Comprado Para El Heredero Del Multimillonario

Comprado Para El Heredero Del Multimillonario

last updateLast Updated : 2025-12-08
By:  Rossa_LinndaOngoing
Language: Spanish
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«¡Dame un bebé y te daré un millón de dólares!». Carmen Valentina Álvarez ha pasado toda su vida ahogada en deudas con Lizza Ramírez, la madre adoptiva que nunca le permitió olvidar el costo de cada comida, cada prenda de ropa, cada respiro que tomaba bajo su techo. Ahora, fregando pisos en un lujoso rascacielos, Carmen busca desesperadamente una forma de escapar del yugo asfixiante de la obligación y el desprecio. Entonces Sebastián Mendoza le hace una oferta que podría cambiarlo todo. Un millón de dólares por tener un hijo para él y su esposa, la supermodelo Verella Dominic de Mendoza. Sin condiciones. Solo nueve meses, y Carmen sería finalmente libre. Pero la libertad tiene un precio que ella nunca imaginó. Cuando Verella descubre que no puede concebir de forma natural, hace una petición impactante: Carmen debe acostarse con Bastian para garantizar el embarazo. Una noche. Una transacción clínica. Eso es todo lo que se suponía que iba a ser. Excepto que nada en Sebastián Mendoza es clínico. A medida que el bebé crece dentro de ella, también lo hace algo mucho más peligroso: los sentimientos hacia el hombre que no debería ser más que su jefe. El hombre cuyo hijo lleva en su vientre. El hombre que pertenece a otra persona. Atrapada entre un contrato millonario y un corazón que se niega a permanecer en silencio, Carmen debe decidir: ¿puede alejarse del único hombre al que ha amado, o arriesgará todo por un futuro que nunca estuvo destinado a ser suyo? Cuando el dinero puede comprar cualquier cosa excepto lo único que importa: el amor.

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Chapter 1

1

«Cinco años, Verella. Cinco años de matrimonio y aún no hay nietos».

Verella Dominic de Mendoza sintió un nudo en el estómago. Al otro lado de la mesa, Bastian apretó la mandíbula, una señal de advertencia que ella había aprendido a reconocer.

«Mamá, esta noche no...», comenzó a decir.

«¿Cuándo, entonces?», preguntó Emmagia con voz aguda y acusadora. —¿El año que viene? ¿El siguiente? Tu esposa desfila en lencería para revistas mientras nuestro apellido muere contigo.

El calor inundó las mejillas de Verella. —Tengo un contrato. Ellos específicamente...

—Tu contrato —Emmagia se rió, amarga y fría—. Dime, hija, ¿quién crees que pagó esas clases de actuación? ¿Esas fotos de primer plano? ¿Las conexiones que te hicieron destacar?

Las palabras flotaban en el aire como veneno.

—Ya basta. —Bastian dio un golpe en la mesa con la palma de la mano.

Pero Emmagia ya se había levantado, con su chaqueta roja contrastando con las paredes color crema. Se inclinó hacia Verella, y su perfume, caro y sofocante, llenó el espacio entre ellas.

—La familia Mendoza necesita un heredero, no una modelo. Tienes siete días para elegir: la maternidad o el divorcio.

Sus tacones resonaron contra el piso de mármol. El sonido resonó mucho después de que ella desapareciera.

***

Verella se encerró en el baño, agarrándose al mostrador de mármol hasta que sus nudillos se pusieron blancos. En el espejo, su reflejo la miraba fijamente: maquillaje perfecto, cabello perfecto, cuerpo perfecto. El cuerpo que finalmente se había convertido en su fortuna después de años de rechazo y lucha.

—¿Verella? —La voz de Bastian se filtró a través de la puerta, vacilante.

Ella presionó la frente contra el vidrio frío—. Necesito un minuto.

—Deberíamos hablar de esto.

—No hay nada que discutir. —Agarró su bata de seda, una armadura contra la conversación que la esperaba fuera—. Tengo una sesión fotográfica al amanecer. Necesito dormir.

Cuando salió, Bastian le bloqueaba el paso hacia la cama.

—Mi madre no se equivoca, ¿sabes? —Su voz era tranquila, peligrosa.

Algo dentro de Verella se rompió. —¿Así que eso es todo? Cinco años fingiendo que apoyabas mi carrera y ahora...

—Yo te apoyo, pero...

—¡Pero nada, Bastian! —Las palabras brotaron de algún lugar profundo y desesperado—. No voy a destruir todo lo que he construido solo para darle a tu madre un nieto que controlar.

Su rostro palideció y luego se sonrojó. —¿Eso es lo que piensas de nuestros futuros hijos? ¿Algo que te destruiría?

—Bastian, no quería decir...

Pero él ya estaba cogiendo sus llaves, su cartera y su teléfono.

—No lo hagas. —Ella le agarró del brazo.

Se apartó como si su contacto le quemara. Y esa vez se fue sin decir nada. Cerró la puerta de un portazo.

***

La estación de autobuses olía a gasóleo y desesperación. Carmen Valentina Álvarez agarraba con fuerza su única maleta, con las últimas palabras de su madre adoptiva aún resonando en sus oídos.

«El setenta por ciento de cada sueldo. No lo olvides: invertimos en criarte. Es hora de cobrar».

Emma Ramírez ni siquiera la había abrazado para despedirse.

Ahora, de pie en la húmeda tarde de la ciudad, Carmen buscaba entre la multitud a Lucía Ortega, la amiga de su madre adoptiva, su única conexión con este extraño mundo nuevo.

«¡Carmen!». Una mujer corpulenta con rizos cobrizos la saludaba frenéticamente con la mano. —¡Aquí, mija!

El apartamento era peor de lo que Carmen había imaginado. Lucía la condujo por un estrecho pasillo que olía a aceite de cocina y moho, y se detuvo en lo que apenas podía llamarse una habitación.

Sin puerta. Sin ventana. Solo paredes y un colchón enrollado en la esquina, cubierto por una fina capa de polvo.

—Es... acogedor —dijo Carmen con voz débil.

Lucía se rió, un sonido sin humor. —Al menos es honesto. La puerta se rompió el año pasado. Nunca llegué a arreglarla. —Señaló vagamente el marco vacío—. Pero tú eres joven. Aún no necesitas mucha privacidad, ¿verdad?

Carmen pensó en su estrecho rincón en el almacén de Emma, en su casa; al menos ese tenía una cortina.

«Empiezas mañana. A las cinco de la mañana». Lucía ya se estaba alejando. «Hay pozole sobrante en el refrigerador, si tienes hambre. Puede que tenga unos días, pero todavía está bueno».

Sola en la habitación sin puerta, Carmen se dejó caer sobre el colchón polvoriento y se quedó mirando el techo agrietado.

«Bienvenida a la ciudad», susurró sin dirigirse a nadie en particular.

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