Masuk“Tía Branca, ¿por qué te vas? Mi corazón solo se calma cuando estás aquí…” Nada en la vida de Branca Oliveira la preparó para perder a su madre y a su hijo el mismo día. Aturdida por el duelo, intenta recomponerse regresando a su trabajo como asistente social, pero el destino la pone frente a Aelyn, una niña frágil y dulce que acaba de sobrevivir a una cirugía cardíaca. ¿El problema? El padre de la niña. Cássio Raveli, un juez respetado, arrogante, demasiado intenso… y el hombre con quien Branca tuvo una noche prohibida en el baño de un bar. Él no confía en ella. Ella no soporta su frialdad. Y ambos fingen que el pasado nunca existió. Hasta que Aelyn, inexplicablemente, crea un vínculo profundo con Branca, uno tan fuerte que el corazón recién trasplantado de la niña solo se estabiliza cuando ella está cerca. Cuando Branca es injustamente despedida del hospital, Aelyn hace un pedido que lo cambia todo: que Branca se convierta en su niñera. Ahora, viviendo bajo el mismo techo, Branca deberá enfrentarse a un hombre que la desquicia, a una niña que despierta su instinto más profundo… y a un secreto devastador que Cássio esconde desesperadamente: el corazón que salvó a su hija puede destruir a la mujer por la que empieza a sentir más de lo que debería.
Lihat lebih banyakAndréEstaba al teléfono con la delegada, voz baja, anotando detalles sobre la orden renovada, cuando la puerta del despacho se abrió de golpe.No fue un toque educado. Fue una invasión.Levanté la vista.Emily Morrow.Entrando como si el lugar todavía le perteneciera, tacones altos resonando en el piso, sonrisa encantadora ensayada en los labios, postura de quien sabe que su cuerpo aún causa efecto. El escote de la blusa blanca abierto un botón más de lo necesario, falda de lápiz marcando las curvas.Colgué sin siquiera despedirme.«No puedo atenderte ahora. Estoy ocupado».Volví al ordenador, dedos volando sobre el teclado, abriendo el contacto del propietario del inmueble que había apartado más temprano. Por si necesitábamos sacar a Branca y a Aelyn de allí rápido.Emily cerró la puerta detrás de sí con un clic deliberado. Atravesó la sala en pasos lentos, calculados, y se sentó en la silla frente a mi mesa como si hubiera sido invitada. Cruzó las piernas, la tela de la falda subie
CássioCerré la puerta del cuarto de Aelyn con el máximo cuidado, como si cualquier ruido pudiera hacer añicos lo que quedaba de normalidad en la casa.«Quédate aquí con Branca. Ya vuelvo».Aelyn asintió, todavía confundida, con sus bracitos apretados alrededor de la cintura de Branca como si supiera, por instinto infantil, que el aire había cambiado de repente. No preguntó nada más. Solo se acurrucó más contra su pecho.En cuanto la puerta se cerró, el pasillo pareció encogerse.Una voluntad absurda, primitiva, me subió por la garganta.Quería golpear la pared hasta que los nudillos sangraran. Quería gritar hasta que la voz me fallara. Quería atravesar la ciudad, encontrar a Jonathan y estrellarle la cara contra el suelo hasta que entendiera que hay límites que no se cruzan.Mi mandíbula se trabó con tanta fuerza que dolió. Los puños se cerraron solos, las uñas clavándose en las palmas.¿Cómo tenía ese hijo de puta el coraje?Invadir mi casa.Observar a mi hija jugando en su cuarto.
BrancaLa casa estaba silenciosa otra vez, pero no era el silencio ligero y lleno de risas de minutos atrás. Era el silencio concentrado de la rutina diaria, el tipo que envuelve sin asfixiar. Aelyn estaba en su cuarto, los auriculares enormes cubriéndole las orejas pequeñas, la voz de la profesora resonando bajito sobre fracciones mientras ella garabateaba en un rincón del cuaderno, probablemente dragones o castillos, porque las matemáticas nunca le impedían soñar. Cássio estaba en el despacho, puerta entreabierta, voz baja y profesional en una llamada con su asistente, discutiendo plazos y el avance del foro mientras él estaba fuera.Yo estaba en la cocina, cortando frutas. Organizando cosas pequeñas: un bol aquí, un plato allá. Viviendo. Respirando sin el peso constante en el pecho. Había aprendido a valorar esos momentos, después de años sintiendo el aire enrarecido, como si cada inspiración fuera una lucha. Ahora, era como si el mundo por fin me hubiera dado permiso para existir.
LaísCerré la puerta del despacho de él con un clic suave, casi reverente, como si el sonido pudiera anunciar que, allí dentro, las reglas del mundo exterior ya no valían. Respiré hondo, sintiendo el aire fresco del aire acondicionado mezclado con su olor, ese perfume amaderado que se había pegado a mi piel desde la noche anterior y que ya no conseguía separar de mi propio cuerpo. Atravesé el espacio hasta su mesa despacio, hojeando la carpeta que traía en las manos solo para tener algo que hacer con los dedos inquietos.«Llamé a Branca», avisé, con voz baja, casi confidencial. «Ya le conté lo del divorcio. Ella… lloró de alivio. Fue hermoso».André levantó la mirada de la pantalla del ordenador.La sonrisa que surgió fue lenta, perezosa, pero no era exactamente felicidad lo que iluminaba sus ojos. Era algo más peligroso. Más atento. Sus ojos verdes oscuros se quedaron clavados en mí de una forma que no tenía nada que ver con la conversación sobre su hermana. Era como si me estuviera












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