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Cura Especial para la Enfermera
Cura Especial para la Enfermera
Autor: Leep

Capítulo 1

Autor: Leep
—No te muevas. Déjame ver.

A esas horas de la noche, el pasillo estaba vacío. Justino Arellano, el jefe de servicio, habló con la precisión de un bisturí.

Me llamo Citlali Naranjo y soy enfermera pasante en el Hospital Clínica Uno. En tres meses se decide si me quedo o me voy. Y tengo un secreto vergonzoso.

Padezco un trastorno poco común de las terminaciones nerviosas. Unos días al mes, el cuerpo se me pone como en cortocircuito, y desde el coxis me suben finas descargas de corriente que en un instante me recorren por todos lados.

No es dolor. Es un cosquilleo que me eriza el cuero cabelludo y hace que me piquen hasta los huesos.

Para que nadie note lo que me pasa, cada vez que me da una crisis me escondo en el cuarto de limpieza más apartado, me aprieto con todas mis fuerzas contra el armario metálico y uso el dolor para contener ese maldito escalofrío.

Pero hoy Justino me sorprendió ahí, sin salida. Acababa de salir de una cirugía de diez horas. Se le veía cansado, pero tenía la mirada tan aguda como siempre, como la de un águila.

Yo estaba tirada en un rincón. Al encogerme, el bajo del vestido de enfermera se me había subido hasta el nacimiento de los muslos, y las piernas, enfundadas en medias blancas, me temblaban un poco sin que pudiera evitarlo.

Creí que me iba a exigir con dureza que le explicara por qué estaba ahí sin trabajar. Pero no lo hizo. Solo me observó en silencio unos segundos y luego cerró la puerta del cuarto de limpieza y dejó afuera al mundo entero.

En ese espacio tan estrecho solo quedaba el sonido de nuestra respiración, cada vez más nítido, y su leve olor a desinfectante, mezclado con unas feromonas masculinas agresivas que yo no conocía.

—¿Te dio un calambre? —Dio un paso hacia mí, y su figura alta me envolvió.

Me mordí el labio inferior. No me atrevía a levantar la cabeza y solo pude asentir como pude.

—¿Qué pierna? —Se inclinó, y su aliento tibio me rozó la coronilla.

Me quedé tiesa como una piedra. Ese maldito cosquilleo volvió a subirme por la columna. Me clavé las uñas en las manos con todas mis fuerzas para que el dolor lo tapara todo. Pero él me puso la mano en el tobillo derecho, el de la pierna que más me temblaba.

Me sorprendió lo caliente que tenía la mano, aun a través de las finas medias.

—¿Aquí?

Sus dedos subieron despacio por la curva de mi pantorrilla. No era una caricia coqueta, sino la presión firme de un examen profesional, que apretaba con precisión mis músculos y tendones. Cada toque era como si presionara el interruptor de mis nervios.

Me tembló todo el cuerpo y se me escapó de la garganta un gemido que no pude contener.

—Aggg...

El corazón se me aceleró. Él ya lo sabía. Algo tuvo que haber notado. Entré en pánico e intenté retirar la pierna, pero él me la sujetó con más fuerza. Su mano me apretaba el tobillo como una tenaza de hierro y no me dejaba moverlo ni un centímetro.

—Tranquila. —Pareció notar mi miedo y suavizó un poco el tono, aunque no tenía ninguna intención de soltarme—. Solo soy doctor.

Claro. Era doctor. El doctor jefe más joven y prestigioso de todo el servicio de Cirugía Cardiovascular, el jefe directo que podía decidir mi destino. Y yo solo era una pasante insignificante bajo sus órdenes, a la que podían reemplazar en cualquier momento.

Hiciera lo que hiciera conmigo, yo no tenía forma de resistirme. Pero entre el miedo y la vergüenza fue naciendo en silencio una extraña expectativa. Quería que siguiera.

Quería que, con esas manos que empuñaban bisturís, abriera los secretos de mi cuerpo y descubriera de dónde venía esa corriente que me asustaba y me encantaba a la vez.

Como si hubiera oído lo que le rogaba por dentro, movió los dedos. Esta vez no subió por la pantorrilla, sino que los deslizó detrás de mi rodilla, en la corva, ese hueco suave y sensible.

—Sss...

Se me cortó la respiración y la pierna entera se me aflojó. Ahí era donde más se concentraban los nervios, y normalmente bastaba cualquier roce para que me estremeciera sin parar.

Y en ese momento, Justino trazaba caminitos con la punta de los dedos, con una presión ni muy fuerte ni muy suave.

—¿Qué sientes aquí? —me preguntó pegado al oído, y su aliento tibio me hizo cosquillas en la oreja.

¿Qué podía contestarle?

¿Decirle que sentía que me derretía? ¿Decirle que la corriente dentro de mi cuerpo se había juntado en un mar que estaba a punto de ahogarme?

Solo pude morderme los labios y tragarme todos los gemidos. Pero mi cuerpo me traicionó. Bajo el vestido de enfermera, mi cuerpo ya había cambiado de una forma que no podía nombrar. La marea desbordada casi empapaba la delgada tanga.

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