LOGINElizabeth sostiene las hojas que Victoria le había entregado; apenas tres páginas leídas fueron suficientes para confirmar que su nuevo jefe era, en sus propias palabras, un loco de atar. No lograba comprender la lógica de iniciar su jornada laboral directamente en la casa de él, pero en ese momento, su mente prefirió traicionarla evocando la imagen de Jonathan desnudo. Era un hombre imponente, de eso no cabía duda; lástima que su atractivo fuera proporcional a su arrogancia. El desplante de la mañana seguía escociendo: ni un saludo, solo gritos y una puerta cerrada en las narices.
Con un gesto decidido, Elizabeth abrió las pesadas cortinas y dejó que un poco de aire fresco entrara por la ventana. La oficina olía a masculinidad, pero el ambiente se sentía estancado. Sus dudas eran muchas, pero no tenía de otra que resolverlas por su cuenta.
El sonido del elevador interrumpió sus pensamientos. De él emergió una joven de cabello oscuro que irradia un optimismo contagioso. Se presentó como Alondra García, la asistente de Victoria.
—Buenos días, en cuanto supe que el jefe tenía nueva asistente, quise venir a conocerte. Me presento: me llamo Alondra García y soy asistente personal de Victoria.
le extiende la mano para saludarla.
—Soy Elizabeth.
—Vi tu currículum, es excelente.
—Gracias, Alondra.
—Seguramente tienes muchas dudas.
Alondra le explicó que Jonathan era un hombre complejo, pero que una vez superada la barrera inicial, era posible trabajar con él. Elizabeth, con una mezcla de ironía y molestia, soltó un comentario mordaz: —Pues si haberlo visto desnudo cuenta cómo "tratarlo", ya sé bastante de él.
—¿Lo has visto desnudo?
—Me dijeron que entrara a su habitación y, bueno, estaba desnudo, recién salido de bañarse.
—Pues has tenido suerte —le susurra.
—¿Por qué se comporta como un cretino?
—No puedo decirte muchas cosas, pero si me dejas darte un consejo, no te tomes personal nada con él, ni intentes caerle bien, solo sé tú misma y trata de hacer tu trabajo, eso hablará de ti. No esperes que te agradezca nada, para él solo es tu responsabilidad hacer bien tu trabajo. Él y Victoria son muy diferentes. Y ahora vamos a ponerte al día. No tengo mucho tiempo, Victoria tiene una agenda apretada hoy y yo también, pero si necesitas más ayuda, puedes pedirle a cualquiera. Somos un equipo comprometido, nada de envidias y esas cosas; cualquiera te ayudará sin problema. Me alegra que estés aquí, antes era yo la que tenía que lidiar con el señor Jonathan, y por fin voy a tener un respiro gracias a ti.
—Trataré de hacerlo lo mejor que pueda.
—Me voy, el señor Jonathan llega a las diez, es muy puntual, se va a las ocho, pero creo que tú horario lo sabes.
—Sí, se supone que entró a las 8 en casa del jefe.
—Si él empieza su jornada laboral en su casa, le gusta desayunar tranquilo y sin prisas. Nunca hace reuniones por la mañana, solo por la tarde, ya lo irás conociendo. Antes que se me olvide…
Saca del cajón del escritorio una caja, es un celular.
—Toma, es exclusivo para el trabajo. Lo puedes llevar a casa, pero no puedes hacer uso de él para nada personal. Tiene los números de todos los asistentes, Victoria me pidió que agendará el de ella y el del señor Jonathan por supuesto.
—¿Su esposa no se molesta porque vaya a su casa?—no puede evitar preguntarle.
—¿Esposa? El señor Jonathan no es casado, tiene amigas con las que pasa el rato nada más, pero no sale con nadie. Tengo cinco años trabajando para Victoria y nunca he conocido una novia formal, pero sí muchas amigas, algunas están locas, pero él se deshace de ellas. Creo que hoy en día su amiga en turno es Jeannette; acostúmbrate, verás a muchas mujeres en su vida.
Elizabeth se lamentaba de aceptar el trabajo. Pero no tenía de otra; tenía que pagar los gastos que le dejó la enfermedad de su madre. Por desgracia, los esfuerzos no fueron suficientes; ella murió hace dos meses, los gastos se me acumularon y, aunque en su antiguo trabajo le iba bien, costear un cáncer no es nada fácil.
