เข้าสู่ระบบMarcus no debería estar mirándola así, no cuando Helena Evans seguía siendo, al menos en los papeles, la futura esposa de su hermano.
No cuando todo entre ellos era una maraña peligrosa de conveniencias, lealtades y decisiones tomadas por otros.
No cuando lo correcto era apartar la vista, fingir indiferencia y seguir caminando como si aquella mujer no le arrancara algo del pecho cada vez que aparecía frente a él.
Pero era imposible, Marcus no podía dejar de observarla.
La noche del compromiso seguía clavada en su memoria con una claridad irritante, había terminado el brindis, Larry ya se tambaleaba camino a su habitación completamente ebrio y Marcus, cansado de la algarabía, se había refugiado en la cocina con una taza de café que él mismo preparó, sin necesidad de que nadie lo ayudara, necesitaba silencio, necesitaba ordenar sus pensamientos.
O al menos eso se decía, porque, en el fondo, sabía que lo que más lo molestaba no era el compromiso en sí, era la idea de que Helena no sería suya.
Y que la mujer con la que se casaría era Cecilia, Marcus no tenía nada personal contra ella, no era eso, solo que no podía evitar comparar.
Comparar a Cecilia con Helena era casi injusto para ambas, aunque por razones muy distintas, Cecilia, al menos, tenía cierto atractivo, pero su presencia carecía de elegancia, llevaba un Chanel demasiado ostentoso, con un escote exagerado, la espalda abierta y una abertura en la falda que subía mucho más de lo que Marcus habría considerado decente, no era celos lo que le provocaba verla así.
No.
Si debía ser honesto, era otra cosa mucho más incómoda, vergüenza, vergüenza por la forma en que ella se exponía, por su voz demasiado alta, por esa vulgaridad que parecía llenar cada rincón antes incluso de que abriera la boca, incluso a veinte pasos de distancia podía escucharla hablar, reír, imponerse con una seguridad que Marcus encontraba ruidosa y desagradable.
Y entonces estaba Helena, con su compostura inmaculada, Helena, con esa forma de mirar como si supiera perfectamente quién era él antes incluso de que dijera una sola palabra.
Helena, con esa chispa vivaz, burlona, inquietante, que había visto apenas durante la noche y que le había dejado la sensación de que debajo de toda esa contención había fuego.
Un fuego que parecía hecho para él... Marcus apretó la taza entre los dedos y cerró los ojos un instante.
—Deja de pensar en ella —se murmuró a sí mismo, en voz baja.
Pero el orden no duró mucho, porque desde el exterior llegó un alboroto inusual, los perros empezaron a ladrar con fuerza.
Marcus alzó la vista de inmediato hacia el monitor de seguridad instalado en la cocina, la pantalla mostraba la entrada principal de la mansión y, frente a la reja, a varios de sus custodios tensos, alertas, con una mano ya cerca del arma.
Marcus frunció el ceño y pulso el intercomunicador.
—¿Qué sucede?
La respuesta no llegó con palabras´, llegó con el grito de ella.
—¡Me importa una m****a que estén durmiendo! ¡Rompieron el pacto! ¡Ellos lo hicieron!
Marcus sintió un golpe seco en el pecho, porque reconoció la voz de Helena al instante, pero no fueron solo sus gritos lo que lo movieron, fue el llanto.
Un llanto quebrado, furioso, desesperado, y luego vio a sus hombres desenfundar las armas.
Marcus dejó la taza sobre la mesa y salió corriendo.
Atravesó el corredor exterior con una rapidez que no acostumbraba a mostrar, porque había aprendido a moverse con control, con cálculo, con esa frialdad que inspiraba respeto, pero en ese momento no pensó en su imagen, ni en el protocolo, ni en el hecho de que era Helena Evans quien estaba de pie frente a su reja, temblando de rabia, con el rostro descompuesto por las lágrimas, solo pensó en ella y en tratar de protegerla.
Cuando llegó a la entrada principal, la vio.
El peinado perfecto de horas antes ya no existía, tenía mechones oscuros pegados al rostro, el maquillaje corrido en surcos marcados bajo los ojos, y en sus manos sostenía un revólver que parecía demasiado pesado para el temblor que la recorría.
Aquella imagen lo golpeó con una fuerza extraña.
Helena ya no era la mujer vibrante que había visto en la noche del compromiso, ya no tenía esa chispa burlona, esa especie de energía contenida que la volvía magnética, ahora era otra cosa.
Más fría, rota... Más peligrosa.
