LOGINPunto de vista de Julian
El Onyx latía con su habitual arrogancia. El sonido retumbaba a través del suelo como un latido, cuerpos que se mecían unos contra otros bajo luces tenues, y cada rincón olía a dinero que intentaba parecer effortless. Mis amigos estaban repantigados en el reservado VIP, riendo demasiado fuerte, con botellas de champán alineadas como trofeos.
Debería haber sido solo otra noche más. Otra ronda de tragos, otra mujer sin nombre para calentar mi cama y tener un sexo erótico perfecto, otra distracción del aburrimiento que venía con el poder.
Pero esa noche había venido con una sola expectativa:
Bella Reyes ya no estaría allí.
Había hecho la llamada, movido los hilos, susurrado al oído correcto. La gente no conservaba su trabajo en el Onyx —especialmente en esta ciudad— cuando yo decidía lo contrario. Ni las bartenders. Ni nadie.
Por eso, cuando me recosté en el reservado de cuero y dejé que mi mirada recorriera la barra, y entonces la vi, el vaso casi se me resbaló de la mano.
Allí estaba.
Bella.
El cabello recogido en una coleta elegante, el uniforme negro ajustado a sus curvas, moviéndose entre botellas y vasos como si el caos de la noche se doblara a su alrededor. Estaba concentrada, afilada, hermosa de una forma que se burlaba de toda la sala.
Y muy empleada todavía.
Una risa baja escapó de mí, aunque sin ninguna alegría.
—Increíble —murmuré.
Uno de mis amigos, Carter, me miró.
—¿Qué es tan gracioso?
—Nada —respondí, sin apartar los ojos de ella—. Absolutamente nada.
Pero no era nada. Era todo.
Porque por primera vez en años, algo que yo había decidido no había salido como ordené. Y la culpable era ella.
La chica que me había abofeteado.
La chica que no sabía cuándo arrodillarse.
Levantó la vista, solo un segundo, y nuestras miradas chocaron a través de la sala abarrotada.
Su mano se congeló sobre una botella, con los dedos apretados. La música retumbaba, las luces parpadeaban, pero el mundo se redujo a la línea que nos conectaba.
Me odiaba. Podía verlo en la tensión de su mandíbula, en el fuego que ardía en sus ojos. Y, sin embargo, detrás de eso había algo más: miedo, sí, pero también desafío. Y yo me alimentaba del desafío.
No necesité excusarme cuando me levanté. El grupo se quedó en silencio un momento, pero luego continuó sin hacer preguntas. Ese era el tipo de respeto —o miedo— que yo imponía.
Mis pasos atravesaron el club como si hubiera tallado el suelo precisamente para ese momento. La gente se apartaba sin darse cuenta, abriendo paso justo lo suficiente, como si el universo mismo se inclinara para dejarme avanzar.
Y entonces llegué a la barra.
Ella estaba allí, limpiando la superficie, con la mirada fija en cualquier cosa menos en mí. Sus manos eran firmes, pero noté la tensión en la forma en que presionaba demasiado fuerte el trapo contra el vaso.
Me incliné sobre la madera pulida, lo suficientemente cerca como para captar el leve aroma de su perfume que impregnaba el aire.
—Whisky —dije con voz baja—. Solo.
Finalmente, me miró.
—Por supuesto —respondió con tono seco y profesional. Demasiado profesional. Como si intentara construir un muro entre nosotros, ladrillo a ladrillo.
La observé mientras servía, con el líquido ámbar brillando bajo las luces. Deslizó el vaso por la barra sin volver a mirarme a los ojos.
Lo dejé allí, intacto.
—Qué curioso. Juraría que pedí que te despidieran.
Sus movimientos se detuvieron medio segundo, luego continuaron.
—Quizá tu voz no llega tan lejos como crees.
Sonreí, lenta y afilada.
—Ten cuidado, bartender. Podrías empezar a sonar como si no necesitaras este trabajo.
Sus ojos finalmente se encontraron con los míos, llameantes.
