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Capítulo 8

Autor: Violeta Cid Lobera
Aparté el celular de la oreja y colgué.

La pantalla se apagó.

***

Pensé que no podría dormir, pero no fue así. Esa noche me quedé dormida en cuanto toqué la almohada.

Cuando desperté, ya habían pasado de las dos de la madrugada. Me despertó la sed. El invierno del norte es seco y frío, y todavía no terminaba de acostumbrarme.

Bajé a tomar un vaso de agua. Pero, justo cuando iba a subir las escaleras, escuché un ruidito muy leve que venía del baño.

¡Hay un ladrón en la casa! Todo mi cuerpo se tensó al instante. Sentí cómo se me erizaba la piel.

El corazón me dio un vuelco. Contuve la respiración, me quedé quieta un momento, y luego avancé descalza, con cuidado.

Mi celular estaba arriba. Tenía que subir para llamar a la policía.

Pero justo cuando estaba a punto de llegar a las escaleras, la puerta del baño se abrió de golpe.

Se me erizó hasta el cuero cabelludo del susto. Por instinto, agarré el paraguas que estaba a un lado y lo lancé sin pensar. El hombre lo atrapó de inmediato. Antes de que pudiera gritar, me jaló hacia él y me tapó la boca.

Fue entonces cuando, horrorizada, caí en cuenta de que… no llevaba ropa interior. El camisón, sostenido apenas por los tirantes, dejó mi espalda al descubierto, y se pegó directo a su pecho desnudo. Había calor, vapor… y un ligero aroma a verbena húmeda.

¡Carajo! ¡Este ladrón no solo se metió a mi casa, sino que encima anda desnudo!

Temí que me asfixiara. Giré la cabeza y le mordí el antebrazo con todas mis fuerzas, forcejeando desesperada.

Pero su fuerza era demasiado grande. Me sujetó con firmeza y, cuando me di cuenta de que no podía zafarme, me entró el pánico de verdad.

Estaba asustada, furiosa y desesperada. Pensé que, por haberlo descubierto, podría matarme para silenciarme… ¡y mis papás estaban arriba!

Con la voz temblorosa, casi llorando, supliqué:

—No… no me mates. En el mueble junto al balcón está el dinero que mi papá tiene escondido; debe haber unos doscientos dólares. Si no te alcanza, puedo transferirte un poco más, pero no tengo mucho, apenas unos cuantos miles dólares. Agarra el dinero y suéltame; y hacemos de cuenta que esto nunca pasó. Yo esta noche no vi nada, no sé quién eres. Soy joven, ni siquiera he tenido novio ni me he casado… no quiero morirme, por favor.

Escuché una risita apagada junto a mi oído y, al instante siguiente, se encendió la luz de la sala.

Cuando mis ojos se adaptaron a la luz cegadora, vi frente a mí a un hombre joven. Tenía el torso desnudo. Pequeñas gotas de agua resbalaban por sus músculos firmes y bien definidos, bajaban por la cintura y caían al suelo.

Era muy alto. Me sacaba al menos una cabeza; debe haber medido como un metro ochenta y tantos. Frente a él, yo parecía diminuta.

Lo miré unos segundos y dije, con una mezcla de emociones:

—Oye, con esa cara podrías ser modelo o, no sé, irte de acompañante de alguna señora con dinero y ganarte fácil cuatro o cinco mil dólares. ¿Qué se te ocurre venir a robar a mi casa? ¡Si somos pobres!

Sus labios finos, de un tono rosado, se curvaron levemente. Y entonces noté que su voz también sonaba bien.

—Tú eres Celina, ¿verdad? Soy el inquilino de al lado. Se me descompuso el calentador y tu mamá me dijo que podía venir a bañarme aquí. Perdón, te asusté.

Me quedé en blanco un momento. Entonces recordé que, en el camino, mi mamá había mencionado algo sobre que la casa de al lado ya estaba alquilada.

Nuestra familia había comprado dos casitas juntas, frente al mar. En una ciudad pequeña no valían mucho, pero el paisaje era precioso. El balcón daba directo al océano, y con el desarrollo del turismo, poco a poco empezaron a llegar inquilinos.

Sentí tanta vergüenza que quise desaparecer. Con la cara roja hasta las orejas, balbuceé:

—Perdón, yo…

Él hizo un gesto con la mano.

—Fue culpa mía también. Yo también me asusté… y vaya que lo pagué.

En su antebrazo había una marca redonda de dientes, ya empezaba a sangrar.

Me llené de culpa.

—De verdad lo siento mucho. Voy por yodo para desinfectarte.
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