Y Marcus sintió una punzada de alarma, porque en esa versión de Helena había algo que lo alteraba de un modo más profundo, como si verla así le confirmara que el mundo acababa de arruinar algo que no debía tocarse.
—¡Alto! ¿Qué sucede? —ordenó con su voz más dura y sus custodios se congelaron.
Marcus avanzó un paso y todos le abrieron espacio de inmediato, aunque él no apartó la vista de ella ni un segundo.
Helena alzó la cara, sus ojos estaban enrojecidos y su respiración, cortada y el arma seguía agitándose en sus manos con una violencia que podía terminar en tragedia.
Marcus entendió de inmediato que no era una amenaza calculada lo que cargaba la castaña, era desesperación.
Y lo que lo impulsó a actuar no fue el miedo al arma, sino el miedo a que ella se hiciera daño, a que alguien la lastimara, a que sus hombres reaccionaran antes de entender lo que estaba pasando.
Por lo que abrió la reja de inmediato y en cuanto Helena quedó a su alcance, Marcus atrapó su muñeca con rapidez y giró apenas su cuerpo para obligarla a soltar el revólver sin lastimarla.
El arma cayó al suelo con un golpe seco y Helena, todavía furiosa, intentó zafarse al instante, pero Marcus no la soltó.
Antes de que ella pudiera lanzarse sobre él, o sobre cualquiera que tuviera cerca, cruzó el brazo por delante de su cuerpo y sujetó la otra muñeca, luego, con un movimiento rápido, casi automático, la hizo girar sobre sí misma hasta dejarla inmovilizada contra su pecho, con ambos brazos sujetos de forma firme, pero cuidadosa.
Helena forcejeó con una furia contenida, era delgada, sí, pero no frágil, no del todo.
Y Marcus sintió la fuerza de su resistencia, la tensión de su cuerpo, el latido desesperado de su rabia, por un instante, cuando quedó tan cerca de ella, algo dentro de él se desordenó.
Su figura entre sus manos, su respiración agitada rozándole el cuello y ese aroma suyo, todavía intacto pese al caos, envolviéndolo de una manera casi vertiginosa.
Marcus se sintió embriagado, embriagado por el calor de su cuerpo, por la fragilidad que intentaba ocultar, por la forma en que, incluso rota, seguía teniendo una presencia imposible de ignorar.
Sabía que no debía pensar en eso, no en ese momento, no con sus hombres mirando, no con ella llorando de rabia entre sus brazos.
Pero lo hizo.
Y durante ese segundo fugaz, Marcus entendió que había algo en Helena que lo desarmaba de una manera que ninguna otra mujer había conseguido jamás.
—Suéltame —escupió ella, luchando por liberarse.
—No —respondió Marcus, seco, sin aflojar la presión.
—¡Lo mataron! —gritó Helena, forcejeando aún más— ¡Lo mataron!
Y entonces llegaron las luces, un haz intenso atravesó la entrada de la mansión y casi cegó a todos los presentes, los custodios reaccionaron al instante, levantando otra vez las armas.
—¡No disparen! ¡No disparen! ¡Vengo por ella!
La voz era conocida, Marcus giró apenas la cabeza y reconoció a Roger, uno de los hermanos mayores de Helena, acercándose con rapidez desde el vehículo detenido más atrás.
Pero Marcus apenas lo registró, porque lo único que seguía sintiendo era a Helena temblando entre sus brazos.
—Vamos, Helena —dijo él, más bajo ahora, buscando que lo escuchara— No hagas esto, todavía no sabemos qué sucedió.
Helena alzó la vista hacia él con una violencia que lo sorprendió.
—¡Yo sí sé lo que sucedió! —sollozó, al borde del colapso— ¡Fue él! ¡Tú no estabas aquí esta noche! ¡Tú no viste la forma en que Richard Rivers me miró! ¡No viste su sonrisa! ¡Él lo sabía! ¡Él mandó a matarlo!
La palabra matarlo se quebró en su garganta, y luego vino el derrumbe.
Marcus sintió cómo Helena perdía fuerza entre sus brazos, como si todo ese furor que la sostenía se rompiera de golpe, y la apretó instintivamente, tratando de sostenerla antes de que cayera al suelo.
Pero Roger llegó antes y se la arrebató con ese instinto feroz que solo tiene un hermano cuando cree que ya ha perdido demasiado.
Marcus no se opuso, aunque la tensión en su mandíbula se volvió insoportable.
Roger la sostuvo como pudo y después se la llevó hacia el automóvil, mientras Helena ya no era capaz de mantenerse en pie.
Marcus dio un paso al frente.