—Lo necesito más de lo que jamás entenderás. Y no voy a permitir que un multimillonario malcriado me lo quite solo porque su ego salió herido.
Sus palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba. Nadie me hablaba así. Nadie se atrevía.
Y, sin embargo, en lugar de enfadarme, algo más se enroscó en mi pecho. Interés. Hambre.
—Creés que me conoces —murmuré, inclinándome más cerca—, pero no es así. Todavía no.
Ella se mantuvo firme, con la barbilla levantada.
—Y no quiero conocerte.
Por un instante, nos miramos fijamente, con el mundo reducido solo a esto: el multimillonario arrogante y la bartender que se negaba a inclinarse.
La música se convirtió en ruido de fondo. Las conversaciones, las risas, las luces parpadeantes… nada de eso importaba.
Solo ella.
Solo nosotros.
Tomé el whisky, lo bebí de un trago y dejé el vaso con un golpe deliberado.
—Esto no ha terminado —le dije.
Sus labios se apretaron en una fina línea, pero vi el destello de algo en sus ojos: miedo, sí, pero no solo miedo.
También sentía curiosidad.
Aunque se odiara a sí misma por ello. Y eso era todo lo que necesitaba.
Punto de vista de Bella
Cuando se alejó, mis rodillas casi cedieron. Me agarré al borde de la barra hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
«Esto no ha terminado.»
Las palabras resonaban en mi cabeza, pesadas y peligrosas.
Lo odiaba. Dios, cómo lo odiaba. Su arrogancia, su poder, la forma en que me miraba como si fuera un rompecabezas que estaba decidido a resolver.
Y, sin embargo, en lo más profundo, no quería admitirlo ni siquiera a mí misma…
Temía que tuviera razón.
Punto de vista de JulianLa puerta del edificio se cerró detrás de ella, pero no le dije a Martin que arrancara.En cambio, permanecí sentado en la parte trasera del SUV, con la mirada fija en la entrada de su edificio. Mucho después de que Bella Reyes desapareciera dentro, la calle permanecía en silencio a esa hora, iluminada por el tenue resplandor de las farolas y los faros ocasionales que atravesaban el vecindario.En algún lugar a lo lejos, una sirena resonó en la ciudad, pero apenas registré el sonido en mi mente.Mi atención seguía exactamente donde había estado desde que ella bajó del coche: en el vacío que había dejado atrás.La mayoría de las mujeres no se marchaban como lo hizo Bella.Se quedaban, buscaban excusas para permanecer un poco más, esperaban otra conversación, otra mirada, otra invitación. Bella Reyes había hecho exactamente lo contrario. En el momento en que bajó del SUV, prácticamente huyó, como si poner distancia entre nosotros fuera la decisión más inteligent
Punto de vista de JulianEn cuanto me alejé conduciendo, aquello debería haber sido el final.Todavía me sorprendía que hubiera dicho que no.Ninguna mujer me había mirado jamás a mí, a un SUV negro que valía más que el apartamento de la mayoría de la gente, y había rechazado un viaje sin pensárselo dos veces.Sin embargo, Bella Reyes había hecho exactamente eso.Mientras Manhattan se difuminaba al otro lado de las ventanillas tintadas, no podía dejar de reproducir la escena una y otra vez.La forma obstinada en que levantó la barbilla. La desconfianza en sus ojos. O tal vez la manera en que se quedó sola en la acera, como si prefiriera caminar entre el peligro antes que aceptar ayuda de mí.Era ridículo.Y, de algún modo, eso me irritaba más que la bofetada.El conductor permaneció en silencio mientras recorría las calles de la ciudad. Hombre inteligente. Sabía que era mejor no interrumpirme cuando estaba pensando.O, en este caso, molesto.Para cuando entré en mi ático, la ciudad br
