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CAPITULO 2

Author: Madison West
last update publish date: 2026-03-09 13:37:13

Elizabeth sostiene las hojas que Victoria le había entregado; apenas tres páginas leídas fueron suficientes para confirmar que su nuevo jefe era, en sus propias palabras, un loco de atar. No lograba comprender la lógica de iniciar su jornada laboral directamente en la casa de él, pero en ese momento, su mente prefirió traicionarla evocando la imagen de Jonathan desnudo. Era un hombre imponente, de eso no cabía duda; lástima que su atractivo fuera proporcional a su arrogancia. El desplante de la mañana seguía escociendo: ni un saludo, solo gritos y una puerta cerrada en las narices.

Con un gesto decidido, Elizabeth abrió las pesadas cortinas y dejó que un poco de aire fresco entrara por la ventana. La oficina olía a  masculinidad, pero el ambiente se sentía estancado. Sus dudas eran muchas, pero no tenía de otra que resolverlas por su cuenta.

El sonido del elevador interrumpió sus pensamientos. De él emergió una joven de cabello oscuro que irradia un optimismo contagioso. Se presentó como Alondra García, la asistente de Victoria.

 —Buenos días, en cuanto supe que el jefe tenía nueva asistente, quise venir a conocerte. Me presento: me llamo Alondra García y soy asistente personal de Victoria. 

le extiende la mano para saludarla.

—Soy Elizabeth.

—Vi tu currículum, es excelente.

—Gracias, Alondra.

—Seguramente tienes muchas dudas.

Alondra le explicó que Jonathan era un hombre complejo, pero que una vez superada la barrera inicial, era posible trabajar con él. Elizabeth, con una mezcla de ironía y molestia, soltó un comentario mordaz: —Pues si haberlo visto desnudo cuenta cómo "tratarlo", ya sé bastante de él.

—¿Lo has visto desnudo?

—Me dijeron que entrara a su habitación y, bueno, estaba desnudo, recién salido de bañarse.

—Pues has tenido suerte —le susurra.

—¿Por qué se comporta como un cretino?

—No puedo decirte muchas cosas, pero si me dejas darte un consejo, no te tomes personal nada con él, ni intentes caerle bien, solo sé tú misma y trata de hacer tu trabajo, eso hablará de ti. No esperes que te agradezca nada, para él solo es tu responsabilidad hacer bien tu trabajo. Él y Victoria son muy diferentes. Y ahora vamos a ponerte al día. No tengo mucho tiempo, Victoria tiene una agenda apretada hoy y yo también, pero si necesitas más ayuda, puedes pedirle a cualquiera. Somos un equipo comprometido, nada de envidias y esas cosas; cualquiera te ayudará sin problema. Me alegra que estés aquí, antes era yo la que tenía que lidiar con el señor Jonathan, y por fin voy a tener un respiro gracias a ti.

 —Trataré de hacerlo lo mejor que pueda.

—Me voy, el señor Jonathan llega a las diez, es muy puntual, se va a las ocho, pero creo que tú horario lo sabes.

—Sí, se supone que entró a las 8 en casa del jefe.

—Si él empieza su jornada laboral en su casa, le gusta desayunar tranquilo y sin prisas. Nunca hace reuniones por la mañana, solo por la tarde, ya lo irás conociendo. Antes que se me olvide…

Saca del cajón del escritorio una caja, es un celular.

—Toma, es exclusivo para el trabajo. Lo puedes llevar a casa, pero no puedes hacer uso de él para nada personal. Tiene los números de todos los asistentes, Victoria me pidió que agendará el de ella y el del señor Jonathan por supuesto.

—¿Su esposa no se molesta porque vaya a su casa?—no puede evitar preguntarle.

—¿Esposa? El señor Jonathan no es casado, tiene amigas con las que pasa el rato nada más, pero no sale con nadie. Tengo cinco años trabajando para Victoria y nunca he conocido una novia formal, pero sí muchas amigas, algunas están locas, pero él se deshace de ellas. Creo que hoy en día su amiga en turno es Jeannette; acostúmbrate, verás a muchas mujeres en su vida.

Elizabeth se lamentaba de aceptar el trabajo. Pero no tenía de otra; tenía que pagar los gastos que le dejó la enfermedad de su madre. Por desgracia, los esfuerzos no fueron suficientes; ella murió hace dos meses, los gastos se me acumularon y, aunque en su antiguo trabajo le iba bien, costear un cáncer no es nada fácil.

El teléfono del escritorio interrumpió su melancolía. Era el aviso de que el Señor Gruñón ya subía. Elizabeth se alisó la ropa y lo esperó con su mejor sonrisa profesional. Cuando las puertas se abrieron, apareció un Jonathan impecablemente vestido con un traje que costaba más que los suministros de un mes para ella. Él, fiel a su estilo, pasó de largo ignorando su saludo.

Tras darle un tiempo y revisar la agenda —cinco reuniones ese día y tres el siguiente—, Elizabeth decidió entrar para informarle. Una vez más, encontró el despacho sumido en la oscuridad, con las cortinas cerradas y solo una pequeña lámpara iluminando la figura de su jefe frente a la computadora.

—Señor Berry, tengo la agenda lista de todo lo que tiene que hacer hoy.

—No me interesa saberla, retírate.

—Pero…

—Que te retires, no me interesa tu servicio; haz lo que quieras, renuncia, pide un cambio, solo desaparece de aquí.

—¿Qué te pasa? ¿Así eres con todos?

—No escuchaste lo que te acabo de decir: vete. Yo no pedí ninguna asistente, no te necesito.

—Me han contratado para hacer de asistente y eso seré —dice con firmeza, no piensa caer en las provocaciones de un hombre mimado y caprichoso. Le recuerdo a los estúpidos hijos de su exjefe, que iban por el mundo sintiéndose superiores sólo porque papá tenía dinero.

—Termínate de ir —es todo lo que dice, sin importarle lo que Elizabeth le acaba de decir.

—Te haré café; al parecer lo necesitas, eres un gruñón. ¿Lo sabías? —Dudo mucho que lo sepas.

Jonathan no respondió, sumido en un silencio . Elizabeth se dirigió a la cafetería. Al buscar el precio del café en su celular para asegurarse de no arruinarlo, casi suelta la taza: el costo era astronómico, como si estuviera hecho de oro. Elizabeth sintió una punzada de curiosidad por saber si el dichoso café sabía tan rico como costaba. Mientras preparaba dos tazas, se preguntó una vez más por qué aquel hombre prefería vivir entre sombras.

Entró sin avisar, dejó la taza de café y unas galletas de chocolate 

 —Jonathan —una rubia entra al despacho.

Él voltea a ver a la rubia; por su cara le molesta su presencia.

—¿Quién te dejó entrar? —le pregunta.

—No me has contestado mis llamadas y me quitaste el acceso a tu casa.

—Valery, te dije que no quería verte.

—Estoy embarazada, Jonathan.

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