El diablo en traije

El diablo en traije

last updateปรับปรุงล่าสุด : 2026-10-08
โดย:  Anatoryอัปเดตเมื่อครู่นี้
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Me llamo Amanda Hayes, tengo 24 años, y mi vida cambió el día en que firmé ese contrato. Todo empezó con unas prácticas en Black Industries, la empresa más prestigiosa de Londres. Estaba orgullosa, ingenua, convencida de que era mi gran oportunidad. Pero el primer día oí una conversación que nunca debí haber escuchado: nombres, cifras, amenazas, palabras como «cártel», «entrega», «accidente limpio». Quise huir, pero Cameron Black el CEO, 32 años, 1,93 m de hielo y peligro me acorraló en su despacho del piso 67. Sabía que lo había oído todo. Me tendió dos contratos: un NDA blindado y otro… que me ataba a él, cuerpo y alma, las 24 horas del día. Obediencia total. Disponibilidad inmediata. A cambio, borraba el riesgo que yo representaba. ¿Negarme? Un «accidente» para mí, y quizás para mi familia. Firmé con las manos temblando, porque tenía miedo. Porque no tenía otra opción. Desde entonces vivo en una jaula de oro que él llama «protección». Un apartamento de lujo que me impuso, un vestuario que él eligió, una vigilancia constante. Sé que es un jefe de la mafia. Y, sin embargo, cuando me toca, cuando me protege con una posesividad que me aterra y me enciende, ya no sé dónde está el límite entre el miedo y el deseo. Dice que estoy en peligro por secretos que aún no comprendo. Pero cada día siento que me hundo más profundamente en su mundo oscuro, en sus brazos que me aprietan demasiado fuerte, en este contrato que ya no está solo en el papel.

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บทที่ 1

Capítulo 1

Estoy parada frente al espejo de mi diminuto baño, en ese apartamento apretado de Camden Town que comparto con dos compañeras ruidosas. Mis manos tiemblan un poco mientras me ajusto el cuello de la camisa blanca, planchada a la perfección. Hoy es el gran día. El día en que todo cambia. O al menos, eso es lo que me repito desde hace semanas.

Amanda Hayes, 24 años, recién graduada de la London Business School con matrícula de honor en finanzas y management. Mi currículum es impecable: prácticas en startups fintech, voluntariado en una ONG de educación financiera, y hasta un artículo publicado en una revista académica sobre el impacto de las criptomonedas en los mercados emergentes. Me partí el lomo para llegar hasta aquí. Noches en vela estudiando, trabajos de m****a para pagar la matrícula: camarera en un pub hasta arriba de gente, tutora de niños ricos que no necesitaban ni una clase. Mis padres, profesores humildes en un pueblo de Yorkshire, siempre me empujaron a apuntar alto. "El mundo es tuyo, cariño", me decía mi madre mientras me abrazaba antes de que me fuera a Londres.

Pero hoy es la prueba de verdad. Black Industries. El imperio de Cameron Black, ese nombre que hace temblar a las salas de mercado de la City. Una multinacional que lo domina todo: tecnología, inmobiliaria de lujo, inversiones privadas. Dicen que Black construyó su fortuna desde cero, arrancando en un garaje en Manchester hasta convertirse en uno de los multimillonarios más enigmáticos de Europa. Sin fotos de farándula, sin escándalos, solo una reputación de hielo. "The Shadow King", le dicen los tabloides, porque opera desde las sombras, aplastando a la competencia sin decir una palabra.

Mi entrevista, hace dos semanas, fue como un sueño. Una de Recursos Humanos muy educada, preguntas técnicas que respondí sin fallar, y esa frase final: "Usted es exactamente lo que buscamos, señorita Hayes." Las prácticas de seis meses en el departamento de estrategia, con opción a contrato fijo. Sueldo decente, beneficios increíbles: gimnasio privado, comedor con estrella Michelin, y acceso a una red que podría lanzar mi carrera a la estratósfera.

Agarro mi bolso —un Chanel falso que encontré en un mercadillo— y me reviso en el espejo una última vez. Pelo castaño recogido en un moño estricto, maquillaje discreto, falda lápiz negra que cae justo por encima de las rodillas, tacones razonables. Profesional. Segura. Lista para conquistar.

El metro va hasta el culo, como siempre a las 8 de la mañana. Me abro paso hasta Canary Wharf, el corazón financiero de Londres, donde las torres de vidrio y acero perforan el cielo gris. La Black Tower lo domina todo: 70 pisos de mármol negro y cristales tintados, un monolito que parece absorber la luz en vez de reflejarla. He leído artículos sobre su arquitectura, diseñada por un sueco obsesionado con el minimalismo brutal. "Un edificio que inspira miedo y respeto", dijo Black en una de sus raras entrevistas.

En la entrada, un guardia escanea mi pase temporal. "Bienvenida a Black Industries, señorita Hayes. Ascensor 12, piso 67." El corazón me va a mil mientras subo. Las puertas se abren a un vestíbulo impecable: suelos de mármol pulido, paredes blancas con cuadros abstractos que probablemente valen más que todo mi apartamento. Un olor sutil a café recién molido y cuero nuevo flota en el aire.

Una mujer de unos cuarenta, traje gris impecable, me recibe con una sonrisa profesional. "¿Amanda? Soy Elena, tu supervisora durante las prácticas. Sígueme." Me guía por un open space high-tech: pantallas curvas, sillas ergonómicas, empleados con trajes a medida tecleando como locos. Nada de charla inútil, nada de risas, solo eficiencia clínica.

