LOGINCarmen llamó a la puerta de madera. Le temblaba la mano. No podía dejar de pensar en que la iban a despedir.
«Seguro que me va a despedir», se susurró a sí misma. Toc, toc. Volvió a llamar. «¡Muévete!», gritó alguien detrás de ella. Carmen se dio la vuelta. El hombre de abajo estaba allí de pie, con una bata blanca. Tenía el pelo mojado y revuelto, y le goteaba agua por la cara. Olía a jabón caro y a algo limpio y masculino. Estaba completamente diferente. Limpio. Guapo. Muy guapo. Carmen se quedó mirándolo. —¿Por qué me miras así? ¡Te he dicho que te apartes! —espetó Bastian. —Lo siento, señor —dijo Carmen, sonrojada. No se había dado cuenta de que lo estaba mirando fijamente. Bastian la empujó y abrió la puerta con brusquedad. —Me estoy cambiando. Espera aquí. No te vayas a ningún lado. Cerró la puerta de un portazo. ¡BANG! *** Cinco minutos más tarde, la puerta se abrió. —Pasa. Carmen asintió y entró en la enorme oficina. No pudo evitarlo: sus ojos se abrieron como platos. La habitación era enorme. Había un gran escritorio con una computadora y una laptop. Detrás había un sillón de cuero y ventanas de piso a techo que mostraban toda la ciudad. Parecía sacado de una película. —¿Por qué estás ahí parada como una idiota? ¡Deja de estar distraída! —gritó Bastian. —¿Sí? —Carmen volvió a la realidad. —¡Lo siento, señor! —Se arrodilló frente a él, con las manos juntas—. ¡Por favor, no me despida! —Tengo que mantener a mi madre adoptiva. Por favor, no sabía que usted era... Bastian la miró fijamente. —¿Qué estás haciendo? —¿Yo? —Carmen parpadeó. —Sí, tú. ¿Hay alguien más en esta habitación? Carmen se sintió estúpida. Bastian parecía molesto. —Le ruego que no me despida —explicó ella, mirándolo. —¿Quién ha dicho que te voy a despedir? —¿Usted... no me ha llamado para despedirme? —No. No soy ese tipo de jefe. —Bastian señaló al otro lado de la habitación—. Te he llamado para que limpies eso. Carmen siguió su dedo. Había una enorme estantería empotrada, de cuatro metros de altura, llena de cientos, quizá miles de libros. Se quedó boquiabierta. —¿Cómo se supone que voy a limpiar todo eso? —Saca todos los libros. Limpia los estantes. Vuelve a colocarlos ordenadamente. —De acuerdo, señor. —Y termínalo hoy —añadió Bastian con una sonrisa burlona. Carmen tenía ganas de llorar. ¿Cómo iba a terminar todo eso en un solo día? «Esto es imposible», murmuró entre dientes. *** Carmen subió la escalera y empezó a sacar los libros. Cada pocos minutos, miraba a Bastian. Estaba sentado en su escritorio, mirando su computadora portátil, pero no parecía que estuviera trabajando. No dejaba de pasarse las manos por el cabello y suspirar. «Es muy guapo», pensó Carmen. «Pero qué idiota». *** Bastian intentó concentrarse en el trabajo, pero no pudo. Solo podía pensar en la noche anterior. La pelea con Verella. Su negativa a tener un hijo. Otra vez. Habían acordado que, al tercer año de matrimonio, empezarían a intentar tener hijos. Pero ya habían pasado cinco años. Cinco años de excusas. Verella ya nunca estaba en casa. Pasaba todo el tiempo en sesiones fotográficas, desfiles de moda, eventos benéficos. Siempre delante de las cámaras. Siempre con sus amigos. Nunca con él. Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. «¿Quién es?», gritó Bastian. «Clara, señor». «Adelante». Clara entró corriendo, con aspecto nervioso. —Señor, hay una señora Mendoza fuera. Insiste en entrar. —¿Verella? Clara asintió. Bastian suspiró. —Déjala entrar. Un momento después, Verella cruzó la puerta. Llevaba un vestido de diseño y gafas de sol, y sus tacones resonaban en el suelo. —Cariño, ¿por qué no respondiste a mis llamadas? ¿Dónde estabas anoche? —Se echó los brazos al cuello de Bastian. —Suéltame, Verella. Tenemos compañía. —Bastian señaló con la cabeza a Carmen, que estaba sentada en la escalera, esforzándose por parecer invisible. Verella miró a su lado. —¿Quién es ella? —Una nueva empleada. ¿Qué quieres? Estoy ocupado. —Bastian, ¿sigues enojado conmigo? —Verella le agarró la cara, obligándolo a mirarla. Puso una expresión triste y enfadada. —Solo dime por qué estás aquí. —Está bien. —Verella bajó las manos—. Es por anoche. Pensé en lo que dijo tu madre. «¿En serio?». La expresión de Bastian cambió. «¿Quieres decir que estás lista para quedar embarazada?». Verella se quedó callada por un segundo. «No. Pero tengo una idea mejor». La esperanza de Bastian se desvaneció al instante. «Estoy lista para tener un hijo», dijo Verella. «Pero no quiero quedar embarazada. Podemos contratar a una madre sustituta».—¿Por qué esos dos son tan insoportables? —masculló Carmen mientras caminaba rápido hacia su refugio de siempre cuando estaba encabronada, triste o hecha mierda.Un árbol-casa en medio de un campo lleno de margaritas. Hacía una eternidad que no pisaba ese lugar.Se había metido por el camino secreto para que esos dos no la encontraran.—¿Dónde se metió? —Bastian se rascaba la cabeza, porque había seguido el camino y de repente… nada, Carmen había desaparecido.—¡Carmen! —gritó Bastian.—¿Dónde está? ¡Si hace rato venía por aquí! ¿Cómo carajos se esfumó? —se decía solo mientras se rascaba más fuerte la cabeza que le picaba de nervios.—¡Carmen, dónde estás! —bramó Leonel.—¡Todo esto es culpa tuya! —le soltó Leonel a Bastian.Bastian frenó en seco y se dio la vuelta. —¿Qué dijiste?—¡Que tú tienes la culpa, huevón.—¡Tú!—Oye, oye, si no hubieras tenido los huevos de aparecerte aquí, esto no estaría pasando.—¿Cómo que huevos, doctorcito? ¿Me estás diciendo atrevido? —Leonel dio un pas
La acalorada conversación se detuvo cuando Carmen regresó de la cocina acompañada por su abuela.—Abuela, este es Leonel, mi amigo.La abuela de Carmen tomó la mano de Leonel. —Mi más sentido pésame, señora.—Gracias por venir a visitarnos —respondió la abuela de Carmen.—Por favor, disfruten del chocolate caliente y los sándwiches. Lamento que solo podamos servirles...«No se preocupe, señora. Esto es más que suficiente. Estoy seguro de que los sándwiches de Carmen deben de estar muy buenos».«Uf...», respondió Bastian a las palabras de Leonel fingiendo toser.«Parece que alguien está tratando de impresionar a otra persona».Leonel sonrió triunfalmente, sintiendo que la abuela de Carmen le había recibido amablemente.«Siéntate, disfruta de tu tiempo», dijo la abuela y luego regresó a la cocina para preparar la comida para los invitados que vendrían al servicio religioso.***«Carmen, ¿cuándo piensas regresar a la ciudad?», preguntó Leonel, hablando como si solo estuvieran ellos dos e
