登入Durante cinco años, Evelyn Carter vivió como la esposa perfecta de Adrian Sinclair. Recordaba todas las reuniones que él olvidaba, cuidaba de la familia que él rara vez visitaba y amaba en silencio al hombre que nunca la había amado. Su matrimonio no era más que un contrato. Evelyn lo sabía desde el principio. Aun así, creyó que, si le daba suficiente tiempo, paciencia y devoción, algún día lograría conquistar su corazón. Se equivocó. Cuando regresa el primer amor de Adrian, él le entrega de manera natural todo lo que jamás le ofreció a su esposa: su atención, su confianza e incluso los privilegios que solo deberían pertenecer a la señora Sinclair. Entonces, Evelyn descubre por accidente un documento que lo cambia todo. Vencimiento del Contrato Matrimonial. Quedan Cien Días. En lugar de suplicarle que se quede, comienza su propia cuenta regresiva. Con cada día que pasa, se va borrando en silencio de la vida de Adrian mientras reconstruye la brillante carrera que abandonó por él. La ama de casa olvidada, a quien todos despreciaban, está a punto de revelar el genio que el mundo nunca supo que existía. Pero cuando la mujer que siempre lo esperaba deja de hacerlo, Adrian comienza a notar el silencio que ella ha dejado tras de sí. Para cuando se da cuenta de que se ha enamorado de su esposa, Evelyn ya ha planeado un futuro en el que él ya no tiene cabida. Con solo cien días antes del divorcio, ¿podrá Adrian recuperar a la mujer que nunca supo que necesitaba, o su mayor arrepentimiento será haber perdido para siempre al amor de su vida?
查看更多La lámpara de araña de cristal que colgaba sobre el gran comedor de la mansión Sinclair proyectaba un cálido resplandor dorado sobre la pulida mesa de mármol, iluminando una cena que se había enfriado mucho antes de que alguien se sentara a comer. Cada plato había sido preparado cuidadosamente según los gustos de Adrian Sinclair. La lubina a la parrilla estaba sazonada exactamente como a él le gustaba. La sopa de champiñones seguía intacta. Incluso la botella de vino tinto había sido descorchada treinta minutos antes para que respirara antes de la cena.
Evelyn Carter permanecía de pie junto a la mesa, rozando con la punta de los dedos el borde de un plato de porcelana mientras dirigía una mirada al antiguo reloj de pie situado en un rincón.
Las ocho y media.
Sonrió para sí misma, aunque aquella sonrisa nunca llegó a sus ojos.
Cinco años atrás, habría llamado al asistente de Adrian para preguntar si otra reunión de emergencia lo había retrasado. Se habría preocupado por si había olvidado comer. Habría insistido en que la cocina mantuviera todos los platos calientes hasta su llegada.
Ahora simplemente miraba el reloj y aceptaba el silencio.
Los sirvientes ya se habían retirado después de que ella les asegurara que no era necesario seguir esperando. La mansión, a pesar de su impresionante elegancia y de sus innumerables habitaciones, siempre se sentía extrañamente vacía cuando Adrian no regresaba.
Evelyn caminó hacia el gran ventanal que daba al horizonte iluminado de la ciudad. Miles de luces brillaban contra la oscuridad de la noche. Detrás de cada ventana había otra familia, otra pareja, otra vida.
A menudo se preguntaba si el amor tendría un aspecto diferente dentro de aquellos hogares.
Su propio matrimonio nunca se había parecido a los cuentos de hadas en los que alguna vez creyó.
Cuando se casó con Adrian Sinclair cinco años atrás, comprendía perfectamente que era un matrimonio por contrato organizado para cumplir el último deseo de su abuelo. Sabía que él no la amaba. Nunca había fingido lo contrario.
La noche de su boda, Adrian habló con una sinceridad serena en lugar de ofrecer falsas promesas.
«No puedo ofrecerte amor. Si eso es lo que esperas, deberías reconsiderar este matrimonio antes de que empiece.»
