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Capítulo 2

Penulis: Blondegirl
last update Tanggal publikasi: 2026-06-12 11:35:37

Desperté con el sol entrando por la ventana que daba al lúgubre muro de ladrillos gris.

Sonreí de inmediato, con el cepillo de dientes aún en la boca y la pasta resbalando por la comisura de mis labios.

Era ridículo. Absurdo. Con mi cuenta bancaria deprimente y la expulsión acechándome, la razón de mi felicidad era un mensaje de texto.

Volví a leer las palabras que me habían desvelado a mitad de la noche:

Darien: Highsmith contra Chandler. Mañana empieza la guerra por mensaje. Prepárate, bicho raro.

Aquel hombre misterioso y millonario, el pez de colores atrapado en su pecera de lujo, no me estaba buscando para hablar de dinero o estatus.

Me buscaba para hablar de libros.

Le respondí mientras me preparaba un café barato que apenas sabía a nada.

Ivy: Elijo a Chandler. "El sueño eterno" es perfecto. Pero admito que Highsmith es más retorcida, más interesante. Empieza tú.

A los diez minutos, mientras mordisqueaba una tostada ligeramente quemada, el teléfono vibró en mi mano, haciéndome dar un respingo.

Darien: Empiezo. Chandler escribió sobre Marlowe: un hombre con principios en un mundo sin ellos. Highsmith escribía sobre gente que se pudría por dentro. ¿De qué equipo eres, Ivy-planta?

Ivy: ¿Tengo que elegir? ¿No puedo admirar los principios de Marlowe y, al mismo tiempo, fascinarme con la podredumbre psicológica de Highsmith?

Darien: Tramposa. Vale, punto para ti. Pero si tuvieras que vivir atrapada dentro de la novela de uno de ellos, ¿cuál elegirías?

Me quedé mirando la pantalla, con la taza humeante entre las manos. La pregunta calaba más hondo de lo que parecía.

Ivy: En una de Chandler. Al menos en sus páginas queda algo de esperanza. En los mundos de Highsmith, todos terminan jodiéndose la vida entre ellos.

Pasaron tres minutos. Luego cinco. El silencio digital empezó a ponerme nerviosa, hasta que la pantalla se iluminó.

Darien: Buena respuesta. Yo también elegiría a Chandler... pero por desgracia, mi vida es una novela de Highsmith.

Ivy: ¿Tu familia?

Darien: Bingo.

Y así, sin que ninguno de los dos lo planeara, comenzó nuestro ritual.

Durante esa semana infernal, los mensajes de Darien se convirtieron en mi único salvavidas.

Estaban ahí por la mañana, mientras enviaba currículums a contrarreloj.

Por la tarde, mientras caminaba hacia la universidad para intentar negociar una prórroga que sabía que no me darían.

Y por la noche, cuando mi estudio se volvía demasiado silencioso y las grietas del techo se sentían como una condena.

Hablábamos de literatura, sí, pero pronto los mensajes cruzaron a territorios peligrosamente íntimos.

Darien: ¿Cuál es tu recuerdo más feliz? —me preguntó un martes.

Ivy: Mi abuela. Me enseñó a leer en su cocina, que siempre olía a pan y a libros viejos. Tenía las manos arrugadas y llenas de pecas, como yo. Decía que las pecas eran besos que te regalaba el sol. —Miré la fotografía desgastada de mi abuela en la estantería, sintiendo una punzada de nostalgia—. ¿Y el tuyo?

Pasó más tiempo del habitual. Cuando la respuesta llegó, me cortó la respiración.

Darien: Mi padre. Me llevó a pescar una vez. Solo una. Él siempre estaba sepultado bajo el imperio hotelero, pero ese día miró su reloj y dijo: "Hoy no". Estuvimos sentados junto a un lago todo el día. No pescamos nada. Fue perfecto. Murió al año siguiente. Mi madre cree que no lo recuerdo. Pero lo recuerdo todo.

Un nudo opresivo se formó en mi garganta.

Pegué el teléfono a mi pecho, deseando por un instante poder atravesar la pantalla y abrazar al hombre herido que se ocultaba tras el apellido Lawrence.

Ivy: Lo siento mucho... Pero me alegro de que tuvieras ese día con él.

Darien: Yo también.

El miércoles, la cruda realidad me arrastró de vuelta al suelo.

Tuve una entrevista en una librería local. El dueño, un hombre canoso que me miró por encima de sus gafas de media luna, suspiró con lástima tras revisar mi currículum.

—Está sobrecualificada, señorita Campbell. Además, necesito a alguien a tiempo completo y usted aún tiene clases. Lo siento. De verdad.

Salió a la calle sintiendo que el alma se me caía a los pies.

Me senté en el banco de un parque, viendo a la gente pasar con vidas resueltas, sintiendo el frío del otoño calarme los huesos.

Mi teléfono vibró en el bolsillo.

Darien: ¿Cómo fue la entrevista?

