LOGINDespués de renacer, hice todo lo posible por evitar cualquier cruce con Sebastián Luján. Él se inscribió en la universidad más prestigiosa del país. Yo elegí irme a estudiar en el extranjero . Cuando viajó hasta Grandoria para buscarme, me fui todavía más lejos, acepté trabajos como reportera en zonas de conflicto. Años después, regresé a mi país tomada de la mano del hombre que amaba, para celebrar nuestra boda. Sebastián fue detenido en la entrada del lugar, sus ojos estaban enrojecidos, y sólo decía: —¿Por qué… por qué dejaste de amarme?
View MoreAquella silueta alejándose le era demasiado familiar. Dos años atrás, Sebastián también había visto partir así a Valeria, sin poder hacer absolutamente nada para detenerla.Los fuertes brazos del personal de seguridad del aeropuerto lo sujetaban con firmeza. Mientras que a su alrededor, los demás pasajeros lo observaban con miradas de sorpresa, mezcladas con un leve desprecio.Sebastián forcejeaba, gritaba el nombre de Valeria hasta quedarse ronco, pero solo pudo mirar, impotente, cómo aquella figura tan conocida desaparecía al final del pasillo, sin una pizca de vacilación.—¡Valeria…!Al final, lo echaron fuera del interior del aeropuerto. Quedó de pie, desorientado, en medio de la avenida abarrotada de gente.El sol de comienzos de otoño en su ciudad seguía siendo cálido, pero al caer sobre él solo le provocaba un frío que calaba hasta los huesos. Ella realmente se había ido.Más tarde, cuando llegó el momento de presentarse en el Tec de Monterrey, fue su familia quien práctic
La vida en Grandoria era agitada, pero plena.El entorno desconocido, la carga académica pesada y los compañeros provenientes de todas partes del mundo hacían que todo me resultara abrumador, pero también me obligaban a crecer rápido.Me esforzaba por aprender el idioma, pasaba horas en la biblioteca y participaba en discusiones grupales. Mis días estaban completamente llenos. A veces, en medio de la noche, recordaba cosas del pasado, pero ese dolor ya se iba volviendo cada vez más leve.Cuanto más aprendía, más convencida estaba de que quería ser periodista. Aunque no exactamente como mi mamá, yo quería convertirme en corresponsal de guerra, para revelar el lado más oscuro del mundo.Hasta que llegó un fin de semana cualquiera. Salí de la biblioteca con algunos compañeros y nos disponíamos a ir a sentarnos a una cafetería del centro de la ciudad. El cielo de San Alda siempre estaba cubierto de nubes grises; el viento, cargado con la humedad de los canales golpeaba mi rostro, hacía
Sobre el escritorio todavía había una caja elegante y delicada. Dentro estaban algunos pequeños detalles que Sebastián me había regalado a lo largo de estos años, junto con un grueso montón de cartas que me había escrito.Abrí la caja, le eché un vistazo y, sin dudarlo, la tomé entre mis brazos. Caminé hasta el basurero del patio y lo boté todo. .—¿Valeria, tú…?Mamá estaba parada en la puerta, mirándome sorprendida.—Son cosas inútiles, es mejor botarlas.Me sacudí las manos y lo dije como si no fuera nada. En ese instante, mi mamá se acercó y me abrazó suavemente.—Hiciste bien, ahora hay que seguir adelante.Los días antes de viajar a Europa pasaron volando. Aproveché el tiempo para reunirme con amigos, acompañé a mi familia y además preparé el equipaje.A propósito, evitaba enterarme de cualquier cosa relacionada con Sebastián y Camila. Solo supe que Sebastián intentó comunicarse conmigo muchas veces, pero siempre sin éxito.El día que se enteró de que había tirado los reg
¿Quieren que haga de niñera, igual que en mi vida pasada? Ni lo sueñen.Pensando eso, me lancé hacia adelante y, frente a Sebastián, le di a Camila una bofetada brutal. Luego los clavé con la mirada y les dije:—Recuérdenlo bien, ahora sí lo hice yo.Esa bofetada, la descargué con toda la fuerza de mi rabia, hizo que la mejilla de Camila se hinchara de inmediato. El dolor fue tan intenso que su cuerpo entero comenzó a temblar sin control.—¡Valeria, tú…!La voz de Sebastián estaba cargada de una ira incrédula.—¿Cómo te atreves? ¿Delante de mí ya ni te molestas en fingir, verdad?Respiré hondo y hablé con calma:—¿Fingir qué? Yo solo la golpeé de forma clara y directa, delante de tus ojos. Ya que igual iba a ser acusada injustamente, mejor hacerlo realidad.Me incliné, recogí mi mochila, le sacudí el polvo y me la colgué al hombro.—Sebastián, llévate a tu Camila y manténganse lejos de mí.Le dije mirándolo fijamente a los ojos. —Con solo verlos me dan ganas de vomitar.D






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