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Capítulo 3

Penulis: Blondegirl
last update Tanggal publikasi: 2026-06-12 11:43:53

El local se llamaba Blue Note. Era pequeño, rústico y estaba escondido en un sótano de Brooklyn, con una fachada desgastada que parecía la entrada a un taller mecánico.

Estuve a punto de pasar de largo, pero entonces vi la puerta de madera entreabierta y escuché, ahogado y melancólico, el lamento de las notas de un piano.

Bajé las escaleras de piedra con el corazón latiéndome a mil por hora. Y no era por el lugar oscuro. Era por él.

Darien estaba sentado en una mesa al fondo, junto a una pared de ladrillo visto.

Era la única mesa iluminada por una vela parpadeante dentro de un frasco de vidrio.

Llevaba una chaqueta de cuero negro sobre una camiseta gris que se ceñía a sus hombros anchos, y el cabello oscuro le caía con un desorden irresistible sobre la frente.

Cuando me vio entrar, sus ojos azules se encendieron con un brillo plateado.

—Llegas tarde —dijo, pero una sonrisa lenta y seductora curvó sus labios.

—Tú llegas temprano —respondí, sentándome frente a él para ocultar mis nervios—. Eso es trampa.

—Es estrategia, bicho raro. Así puedo tener el placer de verte llegar.

Sentí un calor súbito e incómodo ascender por mis mejillas.

Malditas pecas, pensé, siempre delatándome cuando me sonrojaba. Me quité la chaqueta vaquera y la colgué en el respaldo de la silla.

Llevaba un jersey holgado de color crema, el único que tenía que no estuviera gastado, pero la forma en que Darien me miró me hizo sentir como si llevara un vestido de alta costura.

—¿Qué? —pregúnté, removiéndome en el asiento.

—Nada. Es solo que... tus pecas. Son todavía más bonitas de lo que recordaba bajo la luz artificial.

—Eso es lo más extraño que me han dicho nunca, Lawrence.

—¿Preferirías que te mienta?

—No. —Sonreí a pesar de mí misma, atrapada en su red—. Prefiero lo extraño.

Un camarero con barba llegó a la mesa y dejó dos cervezas bien frías antes de que tuviéramos tiempo de pedir. Darien me miró, divertido.

—Me tomé la libertad de elegir por ti —confesó—. Es una IPA artesanal de Brooklyn. Si no te gusta, la cambiamos ahora mismo.

Le di un sorbo. Era amarga, intensa y con un sutil regusto cítrico que me fascinó.

—Me gusta —admití, sorprendida—. Diría que está casi a la altura de aquellas empanadillas de langosta que devoré en la fiesta.

Darien soltó una carcajada baja que vibró en mi pecho.

—Viniendo de ti, eso es un cumplido corporativo enorme.

—Lo es. No dejes que se te suba a la cabeza.

En el pequeño escenario, un trío de jazz comenzó a tocar. Era una música íntima que flotaba en el aire denso del local.

La gente hablaba en susurros y, por primera vez en toda la semana, olvidé que afuera existía un mundo real donde yo debía cinco mil dólares y estaba a un paso de ser expulsada de mi vida.

Hablamos con una fluidez asombrosa. De la música, del contrabajista que tocaba con los ojos cerrados, de cómo el piano parecía llorar en los acordes menores.

Era tan fácil conectar con él que empezaba a darme miedo.

—Me diste tu palabra de que hoy me contarías —dijo Darien de pronto, aprovechando el descanso de los músicos. Apoyó los codos en la mesa, acortando la distancia entre nosotros—. ¿Qué es lo que te preocupa tanto, Ivy?

Miré mi vaso de cerveza. Las burbujas subían en una cadena perfecta antes de desaparecer en la superficie. Pequeñas muertes invisibles.

—Es dinero —solté por fin, tragándome el orgullo—. Siempre es el maldito dinero. Debo el último semestre en la universidad. Si no pago antes del lunes, me darán de baja y perderé toda mi carrera.

—¿De cuánto estamos hablando?

—Cinco mil dólares.

Darien asintió lentamente. Sus facciones no mostraron lástima, ni soltó el típico "todo saldrá bien" que dice la gente que lo tiene todo resuelto.

Se limitó a procesar la información con una seriedad absoluta.

—¿Y cuál es tu plan?

—No lo sé —confesé, sintiendo que los ojos me escocían—. He enviado currículums a todas partes. Nadie quiere contratar a una estudiante a tiempo parcial a mitad de año. Mi amiga Chloe tiene una buena posición, pero no puedo pedírselo. Jamás le pediría esa cantidad.

—¿Por qué no? Es tu amiga.

—Porque no quiero ser la amiga pobre a la que siempre tienen que rescatar. No quiero que me miren con lástima.

Darien me clavó una mirada tan intensa que me costó sostenerle el ritmo.

Sus ojos azules eran un enigma indescifrable, pero no había compasión en ellos. Había algo mucho más profundo: reconocimiento.

—Lo entiendo —dijo en un susurro—. Más de lo que te imaginas.

—Tú no puedes entenderlo, Darien —repliqué, con una pizca de amargura—. Tú jamás has tenido que elegir entre comprar comida o pagar el alquiler.

—No, no he pasado hambre material —admitió, dando un sorbo a su cerveza—. Pero sé perfectamente lo que significa depender de otros para cada decisión de tu vida. Sé lo que es que tu futuro esté encadenado a los caprichos y exigencias de tu familia. Mi madre decide. El consejo decide. Yo solo soy el títere que ejecuta. Un pez en una pecera de oro, ¿recuerdas? El color del agua no cambia el hecho de que estés atrapado tras un cristal.

