LOGINHelena se había contendido lo más que pudo, porque no podía creer que en la familia Jackson existiera alguien como Larry.
Ni siquiera el matón de menor rango dentro del clan Evans se vestiría como él, y, sin embargo, lo intentó, trató de verle el lado positivo a la situación, no era el hecho de que Larry tuviera apenas un año más que ella a diferencia de Marcus que le llevaba 10 años, tampoco era que, objetivamente, fuese un hombre atractivo, el verdadero problema era otro, mucho más incómodo.
Ella iba a convertirse en la esposa de un Jackson, sí, pero ese Jackson era le bufón de Larry.
¿Podría haberse quejado? Claro que sí, ¿Debía hacerlo? Claro que no.
No porque sus padres la hubieran maltratado ni mucho menos, Helena había crecido entre normas, disciplina y leyes que había aprendido al mismo tiempo que aprendió a hablar, tuvo una infancia buena, una adolescencia incluso mejor, y a sus veinticuatro años no tenía realmente de qué quejarse.
Sin embargo, había llegado la hora de pagar el precio por todo aquello que había tenido.
No se sentía exactamente vendida, porque eso sería simplificar demasiado las cosas, lo suyo era un acuerdo, un matrimonio por alianza, algo que en su mundo era tan común como cruel.
Y, aun así, no conseguía tranquilizarse.
Porque los matrimonios en la mafia podían llamarse alianzas, pactos o estrategias, pero Helena sabía bien lo que eran en realidad, un intercambio de poder envuelto en promesas vacías.
Y lo peor era que ella conocía demasiado bien ese tipo de unión.
Su padre, Charlie Evans, llegaba casi a diario con flores para su madre, joyas deslumbrantes, cenas elegantes y viajes lujosos, un hombre atento, encantador, casi perfecto ante los ojos de cualquiera que no supiera mirar detrás de la fachada.
Pero Helena sí sabía, de las amantes, de las ausencias, sabía de las mentiras que se ocultaban bajo los diamantes.
Entre sus padres no había amor, solo un pacto silencioso, una alianza sostenida por costumbre, poder y una clase de conveniencia que ella había aprendido a aceptar desde pequeña.
—Luego de la boda, deberás comenzar de inmediato a trabajar con Marcus —dijo Charlie, con voz firme, como si hablara de un asunto más del negocio familiar— Esa mocosa de Cecilia, lo más probable es que corra a gastar el dinero de su esposo, y ahí es donde tú aprovecharás ese hueco.
Helena mantuvo el rostro impasible, aunque por dentro no pudo evitar un pensamiento incómodo.
Cualquiera que escuchara a su padre habría creído que estaba dándole instrucciones para convertirse en la amante de su cuñado.
Pero no era eso, o no exactamente.
Charlie la estaba preparando para mover información, para acercarse a Marcus, para hablarle de los negocios que podían hacer con los Evans, de la logística, de los traslados, de todo aquello que su hermano Ethan podía manejar mejor que nadie.
Y sí, en eso su padre tenía razón, no había nadie como ellos para ese tipo de trabajo.
Pero incluso así, el hecho de que Charlie reconociera, aunque fuera indirectamente, que Larry estaba muy lejos de ser un hombre con peso real dentro del clan Jackson, le revolvía el estómago.
Larry no tenía la sobriedad de Marcus, no tenía su porte, ni tenía su presencia.
Marcus Jackson no necesitaba alzar la voz para imponerse, bastaba con verlo, era serio, elegante, de esos hombres que parecían hechos para mandar, tenía un control frío que resultaba mucho más atractivo de lo que Helena quería admitir, incluso para sí misma.
Larry, en cambio, parecía lo opuesto a todo eso, era estridente, descuidado, demasiado seguro de su propio encanto, cuando en realidad su gusto dejaba mucho que desear.
Y eso no era solo una cuestión estética, Helena lo había notado en cuanto ambos estuvieron en la misma habitación.
Si tuviera que compararlos, Marcus era un hombre que inspiraba respeto incluso en silencio, Larry, por el contrario, parecía el tipo de hombre que confundía la atención con la admiración.
Helena no era ingenua, sabía que, en otra vida, si las circunstancias hubiesen sido distintas, si su familia no hubiese estado atada a este pacto, si el destino hubiera jugado de otra manera, quizá ella habría preferido casarse con Marcus.
No porque fuera el nuevo líder de los Jackson, no solo por el apellido, sino porque, frente a Larry, Marcus parecía un hombre al que al menos se podría mirar de frente sin sentir vergüenza ajena.
Pero eso no significaba nada ahora, porque Helena iba a casarse con Larry, y debía aceptar su papel.
—Lo único que espero —continuó Charlie, serio— es que no olvides jamás que representas a la familia Evans, Helena. Espero que jamás cometas el error de engañar a tu esposo, aunque sea un idiota.