El funeral de Emma había terminado. Carmen, su abuela y Bastian habían regresado a casa. El funeral transcurrió sin contratiempos, solo acompañado por una ligera llovizna que cayó justo momentos después de que el ataúd de Emma tocara el suelo."Sr. Mendoza, no puedo ir a su casa ahora. Déme tres días—""¿Cuándo te pedí que volvieras a casa, Carmen?" Bastian interrumpió rápidamente."Entonces, ¿por qué sigues aquí? ¿No tienes que trabajar?" preguntó Carmen frunciendo el ceño.Bastian se volteó y miró a la chica profundamente. "Yo..."Carmen desvió la mirada, no queriendo ahogarse en los ojos hipnotizantes y profundos de Bastian."Por favor permíteme quedarme contigo aquí, solo por unos días," continuó Bastian."¿Quedarte aquí? ¿Te refieres a mi barrio pobre?" Carmen jadeó."Esta casa es habitable. No la llames barrio pobre.""Mi casa ni siquiera es mejor que la perrera de tu perro, Sr. Mendoza..."Bastian bajó la mirada. Soltó un largo suspiro, luego levantó la cabeza de nuevo y miró a
Leonel acababa de quedarse dormido cuando sonó su teléfono. Enterró la cara en la almohada mientras su mano se estiraba para buscar a tientas la mesita de noche y contestar la llamada.En cuanto vio que era Carmen quien llamaba, Leonel se incorporó de un salto, murmurando.«¿Por qué llama Carmen a estas horas?».«Hola».«Leonel, mi mamá ha muerto».Carmen sollozaba.«¡Mi mamá ha muerto!».«¿Qué hago?».«¡No quiero perder a mi mamá, Leonel!».«Carmen, cálmate. Cálmate. Dime dónde estás ahora mismo».«Estoy en mi casa. ¡Mi mamá ha muerto, Leonel! Me ha dejado para siempre. ¡Se ha ido, Leonel!». Carmen estaba histérica entre sollozos.«Envíame tu dirección. Voy para allá ahora mismo», dijo Leonel.«Te necesito...», susurró Carmen entre dientes.***El viaje, que resultó durar casi diez horas, había dejado a Bastian inconsciente.«Señor, despierte. Ha llegado a la ciudad de Grome».«Oiga, señor, ¿está muerto?».«¡Levántate!», gritó el conductor del autobús, lo que casi hizo que Bastian se
«¿A qué hora llegará este autobús a la ciudad de Grome?», preguntó Bastian al conductor.«En unas ocho o nueve horas, señor».«¿Tanto tiempo?», protestó Bastian.«Si quieres ir rápido, puedes tomar un jet privado o un superdeportivo, ¡no un autobús!», dijo el conductor enfadado.«Qué grosero», murmuró Bastian.«¡Oiga, señor, está bloqueando la entrada! Apártese, vaya hacia atrás. ¡Hay otros pasajeros que quieren subir al autobús, no solo tú!», chilló enfadado el corpulento conductor, gritándole a Bastian en tono severo.«¡Sí, sí, está bien!», respondió Bastian bruscamente y se dirigió a la última fila de asientos del autobús, donde se dejó caer.Bastian no recordaba la última vez que había viajado en autobús o en cualquier otro transporte público. Hasta ahora, como hijo de un rico hombre de negocios, la vida de Bastian nunca había sido difícil. Podía ir donde quisiera, tener lo que quisiera cuando quisiera, sin importar dónde fuera. Tenía una vida que mucha gente envidiaba. Lujo y riq
Bastian esperaba vestido con su traje negro junto a su coche en el lugar que Sergio te había indicado.Sergio había prometido llegar en diez minutos. Ya habían pasado quince minutos y no había ni rastro de él.«¿Dónde diablos está ese detective?», murmuró Bastian, perdiendo la paciencia.Finalmente, un sedán negro clásico se detuvo justo delante de su coche. Un hombre bien vestido con un traje blanco salió del coche, un tipo con un bigote espeso que corrió hacia Bastian.—Mis disculpas, señor Mendoza. El tráfico era una pesadilla, así que...—Empezaba a pensar que te habías largado —dijo Bastian, mirándolo con irritación—.—¿Podemos ir ya a la fiesta?—Por supuesto, señor Mendoza.—Pero tendrás que dejar tu coche en el aparcamiento del centro comercial cercano. Iremos a la fiesta en mi coche. ¿Te parece bien?—Lo que tú digas, Sergio. Pero ten en cuenta que si tu plan sale mal...—Si sigues el guion que he preparado, te garantizo que funcionará a la perfección. ¡Tasa de éxito del cien