Punto de vista de JulianNo soy un hombre que crea en la derrota. En los negocios, la pérdida era una ilusión; los números bajaban y subían, pero yo siempre salía victorioso. En la vida, los obstáculos no eran muros, sino rompecabezas. Y los rompecabezas siempre tenían solución.Bella Reyes se había convertido en un rompecabezas al que no podía dejar de mirar.Habían pasado dos noches desde que la vi todavía trabajando en el Onyx, y su imagen no se me iba de la cabeza. La forma en que sirvió el whisky sin que le temblara la mano. La respuesta afilada que me lanzó: «Porque su ego salió herido».Había construido imperios viendo cómo los hombres se quebraban bajo presión. Sin embargo, esta mujer, una simple bartender que no tenía nada, me había mirado como si mi poder no fuera más que humo.Eso me inquietaba.—Martin —dije mientras me ajustaba el cuello de la camisa, de pie frente a los ventanales del suelo al techo que ofrecían una vista del skyline de Manhattan desde mi ático. La ciuda
Punto de vista de JulianEl Onyx latía con su habitual arrogancia. El sonido retumbaba a través del suelo como un latido, cuerpos que se mecían unos contra otros bajo luces tenues, y cada rincón olía a dinero que intentaba parecer effortless. Mis amigos estaban repantigados en el reservado VIP, riendo demasiado fuerte, con botellas de champán alineadas como trofeos.Debería haber sido solo otra noche más. Otra ronda de tragos, otra mujer sin nombre para calentar mi cama y tener un sexo erótico perfecto, otra distracción del aburrimiento que venía con el poder.Pero esa noche había venido con una sola expectativa:Bella Reyes ya no estaría allí.Había hecho la llamada, movido los hilos, susurrado al oído correcto. La gente no conservaba su trabajo en el Onyx —especialmente en esta ciudad— cuando yo decidía lo contrario. Ni las bartenders. Ni nadie.Por eso, cuando me recosté en el reservado de cuero y dejé que mi mirada recorriera la barra, y entonces la vi, el vaso casi se me resbaló
Punto de vista de JulianLa mañana después del incidente en el club se sentía más intensa que de costumbre. Manhattan nunca dormía del todo, pero incluso al amanecer, la ciudad vibraba con el zumbido del poder y de cosas que se movían bajo la superficie. Estaba sentado detrás de mi escritorio en el piso cuarenta y dos de mi torre de oficinas, contemplando un skyline del que poseía una gran parte. Los edificios, las calles, las personas… todo se movía porque yo lo permitía. Eso era lo que el poder podía hacer.La puerta se abrió con un clic. Martin, mi jefe de seguridad, entró como una sombra. Nunca llamaba, nunca titubeaba. Un hombre como Martin no necesitaba anunciarse; simplemente aparecía donde se le necesitaba.Llevaba en la mano una carpeta negra, delgada pero cargada con el tipo de información que solo el dinero podía comprar.—Todo lo que pidió —dijo, colocándola con cuidado sobre mi escritorio. Su voz era firme, concisa y eficiente.Me incliné hacia adelante y abrí la carpeta
Punto de vista de JulianEl escozor de la bofetada aún perduraba. No solo en mi mejilla, sino en mi orgullo.La reacción del salón fue otra cosa. Algunos esperaban mi respuesta. Otros incluso se rieron.Las risas aún resonaban en mi cabeza mientras salía del Onyx. Tenía la mandíbula tensa y el orgullo herido de una forma que no había sentido en años.Una mujer se había atrevido a ponerme las manos encima. En público.Imperdonable.No tenía idea de con quién se había metido.La puerta de mi coche ya estaba abierta cuando salí. Mi chofer inclinó ligeramente la cabeza mientras me deslizaba en el asiento trasero, con el cuero fresco contra mis palmas.Saqué el teléfono y marqué un número.—Martin.—¿Sí, señor? —La voz de mi jefe de seguridad sonó tan firme como siempre.—La bartender. La que me abofeteó esta noche. Quiero su nombre, dirección, todo antes del amanecer.—Considéralo hecho.Colgué y miré por la ventana tintada mientras el coche se adentraba en la noche. Nueva York brillaba a