—Espera, al menos dime qué está pasando.
Su voz sonó más brusca de lo que pretendía, y sus hombres lo notaron, y Roger también, por lo que se detuvo apenas un instante, con Helena prácticamente desmayada en brazos, la miró con expresión dura, devastada y al mismo tiempo vacía.
—Asesinaron a Ethan —dijo al fin— Mataron a mi hermano.
El silencio que siguió fue brutal, Marcus sintió que la noticia le caía encima como una losa.
Ethan Evans... estaba muerto y Helena, solo por haber visto a Richard Rivers sonreírle aquella noche, había decidido que él era el responsable.
Tal vez nadie creía en ese instante que su acusación fuera suficiente.
Pero Marcus, por alguna razón que no quiso nombrar, sabía que Helena no estaba hablando solo desde la rabia, estaba hablando desde una certeza, y eso lo inquietó más que cualquier otra cosa.
El sepelio de Ethan estaba teñido de una solemnidad oscura, cargada de violencia contenida y de miradas que evitaban cruzarse demasiado tiempo.
Marcus observaba a Helena desde el otro lado del féretro, y no podía apartar los ojos de ella, no lo hacía por morbosa curiosidad, tampoco por lástima.
No.
La miraba porque no podía hacer otra cosa, porque todo en ella había cambiado.
La Helena que había visto en la noche del compromiso parecía aún capaz de sonreír con sarcasmo, de desafiar con elegancia, de esconder el filo detrás de una gracia inesperada.
La mujer que tenía ahora delante no tenía nada de eso, vestida de negro, inmóvil, con el rostro endurecido hasta volverse casi inexpresivo, parecía una estatua erigida para el dolor.
Pero Marcus percibía lo que otros no, percibía la tempestad, percibía la rabia bajo la calma.
Percibía el modo en que sus dedos permanecían quietos, pero no relajados, el modo en que su mirada no se apartaba ni por un segundo del ataúd de Ethan.
Su madre lloraba, su padre sostenía el cuerpo de Erika, la viuda, para evitar que se desplomara, Roger parecía al borde de quebrarse y Helena, en cambio, seguía de pie.
No derramaba una sola lágrima, no se movía, solo esperaba y Marcus entendió entonces que Helena no estaba en shock.
Estaba conteniéndose, esperando el momento exacto para atacar.
La vio apretar la mandíbula apenas, vio el fuego en su mirada y supo que detrás de ese silencio había un plan, una decisión, una venganza creciendo con cada palada de tierra sobre el féretro.
Marcus no supo cuándo empezó a sentirse así, no supo cuándo dejó de verla como la prometida de su hermano y comenzó a verla como algo mucho más peligroso para él mismo.
Solo supo que, incluso en medio del funeral, incluso frente a la muerte, no podía dejar de pensar en ella y que Helena Evans, con el dolor clavado en los huesos y la furia incendiándole la sangre, se había vuelto el centro de todo lo que ya no podía controlar.
Marcus era demasiado inteligente como para no darse cuenta de que algo ocurría con Helena.No era únicamente su obstinación absurda por ir a la mansión Evans, ni tampoco la forma en que había perdido el equilibrio minutos antes y aun así había intentado restarle importancia, como si su propio cuerpo no le estuviera enviando una advertencia clara, era otra cosa, algo más sutil y más peligroso, Marcus conocía a su esposa lo suficiente como para reconocer cuando estaba ocultando algo detrás de una máscara de tranquilidad.Y, sin embargo, no la increpó, no esta vez.Solo se limitó a informarle, con esa calma suya que en realidad nunca era del todo calma, que esa noche cenarían con la familia. Después de tantas semanas, por fin volvería a ver el rostro de Cecilia.Helena no respondió de inmediato, solo se limitó a mirarlo con desconfianza, como si intentara adivinar si detrás de aquella noticia había una trampa o simplemente una decisión tomada por costumbre.Marcus tampoco insistió, en ca
Seis semanas habían pasado, seis semanas en las que Helena estuvo encerrada en su cuarto por voluntad propia, aunque también por pedido de Marcus, mientras que su esposo quería evitar que Helena se encontrara con Cecilia, sin que él estuviese presente, alegando que esta podría atacarla y empeorar su estado, Helena simplemente quería evitarse todo el drama, no porque le temieras a Cecilia, solo era ella que no se permitía mostrar debilidad ante el enemigo.Y es que, aunque se pusiera de pie algunos minutos al día, más precisamente cuando Marcus estaba con ella, y a pesar de que los días pasaban, y el dolor iba menguando, aun así, no terminaba de caminar cien por ciento normal, ni siquiera podía utilizar tacones bajos, y para Helena el presentarse en la sala de la mansión Jackson con pantuflas y cojeando, más que una muestra de debilidad, era una humillación, era hacer rever a todos lo que Marcus le había hecho.—Bien, según el control está en perfectas condiciones señor Helena, puede c