Recordó haber sostenido la mirada de aquellos firmes ojos grises y responder con una sonrisa que ahora le parecía dolorosamente ingenua.
«No te estoy pidiendo que me ames hoy.»
Había creído que la bondad podía convertirse en cariño.
Había creído que la paciencia podía ablandar incluso el corazón más frío.
Y, sobre todo, había creído que cinco años serían suficientes.
Aquella noche se cumplían exactamente cinco años desde aquella conversación.
Su aniversario de bodas.
Solo pensarlo hizo que sintiera un nudo en el pecho, aunque hacía mucho tiempo que había aprendido a ocultar la decepción de todos, incluso de sí misma.
La suave vibración de su teléfono rompió el silencio.
Su corazón se llenó de esperanza de manera instintiva.
Quizás Adrian lo había recordado después de todo.
Quizás la llamaba para decirle que ya iba de camino a casa.
Tomó el teléfono de inmediato.
La sonrisa desapareció en cuanto leyó la notificación.
No era de Adrian.
Era una actualización publicada en las redes sociales por Isabella Hart.
Evelyn se quedó inmóvil contemplando la fotografía que ocupaba toda la pantalla.
La imagen mostraba a Adrian de pie junto a Isabella en un elegante restaurante con vista al río. Isabella reía mientras sostenía un hermoso pastel de cumpleaños decorado con esmero. Adrian, que rara vez aparecía en fotografías, la miraba con una expresión que Evelyn jamás había visto dirigida hacia ella.
Comodidad.
Tranquilidad.
Una familiaridad construida mucho antes de que Evelyn entrara en su vida.
El mensaje que acompañaba la fotografía era dolorosamente sencillo.
«Gracias por hacer que mi primera noche de regreso a casa fuera tan especial. Hay personas que nunca olvidan sus promesas.»
En cuestión de minutos, ya habían aparecido cientos de comentarios.
«Hacen la pareja perfecta.»
«Debieron haberse casado hace años.»
«El verdadero amor siempre encuentra el camino de regreso.»
Evelyn bloqueó la pantalla del teléfono en silencio antes de leer un comentario más.
Su reflejo en el cristal oscuro de la ventana le resultó extrañamente desconocido.
Seguía llevando el vestido azul claro que Adrian había mencionado una vez, casi por casualidad, que le sentaba mejor que los colores más llamativos. Los pendientes de plata que llevaba puestos los había elegido porque él no soportaba los accesorios demasiado llamativos. Incluso su largo cabello permanecía recogido con pulcritud porque él prefería la sencillez.
En algún momento del camino, poco a poco se había convertido en alguien moldeada por las preferencias de otra persona.
Le costaba recordar quién había sido antes de convertirse en la señora Sinclair.
El reloj dio las nueve.
Su profundo sonido resonó por todo el comedor vacío.
Evelyn regresó a la mesa y colocó con delicadeza la tapa de plata sobre la cena intacta de Adrian.
Después, con la serenidad adquirida tras años de costumbre, le indicó al ama de llaves que guardara toda la comida en el refrigerador antes de subir silenciosamente las escaleras.
No se quejó ni una sola vez.
No preguntó por qué él había decidido pasar el aniversario de su boda celebrando el regreso de otra mujer en lugar de volver a casa.
Sin embargo, muy en el fondo de su corazón, algo que había sobrevivido durante cinco largos años de esperanza silenciosa finalmente empezó a resquebrajarse.
Evelyn entró en la habitación principal y cerró la puerta en silencio detrás de ella. La amplia estancia lucía exactamente igual que cada noche durante los últimos cinco años, impecable, elegante y extrañamente sin vida. El lado de la cama de Adrian permanecía perfectamente tendido porque rara vez regresaba antes de la medianoche y, en muchas ocasiones, dormía en la habitación de invitados después de trabajar hasta el amanecer. Su ausencia aquella noche no tenía nada de inusual, pero la fecha marcada en el calendario convertía una decepción cotidiana en algo que ya no podía seguir ignorando.