Helena no se permitió mover un músculo de la cara, apenas levantó la vista hacia su padre y asintió, porque sí, Charlie Evans era un experto en la doble moral.
Predicaba lealtad absoluta, honor conyugal, fidelidad inquebrantable, les repetía a ella y a sus hermanos que el matrimonio era sagrado, que una traición era imperdonable, que el respeto por la pareja estaba por encima de todo y, aun así, era él quien volvía a casa con el aroma de perfumes ajenos.
Helena había llegado a preguntarse, en más de una ocasión, si su padre tenía dos vidas o simplemente dos caras, una para el mundo, otra para su casa, tal vez por eso ella había decidido hacía mucho tiempo que jamás haría lo mismo.
—Yo jamás traicionaré a mi esposo —dijo, con una firmeza tan baja que solo su padre pudo oírla— Pero tampoco perdonaría una infidelidad, sin importar a qué mafia pertenezca ni cuántos diamantes quiera darme después como disculpa.
No lo dijo solo por responderle, lo dijo porque era verdad.
Para Helena, la traición dentro del matrimonio era una línea que no pensaba cruzar ni tolerar, podía soportar un acuerdo sin amor, podía soportar la frialdad, incluso la distancia, pero no la humillación de una infidelidad y no pensaba convertirse en una mujer que aceptara migajas después de ser traicionada.
Por ahora, solo le quedaba enfrentar su realidad, y esa realidad incluía no solo a Larry Jackson, sino también a Cecilia Rivers.
Aunque, siendo honesta, Helena no tenía nada personal contra Cecilia, el problema era su familia, la misma que insistía en reclamar una parte de la ciudad que los Jackson aún no habían absorbido por completo.
La rivalidad entre ambas familias había dejado demasiados muertos, y la policía había comenzado a meter sus narices, y lo último que los Jackson necesitaban era seguir atrayendo ojos indebidos a un territorio que ya les pertenecía casi por completo.
¿Y cuál había sido el resultado de todo eso? Que Helena tuviera que pagar el precio, primero, porque los Jackson no tenían una mujer de la familia que pudiera casarse con Roger, su hermano del medio y segundo, porque, si iba a elegir, prefería mil veces casarse con Larry antes que con Damian Rivers, a quien por desgracia sí conocía lo suficiente como para no quererlo cerca ni en sueños.
—Cambia esa cara, cariño. Todo estará bien —dijo su madre, con esa dulzura cansada que a Helena a veces le dolía más que cualquier otra cosa.
Helena la miró por un instante y luego desvió la vista, ¿Sería capaz de actuar igual algún día? La respuesta llegó sola.
No.
Porque ella no pensaba tener hijos, jamás pariría una vida para después verla convertida en una herramienta de intercambio.
—Solo estoy pensando en la cara que pondrá Ethan cuando le cuente que seré la flamante esposa de Larry Jackson —respondió, intentando aligerar el ambiente.
Su madre esbozó una sonrisa leve, casi agradecida por el intento, y fue justo entonces cuando algo cambió.
Helena notó movimiento en el exterior de la mansión, demasiado movimiento para la hora que era y frunció apenas el ceño.
—Pero ¿qué está pasando? —preguntó su madre.
Charlie no respondió de inmediato, se limitó a mirar hacia fuera, con el rostro endurecido, y antes de contestar tomó su arma.
El chofer había detenido el auto, y el silencio que cayó después fue suficiente para que Helena entendiera que aquella noche todavía no había terminado.
