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Cásate con mi prometido, yo me quedo con tu marido.
Cásate con mi prometido, yo me quedo con tu marido.
Penulis: Cristina López

Capítulo 1

Penulis: Cristina López
last update Tanggal publikasi: 2026-09-01 15:44:33

Marcus observaba el gran salón de la mansión Jackson desde el lugar privilegiado que ocupaba junto a su abuelo, la reunión debería haber estado cargada de celebración; después de todo, Arthur Jackson acababa de nombrarlo como el nuevo líder del clan, el hombre que llevaría sobre sus hombros el peso de la mafia más poderosa de Nueva York.

Y, sin embargo, Marcus no sentía júbilo, sentía presión e inquietud, como si aquella noche estuviera a punto de cambiarle la vida de una forma que todavía no terminaba de comprender.

No era solo su nombramiento lo que lo mantenía alerta, también estaba la elección de esposa.

Y es que en su mundo, el amor no tenía cabida, las uniones no se forjaban por deseo, sino por conveniencia, por poder, por alianzas que aseguraran el dominio de una familia sobre otra, y en esta ocasión, el acuerdo era todavía más delicado, porque Marcus y su hermano menor, Larry, debían casarse con mujeres de las familias Evans y Rivers para sellar no solo un matrimonio, sino un pacto temporal entre dos clanes que se odiaban con tanta intensidad que apenas podían permanecer en la misma habitación sin desearse la ruina.

Los Evans y los Rivers se querían muertos y los Jackson necesitaban que, al menos por un tiempo, dejaran de desangrarse entre sí.

Mientras Marcus repasaba con la mirada a los presentes, su atención se desvió, como lo había hecho ya varias veces, hacia su padre, William Jackson mantenía el semblante duro, pero la tensión en su mandíbula lo delataba, ser desplazado de la línea de sucesión no le había sentado bien, Marcus lo sabía, conocía demasiado bien a su padre como para confiarse de su aparente calma.

Aun así, no era William quien lograba distraerlo, eso lo hacia una mujer, una castaña entre la multitud.

Había cientos como ella, o eso creyó al principio, mujeres bien vestidas, silenciosas, correctas, parte del ceremonial que aquella noche exigía. Pero ninguna tenía aquella presencia, ninguna llamaba la atención con solo estar quieta.

Helena Evans.

Marcus no supo en qué momento exacto reparó en ella por primera vez, tal vez fue su postura impecable, tan recta que parecía fabricada para desafiar el ambiente, o su expresión serena, demasiado serena para una noche como aquella, tal vez fue la forma en que, por un segundo, sus dedos se acercaron a su labio antes de que ella misma pareciera notar el gesto y lo corrigiera de inmediato.

Marcus sonrió apenas, solo un poco.

Porque aquella mujer, pese a su apariencia sobria y controlada, tenía algo escondido debajo de la superficie, algo que no encajaba del todo con la rigidez de una dama criada para obedecer, había una chispa, un mínimo destello de diversión en su mirada, como si estuviera observando la escena con una paciencia que rozaba la ironía.

Eso lo intrigó de inmediato y como pocas cosas lograban hacerlo, decidió acercarse.

Helena estaba de pie junto a su familia, con las manos entrelazadas frente al cuerpo y la vista fija al frente, cuando Marcus se detuvo a su lado, ella giró apenas el rostro para mirarlo, no lo hizo con sorpresa, ni con nerviosismo, solo con una calma casi desafiante.

—Parece que esta noche nadie ha venido a divertirse —murmuró Marcus, con voz baja, como si estuviera compartiendo un secreto.

Helena lo observó por un instante antes de responder.

—Depende de lo que usted considere diversión, señor Jackson.

La respuesta le arrancó a Marcus una nueva sonrisa, esta vez más visible.

—Entonces ya empezamos mal, yo esperaba algo más emocionante.

—En una sala llena de mafiosos, con dos familias a punto de vender a sus hijas como si fueran trofeos, me temo que la emoción tendrá que esperar.

Marcus soltó una breve exhalación por la nariz, divertida a su pesar.

Había oído suficiente para saber que Helena Evans no era una mujer débil, pero tampoco era una mujer fría, y eso lo sorprendió más de lo que habría admitido en voz alta.

No tuvo oportunidad de responder, porque una voz grave y autoritaria cortó el murmullo del salón.

—Si les parece bien a las familias, comenzaremos con la elección de novias.

Marcus alzó la vista hacia el centro de la sala.

¿Si les parece bien a las familias?

Era casi ridículo siquiera formular la pregunta, por supuesto que a los Evans y a los Rivers les parecía bien, o al menos lo suficiente como para no oponerse en público, incluso Cecilia, que lucía una expresión demasiado complacida para el gusto de Marcus, parecía encantada con la idea.

La única que no mostraba satisfacción alguna era Helena, y aun así, era la única que también transmitía lealtad, no quería estar allí, y eso era evidente.

No quería ser moneda de cambio, pero se mantenía firme en su lugar, como si su deber estuviera por encima de su incomodidad.

—Marcus, ven aquí —ordenó Arthur Jackson.

