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Creyeron que rogaría, los dejé sin nada.
Creyeron que rogaría, los dejé sin nada.
Penulis: Cocojam

Capítulo 1

Penulis: Cocojam
—Tus cachorros serán muy fuertes, Luna. —El Gran Sanador observó la ecografía con una mezcla de asombro y admiración. —Su aura es extraordinaria. Sin lugar a dudas, son los herederos más poderosos que he visto en toda mi vida.

Lo escuché en silencio. Mis dedos se aferraban a la tela de mi vestido.

Respiré hondo. Cuando hablé, la voz me tembló.

—Gran Sanador... ¿aún es posible... deshacerme de ellos?

El Gran Sanador me miró horrorizado.

—¡Luna! ¿Te volviste loca? ¡Son los herederos del Alfa! ¿Hablas así por los malestares del embarazo? Tal vez deberías traer al Alfa contigo la próxima vez.

Esbocé una sonrisa falsa.

¿Traer a Viggo?

Seguramente, en ese mismo instante, estaba acompañando a otra loba.

Apoyé una mano sobre mi vientre, que aún permanecía plano. Sentía dos débiles, aunque resistentes, chispas de vida dentro de mí. Un dolor punzante me atravesó el corazón.

Al final, no fui capaz de acabar con mis propios cachorros. Me di la vuelta y abandoné el consultorio del sanador.

En cuanto regresé a la mansión de la manada, donde todos estaban ocupados con los preparativos del Banquete de la Luna Llena, me topé de frente con Viggo.

—Nyxia, qué bien que llegas —dijo—. Quítate esa pulsera. Dásela a Odette.

Por instinto, cubrí la pulsera de la Piedra Corazón de Luna que llevaba en la muñeca.

Fue el último regalo de mi madre.

Cuando era niña y estaba al borde de la muerte, pasó noventa y nueve días arrodillada en el Templo de la Luna, rezando para obtener aquella piedra divina capaz de salvarme.

Era lo único que podía calmar a mi loba cuando perdía el control.

No me la había quitado desde los siete años.

La noche de nuestra ceremonia de unión, Viggo besó esa misma pulsera y me prometió que tanto él como la piedra permanecerían a mi lado para siempre.

—Viggo, esta pulsera...

Hasta yo misma percibí lo tensa que sonó mi voz.

—Sé muy bien lo que es —me interrumpió con una calma escalofriante—. Odette es solo una omega. Está sufriendo mucho por el embarazo. Necesita esa Piedra Corazón de Luna para mantener a su loba estable.

Apreté los puños mientras buscaba alguna emoción en su rostro.

El dolor del vínculo de compañeros volvió a desgarrarme por dentro al ver que toda su atención se centraba en Odette. Fue entonces cuando comprendí que hablaba muy en serio.

Me vio llevarme una mano al pecho, incapaz de soportar el dolor. Su mirada vaciló. Por un instante, creí ver un destello de arrepentimiento en sus ojos oscuros.

Pero, con la misma rapidez, la frialdad volvió a apoderarse de su rostro.

Me sostuvo la mirada.

—En la bóveda de la manada hay muchas joyas. Escoge la que quieras como compensación. Eres una Beta. Tu loba es fuerte. Dásela.

Dásela.

Esa palabra. Otra vez.

Ya había perdido la cuenta de cuántas veces la había escuchado.

Recordé la última vez que mi loba perdió el control. Aun así, me obligué a asistir a un banquete de la Alianza.

De regreso, Viggo me abandonó en medio de la nieve, a cincuenta kilómetros de nuestro territorio, solo porque Odette se quejó de que se sentía mal y quería que él estuviera a su lado de inmediato.

Esa noche caminé durante ocho horas bajo una tormenta de nieve.

Se me entumecieron los pies y cada respiración sabía a sangre.

¿Y él?

Él estaba en una cama cálida, susurrándole palabras de consuelo a su nueva favorita.

Después de recordar todo aquello, terminé cediendo.

No importaba cuánto hiciera, él siempre la elegiría a ella.

Bajé la vista hacia mi vientre. Yo también llevaba a sus cachorros.

—Está bien —dije mientras caminaba hacia Odette. Mi voz apenas era un susurro—. Espero que los proteja a ti y al bebé.

Las manos me temblaban mientras desabrochaba la pulsera.

