LOGINSabrina despertó con el gusto metálico de la sangre en la boca y el olor fuerte a madera húmeda y pino quemado. Estaba tendida de lado sobre una alfombra vieja y áspera, los brazos atados a la espalda con una cuerda gruesa que le mordía la piel. Las piernas también sujetas en los tobillos, pero con holgura suficiente para doblar las rodillas. La cabaña era pequeña, paredes de troncos mal encajados, una única ventana pequeña cubierta por tablas clavadas de cualquier manera. Sin muebles. Sin agua. Sin nada más que la alfombra y ella. — Hum... ¿dónde estoy?— murmuró forzando la vista. La cabeza le latía. Los recuerdos volvían en destellos. El centro comercial, las tarjetas denegadas, el coche negro, el paño en la cara. Intentó moverse. Rodó despacio hasta quedar boca arriba. Con esfuerzo flexionó el abdomen y consiguió sentarse, la espalda apoyada en la pared de madera. Respiró hondo, intentando organizar los pensamientos. Cuando se dio cuenta de que la habían capturado, no sin
Después de que se llevaran a Bruno, Marcelo guió a la joven y al niño hasta su coche. Glayci no dijo una palabra durante todo el trayecto. El cuerpo aún parecía en shock, como si todo hubiera ocurrido demasiado rápido para que su mente lo siguiera. Las manos estaban frías sobre el regazo, y los ojos vagaban por la ventanilla sin realmente ver nada. Arthur preguntaba por el tío sin parar, lo que hacía que todo se quebrara dentro de ella. Cuando el coche se detuvo, parpadeó varias veces, intentando situarse. El edificio era alto y discreto, alejado de donde estaban. Marcelo bajó primero, le abrió la puerta y cogió al niño en brazos. — Venid. Estaréis a salvo aquí. La voz de él no era dura como antes. Pero tampoco era suave. Glayci asintió y bajó. El ascensor subió en silencio. Cada piso parecía apretarle más el pecho, como si estuviera dejando atrás todo lo que conocía y todo lo que acababa de ocurrir. Cuando se abrió la puerta del apartamento, dos mujeres a las que no conocía ya
La voz de Bruno salió más dura de lo que debería. Glayci dio un paso atrás; el cuerpo reaccionó incluso antes que la razón. — No... no podemos irnos así... — dijo, la voz trémula. — Quería ver a Marcelo… le echo de menos... Y también... Marcelo necesita apoyo con todo lo que está pasando. Esas palabras fueron como encender una mecha. — ¿Te has vuelto loca? — explotó Bruno, pasándose la mano por el pelo con nerviosismo. — ¡Marcelo nunca me va a perdonar! ¡Nunca! Si me quedo... me van a detener. ¿Eso es lo que quieres? Ella lo miraba, completamente perdida. — No estoy entendiendo… Bruno respiraba pesado, intentando controlar sus palabras. Pero entonces salieron directas. — Estaba ayudando a aquella mujer a secuestrar a sus hijos. Y ahora... a Sabrina la han secuestrado. Y en este momento el único que haría eso es Marcelo. Glayci se quedó inmóvil, como si no creyera lo que había oído. — ¿Tú… qué? — Me arrepentí... pero Sabrina amenazó con contarle a nuestro padre dónde estamos.
El cristal del coche subió de nuevo con un ruido seco. Fuera, la calle seguía con movimiento, ajena a lo que acababa de ocurrir. Nadie se dio cuenta cuando la puerta trasera del coche de atrás se abrió unos segundos y el cuerpo inconsciente de Sabrina fue arrastrado hacia dentro.El hombre que sujetaba el paño la acomodó en el asiento con cuidado.— Apaguen las luces interiores — ordenó la voz masculina que venía del asiento delantero.El conductor obedeció de inmediato. El interior del vehículo se sumió en penumbra, y el coche arrancó despacio, mezclándose con el tráfico como si nada hubiera pasado. En el asiento trasero, Sabrina respiraba de forma irregular, la cabeza caída hacia un lado.El hombre a su lado la observó unos segundos.— Así que esta es la mujer que ha causado todo este infierno…Su voz no cargaba piedad. Solo curiosidad.En el asiento delantero, el conductor soltó una pequeña risa.— Es más peligrosa de lo que parece.El hombre del asiento trasero se quedó en silenci
Bruno empujó la puerta del pequeño cuarto al fondo del escondite y se detuvo de inmediato. Por un segundo pensó haber entrado en el lugar equivocado. El ambiente estaba completamente distinto de horas atrás. Las paredes habían sido pintadas de azul claro. Un papel pintado con pequeños aviones cubría uno de los laterales. Sobre la cama había sábanas nuevas, dobladas con perfección. Dos almohadas pequeñas estaban alineadas en el centro. — ¿Qué demonios está pasando aquí?— murmuró Bruno frunciendo el ceño. En el rincón del cuarto había una caja abierta llena de juguetes: cochecitos, bloques de construcción, un osito de peluche. Y en medio de todo aquello estaba Sabrina. Estaba arrodillada en el suelo, organizando los cochecitos sobre una alfombra peluda. Cuando percibió la presencia de él, levantó los ojos lentamente. — Tardaste. Bruno siguió parado en la puerta. — ¿Qué… es esto? Sabrina cogió uno de los cochecitos y lo colocó al lado del otro con una delicadeza casi ensayad
El motor del coche aún estaba en marcha cuando Marcelo terminó la llamada con Milena. El silencio dentro del vehículo parecía más pesado de lo normal. Mantenía la mirada fija a través del parabrisas, pero su mente ya corría mucho más adelante. — Quiero a dos hombres más delante del colegio ahora. — dijo, sin alzar la voz. — Comprueben si aquel coche sigue allí. E intenten averiguar de quién es. Los guardias del asiento delantero asintieron de inmediato. El coche arrancó. Marcelo apoyó el codo en la puerta y se pasó la mano por la mandíbula, pensativo. La voz de Milena aún resonaba en su cabeza. «Creo que hay alguien vigilando a nuestros hijos.» Ella rara vez se equivocaba cuando se trataba de proteger a los niños. Minutos después los coches de seguridad ya doblaban la esquina de la escuela. El portón seguía abierto; algunos padres conversaban en la acera y niños cruzaban la calle corriendo, las mochilas balanceándose a la espalda. Pero el coche ya no estaba allí. Uno de