Marcus esperó el tiempo justo y necesario para que Larry arrastrara a Damian lejos de la puerta de su habitación, entonces tomó en brazos a Helena y con el pie cerró la puerta, su rostro aún cargaba esa molestia que le causaba el encontrarla de pie, cuando le había especificado que se mantuviera recostada.—Deja de verme de esa manera.Se atrevió a quejarse Helena, queriendo tal vez recuperar esa dinámica que tenía antes de que todo se fuera el demonio.—¿Cómo quieres que te vea?, creí ser claro al decirte que te mantuvieras en cama.Helena liberó un suspiro de puro agobio en el preciso instante en que Marcus la estaba recostando, y de inmediato el mayor la vio con atención, su rostro al fin cambiaba y ya no mostraba molestia, ahora sólo estaba cubierto de preocupación.—¿Te duele?Consultó con la culpa bailando en sus ojos, pero Helena no se sintió mal, quizás por la forma tan suave en la que Marcus estaba acariciando su cadera, sin atreverse a alejarse del todo de ella, pero a la ve
Helena, al escuchar la voz de Arthur en el pasillo, tuvo el impulso inmediato de ponerse de pie y abrir la puerta de una vez, quiso hacerlo por puro instinto, por necesidad de saber qué estaba ocurriendo al otro lado, quién había llegado, quién estaba hablando con quién y, sobre todo, si Marcus permitiría que Damian siguiera ensuciando su nombre.Pero se contuvo, porque su cuerpo aún no estaba en condiciones de soportar sobresaltos innecesarios, porque la lesión en el cóccix seguía siendo demasiado reciente, demasiado delicada, como para exponerse a una caída, un mal movimiento o incluso un simple empujón accidental, porque solo bastaba muy poco para que la herida empeorara, y ella no estaba dispuesta a terminar nuevamente en manos de un médico, vulnerable, inmóvil y dependiendo de los demás, porque ya había pasado suficiente humillación.Aun así, tampoco podía ignorar lo que estaba en juego, por un lado, quería averiguar si Arthur, Marcus y Larry serían realmente capaces de defenderl
La tención en la mansión Jackson no disminuyó, aunque por supuesto Marcus pudo dormir al lado de su esposa, o al menos lo intentó, ya que durante la mayor tiempo de la noche, se dedicó a cuidar de ella, no sólo la ayudaba a girarse en la cama, obligándola a no permanecer mucho tiempo en una misma posición, también se encargó de masajear sus piernas, brazos, y en especial su espalda, con verdadero esmero cubrió esos mismos cardenales que él le había provocado, con el ungüento que el médico había recetado, y Helena lo aceptó de buena manera, pero aquella pequeña paz, que no lograba ser perdón y mucho menos aceptación, se fracturó una vez más a primera hora de la mañana.Marcus se había levantado aún más temprano de lo normal, dispuesto a conseguir el perdón de Helena y ese no era a través de una disculpa vacía, mucho menos cometería el error de comprarle flores, o llegar con alguna joya excéntrica, porque su mujer valía mucho más que la típica disculpa que usaría un abusador, y es que a
Aun así, entró con cautela y Helena alzó la vista de inmediato, y su expresión fue una mezcla de agotamiento, enojo y desconfianza.—¿Y ahora qué quieres?Definitivamente estaba molesta, y con razón, por lo que Marcus alzó las manos, no en rendición, sino en un intento torpe de mostrarse menos amenazante.—Será la última vez que lo diga, no lo hice a propósito, y sé que eso no cambia nada, lo sé muy bien, solo vine a cerciorarme de si necesitas algo, y si no necesitas nada, no te molestaré, pero nunca olvides que este también es mi cuarto.Helena apretó los dientes y aunque tuvo ganas de refutarlo, no pudo, porque era verdad, esa también era la habitación de Marcus, y lo peor era que, en ese instante, sí necesitaba algo, porque hacía media hora que intentaba ponerse de pie sin lograrlo, y en verdad necesitaba ir al baño.—Necesito ir al baño. —dijo al fin, manteniendo el tono más digno que pudo.Por supuesto que Marcus no se burló, ni hizo ningún comentario cruel, no la humilló, solo
Arthur no dejó que Larry pasara un segundo de más en el despacho y con un gesto seco, casi brutal, le indicó que se largara a ocuparse de su propia esposa, por supuesto que el menor de los Jackson obedeció, pero Marcus no tuvo esa suerte.—Tú no te mueves de aquí. —dijo Arthur.La voz de Arthur no fue alta, pero sí lo bastante cargada de decepción como para hacerle bajar la mirada al instante y Marcus dejó salir un suspiro lento y hundió los hombros, se sentía culpable, lo sabía, lo había sentido desde el momento en que vio la expresión de Helena después de la caída, desde que comprendió que la había lastimado de verdad, aunque no hubiera querido hacerlo, por lo que ahora solo se quedó inmóvil, con la mandíbula rígida y las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, como si así pudiera contener el temblor de rabia, culpa o vergüenza que le subía por dentro, no sabía cuál de las tres emociones era la más insoportable.Arthur lo observó en silencio unos segundos, con esa expresión de
Arthur ni siquiera levantó la voz, no le hacía falta, por lo que cuando ordenó que Marcus y Larry entraran al despacho, ambos lo hicieron con esa obediencia que no nacía del respeto, sino de una mezcla de costumbre y temor. La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido seco, casi definitivo, y el aire quedó atrapado entre muebles antiguos, sombras densas y el peso de todo lo que no se había dicho todavía.Marcus se quedó de pie, rígido, con las manos quietas a los costados, Larry en cambio se apoyó en una esquina del escritorio, tenso, mirando hacia otro lado como si aún decidiera cuánto iba a revelar, mientras que Arthur, sentado al centro de la habitación, parecía una estatua tallada en autoridad y cansancio.—Hablen —dijo y Larry fue el primero en romper el silencio.—Yo solo regrese para hablar con Marcus, porque Damian habló demasiado en el hospital —dijo, con un tono que intentaba ser neutral y no lo conseguía— No solo acusó a Helena, él la nombró como si tuviera derecho a ha