El trío de jazz regresó al escenario, inundando el sótano con una balada lenta y melancólica que parecía escrita especialmente para sellar nuestra complicidad.

—¿Y qué harías tú? —le pregunté, buscando desesperadamente una respuesta—. Si estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?

—No lo sé —respondió, inclinándose un poco más hacia mí. Su aroma a madera y cuero me envolvió—. Pero si estuviera en tu lugar, desearía con todas mis fuerzas que alguien me ayudara... sin hacerme sentir pequeño por ello.

—Eso no existe en el mundo real, Lawrence.

—Existe, Ivy-planta. Es jodidamente raro, pero existe.

La forma en que me miró en ese instante me desarmó por completo.

No me miraba como un caso de caridad, ni como una chica rota de Brooklyn. Me miraba como si yo fuera la única persona importante en ese bar.

—¿Tú tocas? —pregunté, cambiando bruscamente de tema porque el hilo de la conversación me estaba quemando por dentro.

—¿El qué?

—El piano. Cuando hablas de Miles Davis o Coltrane... tienes esa vibra. Pareces de los que tocan.

Darien esbozó una sonrisa completamente diferente a las que había visto en sus fotos de internet. Era una sonrisa más joven, casi tímida, extrañamente pura.

—Sí —confesó—. Desde niño. Mi padre me enseñó los acordes básicos antes de morir. Después seguí practicando yo solo.

—¿Y sigues tocando?

—En mi ático. Por las noches, cuando el silencio es absoluto y nadie puede oírme. Es lo único que hago en mi vida que me pertenece solo a mí.

Cerré los ojos un segundo, imaginando la escena: el imponente y millonario heredero Darien Lawrence, solo frente a un piano de cola en su lujoso y solitario ático, refugiándose en el jazz.

Me pareció una imagen de una belleza desgarradora.

—Me gustaría escucharte tocar algún día —solté, y me sonrojé al instante por mi atrevimiento—. Quiero decir, si no te importa...

—Sí.

Me interrumpió a mitad de la frase, con una firmeza absoluta.

—Sí, me encantaría que me escucharas tocar. Algún día.

El silencio que se instaló entre nosotros no fue incómodo.

Estaba cargado de promesas invisibles, de una electricidad sutil que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.

La noche se nos fue entre las manos. Compartimos otra ronda, reímos con anécdotas de su infancia y me confesó que, aunque su familia poseía un imperio de restaurantes de lujo, él prefería la comida sencilla de los suburbios.

Yo le hablé del pastel de manzana de mi abuela y de cómo sentía que su receta se había marchado con ella.

—No se perdió, Ivy —dijo él, extendiendo su mano sobre la mesa, rozando apenas mis dedos—. La llevas contigo, en tu corazón. Solo tienes que perder el miedo a recordarla.

—No sé si soy tan fuerte.

—Lo eres. Mucho más de lo que crees.

—No me conoces, Darien.

—Te estoy conociendo —susurró, y el roce de sus dedos me provocó un escalofrío eléctrico.

Cuando salimos del club de jazz, las primeras luces de la madrugada empezaban a teñir el cielo de Brooklyn de un azul grisáceo.

Caminamos juntos en silencio hasta la entrada de la estación de metro.

—¿Segura que no quieres que te lleve? —ofreció, señalando un elegante coche deportivo negro estacionado a unos metros—. Puedo dejarte en la puerta de tu edificio.

—No, el metro está bien. Me gusta la paz de los vagones a esta hora.

—¿Segura, Ivy?

—Segura.

Darien asintió, respetando mi espacio. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero y sacó un objeto cuadrado: un vinilo clásico de Blue Train de John Coltrane.

—Para ti —dijo, tendiéndomelo—. Para tu colección de bichos raros.

Miré el disco y luego sus ojos plateados. Nadie me hacía regalos porque sí.

Nadie se preocupaba por mis gustos ni se tomaba el tiempo de escucharme así.

—No puedo aceptarlo, Darien...

—Claro que puedes. Es solo un trozo de vinilo. Lo que realmente importa es la música que lleva dentro. Quédatelo.

—Eres un hombre muy extraño, Darien Lawrence.

—Te lo advertí la primera noche, Ivy-planta.

Le dediqué una última sonrisa y guardé el vinilo en mi bolso como si fuera el tesoro más grande del mundo.

—Buenas noches, Darien.

—Buenas noches, pez de colores. Nos vemos pronto.

Bajé los escalones del metro sintiendo el calor de su mirada fija en mi espalda.

Cuando el vagón arrancó con su traqueteo habitual, saqué el disco y acaricié los bordes con la yema de los dedos.

No tenía idea de que este era solo el prólogo de un giro radical en mi destino.

Solo sabía que, en medio de mi tormenta, había encontrado a alguien que me miraba como si yo importara.

Llegé a mi apartamento justo cuando el sol comenzaba a iluminar el muro de ladrillos.

Me tumbé en la cama completamente vestida, exhausta, pero por primera vez en semanas, el pánico al lunes desapareció de mi mente.

Solo podía pensar en unos ojos azules que me hacían sentir segura.

En un billonario que tocaba el piano a escondidas en la noche de Manhattan.

Con ese pensamiento flotando en mi mente, cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño.

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