mi estado de ánimo cuando llegues.

Las puertas del ascensor se cerraron. Clara desapareció dentro con él.

Carmen se quedó sola en el enorme vestíbulo, con la fregona en la mano, mirando las huellas de barro que podrían haber destruido su vida.

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