เข้าสู่ระบบCuando Sebastián Spencer le pidió matrimonio, Evelyn creyó haber encontrado al amor de su vida. Pero días después, él desapareció y terminó casándose con otra mujer, destrozando todos sus sueños. Embarazada y con el corazón roto, Evelyn decide alejarse para criar sola a su hijo. Cuatro años más tarde, Sebastián regresa arrepentido y descubre que Alan es su hijo. Decidido a recuperar a su familia, deberá enfrentarse a los secretos, las mentiras y a la poderosa familia Spencer, mientras intenta ganarse el perdón de la única mujer que nunca dejó de amar. Entre traiciones, secretos y segundas oportunidades, Evelyn tendrá que decidir si algunas heridas pueden sanar… o si hay errores que ni el amor ni el arrepentimiento son capaces de borrar.
ดูเพิ่มเติมAntes de salir, me miré una última vez en el espejo. Aquella noche quería verme perfecta para él. Me coloqué un vestido azul ceñido que resaltaba mi figura. Había pasado toda la tarde en el salón de belleza; me recogieron el cabello hacia un lado en un peinado que, después de mirarme al espejo, sentí exagerado para mi gusto. Me hicieron un maquillaje sobrio con tonos claros que hacían que mis ojos cafés parecieran más grandes y profundos.
Quería que, cuando Sebastián me viera, se quedara absorto y no pudiera apartar la mirada de mí. Él me había invitado a cenar a uno de los lugares más lujosos de la ciudad, y yo no podía ocultar la emoción que me carcomía por dentro. A las siete en punto, un automóvil negro de alta gama se detuvo frente a mi casa. Sebastián siempre era muy puntual. Provenía de una de las familias más adineradas de la ciudad, dueños de una importante compañía con varias sedes en el extranjero. Yo, en cambio, era solo una empleada de banco que lidiaba todo el día con clientes malhumorados por un sueldo promedio, y vivía una vida común en un barrio donde la pintura de las casas ya se estaba cayendo y las calles estaban sin arreglo. A veces me preguntaba qué había visto Sebastián en mí. Como ya estaba lista y no quería que se quedara esperando afuera, salí de prisa en cuanto escuché el motor en la entrada. Él bajó del automóvil. Lucía impecable con su traje que se notaba costoso. Alto, elegante e imponente. Era de esos hombres que parecen sacados de una película de Hollywood: muy llamativos a los ojos de cualquier mujer. —Buenas noches, cariño. Se acercó con un espléndido ramo de rosas rojas en su mano, me tomó de la cintura con ambas manos y me atrajo hacia él para darme un beso en los labios. —Te ves bella. No tengo palabras. Me ruboricé al instante. Ese hombre siempre me hacía temblar. —Gracias... Tú también te ves muy guapo —le susurré al oído. Giré un poco la cabeza y, de reojo, podía ver el movimiento de las cortinas de los vecinos. La señora Marta y las mujeres de la esquina estaban pegadas al vidrio; no nos quitaban la mirada. No las culpaba. Sebastián y su auto alemán eran el atractivo del año en este barrio. A lo lejos, nos pareció escuchar una risita detrás de una ventana cercana. Él se dio cuenta y sonrió, luego entrelazó sus dedos con los míos y me abrió la puerta del copiloto. —¿Lista para nuestra cita? —Más que lista. El trayecto transcurrió con música suave en el auto. A él le encanta la música clásica. Mi mano estuvo sobre su rodilla durante todo el viaje. Al llegar al restaurante, entendí por qué tanto misterio. Era un lugar magnífico; se notaba costoso. La iluminación era muy íntima, los arreglos florales eran enormes y perfectos. La música provenía del fondo de un piano de cola. Me sentí pequeña y un poco incómoda; no sabía de etiqueta y me dio un poco de pánico equivocarme. Sebastián había reservado una mesa privada en la esquina más apartada, lejos de las miradas de los otros comensales adinerados. Apenas nos acomodamos, un mesero apareció con una botella de champaña. La abrió sin hacer ruido y nos sirvió el líquido dorado en las copas. Sebastián tomó su copa y me miró con esos ojos claros que siempre lograban desnudarme el alma; luego, la levantó un poco. —Hoy brindo por la mujer más fascinante que he conocido... la única capaz de hacer que mi corazón lata con más fuerza cada vez que la veo. Sentí que mi estómago se llenó de mariposas. Él siempre me hacía sentir feliz y la mujer más importante de su vida. Luego chocamos las copas con un tintineo limpio. —Salud —respondí, mientras mi mano temblaba un poco por los nervios. La cena fue perfecta. El vino nos aflojó las tensiones y terminamos riendo a carcajadas de las anécdotas de mi infancia y las quejas absurdas que a veces recibía en el banco. Él me habló de la presión de los nuevos proyectos de la empresa en Europa. Sin embargo, hubo algo que ninguno quiso tocar: sus padres. Recordé la última cena con ellos. Habían sido exageradamente correctos, fríos como el hielo. Yo sabía que para una dinastía como la suya, la novia perfecta de Sebastián debía tener un apellido de alcurnia o una cuenta bancaria millonaria. Yo