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Capítulo 2

Autor: Leep
Justino parecía tener mucha paciencia y no tenía prisa por escuchar mi respuesta. Retiró los dedos de mi corva y, sobre la tela delgada de la falda, los subió hasta la cara interna de mi muslo. Me puse rígida.

Ahí la piel era más delicada y sensible que en ninguna otra parte. Sus dedos avanzaban como quien mide un terreno, subiendo despacio, centímetro a centímetro.

Con ese movimiento, la falda se me fue subiendo, y el aire frío en el nacimiento de los muslos me hizo apretar las piernas sin querer.

—Relájate —ordenó, y apretó un poco más; sin darme opción, me separó las piernas a pesar de mi resistencia—. Tienes los músculos demasiado tensos y no te puedo revisar bien así.

Las yemas de sus dedos se detuvieron a solo unos centímetros del paisaje secreto bajo mi falda. No podía haber un lugar más insinuante. Hasta podía sentir los callos finos de sus yemas frotando, a través de la tela, mi piel más sensible.

—Dime. —En su voz se notaba cierta diversión—. ¿Qué enfermedad tienes en realidad?

Me sentía como un pez sin agua, sin ningún lugar adonde huir. La razón me decía que lo empujara, que gritara pidiendo ayuda y que denunciara a ese hipócrita con cara de santo.

Pero el instinto de mi cuerpo no me dejaba abrir la boca ni dar un paso.

Ese anhelo acumulado durante tanto tiempo me envolvía brazos y piernas como una enredadera, y lo único que quería era estar más cerca de él, todavía más cerca.

—Yo... no sé... —Recuperé la voz, pero me salió tan débil como el zumbido de un mosquito.

—Ah, ¿sí? —Justino se rio, y en aquel espacio tan reducido su risa sonó muy nítida—. Entonces déjame diagnosticarte.

Apenas terminó de hablar, me rodeó por detrás con la otra mano, la que tenía libre, y la posó con precisión sobre mi vientre.

Aun a través del uniforme, el calor de su mano parecía quemarme hasta atravesarme. Me quedé aturdida.

¿Qué era esto? ¿Una palpación abdominal?

Pero su mano no se quedó ahí, como habría sido lo correcto; fue subiendo despacio, con una fuerza imposible de resistir.

Pasó por la curva suave de mi cintura, rebasó el borde de las costillas y, al final, se detuvo sobre la suavidad voluptuosa de mi pecho.

¡Bum!

Me quedé con la mente en blanco y toda la sangre se me subió a la cabeza.

¡¿Cómo... cómo se atrevía?!

Hoy, para que el uniforme se me ciñera al cuerpo y marcara mi figura, no me había puesto sostén; solo llevaba dos cubrepezones pequeñitos.

Y ahora su mano, ancha y grande, me cubría sin nada de por medio lo más suave y sensible de mi cuerpo. A través de la tela delgada del uniforme, podía sentir con claridad la forma de cada línea de su mano.

—Se te alteró la respiración —dijo como si describiera un fenómeno médico normal, pero con los dedos me frotó el botón en lo alto del pecho, ni muy fuerte ni muy suave.

—¡Ah!

No pude contenerme más y se me escapó un grito corto y vergonzoso. Fue como si me hubieran sacado todas las fuerzas; quedé como una muñeca sin alma y solo apoyándome en él podía mantenerme en pie a duras penas.

—Por lo visto, el foco no está aquí. —Parecía muy satisfecho con mi reacción, y en su voz asomó una sonrisa.

Apartó la mano de mi pecho, pero no se detuvo ahí. Aquella mano descarada bajó siguiendo la línea de mi cintura hasta detenerse en mis nalgas. A diferencia de la suavidad de mi pecho, ahí los músculos eran firmes y elásticos.

Como quien sopesa una joya fina, abrió los cinco dedos, me envolvió una nalga redonda y carnosa con la mano y luego la apretó.

—Ayyyy...

Se me doblaron las piernas y casi caí de rodillas. Era una sensación demasiado intensa. La vergüenza, el miedo, el desconcierto y también un tono de placer inconfesable, sepultado en lo más hondo, se entrelazaban y formaban una red enorme que me tenía bien atrapada.

—Por lo visto, el problema sí está ahí abajo —concluyó Justino.

Con la mano bajo mi trasero, me apretó todavía más contra él. Ninguna de mis reacciones escapaba a su mirada; él notaba cada temblor y cada palpitación. Y yo, vergonzosamente, enloquecía con su contacto.

A través de dos capas finas de tela, podía sentir con claridad el cambio sorprendente en cierta parte de su cuerpo. Aquel contacto duro, hirviendo, se me marcaba en el vientre como un hierro candente.

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