El teléfono del escritorio interrumpió su melancolía. Era el aviso de que el Señor Gruñón ya subía. Elizabeth se alisó la ropa y lo esperó con su mejor sonrisa profesional. Cuando las puertas se abrieron, apareció un Jonathan impecablemente vestido con un traje que costaba más que los suministros de un mes para ella. Él, fiel a su estilo, pasó de largo ignorando su saludo.
Tras darle un tiempo y revisar la agenda —cinco reuniones ese día y tres el siguiente—, Elizabeth decidió entrar para informarle. Una vez más, encontró el despacho sumido en la oscuridad, con las cortinas cerradas y solo una pequeña lámpara iluminando la figura de su jefe frente a la computadora.
—Señor Berry, tengo la agenda lista de todo lo que tiene que hacer hoy.
—No me interesa saberla, retírate.
—Pero…
—Que te retires, no me interesa tu servicio; haz lo que quieras, renuncia, pide un cambio, solo desaparece de aquí.
—¿Qué te pasa? ¿Así eres con todos?
—No escuchaste lo que te acabo de decir: vete. Yo no pedí ninguna asistente, no te necesito.
—Me han contratado para hacer de asistente y eso seré —dice con firmeza, no piensa caer en las provocaciones de un hombre mimado y caprichoso. Le recuerdo a los estúpidos hijos de su exjefe, que iban por el mundo sintiéndose superiores sólo porque papá tenía dinero.
—Termínate de ir —es todo lo que dice, sin importarle lo que Elizabeth le acaba de decir.
—Te haré café; al parecer lo necesitas, eres un gruñón. ¿Lo sabías? —Dudo mucho que lo sepas.
Jonathan no respondió, sumido en un silencio . Elizabeth se dirigió a la cafetería. Al buscar el precio del café en su celular para asegurarse de no arruinarlo, casi suelta la taza: el costo era astronómico, como si estuviera hecho de oro. Elizabeth sintió una punzada de curiosidad por saber si el dichoso café sabía tan rico como costaba. Mientras preparaba dos tazas, se preguntó una vez más por qué aquel hombre prefería vivir entre sombras.
Entró sin avisar, dejó la taza de café y unas galletas de chocolate
—Jonathan —una rubia entra al despacho.
Él voltea a ver a la rubia; por su cara le molesta su presencia.
—¿Quién te dejó entrar? —le pregunta.
—No me has contestado mis llamadas y me quitaste el acceso a tu casa.
—Valery, te dije que no quería verte.
—Estoy embarazada, Jonathan.
Elizabeth está sorprendida por la declaración de Jonathan de darle la empresa por la cual han trabajado tanto él y su hermana, Jonathan debe estar desesperado.—Jonathan…—Lo intente todo y es la única forma de que nos deje en paz, Addison no quiere a Leo, no le hace falta si —guarda silencio.— Addison se fue a un crucero sin importarle nuestro hijo, no ha llamado ninguna vez para preguntar por el solo para reclamarme que lo traje a aquí, y por que el abogado me recomendó hacerlo.—No puedes hacerle esto a Victoria.—Victoria, realmente no es dueña de nada de la empresa, realmente. Ella tiene su propio dinero, por supuesto siempre la he tomado en cuenta es mi hermana y daría todo por ella.—No lo sabia.—No lo sabe nadie, para todos ella tiene un porcentaje de la empresa. Pero no quise que invirtiera no cuando yo no estaba convencido si podía levantar la empresa de las cenizas.El timbre que anuncia la terminación del recreo hace que Elizabeth se levante de la silla.—Creo que tengo
Rodrigo resultó ser un tipo Horus se tomó el tiempo de conocerlo, le reconoció que dejara su trabajo para estar con su hermana. Cuando llegó y vio como abrazo a Victoria no le quedó duda que la quiere.Estaba sentado en la puerta Leo jugaba mientras él estaba buscando un colegio para él, no podía seguir perdiendo clases, le dio un trago a su café eran apenas las diez de la mañana Victoria estaba en el hospital con Rodrigo mientras él se quedó cuidando a su hijo.Elizabeth estaba en el orfanato.—Hola —Henry saludo a Jonathan.—Hola.Leo corrió hacia donde estaba su padre.—¿Quien es?—Es amigo de papá, se llama Henry.—Hola Leo, me da gusto conocerte al fin.Henry le extiende la mano. El niño se la dio, después volvió al lugar donde estaba jugando.—¿Como estas?—Estoy —respondió.—¿Cómo está Victoria?—Está en el hospital, tenía cita con el oncólogo.—Virginia me lo ha dicho, se han ido a cenar y les ha contado sobre su diagnóstico.—No se que haré, todo lo de Addison me rebasa, ahor
CAPITULO 71Elizabeth vio en el parque a Victoria estaba paseando a Leo en los columpios con los guardaespaldas a su lado y entonces lo supo Jonathan había llegado. Estaciono el coche de Jonathan, bajo de el.En cuanto abrió la puerta lo vio, estaba en el umbral mirándola.—Hola. —dice—Hola, Elizabeth.Elizabeth se quedó parada un momento, el bolso todavía en el hombro, las llaves en la mano, sin moverse.Jonathan fue el primero en moverse, camino hacia el sofá, le costaba más de lo que parecía y se sentó. Dejó las manos sobre sus rodillas. No dijo nada todavía.Había tomado la decisión antes de que ella abriera la puerta, no la iba a precionar aunque lo que queria es cruzar esos tres metros y no soltarla hasta que los dos encontraran la manera de resolver todo lo que quedaba por resolver.Quería decirle lo que sentía lo difícil que ha hecho estas semanas sin ella y que estaba feliz de verla.Elizabeth cerró la puerta despacio. Dejó el bolso en la entrada, las llaves en el platillo.