Caminó hasta el tocador y se quitó lentamente los pendientes de plata. Habían sido uno de los primeros regalos que Adrian le dio después de casarse. No los había elegido porque conociera sus gustos. En cambio, los escogió porque su secretaria comentó que combinaban con la imagen que se esperaba de la señora Sinclair en los eventos de negocios. En aquel entonces, Evelyn los había atesorado como si escondieran un afecto secreto. Ahora, al mirar hacia atrás, comprendía que no habían sido más que otra responsabilidad que él había cumplido con eficiencia, tan impersonal como pagar una factura o firmar un documento.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos antes de que el ama de llaves entrara con una pequeña caja de terciopelo entre las manos.
«Señora, la floristería entregó esto más temprano. Dijeron que era por su aniversario.»
Durante un breve instante, la esperanza volvió a traicionarla.
Tomó la caja con cuidado, despidió al ama de llaves con una sonrisa agradecida y esperó a quedarse sola para abrirla.
En el interior descansaba una elegante pulsera de diamantes acompañada de una tarjeta impresa.
«Feliz aniversario. Lamento no haber podido asistir a la cena.»
«Adrian.»
No había ningún mensaje escrito a mano.
Ninguna disculpa más allá de aquellas cuatro palabras impresas.
Ninguna mención de pasar el día siguiente juntos.
Ninguna promesa de compensar la ausencia de aquella noche.
La pulsera era deslumbrantemente costosa y, sin embargo, le pareció más fría que el suelo de mármol bajo sus pies.
Evelyn cerró la caja con delicadeza y la guardó en un cajón sin siquiera probársela. Durante los últimos cinco años había recibido muchos regalos hermosos, pero no podía recordar ni uno solo que hubiera sido elegido porque reflejara quién era ella en realidad.
Su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un mensaje del propio Adrian.
«Tengo otra reunión después de la cena. No me esperes despierta.»
Permaneció varios segundos observando la pantalla antes de responder con calma.
«Entendido. Conduce con cuidado.»
Después de enviar el mensaje, dejó el teléfono boca abajo sobre el tocador y se permitió el lujo de quedarse completamente en silencio.
Ya no esperaba explicaciones.
Ya no buscaba un cariño oculto entre palabras cuidadosamente elegidas.
Mientras dirigía la mirada hacia la fotografía de su boda enmarcada sobre la estantería, advirtió algo que nunca antes había querido admitir por completo.
En aquella imagen, ella sonreía con todo el corazón.
Adrian simplemente estaba de pie a su lado.
No sonreía.
No parecía infeliz.
Simplemente estaba allí.
Tal vez la verdad siempre había estado presente desde el principio.
Ella había confundido el compromiso con el amor, la responsabilidad con la devoción y la cortesía silenciosa con el afecto.
Afuera, el sonido lejano de un automóvil atravesó las puertas de la mansión.
Evelyn se volvió instintivamente hacia la ventana, convencida de que Adrian por fin había regresado a casa.
Unos segundos después, una nueva notificación iluminó el teléfono que había olvidado sobre el tocador.
Isabella había publicado una segunda fotografía.
Esta vez, Adrian la ayudaba a subir a su automóvil mientras extendía una mano para protegerla de la lluvia.
Evelyn bajó la mirada y, por primera vez desde que se convirtió en la señora Sinclair, dejó de buscar excusas para el hombre al que amaba. En algún rincón profundo de su corazón, el último y frágil hilo de esperanza terminó por aflojarse y, aunque todavía no había decidido marcharse, por fin comprendió que no podía pasar el resto de su vida esperando un amor que nunca le había pertenecido.
