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Masajitos a Domicilio

Masajitos a Domicilio

작가:  Leep참여
언어: Spanish
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보고서
개요
장르
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—Grite para mí, señora. Mi jefe es impotente. Me pagó un millón de dólares para que me acostara con su esposa, Hanna Castillo, una directora ejecutiva seria y bellísima, y la dejara embarazada. En la lujosa mansión de la montaña, usé la rodilla para abrirle a la fuerza las piernas, blancas como la nieve, que mantenía bien cerradas y deslicé por debajo de su camisón de seda rosa la pistola de masaje, que zumbaba sin parar. Por encima de la última capa de seda, ya húmeda por su emoción, apreté el cabezal vibrador justo contra su punto más sensible, y lo froté contra ella a un ritmo constante. Un hormigueo insoportable le recorrió el cuerpo hasta la coronilla. Aquella mujer siempre tan seria, medio desvestida, se desplomó sobre el sofá. Lloraba de humillación y odio, pero arqueaba la espalda sin poder contenerse y se estremecía frenética con cada embestida. Mientras ella dejaba escapar un gemido de placer, sus jugos brotaron y empaparon la pistola de masaje...

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1화

Capítulo 1

—Te daré un millón de dólares si dejas embarazada a mi esposa. Necesito un heredero.

Tras darme esa orden, mi jefe, que era impotente, me hizo pasar por entrenador a domicilio en aquella lujosa mansión de la montaña.

Hanna Castillo, la señora de la casa, fue quien me abrió la puerta.

Llevaba un camisón de seda rosa que apenas le llegaba a la parte alta de los muslos y dejaba al descubierto sus largas piernas, blancas como la nieve.

El cabello negro le caía suelto sobre los hombros; algunos mechones se le pegaban a las clavículas y le daban una apariencia lánguida y sensual.

Se veía más hermosa que en la fiesta de fin de año de la empresa, aunque también más seria.

—¿Tú eres Mario? —Me miró de arriba a abajo sin lograr disimular del todo su desprecio.

Entendía su actitud. Para ella, yo no era más que una herramienta de lujo que su esposo había contratado.

—Sí. El señor Solano me envió. —Intenté mantener un tono profesional y tranquilo, pero no pude evitar recorrerle el cuerpo con la mirada.

El camisón de seda se le ceñía al cuerpo y resaltaba su busto prominente y su cintura fina. Sobre todo, me atraía la generosa curva de sus pechos, que subían y bajaban al ritmo de su respiración.

Mi cuerpo empezó a arder y el miembro se me endureció sin que pudiera evitarlo.

—Llámame señora Solano —me corrigió con sequedad mientras daba media vuelta y se dirigía a la sala—. ¿Trajiste todo? Mi esposo dice que eres muy profesional.

Recalcó la palabra “profesional” con sarcasmo. La seguí cargando la mochila deportiva, sin apartar la vista del vaivén de su trasero. Bajo aquella seda ligera se marcaba un trasero perfecto que se balanceaba de forma irresistible a cada paso. Incluso podía distinguir la tenue marca de su ropa interior.

Tragué saliva y sentí que estaba a punto de arder.

—El señor Solano me dijo que últimamente no duerme bien y que siente algo de tensión en los hombros y el cuello, así que traje una pistola de masaje y aceites esenciales para ayudarla a relajarse. —Abrí la mochila y coloqué todo sobre la mesa de centro.

Hanna apenas les echó un vistazo, respondió con un murmullo desganado y se reclinó en el sofá con las piernas cruzadas.

Con ese movimiento, el camisón, ya de por sí ridículamente corto, se le subió un poco más y dejó al descubierto la piel blanca y delicada del interior de sus muslos. Se me secó la boca al verla.

—Empieza. —Cerró los ojos como si se resignara a dejarme hacer con ella lo que quisiera.

Lo sabía. Era su protesta silenciosa y también una humillación para mí, el intruso. Respiré hondo para contener aquel fuego perverso y apoyé una rodilla en la alfombra de lana, junto a ella.

—Señora Solano, primero voy a aliviar la tensión de los hombros y el cuello.

Apoyé la mano sobre su hombro, con la seda resbaladiza del camisón de por medio. Tenía la piel tibia y suave. El cuerpo se le puso rígido y empezó a respirar más rápido.

No estaba tan tranquila como aparentaba; solo se hacía la fuerte. Esa falsa entereza despertó en mí un deseo inexplicable de someterla. En lugar de empezar el masaje, deslicé despacio los dedos por la suave curva de su cuello hasta llegar a sus omóplatos, apenas marcados bajo la piel.

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