no tenía nada de eso. Yo era Evelyn McKensy, la hija de un profesor de escuela pública y una costurera de barrio. Sus silencios prolongados y la forma en que su madre me miraba las manos —buscando algún defecto— lo decían todo. Me aceptaban solo porque Sebastián me había elegido y porque sabían que él no permitiría que nadie decidiera por él. Cuando el mesero retiró los platos principales, el ambiente del restaurante cambió. A los pocos minutos, un pequeño grupo de músicos con violines y un violonchelo comenzó a avanzar lentamente hacia nosotros, tocando una cautivadora melodía suave que me erizó la piel. Fruncí el ceño, sintiéndome confundida. —¿Qué está pasando...? —comencé a decir, pero las palabras se me atoraron en la garganta. Sebastián no respondió. Se levantó despacio de su silla, dio un paso hacia mí y, para mi sorpresa, se arrodilló sobre una rodilla. El restaurante entero tenía los ojos puestos en nosotros y todos guardaban silencio. Con la mano temblorosa —un detalle que me conmovió porque jamás lo había visto así de nervioso—, sacó del bolsillo interior de su saco una cajita de terciopelo azul oscuro. La abrió despacio. Dentro había un precioso y delicado anillo de diamantes. El pulso se me aceleró tanto. Me llevé ambas manos a la boca, intentando contener un grito de sorpresa, mientras mis ojos se abrían de par en par. Mis palmas estaban sudando y el corazón me golpeaba las costillas. Esto no puede ser real, pensé. Sebastián levantó la vista con determinación. Yo lo miraba conmovida desde arriba. —Evelyn McKensy... ¿quieres casarte conmigo? ¿Quieres convertirte en mi esposa y compartir el resto de tu vida conmigo? —su voz temblaba. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Jamás imaginé algo así; me tomó por sorpresa, ya que llevábamos casi un año saliendo y, para mí, estar a su lado ya era suficiente. Todo el restaurante permanecía en silencio, esperando mi respuesta. Solo se escuchaban los delicados acordes de los músicos que acompañaban aquel instante que jamás olvidaría. De reojo, vi a una mujer en otra mesa que se tapaba la boca, emocionada, esperando mi reacción. Por un instante pensé en su familia y en la reacción que tendrían al enterarse, pero luego vi esos ojos insistentes que me miraban con amor. De verdad lo amaba más que a nada; no me importaba su fortuna ni su dinero, él era lo más importante en mi vida. Respiré profundo, con los ojos aguados y las manos temblorosas. Lo miré fijamente y finalmente respondí: —Sí. Acepto. Él sonrió, se levantó de golpe y me abrazó. Estaba tan emocionado que sus corpulentos brazos elevaron mi pequeña figura por los aires. Me besó con ternura, en medio de los aplausos de las personas que nos miraban conmovidas. Celebramos toda la noche. Yo no dejaba de mirarme la mano; no podía creer que ahora sería la señora Spencer. Esa misma noche, Sebastián me llevó a su penthouse. Era un lugar elegante, cálido y lleno de tranquilidad. Apenas cruzamos la puerta, una suave sonrisa apareció en sus labios. —Confía en mí —susurró. Antes de que pudiera preguntarle qué estaba planeando, cubrió mis ojos con delicadeza con un listón y tomó mi mano para guiarme. Caminamos despacio hasta detenernos frente a una puerta. Cuando apartó sus manos, contuve el aliento. La habitación estaba iluminada únicamente por la tenue luz de decenas de velas. Sobre la cama habían pétalos de rosas cuidadosamente esparcidos, y junto a la ventana, una pequeña mesa sostenía dos copas de cristal y una botella de champaña esperando ser descorchada. Todo era tan hermoso que sentí un nudo en la garganta. —¿Te gusta? —preguntó. Lo miré con los ojos brillantes. —Es perfecto. Aquella noche nos dejamos llevar por el amor que habíamos construido durante tanto tiempo. Aunque ya estábamos comprometidos y aún no habíamos fijado la fecha de la boda, nuestros corazones necesitaban regalarse aquel instante, como una promesa silenciosa de todo lo que vendría después.Salí corriendo del cuarto de servicio. Mientras avanzaba rápido por el pasillo, intentaba abotonarme la blusa con dedos torpes debido al temblor de mis manos. Iba tan distraída que choqué de frente con Irma, la ama de llaves.Irma dio un paso atrás, frunció el ceño con evidente molestia y me reclamó de inmediato:—¡Carajos, niña! Fíjate por dónde vas —dijo mientras se acomodaba el uniforme con molestia.—¿Dónde estabas? Llevo mucho tiempo buscándote. No debes estar perdiendo el tiempo aquí.Terminé de ajustar el último botón de mi blusa, tratando de recuperar el aliento, y respondí rápido:—Lo siento . Estaba en el baño.Irma me observó de arriba abajo con desconfianza. Guardó silencio un segundo antes de hablar con tono seco:—Debes ir a la cocina y ayudar a preparar la cena ahora mismo. Eleonor y Laura, la señora de la casa, son muy exigentes. Todo tiene que quedar perfecto esta noche.Entré a la cocina y me lavé las manos. Saqué las tablas, el cuchillo y las verduras y tubérculos.
