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—Estemos juntos. Sé que me quieres. De ahora en adelante te daré todo lo que quieras. No voy a estar con nadie más. Vuelve conmigo.Lo miré un momento. No pude evitar pensar: si me lo hubieras dicho hace unos meses, si esa frase me la hubieras soltado antes, habría sido la persona más feliz del mundo.Lo quise durante tantos años. En esos diez años me cansé, lloré, me rompí por dentro, pero nunca dejé de amarlo. Al fin tenía lo que había soñado: Antonio por fin me correspondía.Y aun así, lo único que sentí fue una risa amarga en el pecho. Una fatiga imposible de explicar me apretó el pecho.Negué con la cabeza.—No.Antonio me agarró de los hombros, con fuerza. Se le frunció el entrecejo, y se le encendió algo desesperado en la mirada.—¿Por qué? ¿Te atreves a decir que no me quieres?Le sostuve la mirada.El hombre al que amé durante diez años, el chico que se volvió adulto, su cara no había cambiado tanto, pero yo sentía que el mundo sí.Y por primera vez lo supe con claridad: ya no
—Ay, qué lástima, entonces, cuando sea nuestra boda, tú también tienes que venir, ¿eh?No tenía ganas de jugar a las indirectas con ella. Le respondí por compromiso:—Ajá… si puedo.Durante toda la comida, Antonio no encontraba cómo presumir su amor. Que si le servía comida a Marcela, que si le llenaba el vaso, que si se pegaban el uno al otro, empalagosos, como si quisieran que todos lo vieran.Antes eso me habría dolido. Pero esa noche, lo único que me daba vueltas en la cabeza era el beso de Bernardo.¿Qué significaba? ¿Le gustaba yo? ¿Y yo lo quería a él?Mientras tanto, Antonio seguía cada vez más encimoso. Marcela al principio sonreía, hasta que Antonio le dio a probar un pedazo de carne de res y de repente se le borró la expresión.Dijo, tensa:—Antonio, soy alérgica a la carne de res. ¿Se te olvidó?Antonio se quedó helado. Iba a hablar, pero en ese momento se armó el escándalo en otra parte del salón.En la mesa de la familia, los del novio estaban molestos porque los de la no
Estos días también había investigado un poco. Resultó que Bernardo era en realidad un pintor brillante, muy reconocido en el ambiente. Una sola obra suya no bajaba de cinco cifras en dólares.Incluso, una pintura suya se había subastado en el extranjero por seiscientos mil dólares.—¿Y qué estás pintando últimamente? Nunca te he visto pintar —le pregunté.Bernardo bajó la mirada hacia mí.—No te voy a decir.—Entonces ni me digas. ¿Crees que me muero de ganas por saberlo? Qué creído eres —puse los ojos en blanco.El viento del mar, frío y húmedo, se colaba hasta los huesos. Después de tantos años en el sur, ya no estaba acostumbrada a un invierno así.Me froté las manos y soplé aire caliente.Bernardo se burló:—Te dije que te abrigaras más. Tú nomás pensabas en verte bonita. ¿Y ahora sí tienes frío, no?Lo miré de reojo.—Un hombre normal ya se habría quitado el abrigo para dárselo a la mujer. ¿Eres hombre o qué?La verdad, yo no solía hablar así. Mis amigos siempre decían que tenía b
Fue la primera vez que le pegué, y la primera vez que le grité así.Antonio se quedó parado, sin moverse, con una expresión vacía como si no entendiera.En ese momento sonó su celular. Contestó.Del otro lado se escuchó la voz de Marcela:—Antonio, ¿a dónde fuiste? Me empezó a doler muchísimo el estómago, estoy en el hospital. ¿Puedes venir? ¿Puedes acompañarme?Antonio no dijo nada. Colgó.Pasó un largo rato; entonces habló, bajito:—Celina, si me dices que me quede, ya no me voy.Me limpié las lágrimas con la mano. Mi voz salió tranquila, ya sin fuerza.—Vete. Y no me busques más.Antonio me miró por última vez. En sus ojos solo había una oscuridad pesada.—Está bien —dijo—. Celina, después no digas que no te lo advertí.Y se fue, azotando la puerta.***No sabía por qué Antonio había montado todo eso.Pensándolo bien, quizá era porque yo siempre había vivido pendiente de él. Ahora que de pronto me fui, simplemente no se había acostumbrado. Tal vez, en su cabeza, aunque no me quisier
Hasta que Bernardo me preguntó:—Celina, ¿y hoy a dónde vamos a pasear?Antonio dejó los cubiertos sobre la mesa, miró a Bernardo con frialdad.—Perdón, ¿y tú quién eres?La pregunta sonó bastante grosera. Bernardo no se molestó. Sonrió, tranquilo, como si le diera igual.—Ah, yo vivo aquí.Se le descompuso la cara a Antonio.***Esa comida me tuvo con los nervios de punta, como si estuviera sentada sobre alfileres. En cuanto terminamos, tomé a Antonio del brazo y me lo llevé arriba.—¿Qué demonios viniste a hacer? —fruncí el ceño—. ¿No se supone que estabas de vacaciones en la playa con Marcela?Antonio apartó la mirada.—Ya no quise ir.Y de pronto se fue encendiendo, como si de verdad le molestara. Se zafó de mí y me soltó, casi a modo de reclamo:—¿Por qué te regresaste acá así, de golpe? ¿En Solan ya no te alcanza para vivir? ¿No tienes casa? ¿No tienes auto? Yo te doy dinero. Tengo casa, tengo auto, tengo todo. ¡Si vuelves, te lo doy todo!Lo miré.Esa arrogancia afilada en el ar
A mi mamá casi se le partió el corazón.Me señaló a mí, como si yo fuera un servicio público.—Ella está en la casa sin hacer nada todo el día. Que salga contigo a dar una vuelta.Bernardo sonrió, satisfecho.—Gracias, Juana.Yo, a un lado, puse los ojos en blanco.Este tipo… ¡Bernardo sí que era mañoso!***A la mañana siguiente me arreglé rápido. En teoría, después de desayunar iba a salir con Bernardo a dar una vuelta. Mi mamá seguía ocupada en la cocina cuando tocaron la puerta."Seguro es Bernardo otra vez, viniendo a comer", pensé.Fui a abrir con cara de pocos amigos.—¿Otra vez vienes a comer gratis?La frase se me atoró en la garganta y abrí los ojos de golpe.El que estaba afuera era Antonio.Llevaba un abrigo negro; tenía los hombros cubiertos de nieve. Al parpadear, la nieve derretida le humedeció las pestañas.—Tú… —balbuceé— ¿qué haces aquí?—Vine a traerles regalos de Año Nuevo a tus papás. Ya aceptaste los míos, así que ahora también deberías darme uno, ¿no?Mi mamá sal