Mi escritorio es un rinconcito junto a una ventana panorámica. Vistas al Támesis, a los rascacielos vecinos. "Empiezas analizando estos informes sobre nuestras inversiones en Asia", explica Elena mientras me pasa una pila de carpetas. "Sé precisa. El señor Black odia los errores." Me deja con un guiño de ánimo, y me pongo a trabajar.

Las horas pasan. Me sumerjo en los números: fusiones y adquisiciones, proyecciones de crecimiento, riesgos geopolíticos. Es fascinante. Casi me olvido de la hora del almuerzo, mordisqueando un sándwich en mi escritorio. Por la tarde, Elena me invita a una reunión de equipo. "Solo para observar", dice. "Pero toma notas."

La sala de reuniones 66B es una burbuja de cristal en medio del piso. Una decena de personas alrededor de una mesa ovalada: analistas, managers, todos con más experiencia que yo. Me siento al fondo, bloc de notas en mano. La discusión va sobre un acuerdo importante: la adquisición de una startup de IA con sede en Singapur. Lo que está en juego es enorme: miles de millones.

Luego, hacia las 17h, la reunión termina. Recojo mis cosas, pero mi teléfono se ha resbalado bajo la mesa. Me agacho para recogerlo, y es ahí cuando oigo unas voces. Bajas, susurradas, viniendo del otro lado de un tabique fino. Dos hombres, quizá en la sala de al lado.

"...la transferencia tiene que estar limpia. Sin rastro."

"¿Y si los polis siguen la pista?"

"No van a seguir nada. Black tiene amigos en todas partes. El cartel mexicano ya pagó la mitad. El resto llega vía Caimán."

La sangre se me hiela. ¿Cartel? ¿Transferencia? Eso no tiene nada que ver con inversiones legales. Me quedo paralizada, con el corazón a mil.

"Entrega en dos semanas. Asegúrate de que el almacén de Docklands esté seguro. Y lo del testigo en Manchester... resuélvelo con discreción."

Un silencio. Luego una risa fría. "¿Como la última vez?"

"Sí. Accidente de coche. Limpio."

Me incorporo despacio, teléfono en mano, y salgo de la sala de puntillas. La cabeza me da vueltas. ¿Black Industries metida en blanqueo? ¿En tráfico? ¿Cameron Black, el CEO intocable, en el centro de todo esto? Seguro que oí mal. O quizá es un malentendido. Pero las palabras resuenan: "cartel", "testigo", "accidente".

De vuelta en mi escritorio, finjo que trabajo, pero las manos me tiemblan sobre el teclado. Elena se pasa a verme: "¿Todo bien, Amanda? Estás pálida." Fuerzo una sonrisa. "Solo cansada. Primer día." Ella asiente y me deja ir a las 18h.

En el ascensor, exhalo largo. Olvídalo. No es mi problema. Solo soy una becaria. Mañana todo irá bien.

Pero a la mañana siguiente, todo se viene abajo.

Llego a las 8 en punto, pase en mano. Elena me espera con cara grave. "Amanda, el señor Black quiere verte. Inmediatamente. Ascensor privado, piso 67."

El estómago se me cierra. ¿El CEO en persona? ¿Para una becaria? Esto no huele bien.

El ascensor sube en silencio, música ambiental suave que contrasta con mi pulso disparado. Las puertas se abren directas a su despacho. Enorme. Minimalista. Paredes de cristal con vistas de 360° sobre Londres. Escritorio de ónix negro, sillones de cuero italiano.

Y él. Cameron Black.

Está de pie junto a la ventana, de espaldas, hablando por teléfono en ruso ¿o será serbio? Su voz es grave, autoritaria. Cuelga y se da la vuelta.

1,93 de pura intimidación. Traje de tres piezas antracita a medida, camisa blanca abierta en el cuello que deja ver un tatuaje discreto: una sombra estilizada, quizá un cuervo. Pelo negro corto, barba de tres días, ojos verdes penetrantes como cuchillas. Ni una sonrisa. Solo una mirada que me clava en el sitio.

"Siéntese, señorita Hayes."

Obedezco, con las piernas temblando. Él se sienta enfrente, entrelaza los dedos.

"Tiene un perfil excelente. Inteligente. Ambiciosa." Hace una pausa. "Pero curiosa."

El corazón me salta un latido. "¿Perdón?"

"Ayer, 17:12. Sala 66B. Escuchó una conversación privada."

¿Cómo lo sabe? ¿Cámaras? ¿Micrófonos? Balbuceo: "Yo... buscaba mi teléfono. No oí nada de..."

"No mienta." Su voz corta el aire, fría como el acero. "Lo oyó todo. Y ahora, es un riesgo."

El pánico sube. "Juro que no diré nada. Solo quiero hacer mis prácticas."

Se inclina hacia delante, sus ojos en los míos. "Lo sé. Por eso le ofrezco una oportunidad." Empuja dos documentos hacia mí. "Firme esto."

El primero: un acuerdo de confidencialidad estándar, blindado con cláusulas penales.

El segundo... se me corta la respiración.

Contrato de asistencia personal exclusiva

Entre el señor Cameron Black (en adelante "el Propietario")

Y la señorita Amanda Hayes (en adelante "la Asistente")

Los términos: me convierto en su asistente personal 24/7. Obediencia total. Disponibilidad inmediata. A cambio, protección, sueldo triplicado, y borrado de todo "riesgo".

Pero entre líneas: "La Asistente se compromete a satisfacer todas las necesidades del Propietario, sin límite ni negativa."

Es un contrato de esclavitud moderna. Sexual. Psicológica. Total.

"Tiene dos opciones, Amanda." Su voz es un susurro peligroso. "Rechace, y desaparece. Acepte... y me pertenece."

Pone un bolígrafo delante de mí. "Decida."

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