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Capítulo Tres

Autor: Victor
last update Fecha de publicación: 2026-05-08 06:33:26

Punto de vista de Julian

La mañana después del incidente en el club se sentía más intensa que de costumbre. Manhattan nunca dormía del todo, pero incluso al amanecer, la ciudad vibraba con el zumbido del poder y de cosas que se movían bajo la superficie. Estaba sentado detrás de mi escritorio en el piso cuarenta y dos de mi torre de oficinas, contemplando un skyline del que poseía una gran parte. Los edificios, las calles, las personas… todo se movía porque yo lo permitía. Eso era lo que el poder podía hacer.

La puerta se abrió con un clic. Martin, mi jefe de seguridad, entró como una sombra. Nunca llamaba, nunca titubeaba. Un hombre como Martin no necesitaba anunciarse; simplemente aparecía donde se le necesitaba.

Llevaba en la mano una carpeta negra, delgada pero cargada con el tipo de información que solo el dinero podía comprar.

—Todo lo que pidió —dijo, colocándola con cuidado sobre mi escritorio. Su voz era firme, concisa y eficiente.

Me incliné hacia adelante y abrí la carpeta con un dedo. Dentro había un nombre, un rostro y una vida expuesta sin piedad sobre el papel.

Bella Reyes.

—Veintitrés años —recitó Martin, como si leyera mi mente—. Vive en Queens. Padres fallecidos. Hermana menor, Sofía, de diecinueve años, cursando estudios en un colegio comunitario. Bella es la única proveedora. Ha trabajado en Onyx durante casi dos años. Antes de eso, algunos empleos menores en restaurantes y bares. Sin antecedentes penales. Mantiene un expediente limpio. Pero su historial financiero… —hizo una pausa deliberada— es precario.

Pasé las hojas: extractos bancarios que apenas se mantenían por encima de cero, pagos de matrícula para su hermana, avisos de alquiler atrasado.

Un intento desesperado por sostener más de lo que dos manos podían abarcar.

Su foto del personal de Onyx estaba sujeta en el bolsillo interior. Sonreía en ella, pero no era la sonrisa de alguien que había probado la libertad.

No, era una sonrisa educada y profesional, la que probablemente ponía para conseguir propinas.

Dejé la foto sobre el escritorio y me recosté en la silla, haciendo girar el vaso de bourbon que me había servido pero que aún no había tocado.

—Así que es exactamente lo que pensaba —reí.

Los ojos grises e inescrutables de Martin se encontraron con los míos.

—Es disciplinada, señor, pero no se doblega fácilmente.

Una leve irritación me recorrió.

—Aprenderá.

Él asintió levemente, como si el asunto ya estuviera resuelto.

Pero yo no había terminado. Mis ojos se detuvieron en los detalles: su horario, el hecho de que trabajaba de noche, la idea de que su hermana dependía de ella. Todo era tan ordenado. Demasiado ordenado. En mi mundo, todo el mundo tenía una debilidad. Aún no había decidido si la de ella era su orgullo, su hermana o su terca negativa a dejarse intimidar.

—Obsérvala —ordené finalmente, con voz baja—. Quiero informes de todo. Con quién habla. A dónde va. Cómo sobrevive. Cada respiro, Martin. No dejes pasar ni un solo detalle.

—Sí, señor —respondió con precisión, sin cuestionar.

Mientras se giraba para marcharse, dejé que mis dedos se detuvieran una vez más sobre su foto. Bella Reyes. La chica que se atrevió a abofetearme. La chica que pensó que podía apartarme como si no fuera nada.

La ciudad le enseñaría algo diferente.

Y yo también.

Después de una serie de reuniones, la sala de juntas se vació, pero yo me quedé. La ciudad se extendía infinitamente bajo mis pies. Mi teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje de Martin.

*Entrevistada en tres lugares hoy. Todas rechazadas. El casero dejó un mensaje sobre el alquiler atrasado. Mintió a su hermana sobre las perspectivas de empleo. Seguimos vigilando.*

Me recosté en la silla con una media sonrisa. Así que la orgullosa bartender ya empezaba a quebrarse bajo el peso de la realidad. La vida la presionaba desde todos los ángulos y, aun así, había tenido la audacia de abofetearme y marcharse.

Interesante.

La mayoría de las personas se doblegaban rápido. Bella Reyes aún seguía de pie, aunque tambaleándose.

Dejé el teléfono y me serví otro trago. Ya no se trataba de venganza. Ni siquiera de darle una lección.

Se trataba de curiosidad. De control. De la primera mujer en años que me hacía sentir algo más que aburrimiento.