La pantalla iluminada del monitor del hospital proyectaba una tenue luz verde sobre la habitación silenciosa. Me quedé mirando el mensaje oculto escrito en un inglés sencillo. Las palabras parecían pesadas y densas. Alguien quería que cuestionara los cimientos mismos de la obra de mi vida. Volví la cabeza y miré a Adrian. Tenía los anchos hombros tensos. Se negaba a encontrarse con mi mirada y prefería contemplar la ventana oscura. Las estridentes alarmas del hospital finalmente habían enmudecido, pero un nuevo y ensordecedor caos estaba estallando dentro de mi mente.«Adrian», volví a preguntar, con una voz apenas más alta que un susurro. «¿Qué significa este mensaje? ¿Quién financió realmente la investigación de Brooks Biomedical? Siempre creí que el fideicomiso corporativo Sinclair había aprobado mi subvención médica hacía cinco años».Adrian respiró muy lentamente. Se volvió y me miró con una profunda tristeza en sus ojos oscuros. Ya no parecía un poderoso ejecutivo. Parecía un ho
La pantalla iluminada de mi teléfono móvil alumbraba mi oscuro dormitorio. Miré fijamente el mensaje urgente del doctor Aris con los ojos muy abiertos. Los marcapasos estaban fallando otra vez. Una fría oleada de puro terror recorrió mi piel. Apenas unas horas antes, habíamos desconectado manualmente los monitores beta de la red central del hospital. Se suponía que los cuarenta y cinco pacientes estaban completamente seguros gracias a sus circuitos analógicos internos. Presioné el botón verde de llamada y apreté el teléfono contra mi oído.El doctor Aris respondió antes de que terminara el primer tono. El estridente sonido de las alarmas de emergencia resonaba a través del altavoz.«¡Evelyn!», gritó Aris por encima del aterrador ruido. «Los circuitos analógicos se están deteriorando rápidamente. Los marcapasos están perdiendo su ritmo constante. Los pacientes están sufriendo arritmias graves».«¿Cómo es posible?», exigí mientras salía corriendo de mi dormitorio. «La conexión a la red
La cálida luz del sol de la tarde se filtraba a través de los altos ventanales del laboratorio de Brooks Biomedical. Terminé de almorzar con Reuben y lo acompañé hasta las puertas del vestíbulo principal. Nos prometimos mantenernos en contacto ahora que había regresado a vivir a la ciudad. Volver a ver a un viejo amigo me brindó una sensación de familiaridad y consuelo en medio de mi ajetreado día. Regresé a mi escritorio de madera y concentré mi atención en los monitores de la computadora, cuyas pantallas brillaban frente a mí. Los datos de los ensayos clínicos del Hospital Westbridge Memorial se mantenían perfectamente estables. Los cuarenta y cinco pacientes se estaban recuperando maravillosamente gracias a sus circuitos analógicos internos. Respiré lentamente y sonreí.Daniel pasó toda la tarde realizando entrevistas virtuales con los mejores candidatos a ingenieros de diferentes partes del mundo. Permaneció sentado en su tranquila oficina, formulando preguntas técnicas brillantes
El estéril pasillo del hospital parecía completamente helado mientras sostenía el teléfono móvil contra mi oído. La voz alegre al otro lado de la línea pertenecía a un fantasma de mi lejano pasado. Reuben había sido mi amigo más cercano durante los últimos años de universidad. Fue quien alentó mi interés inicial por la biología celular. Se marchó al otro lado del mundo cinco años atrás, justo antes de que me casara con Adrian, y poco a poco perdimos el contacto mientras mi vida se desvanecía entre las tranquilas sombras de la finca Sinclair. Escuchar su voz aquella noche, después de sobrevivir a la experiencia más aterradora de mi carrera médica, me parecía completamente irreal.«Reuben», susurré al teléfono, con la voz ligeramente temblorosa por la adrenalina que todavía recorría mi cuerpo. «Estás en el aeropuerto. ¿De qué aeropuerto estás hablando?».«En la terminal principal de la ciudad», respondió Reuben alegremente. «Aterricé hace treinta minutos. Estaba tomando café en la sala






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