Jonathan desayuno con Leo, Addison no estaba en la casa, pero eso no le importaba a Jonathan mientras que su hijo está a su lado lo demás no tenía importancia. — ¿Vamos a ir al parque de diversiones? Papa.— Lo haremos pero tienes que comer todo tu desayuno.— Lo hare.Addison le avisó por mensaje.Ni siquiera lo llamó.Un mensaje de tres líneas que llegó a las ocho de la mañana mientras Jonathan desayunaba con Leo, que decía que había conseguido un lugar en un crucero de diez días con unas amigas y que Leo se quedaba con él porque total ya tenía la custodia compartida y ella necesitaba descansar.Jonathan leyó el mensaje dos veces.Lo guardó.No dijo nada porque Leo estaba enfrente con su cereal y sus preguntas de mañana y no era el momento ni iba a serlo nunca para decir lo que pensaba de una madre que se iba a un crucero sin mirar atrás.—¿Puedo llevar a Rex al parque? —preguntó Leo, hablando del dinosaurio de plástico verde que llevaba tres días siendo su acompañante oficial a to
Jonathan llegó al mediodía para comer con su hijo e iba entrando cuando escuchó las maletas antes de verlas.Addison estaba bajando las escaleras con dos maletas. La suya, grande, la que había llegado semanas atrás y con una más pequeña con dinosaurios estampados.Jonathan cruzó la entrada en el momento exacto en que Leo aparecía detrás de Addison con su cobija arrastrada.—Papi. Jonathan se agachó y lo tomó en brazos antes de que Leo terminara de bajar el último escalón. Lo cargó.—Hola, mi amor —dijo.Leo se acomodó en su hombro con confianza.Jonathan miró a Addison.—¿A dónde vas?Addison terminó de bajar el último escalón con una calma que estaba completamente construida. —Ya escuchaste a la juez —dijo—. Semanas alternas. Esta semana me toca a mí. —Una pausa calculada—. Si no quieres tener una familia conmigo entonces volvemos a como estábamos antes de que yo llegara. Jonathan no respondió de inmediato.Miró las maletas.La de Leo con los dinosaurios.—No habíamos acordado que
Jonathan llegó quince minutos antes con su abogado Rafael Montes.—¿Cómo estás? —le preguntó Rafael mientras esperaban. —Listo —dijo Jonathan. —Recuerda lo que hablamos —dijo—. Dejas que yo lleve el hilo. Tú hablas cuando la juez te pregunte directamente.Jonathan guardó silencio. Addison llegó cinco minutos después con su abogado, un hombre joven con un traje que costaba lo que costaba y que llevaba una carpeta demasiado gruesa para lo que debería ser una audiencia de este nivel. Addison no lo miró al entrar.O sí lo miró, un segundo , y luego desvió los ojos como si Jonathan fuera parte del mobiliario. Jonathan tampoco la miró más de lo necesario. La juez se llamaba Remedios Alcántara.Era una mujer de sesenta años con el pelo completamente blanco recogido en un chongo apretado y una expresión que no había sido amable en mucho tiempo, si es que alguna vez lo había sido. Entró a la sala sin mirar a nadie en particular, se sentó, abrió el expediente y empezó a leer en silencio d