A la mañana siguiente, estaba de rodillas en el vestíbulo principal limpiando el piso de mármol. Me había tomado dos horas dejarlo impecable.Las puertas principales se abrieron y entró Laura, la esposa de Sebastián. Era una mujer hermosa y con clase. Había estado fuera del país. El mayordomo se apresuró a ayudarle con las maletas.Al verla, un dolor agudo me atravesó el pecho. La recordé exactamente así, justo como la vi en la iglesia el día que Sebastián se casó con ella. Aquella tarde, escondida entre las bancas del fondo, verlos de pie en la entrada de la iglesia jurandose amor eterno fue el momento exacto en que mi corazón se terminó de partir en dos. Verla hoy aquí, dueña de la casa y del hombre que alguna vez me prometió el cielo, revivió esa misma agonía. Yo era una sombra en el suelo; ella era la reina legítima.Eleonor bajó rápido las escaleras, emocionada por recibirla. Caminó directo hacia ella, cruzándose por el piso limpio que yo apenas había terminado. Sus tacones dejar
Caminé hacia el fondo del pasillo de servicio. Era estrecho y oscuro. En la última puerta a la izquierda estaba mi habitación. El cuarto tenía una cama individual, una mesa de noche y un armario pequeño. Dejé las maletas en el piso.Abrí el armario. Colgado en el centro estaba el uniforme: un vestido azul marino de tela gruesa y un delantal blanco. Ver esa ropa me dejó claro lo que venía. Eleonor solo quería verme vestida como la servidumbre para demostrarme quién mandaba. Saqué mi ropa de las maletas, la guardé rápido y me puse el uniforme.La tela rígida me incomodaba. Mientras me abotonaba el vestido, no pude evitar recordar que hace un tiempo atrás entraba a esa casa por la puerta principal, tomada de la mano de Sebastián y como su prometida. Todos me recibían con sonrisas fingidas y falsas cortesías. Ahora entraba por la cocina, oculta en el área de servicio y con el uniforme de una empleada más. Pero necesitaba ver a mi hijo.Salí del cuarto y fui hacia la cocina. Al empujar la
Al día siguiente, a las siete de la mañana, terminé de meter mi vida en dos maletas viejas. Estaba en la pequeña sala de la casa de mi abuela, rodeada por el olor a café que ella preparaba en la cocina. El pecho me dolía físicamente, como si tuviera un peso enorme aplastándome las costillas. Cada prenda de ropa que guardaba se sentía como una renuncia. Estaba cediendo, entregándome al hombre que me había robado a mi hijo.Apenas llevaba unos días de regreso de aquel pueblo donde me había escondido, el lugar al que huí con Alan buscando desesperadamente una escapatoria, un refugio que Sebastián destruyó en un parpadeo. Mi abuela salió de la cocina con una taza de café, pero no me la ofreció. Se limitó a dejarla en la mesa y me miró las manos temblorosas. Sus ojos, gastados por los años, estaban llenos de una tristeza profunda que me partió en dos.—No tienes que hacer esto, Evelyn —dijo, con la voz quebrada—. Ese hombre es un monstruo. Te va a destruir la poca dignidad que te queda.L


















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