La Piedra Corazón de Luna brillaba con una suave luz plateada bajo el resplandor de las lámparas de cristal.

Cuando ajusté la pulsera en la muñeca de Odette, Viggo sonrió, satisfecho.

—¿Lo ves? Si simplemente obedeces...

No alcanzó a terminar la frase. La cadena, que siempre había sido irrompible, se partió de repente.

La Piedra Corazón de Luna cayó al suelo y se hizo añicos.

Los fragmentos liberaron una caótica tormenta de energía y una intensa luz plateada inundó el salón.

—¡Ah! —Odette empezó a gritar y se llevó ambas manos al vientre—. ¡Me duele! ¡Mi loba... nuestro cachorro...!

—¡Odette! ¡Llamen al Gran Sanador! —Viggo corrió hacia ella y la envolvió entre sus brazos para protegerla.

Giró la cabeza bruscamente para mirarme. Sus ojos brillaban con un furioso y bestial color dorado. Me veía como si fuera una traidora.

A pesar de toda su frialdad, recordé cómo me abrazaba de esa misma manera cuando me enfermaba y permanecía a mi lado durante tres días y tres noches.

Ahora, los miembros de la manada y nuestros aliados, aquellos a quienes alguna vez consideré mi familia, permanecían inmóviles, observando con indiferencia cómo su Luna era humillada y abandonada públicamente por su Alfa.

Ya no pude soportarlo más. Tomé mi maleta y me dispuse a marcharme.

Pero, al instante, una orden del Alfa me hizo paralizarme. Luego, una fuerza invisible me arrastró hasta los fragmentos de la piedra.

—¡Usa tu sangre para calmar a su loba! ¡Está fuera de control!

Antes de que pudiera reaccionar, Viggo estampó mi palma contra el fragmento más afilado de la Piedra Corazón de Luna. Un dolor insoportable me atravesó.

La sangre brotó de la herida y cayó sobre los cristales rotos.

Milagrosamente, mi sangre logró apaciguar aquella energía caótica.

Los gemidos de Odette comenzaron a disminuir.

Viggo bajó la mirada hacia mí. Solo cuando sintió el dolor de mi loba a través del vínculo de compañeros y vio mi mano ensangrentada, sus dedos se estremecieron ligeramente.

Por fin me soltó.

—Si no ibas a hacerlo de buena gana, no finjas que sí. Todo esto fue culpa tuya. ¿No crees que deberías disculparte?

En ese momento recordé todas las humillantes disculpas del último año.

Disculparme por interrumpir sus citas.

Disculparme porque el tónico calmante que preparé no era del gusto de Odette.

Disculparme por sorprenderlos besándose en su oficina.

Cada vez, el vínculo de compañeros ardía con agonía.

Y cada vez, el resultado era el mismo. Me veía obligada a someterme.

Reprimí el gemido de mi loba y apreté los puños con tanta fuerza que la sangre volvió a brotar de la herida, dejando que el dolor ahogara las ganas de llorar.

Después enderecé la espalda e hice una reverencia. Tres veces.

Una humillante reverencia de sumisión ante una omega.

—¿Es suficiente, Alfa? —Levanté la cabeza. Una sonrisa vacía se dibujó en mi rostro pálido.

Cuando vio mis ojos sin vida, algo pareció oprimirle el pecho.

Me soltó la mano y me sujetó la barbilla, como para disimular su reacción.

—Ahora estás completamente sola. Además de mí, ¿quién te queda? ¿Para quién montas este acto tan arrogante?

Entonces me apartó de un empujón y se giró para levantar a Odette, llevándola en brazos hacia el ala médica.

Ni siquiera evitó el charco de mi sangre. Lo pisó.

Me puse de pie lentamente y contemplé la herida abierta de mi mano.

La Piedra Corazón de Luna de mi madre había quedado destrozada para siempre, igual que nuestros diez años juntos.

Caminé despacio hasta la puerta principal. Al pasar junto a un cubo de basura, metí la mano en el bolsillo y saqué el pañuelo de seda empapado con mi sangre. Tenía sus iniciales bordadas en una esquina.

Abrí los dedos.

El pañuelo cayó dentro del cubo.

Igual que él.

Igual que el amor que alguna vez sentí por él.

Basura.

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