Se lo había mencionado de pasada la noche anterior, en medio de una discusión sobre jazz. No podía creer que lo hubiera recordado.

Ivy: Fatal. Sobrecualificada y sin disponibilidad absoluta.

Darien: Lo lamento, bicho raro. ¿Qué vas a hacer ahora?

Ivy: Seguir buscando. No tengo otra opción.

Darien: ¿Y la universidad?

Dudé. Los dedos me temblaron sobre el teclado. El orgullo y la vergüenza eran garras afiladas.

No podía confesarle que me quedaban días para ser expulsada por una deuda de cinco mil dólares. No a él.

Ivy: Tengo unos días todavía. Todo saldrá bien.

Mentí. Y recé para que el universo me creyera.

El jueves, Darien me envió una lista de reproducción de jazz.

Esa noche, tumbada en mi colchón, escuché Blue in Green de Miles Davis. La trompeta melancólica resonó en el vacío del estudio, desarmando la armadura de fortaleza que llevaba meses cargando.

Lloré en silencio, dejando que la música se llevara un poco de mi angustia.

Al día siguiente él me volvió a escribir:

¿Qué te pareció la música?

Ivy: Me hizo llorar. Pero de esa forma en la que te limpias por dentro.

Darien: Eso es el buen jazz, Ivy. Te desarma.

Ivy: ¿Y a ti? ¿Qué te desarma a ti, Darien Lawrence?

Darien: Las conversaciones con una chica de pecas que siempre responde con una honestidad que me quema.

El corazón me dio un vuelco salvaje. La pantalla pareció quemarme los dedos.

Sabía que era peligroso. Él era un Lawrence; yo, una estudiante ahogada en deudas. No debíamos jugar a esto.

Darien: ¿Cenamos juntos el sábado? Sin presiones. Solo para seguir siendo bichos raros en persona.

Ivy: No puedo. No tengo dinero para restaurantes de tu estilo, Darien.

Darien: Invito yo. Y no es un sitio elegante, te lo prometo. Conozco un club de jazz subterráneo en Brooklyn. Oscuro, pequeño, con mesas gastadas que huelen a cerveza. Nadie te juzgará si solo pides agua. ¿Aceptas?

Sonreí, conmovida. Recordaba el desastre de mis tacones en la fiesta. Recordaba cada maldito detalle.

Ivy: Vale. Pero si la música es mala, me quejaré en voz alta.

Darien: Cuento con ello. Sábado a las ocho. Te enviaré la dirección.

El viernes, la soga se terminó de cerrar en mi cuello. Abrí el correo electrónico y encontré la advertencia final de la universidad:

Le quedan dos días. El plazo vence el domingo. Si el lunes el pago de $5,000 USD no está registrado, su matrícula será dada de baja definitivamente.

Cinco mil dólares. Una cifra imposible. Pensé en pedirle ayuda a Chloe, pero ella ya hacía demasiado por mí y su familia no manejaba ese tipo de dinero líquido para emergencias ajenas.

Estaba sola. Completamente sola.

El pánico me paralizó. Guardé el teléfono en un cajón y no le escribí a Darien en todo el día.

No tenía fuerzas para fingir, ni para hablar de libros, ni para sonreír. Me hundí en la cama, deseando desaparecer.

El sábado por la mañana, desperté con el pecho oprimido por una ansiedad asfixiante.

Saqué el móvil, esperando lo peor, pero me encontré con un mensaje suyo enviado hacía apenas unos minutos:

Darien: Buenos días, Ivy-planta. Sé que ayer te desconectaste del mundo. Sé que algo te está preocupando demasiado y respeté tu silencio... pero hoy es sábado. Hoy te voy a ver. En ese club de jazz quiero que dejes caer tu máscara. Cuéntamelo todo, sin filtros, tal como lo hemos hecho esta semana. Déjame ayudarte a cargar lo que sea que te pese.

Leí el mensaje tres veces, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas. Pegué el teléfono contra mi pecho, buscando el calor de sus palabras.

Ivy: Está bien. Te lo contaré todo esta noche.

No tenía idea de cómo reaccionaría un billonario heredero ante la patética realidad de una chica que no podía pagar su matrícula. Pero necesitaba desesperadamente confiar en él.

Esa tarde, la intriga me pudo y busqué su nombre en G****e: Darien Lawrence.

Aparecieron decenas de fotos en eventos de alta alcurnia, vistiendo trajes impecables y luciendo una sonrisa ensayada y fría que no se parecía en nada a la risa genuina que me había regalado bajo el roble.

Los artículos hablaban del imperio hotelero y del control implacable de su madre, Victoria Lawrence, una mujer con la mirada tallada en hielo que parecía capaz de destruir a cualquiera que se cruzara en su camino.

Apagué la pantalla, temerosa. El mundo de Darien era un océano de tiburones.

Esta noche lo vería.

Le entregaría mis verdades y rezaría para que la magia del jazz nos protegiera una noche más. Porque el lunes seguía ahí, agazapado en las sombras, listo para destruir mi futuro.

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