Marcus obedecería a su abuelo sin dudar, después de todo, había sido él y su abuela quienes lo habían criado, no porque le faltaran padres, esos estaban allí, justo al lado de Larry, su hermano menor, que sonreía con esa expresión de suficiencia tan irritante que siempre lograba sacarlo de quicio.

Aun así, antes de moverse, Marcus vio el gesto de su madre, y supo que algo venía, porque Verónica Jackson nunca perdía la oportunidad de favorecer a Larry.

—Suegro, si me permite —dijo ella con suavidad, adelantándose apenas.

Marcus contuvo cualquier reacción, ni una sonrisa, ni una mueca, nada, solo esperó.

—Ya que esta noche ha nombrado a Marcus como su sucesor —continuó Verónica— ¿no le parecería justo que sea Larry quien escoja primero a su futura esposa?

El estómago de Marcus se tensó.

En la mafia había muchas cosas despreciables, como la violencia, la traición, la sangre derramada por poder, pero si había algo que Marcus detestaba de verdad, era la manera en que muchos hombres trataban a las mujeres, como si fueran objetos de vitrina, piezas intercambiables para sellar convenios.

Sin embargo, también sabía que ese era el mundo en el que vivía, un mundo donde el amor era una debilidad.

—Tienes razón, Verónica —respondió Arthur, sin titubear y el aire en el pecho de Marcus se volvió más pesado.

—Larry.

Su hermano se adelantó con una seguridad excesiva, como si la sala entera estuviera a su disposición, Marcus tuvo que hacer un esfuerzo real para no rodar los ojos cuando lo vio al frente, vestía un traje verde esmeralda con bordados rojos que resultaba casi ofensivo a la vista, más que un mafioso, parecía un hombre empeñado en llamar la atención y, por desgracia, parecía disfrutarlo.

—Creo que, para hacerlo más interesante, y para que el destino se manifieste, lo echaré a la suerte —anunció Larry con una sonrisa arrogante— Cara o cruz.

Marcus sintió que algo desagradable se instalaba en su pecho.

Helena, por primera vez, perdió un poco de la compostura, su rostro se tensó apenas y sus ojos buscaron los de su padre por un instante, como si preguntara sin palabras si aquello era una broma, y Marcus, al verla, sintió una punzada de incomodidad que no supo explicar del todo.

Porque Helena no merecía eso, nadie merecía ser elegido así, como si su vida fuera una moneda lanzada al aire.

—Cara —dijo ella, con voz firme, aunque había algo muy cercano a la desesperación escondido bajo esa neutralidad.

Marcus no apartó la vista de ella, por un segundo, pudo ver la súplica callada en su mirada y, sin embargo, fue Cecilia quien respondió con una ligereza obscena.

—Cruz.

Claro que sí.

¿Por qué habría de importarle algo más que su propia conveniencia?

Marcus apretó los puños.

Si él hubiera sido el primero en escoger, si la decisión hubiera estado en sus manos, se habría inclinado por Helena sin dudarlo, era la más sobria, la más elegante, la más astuta de las dos, también la más interesante y quizás por eso mismo, la única que parecía demasiado consciente de lo que estaba ocurriendo.

Pero allí estaba Larry, lanzando una moneda al aire como si estuviera participando en un juego de feria y no escogiendo a una esposa.

Aquello era una falta de respeto, a las mujeres, a las familias y, sobre todo, a la seriedad que aquella noche exigía.

La moneda giró en el aire.

Marcus siguió su trayectoria con una tensión casi insoportable, hasta que finalmente cayó en la mano de Larry.

Este sonrió con arrogancia, mirando el resultado como si fuera el dueño absoluto del destino.

—Cara.

El salón entero contuvo el aliento por una fracción de segundo y entonces Larry sonrió hacia Helena, una sonrisa cargada de insolencia, de deseo mal disimulado, de una falta absoluta de respeto que hizo que Marcus sintiera verdadero asco.

Helena, en cambio, no se movió, se quedó inmóvil, con la espalda recta y el rostro frío, aunque sus ojos se endurecieron apenas, no le regaló a Larry la reacción que él esperaba, no le dio el gusto de verla quebrarse.

Pero Marcus sí lo vio, vio cómo su control se tensaba, vio cómo una parte de ella se resistía a aquella humillación y fue precisamente eso lo que terminó de molestarlo.

Porque su hermano ni siquiera había sido capaz de guardar las apariencias, no había pensado en respetar a la mujer que acababa de “elegir”, ni en la familia que la acompañaba, ni en el hecho de que aquel acto debía, al menos en teoría, tener algo de dignidad.

Cecilia, a un lado, apenas pudo contener un pequeño grito de victoria, como si acabara de ganar un premio y Marcus cerró la mandíbula.

Había ganado el título de líder del clan Jackson esa noche, había sido nombrado por su abuelo, con todo lo que eso implicaba y, sin embargo, mientras el salón seguía celebrando lo que para otros era un triunfo, él no podía dejar de pensar que acababa de perder algo.

O quizá, peor aún, que acababa de descubrir cuánto le había importado ver a Helena Evans quedar atrapada en ese juego.

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