A través del cristal, Manhattan brillaba como una promesa que solo yo podía cumplir.

Solo era cuestión de tiempo que Bella Reyes entendiera quién tenía su destino en sus manos.

Y cuando volviera a entrar en mi mundo —porque eventualmente lo haría— no sería en sus términos.

Sería en los míos.

Punto de vista de Bella

El sueño se me pegaba como humo. Desperté en el sofá con el abrigo todavía puesto, el cuello adolorido y los ojos secos.

El apartamento olía a café barato y a la comida para llevar del día anterior.

Los libros de texto de Sofía estaban esparcidos sobre la mesa de la cocina, con sus marcadores fluorescentes sobre capítulos a medio leer.

Ella entró arrastrando los pies desde su habitación, con el cabello en un moño desordenado y una sudadera oversized que la envolvía por completo.

—Buenos días —murmuró, frotándose los ojos.

—Buenos días —respondí, forzando a mi voz a sonar estable.

Me lanzó una de sus miradas agudas, de las que veían todas las sonrisas falsas que intentaba poner.

—¿Estás bien? Te ves… mal.

—Estoy bien —dije, forzando una sonrisa que no sentía—. Solo fue una noche larga.

Bostezó, se sentó y apartó su libro de texto.

—¿Alguna suerte con las solicitudes? Te vi en la laptop cuando me levanté a tomar agua.

Se me cerró la garganta. No quería decirle que había enviado diez currículos y recibido tres rechazos antes del amanecer. No quería contarle que el casero había dejado otro mensaje recordándome que el alquiler estaba atrasado.

—Todavía estoy esperando respuestas —mentí con fluidez mientras le servía un vaso de jugo de naranja.

Ella sonrió débilmente y, por un momento, el peso se alivió. Sofía me creía. Siempre me creía. Y yo mantendría esa ilusión viva el mayor tiempo posible.

Después de que se fue a clases, el silencio del apartamento cayó sobre mí. Me senté en la mesa de la cocina con mi laptop, revisando anuncios de empleo sin fin. Se busca conserje, se busca mesera, se busca anfitriona. Cada solicitud se sentía como gritar al vacío.

Un restaurante en la Tercera Avenida accedió a verme. Me puse la ropa más presentable que tenía: jeans negros, una blusa blanca que había sido lavada demasiadas veces y mis únicos zapatos planos que se negaban a romperse. Me recogí el cabello en un moño sencillo, me apliqué corrector bajo los ojos y me miré en el espejo roto del baño.

—Tú puedes, Bella —me susurré—. Sonríe. Sé educada. No tienen por qué saber que estás desesperada.

El restaurante en la Tercera Avenida olía a ajo y pan recién horneado cuando entré. Una pareja reía en una esquina con una copa de vino, mientras los meseros se movían entre las mesas. Enderecé los hombros y me acerqué al gerente: un hombre calvo de unos cuarenta años con manchas de sudor en el cuello de la camisa.

Apenas miró mi currículo antes de negar con la cabeza.

—Lo siento, señorita. Buscamos a alguien con más experiencia. Buena suerte.

*Buena suerte.* La frase me cayó como un golpe.

Salí con la cabeza en alto, pero al doblar la esquina, la garganta me ardía.

En otro café, la mujer que me entrevistó frunció el ceño ante mi currículo.

—Necesitamos al menos dos referencias profesionales. ¿No tienes ninguna?

—No, yo…

—Entonces lo siento. No podemos continuar.

Forcé un agradecimiento y me alejé antes de que viera las lágrimas que empezaban a caer de mis ojos.

Para el tercer rechazo, mi esperanza se había desvanecido por completo.

Cuando regresé al apartamento, Sofía estaba tumbada en el sofá con los marcadores en la mano. Levantó la vista, esperanzada.

—¿Alguna suerte?

Dudé. El pecho se me apretó. No podía soportar decirle la verdad, no cuando me miraba como si yo fuera su ancla.

—Todavía estoy esperando —mentí de nuevo, dejando el bolso sobre la mesa—. Algunos lugares prometieron llamar.

Ella asintió lentamente, aceptando mis palabras.

—No te preocupes, Bella. Algo saldrá. Siempre sale.

Su fe pesaba más que cualquier rechazo. Le besé la frente, le susurré que se cuidara y me encerré en mi habitación.

Solo entonces dejé caer las lágrimas, silenciosas y calientes contra la almohada.

¿Cuánto tiempo más podría seguir así?

¿Cuánto tiempo antes de que todo lo que había construido para nosotras se derrumbara?

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