Marcus esperó el tiempo justo y necesario para que Larry arrastrara a Damian lejos de la puerta de su habitación, entonces tomó en brazos a Helena y con el pie cerró la puerta, su rostro aún cargaba esa molestia que le causaba el encontrarla de pie, cuando le había especificado que se mantuviera recostada.—Deja de verme de esa manera.Se atrevió a quejarse Helena, queriendo tal vez recuperar esa dinámica que tenía antes de que todo se fuera el demonio.—¿Cómo quieres que te vea?, creí ser claro al decirte que te mantuvieras en cama.Helena liberó un suspiro de puro agobio en el preciso instante en que Marcus la estaba recostando, y de inmediato el mayor la vio con atención, su rostro al fin cambiaba y ya no mostraba molestia, ahora sólo estaba cubierto de preocupación.—¿Te duele?Consultó con la culpa bailando en sus ojos, pero Helena no se sintió mal, quizás por la forma tan suave en la que Marcus estaba acariciando su cadera, sin atreverse a alejarse del todo de ella, pero a la ve
Helena, al escuchar la voz de Arthur en el pasillo, tuvo el impulso inmediato de ponerse de pie y abrir la puerta de una vez, quiso hacerlo por puro instinto, por necesidad de saber qué estaba ocurriendo al otro lado, quién había llegado, quién estaba hablando con quién y, sobre todo, si Marcus permitiría que Damian siguiera ensuciando su nombre.Pero se contuvo, porque su cuerpo aún no estaba en condiciones de soportar sobresaltos innecesarios, porque la lesión en el cóccix seguía siendo demasiado reciente, demasiado delicada, como para exponerse a una caída, un mal movimiento o incluso un simple empujón accidental, porque solo bastaba muy poco para que la herida empeorara, y ella no estaba dispuesta a terminar nuevamente en manos de un médico, vulnerable, inmóvil y dependiendo de los demás, porque ya había pasado suficiente humillación.Aun así, tampoco podía ignorar lo que estaba en juego, por un lado, quería averiguar si Arthur, Marcus y Larry serían realmente capaces de defenderl
La tención en la mansión Jackson no disminuyó, aunque por supuesto Marcus pudo dormir al lado de su esposa, o al menos lo intentó, ya que durante la mayor tiempo de la noche, se dedicó a cuidar de ella, no sólo la ayudaba a girarse en la cama, obligándola a no permanecer mucho tiempo en una misma posición, también se encargó de masajear sus piernas, brazos, y en especial su espalda, con verdadero esmero cubrió esos mismos cardenales que él le había provocado, con el ungüento que el médico había recetado, y Helena lo aceptó de buena manera, pero aquella pequeña paz, que no lograba ser perdón y mucho menos aceptación, se fracturó una vez más a primera hora de la mañana.Marcus se había levantado aún más temprano de lo normal, dispuesto a conseguir el perdón de Helena y ese no era a través de una disculpa vacía, mucho menos cometería el error de comprarle flores, o llegar con alguna joya excéntrica, porque su mujer valía mucho más que la típica disculpa que usaría un abusador, y es que a
Aun así, entró con cautela y Helena alzó la vista de inmediato, y su expresión fue una mezcla de agotamiento, enojo y desconfianza.—¿Y ahora qué quieres?Definitivamente estaba molesta, y con razón, por lo que Marcus alzó las manos, no en rendición, sino en un intento torpe de mostrarse menos amenazante.—Será la última vez que lo diga, no lo hice a propósito, y sé que eso no cambia nada, lo sé muy bien, solo vine a cerciorarme de si necesitas algo, y si no necesitas nada, no te molestaré, pero nunca olvides que este también es mi cuarto.Helena apretó los dientes y aunque tuvo ganas de refutarlo, no pudo, porque era verdad, esa también era la habitación de Marcus, y lo peor era que, en ese instante, sí necesitaba algo, porque hacía media hora que intentaba ponerse de pie sin lograrlo, y en verdad necesitaba ir al baño.—Necesito ir al baño. —dijo al fin, manteniendo el tono más digno que pudo.Por supuesto que Marcus no se burló, ni hizo ningún comentario cruel, no la humilló, solo







